Capítulo 2
V arios meses después
Michaela Swan había regresado a su pueblo natal, Cold Spring, donde nació, creció y donde la literatura y el teatro la marcaron para siempre, tanto que ella era la profesora de esas dos asignaturas en Haldane Middle School.
Era la hija pequeña de Sarah, pero la más pequeña con mucho y como se consideraba a sí misma «un “milagro” de la perimenopausia», no lo decía ella, sino los hechos: cuando nació su hermano mayor ya estaba independizado, a los otros dos ya les quedaba bien poco, si eso no era suficiente, en la preadolescencia se enteró de que había sido el amuleto mágico del amor para sus dos hermanos varones, la guinda del pastel era que se llevaba seis años con su sobrina mayor, la hija de su hermana Greta. Sí, una maravilla del mundo mundial.
Después de recorrer todo el estado de Nueva York entre colegio y colegio, pisos compartidos o no, con compañeros tan repugnantes que nada más verla le preguntaban «¿Tú no eres de aquí, verdad?
», o «¿Tienes ascendencia escocesa?». Sí, les quería responder ella, fue la hija puta de la genética.
Eran cuatro hermanos, su hermana Greta era rubia como su madre de ojos marrón azulado como su padre, en cambio, sus hermanos eran morenos de ojos azules.
Con ella las mezclas familiares no se complicaron: en ese cóctel, todos los genes decidieron que sería la más diferente, pelirroja y de unos verdes en los que parecía que las colinas del Hudson tuvieron mucho que ver.
Pero lo suyo no era nada paranormal, era igualita a su abuela paterna, mismo color de pelo, los mismos ojos y sí, había cierta ascendencia escocesa en la familia.
A su padre casi le da un parrús cuando la tuvo en brazos y se fijó en la mata rojiza de pelo.
Supuestamente, su madre sin apenas fuerzas le encasquetó a su marido: «Es igualita a tu madre».
Pues eso, después de estar de aquí para allí y pasar los últimos años en la City, volvió a la calma de Cold Spring que para ella fue el regreso más esperado a casa.
Ese cambio tan brutal le sentó de maravilla, las primeras semanas fue evidente que vivió con su madre, ya que deseaba tener a su polluela más pequeña de nuevo en casa, pero Micky quería vivir sola y fue Lilian, una de las amigas de su madre, quien le concedió ese deseo al alquilarle un piso.
—Es el de mi madre muerta. —Micky la miró sin parpadear y sin mostrar nada—. Tranquila, no murió en ese piso.
Nada más verlo se enamoró. Estaba situado en Main Street, en uno de esos edificios de tres pisos construidos en ladrillos rojos tan singulares y pintorescos del pueblo.
Se entraba por el portal que estaba pegado a la tienda de antigüedades de Tony, una chica muy amable, a la que le compró alguna decoración, ya que toda una vida fuera había acumulado muchos trastos.
Para su asombro era amiga de su madre, que formaba parte de un grupo heterogéneo de mujeres que se reunían de vez en cuando.
Su piso era el último, el tercero, una especie de buhardilla con la cocina abierta a un salón, donde había aprovechado un alféizar para convertirlo en un agradable sillón, allí había corregido exámenes, había leído, escuchado audiolibros, mientras veía el paso de las estaciones o estudiaba con detenimiento Romeo y Julieta , la obra de teatro que tocaba representar ese año.
A veces, también, lo hacía en la salita adyacente a su cuarto, que había convertido en una especie biblioteca, (aunque en el salón tenía más libros que llenaban las estanterías), en despacho, y en la que los suaves colores rosa, amarillo y verde convivían en una armonía propia de la temporada primavera-verano.
¡Era un sueño!
Todo lo había decorado con muebles que había comprado nuevos o de segunda mano (era fanática de esas compras) y había quedado como le gustaba; colorido, alegre y adaptable a las estaciones.
Esa noche tomaba su taza de chocolate, que pedía directamente a una tienda holandesa, mientras observaba como los últimos cúmulos de nieve se iban derritiendo con esa incipiente primavera que se estaba adelantando en un mes.
Había sido un año de grandes nevadas, con varias semanas de clases interrumpidas, que Micky las pasó con su madre como ella le había ordenado.
