Capítulo 1
P rimera semana de la vuelta al cole
—¡Ya tengo sustituta! —exclamó contento Anthony, uno de los maestros de más edad de Haldane Middle School.
Entró en la sala de profesores como una exhalación asustando a Jack, el profesor de matemáticas, que estaba leyendo con atención un libro. Lo que más le llamó la atención de esa insuperable interrupción fue una palabra.
—¿Sustituta? —le preguntó sin separar la vista del libro.
«Otra profesora más… Odio las presentaciones».
—Me hace especial ilusión, es una antigua estudiante de Haldane y una con las mejores calificaciones de su promoción en la High School —recordó Anthony sumido en una gran alegría.
Jack desconectó de aquella verborrea del profesor de literatura que también era el profesor de teatro, lo más escogido entre los alumnos, algo que no entendía, ¿por qué iban a eso si era más interesante el ajedrez?
Sí, él era quien enseñaba ajedrez en todos los grados, él que había quedado quinto en un campeonato internacional, pero dejó todo por Hardvard, aunque en la universidad había algunos grupúsculos de ajedrecistas.
—Se llama Micky…
—Y se apellida Mouse —lo interrumpió Jack, al que todos sus compañeros lo asesinaron con la mirada—. ¿Qué? No me miréis así, me lo dejó a huevo.
—Se llama Michaela. —Anthony redirigió el tema—. Será ella quien me sustituya en todo, incluso en las clases de teatro.
Jack, notando que le salía sarpullido solo con la palabra «teatro», se marchó de la sala para respirar.
«Esa palabra no debería existir», bufó para sus adentros.
Iba a ir a su clase cuando un olor a café, calabaza y especias llegó antes de que un gorro rojo, rojo con el que dolían los ojos, chocara con él, con un pompón redondo.
—¡Ups! Lo siento, lo siento, perdón, llego tarde. —Soltó una risilla nerviosa y su aroma anticipaba al otoño.
—Como el Conejo Blanco de Alicia. —Soltó un gruñido grave—. Soy de ciencias, a mucha honra.
Sus zapatos chocaban contra el suelo del colegio mientras recorría la distancia que lo separaba de su clase, pero ese maldito olor no se despegaba de su nariz.
«Tengo una nariz larga, pero no es ni la de un sabueso ni la de Pinocho», aquello ya estaba pasando de claro a oscuro. ¡El maldito pasillo era una perfumería!
Cuando al fin llegó a la puerta, expiró.
—Buenos días, chicos.
Las voces se confundían entre «buenos días» de la mayoría y «hola» de otros.
A veces sus alumnos representaban el mismísimo Apocalipsis.