El alma que hablar puede con los ojos… Capítulo 5
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Capítulo 5

P ues lo peor que podía pasar aquella noche, como probablemente ya habréis deducido todos los que estáis leyendo esta historia, era por supuesto acabar en el bar en el que Quique y yo nos habíamos conocido.

Y lo peor es que no acabamos allí por las triquiñuelas de Ana, ni porque yo hubiera decidido hacer la gracia y sugerir ir allí.

No. Resulta que fuimos porque era uno de los locales favoritos de la mayoría de profesores del centro (lo que obviamente explicaba por qué habíamos coincidido allí aquella primera noche del curso).

—Este bar está genial —nos decía Daniel, uno de nuestros compañeros de departamento que llevaba ya tres cursos allí—.

La música es muy buena y el ambiente es genial.

Casi todo es gente de nuestra edad, así que te evitas encontronazos incómodos con alumnos.

Además, es la mejor forma de conocer compañeros de otros institutos.

—Eso parece —mascullé yo mientras Ana contenía la risa a duras penas.

La fulminé con la mirada, pero no resultó nada efectivo. De hecho, lo único que conseguí fue que riera de forma cada vez menos disimulada, atrayendo la atención de los demás, que no entendían qué le pasaba.

—Perdonadla, ha tenido un día muy duro y le da por reír —mentí, en un vano esfuerzo de proteger mi secreto.

Quizá no debía haber confiado en ella. Aunque, siendo totalmente sincera, no había dicho ni una sola palabra, ni siquiera una indirecta sobre el tema. Suponía que no era su culpa tener la risa floja y ser poco disimulada.

—¿Por qué no pedimos algo? —intervino mi amiga que parecía haber recuperado, por fin, la compostura—. Me muero de sed. Anda, vamos, Clara.

Asentí y fui con ella hasta la barra mientras los demás se quedaban en la única mesa alta que encontramos libre para que no nos la quitaran.

—Qué mal rato, tía —le dije una vez estuvimos solas. Suspiré y me apoyé en un pequeño hueco en la barra—. Con todos los bares que hay…

—¿Ves cómo yo tengo razón y esto es cosa del destino?

—Ana…

—Pero ¡si es verdad! —insistió—. No para de enviarte señales, por mucho que tú intentes hacerte la tonta e ignorarlas.

—No me envía señales.

—No, tienes razón. Te envía directamente carteles de neón, pero tú prefieres hacerte la ciega y no verlos.

—No seas exagerada.

—No lo soy. Pero si solo falta que Enrique aparezca aquí mismo como caído del cielo.

Y dicho y hecho porque, justo cuando me giré para contestarle, mis ojos se toparon con los de Quique, que iba camino a la barra y se había quedado petrificado al darse cuenta de que yo estaba allí.

—Esto tiene que ser coña…

—¡No me lo creo, no me lo creo! —Ana, que acababa de darse cuenta de lo que sucedía, gritó aunque, gracias al ruido, no atrajo la atención de nadie.

Y menos mal porque estaba convencida de que, cualquiera que nos hubiera visto en aquel momento, se habría dado cuenta de que ocultábamos algo—.

Esto es como una telenovela. Qué fuerte.

No le respondí. No podía hacerlo cuando sus ojos me miraban de esa forma, como si trataran de decidir si estaba ante algo real o ante un mero espejismo. Como si él tampoco pudiera comprender qué clase de broma del universo había hecho que nos cruzáramos en el mismo lugar por segunda vez.

Y en ese mismo instante, supe que estaba perdida.

Porque en ese momento él no era Enrique, el director del instituto, el hombre al que llevaba semanas evitando y casi ignorando.

En aquel momento, bajo las luces de colores algo cutres del local y la música a todo volumen, era solo Quique, aquel desconocido con el que había pasado un rato divertido en el baño de un bar, aquel hombre tan guapo que me había dejado sin aliento desde el primer momento que mis ojos se posaron en él.

Habíamos logrado mantener las distancias con mayor o menor éxito en el instituto, en un contexto laboral y formal, rodeados de gente que nos juzgaría si dábamos un paso en falso y cuchichearía sobre nuestras vidas privadas si mostrábamos algo más que una relación cordial.

Pero sabía que no seríamos capaces de seguir haciéndolo allí.

No lejos de las miradas indiscretas.

No en el mismo lugar en el que todo había empezado.

—Esto va a acabar fatal —dije en voz alta, casi sin ser consciente de ello.

No sé muy bien qué pasó a partir de aquel momento. No podría explicar dónde fue Ana (en serio, ¿en qué momento desapareció de mi lado?), ni cómo llegó Quique hasta mí. No sé cuándo quedamos el uno frente al otro, ni cuánto tiempo pasamos sonriendo y mirándonos fijamente.

Solo sé que, de repente, éramos lo único que existía en aquel bar.

Podría parecer repentino, demasiado precipitado. Al fin y al cabo llevábamos semanas luchando contra aquello. Pero a nosotros no pudo parecernos más natural porque allí, donde nos vimos por primera vez, volvíamos a ser solo dos personas cualquiera.

Dos que se habían dejado algo a medias.

—Clara, ¿puedo invitarte a algo? —me preguntó él, acercándose a mi oído para que pudiera oírlo.

No me lo pensé. No titubeé ni un segundo, ni me pregunté qué opinarían el resto de profesores que nos acompañaban si nos veían.

—Me encantaría, Quique.

Así que pedimos algo, nos lo tomamos de pie, en una esquina, lejos del resto del universo, mientras charlábamos y reíamos, cada vez más cerca el uno del otro hasta que, sin darnos cuenta, nuestros labios se encontraron.

—Esto va a salir fatal —le dije mientras corríamos hacia el mismo baño en el que nos habíamos liado la última vez. Me apoyé contra la pared mientras él cerraba la puerta y suspiré—. Esto… Esto puede ser un error.

—Lo sé. —Él me acarició la mejilla con delicadeza y bajó la vista hasta mis labios—. Es muy complicado. Trabajamos juntos, hay un cierto conflicto de intereses entre nosotros con todo el tema de las prácticas…

—No deberíamos…

—No deberíamos… —repitió él.

Y, sin embargo, antes de que alguno pudiera añadir algo más o dar con más motivos por los que no debíamos seguir, nuestros labios colisionaron.

Empezamos a besarnos con pasión, con entrega.

Como si el mundo estuviera a punto de acabarse y aquella fuera la única forma de sobrevivir.

Como si lleváramos tanto tiempo aguantándonos las ganas que, de repente, fuéramos incapaces de soltarnos.

Así que estuvimos ahí durante lo que podrían haber sido cinco minutos o una eternidad, enredándonos en el uno en el otro, besándonos, tocándonos, recorriendo la piel del otro con cuidado y curiosidad, hasta que Quique rompió el beso y repitió la pregunta que nos había separado la última vez.

—¿Te gustaría seguir esto en mi casa?

Sonreí al escucharlo y enredé los brazos detrás de su cuello porque, esa vez, no iba a dudar.

Mi respuesta estaba muy clara.

Por fin sabía lo que quería.

—Me encantaría, Quique.