Epílogo
Epílogo
L os días se convirtieron en semanas.
Las semanas en meses.
Y Quique y yo seguimos viéndonos y fuimos, poco a poco, formalizando nuestra relación, que parecía ir viento en popa.
Nos sentíamos tan a gusto el uno con el otro que nos parecía mentira que a principio de curso hubiéramos tratado de reprimir lo que sentíamos y obligarnos a fingir que no existía nada entre nosotros.
Aun así fuimos siempre con pies de plomo, cuidando cada detalle y evitando que el resto del claustro se enterara (hasta que fue demasiado evidente como para ocultarlo y no nos quedó más remedio que confesar frente a nuestros compañeros que estábamos juntos).
Por suerte nadie pareció escandalizarse por aquello o, al menos, no nos lo dijeron a la cara, lo cual yo agradecí bastante.
Siempre decía que me daba igual lo que opinaran, pero, conociéndome, lo habría pasado fatal si alguien hubiera sacado nuestra relación de contexto.
Lo que sí que conseguimos fue mantener aquello oculto de mis alumnos que, a pesar de que sospechaban algo, no terminaban de encajar las piezas de aquel rompecabezas.
Hasta que llegó la última semana de clase.
Debo admitir que nos volvimos mucho menos cuidadosos cuando el curso llegó a su fin y que, de vez en cuando, nos encerrábamos en el despacho de dirección a solas (en lugar de en algún lugar con pestillo). Y justo ese fue nuestro gran error.
Habíamos estado los dos tomando un café juntos mientras terminábamos de rellenar informes y, sin darnos cuenta, habíamos acabado muy cerca el uno del otro y estábamos besándonos, aprovechando aquel pequeño momento de intimidad.
Hasta que la puerta se abrió de par en par sin previo aviso.
—Enrique, te traigo a un alumno que… ¡uy, perdón!
Nos separamos de forma automática al escuchar aquella voz, pero ya era demasiado tarde. No solo nos había descubierto Gabriela, una compañera de Biología, sino que, junto a ella, estaba uno de los alumnos de mi tutoría.
Mi delegado, para ser exactos, y el alumno más cotilla que había probablemente en toda la ESO.
Gabriela lo sacó al pasillo y cerró la puerta, pero el daño ya estaba hecho porque, a pesar de la madera que nos separaba, pude oír perfectamente cómo gritaba.
—¡La tutora estaba liándose con el director! ¡Qué fuerte! ¡Verás cuando se enteren los de la clase!
Suspiré e intercambié una mirada cargada de significado con Quique. Al parecer nuestro secreto acababa de ser descubierto por el alumnado del centro.
—Nos queda solo una semana de curso —trató de animarme él al tiempo que me acariciaba la mejilla—. En septiembre se les habrá olvidado.
—No estoy yo tan segura…
Negué con la cabeza, pero, finalmente, claudiqué y me eché a reír, contagiándole mi risa a Quique.
Al final nos habíamos convertido en la comidilla de todo el instituto. Pero a ninguno de los dos podía darnos más igual.