Con cada sorbo dulce lo tenía claro, ¡le encantaba su vida!
Saber que se podía quedar en Cold Spring era una alegría para ella.
Desde su regreso, pasar la Navidad sin tener que pensar en volver a hacer las maletas había sido algo muy reparador, algo que en los últimos años había supuesto bastante estrés al que no supo cómo había sobrevivido, pero había recuperado la calma y la tranquilidad del que sabe que solo coge el coche para ir a trabajar, del que sabe que está en casa a los pies del Hudson y de sus colinas, viviendo el paso del otoño al invierno, del invierno a la primavera, contemplando el transcurso del río.
Aquella era su tierra, lo notaba en las venas, porque al marcharse siempre percibió que tenía un fuerte cordón umbilical con Cold Spring.
De repente, pegó un brinco mientras bebía sin darse cuenta de que se había manchado la nariz, debido al chirrido producido por el nerviosismo de un violín.
No era un lamento o una melodía contenta como la de Vivaldi, aquello era ensañarse con el instrumento.
Cuando llegó en el segundo había un matrimonio, pero se marcharon antes de Navidad y una semana después a las fiestas, llegó un músico loco que la traía por el camino de la amargura, pero esa noche no se iba a poner sus tacones.
—Me cago en todo, ¡SE ACABÓ!
Micky se levantó, dejó encima de la mesa la taza y tal cual estaba vestida, pijama de calabazas de Halloween, bajó al piso de abajo y al llegar a la puerta, la misma que la suya, puso un brazo en jarras y estiró el otro para comenzar a llamar de modo seguido con los nudillos.
Al comprobar que el puto vecino no se dignaba a salir por mucho que dejase de tocar, continuó con más insistencia, esa vez con los ojos cerrados, y tan furiosa que no advirtió que la puerta se había abierto y que le golpeaba en el pecho a la mosca cojonera de su vecino hasta que le había agarrado la muñeca y ese roce provocó que una corriente eléctrica le recorriera el brazo hasta acumularse en su pecho, consiguiendo que sus pezones se endurecieran.
—Tú.
Aquella voz profunda que a veces se tornaba gruñona produjo que las cejas naranjas de Micky se elevasen hasta casi clavarse en el nacimiento del pelo antes de abrir los ojos.
«No es verdad», musitó su cerebro.
—Lo es —respondió él, haciéndola consciente de que había hablado en voz alta.
Micky levantó la vista y aquellos ojos azules que la ponían nerviosa —sin que entendiera el por qué— la observaban con molestia y al tiempo con diversión, pero eran una fuente de atracción como dos imanes.
—¿Eres mi vecino?
—Eso parece —le dijo él sin apartar la vista.
—Eres el tocaviolínpelotas .
—Y tú la vecina trasnochada a la que le encanta caminar con tacones por la noche.
—Aquí no hay nadie más pelmazo que tú. —Se soltó de su agarre, notó que los dedos de él quemaban sobre su piel.
—Te puedo seguir los pasos al taconear.
—Si camino con los tocantes no es para ensayar un pase de modelos, ¡joder! Es por tu piano o maldito violín. No son horas para tocar tus instrumentos, mejor tócate el que tienes debajo del ombligo, ¡ah, espera! —Puso cara de asombro—. Ese no se toca porque no hace ruido, ¡y te encanta joder!
—Si toco es por diversión o para pensar.
—¿Eso no lo haces en el tablero de ajedrez? O ¿es que resulta que para cada momento del día y la noche tienes modos distintos para pensar? —Dio un paso al frente—. Coge un boli y una libreta y conviértela en un diario, ¡pero no son horas para hacer ruido!
—Estoy en mi casa.
—Que para tu información es un edificio, ¡piensa en silencio chaval!, no haciendo ruido
—No es ruido.
—Nooo… —estiró la palabra—, son chirridos atronadores, un maltrato a las cuerdas del violín. Soy él y salgo por patas.
—No. —Él cogió la puerta para cambiar el peso del cuerpo de un pie a otro.
—¿No?
—Te molesta a ti.
—Claro, porque la señora Roberts está sorda, ¡¡anormal!!
—Oye no insultes, Micky Mou…
—Prefiero ser Micky Mouse, que Jack, el destripador de oídos. —Ella sonrió triunfalista.
