El alma que hablar puede con los ojos… Prólogo
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Prólogo

Prólogo

—T ienes el amor más cerca de lo que crees —predijo Flora con las cartas que tenía delante.

—¡Ay, qué pereza! —suspiró por lo bajo Michaela—. No me digas eso.

—Te lo digo y añado que ya lo conoces —agregó Flora para más con sternación y suplicio de Micky—. Es un hombre con carácter y os convertiréis…

—¿Aún existen de esos? —Se había topado con muchos hombres que se podían definir con una sola palabra: tirillas.

—Terminaréis… —Se calló, pensando—. ¿Cómo se llama ahora? —La bruja de Cold Spring se quedó meditando un rato.

—No pienses, Flora, ya sé que existes —bromeó con la famosa frase de Descartes.

— Enemies to lovers.

—¿Perdona? —Dejó de parpadear al oírla decir un cliché de novela romántica.

—Sí, será algo así.

—No pienso convertir mi vida en una novela.

—Todos escribimos una novela en la vida: la nuestra propia.

—No me voy a alegrar.

—Micky.

—¿Qué quieres que te diga? —Se encogió de hombros—. Es que no ando buscando nada.

—Cuando no buscas, encuentras. Pero dime, ¿no hay nadie que te ronde? —La escrutó con detenimiento y la manera en la que se removía en el sillón de la sala de la casa de Flora, quien apretó los labios leyendo lo que había hecho—. Si lo hubo lo has espantado.

—Bueno… —se le fue empequeñeciendo la voz.

—Acuérdate de esto: cada vez que lo veas te gustaría llevártelo a la cama.

—Vaya —Micky alzó las cejas—, pues a ese no tengo todavía el placer de conocerlo.

—Lo conoces —sentenció Flora—, pero no lo has visto.

Micky asintió con la cabeza.

No creía a Flora. Ese hombre no existía, ¡fijo!