Ante esa salida, él la miró de un modo intenso.
—¿Solo has venido para esto? —le preguntó con brusquedad.
—Para «esto» que llevo soportando varios meses y sin quejarme.
—No, sin quejarte no —la corrigió—, haces lo propio con los tacones, tu casa parece una pista de baile.
—Solo para joderte. —Ella frunció el ceño extrañada por el hecho de que no paraba de repetir «joder» en todas sus formas.
Él asintió con la cabeza.
—¿Cómo no hemos coincidido antes?
—Porque gracias a Dios matemáticas y literatura no tienen los mismos horarios. —Le recordó ella que se veían todos los días en el colegio.
—Cierto, trabajamos en el mismo sitio.
—Deja de hacer ruido.
—No es ruido, es música.
—Para tus oídos distorsionados, te aseguro que eso es intentar arrancar las cuerdas del violín.
—Es una pieza…
—Sí de Romeo y Julieta de Prokófiev.
—Anda, lo sabes —soltó él para fastidiarla más.
—No soy idiota, pero mira las horas que son.
Él hizo que miraba su reloj de pulsera.
—Sí, es un poco tarde.
—Y las paredes son de papel, ¡joder! —Ahí estaba la palabra de nuevo.
—Estás un poco desquiciada, necesitas dormir. —Le guiñó un ojo.
—Y la culpa es tuya, si no puedo. —Tomó aire para amenazarlo—. Para o te rompo el palo del violín en la cabeza.
—Es arco. —Chasqueó Jack la lengua.
—¿Qué?
—El palo del que hablas se llama arco, no palo, ni palito.
Ella dio otro paso al frente.
—Métete el arco por donde te quepa, pesadilla.
—Eres la primera mujer que me llama pesadilla.
—Me alegro ser tu primera vez. —Esa frase dejó a Michaela de piedra tanto como a él.
Se quedaron mirándose el uno al otro, ella con la boca abierta y él solo con los labios separados sin emitir sonido.
Aquella frase los había pillado a los dos por sorpresa, pero para Micky se le soltó la lengua sin querer, no era el Jack al que estaba acostumbrada, ese hombre callado, sumido en los libros de matemáticas, o en los tableros de ajedrez y que era el profesor que menos ruido hacía en el colegio o el que menos hablaba.
Verlo fuera del centro escolar, sin sus famosos jerséis de marca, lo convertían en un hombre distinto: tenía el pelo alborotado y unos mechones le caían descuidados sobre la frente, en la que se le habían formado unas líneas de expresión que la cruzaban casi de lado a lado; sus ojos brillaban entre el asombro, el nerviosismo de la primera vez y no se daba cuenta de lo inclinado que tenía el cuello, juntando sus respiraciones incontroladas y si Micky lo hubiera abofeteado ni cuenta se daría.
Entretanto, ella solo era capaz de mirarle la boca, preparada para ser besada, estaba tan absorta que se humedeció los labios sin venir a cuento, pero un deseo le surgió de los más hondo y le despertó las ganas de besarlo.
Ninguno de los dos se darían cuenta si el edificio se viniera abajo, por lo que suponía aquella frase, «ser tu primera vez».
«¿Qué coño has hecho?», pensó.
«¿Qué coño has dicho?», se corrigió.
Empezó a sudar frío.
Él levantó una mano, le pasó la yema del pulgar por la nariz y ella notó de repente un frío helador en la punta, pero entró en combustión cuando lo vio lamer el chocolate y soltó un gemidito extraño.
—Tú, mi primera vez.
—¿Qué? —Ella no lo había escuchado, estaba atrapada en su extraña telaraña por culpa de sus ojos azules que parecían espejos y estaban dispuestos a reflejarla a lo que se le unía el modo de estudiar cada movimiento.
Sin apenas aire, furiosa por tener los pezones duros —que no tenía ni idea de por qué estaban como dos piedras, bueno lo sabía, aquel hombre tenía de exasperante lo que tenía de guapo, y todo ello a nivel de experto—, se dirigió a la escalera, debía escapar, y antes de llegar al rellano oyó:
—Tú sí que sabes romper un momento casi romántico.
—Vete a tomar por culo.