El alma que hablar puede con los ojos… Capítulo 4
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Capítulo 4

L os días siguieron pasando y mis encuentros con Quique, a pesar de que eran escasos, pues ambos seguíamos dispuestos a guardar las distancias y correr un tupido velo sobre «la situación», cada vez resultaban más tensos.

Estaba claro que nos moríamos de ganas de acabar lo que habíamos empezado y que, si volvíamos a quedarnos solos, probablemente haríamos una tontería de la que nos arrepentiríamos.

—¿Te pasa algo, Clara?

La pregunta de Ana no me pilló totalmente por sorpresa. Acabábamos de salir del despacho de dirección, de solucionar unos temas de papeleo, y había tenido uno de esos momentos incómodos con Quique. Uno que, además, debía de haber sido más que evidente para todos los que nos rodeaban.

La miré, dubitativa, sin saber muy bien qué responder.

Era obvio que necesitaba compartir aquello con alguien.

Después de tantas semanas guardándome aquel secreto, sentía que iba a explotar de un momento a otro si no lo contaba.

Nunca había sido buena con los secretos y aquel estaba a punto de acabar conmigo.

Además, después de todas las horas que habíamos pasado juntas, Ana y yo nos habíamos convertido en buenas amigas y sentía que podía confiar en ella.

Al fin y al cabo, se había dado cuenta de que algo sucedía, lo que significaba que se preocupaba por mí (o que era un poco cotilla, pero no podía culparlo por ello porque yo era exactamente igual).

Así que lo sopesé unos segundos más, comprobé que nadie nos escuchaba y, por fin, confesé la verdad.

—Hay una cosa que… A ver, es algo un poco fuerte, ¿vale? Así que, antes de contártelo, tienes que prometerme que no se lo contarás a nadie. A nadie en absoluto, ¿vale?

—Sí, claro.

—Prométemelo.

—Prometido.

Tomé aire y, sin pararme a pensar más ni darle más vueltas (por si me arrepentía), comencé a contarle lo que pasó en aquel bar la noche antes de que el curso comenzara.

—De verdad que yo no tenía ni idea de que Quique era el director del instituto. De haberlo sabido, jamás me habría liado con él. Pero, claro, ¿cómo iba a imaginármelo? ¿En qué universo existen directores tan jóvenes y guapos?

—Ya, la verdad es que no encaja con el prototipo de director.

—Para nada. —Suspiré—. Así que por eso a veces estamos raros el uno con el otro.

—Tiene sentido. Sabía que había algo que no me habías contado, porque es más que evidente la tensión entre vosotros, pero no me imaginaba algo así. ¡Es que es muy fuerte, tía!

—Ya, dímelo a mí. Mi cara cuando lo vi el primer día tuvo que ser un auténtico poema. No sabía si salir corriendo de su despacho, pedir un traslado urgente o rezar para que me tragara la tierra y me escupiera en Nueva Zelanda.

—Anda, no exageres…

—De verdad que no exagero. Fue un momento traumático.

—¿Y qué vais a hacer ahora?

—¿Cómo que «qué vamos a hacer ahora»? —pregunté confusa, sin entender a qué se estaba refiriendo con su pregunta.

—Pues es obvio, ¿no? —respondió ella poniendo los ojos en blanco, como si fuera lo más evidente del mundo—. ¿Qué va a pasar entre vosotros?

—Nada. ¿Cómo va a pasar algo, Ana? Es el director del instituto. Técnicamente es como si fuera mi jefe.

—¿Y qué? Cosas peores se han visto.

Negué con la cabeza. Por muy fácil que ella lo viera, para mí era imposible. Un romance prohibido.

—No digas tonterías…

—No son tonterías —siguió insistiendo ella—. ¿De verdad no vais a intentar nada?

—Claro que no.

—Pero si el universo ha vuelto a juntaros debe de ser por algo.

—Ana…

—No, en serio, escúchame: si el destino no quisiera que estuvierais juntos, no os habría reunido. Hay muchísimos institutos en Andalucía. ¿Qué probabilidades había de que coincidierais los dos en el mismo?

—Estás exagerando.

—Las dos sabemos que no. Era muy poco probable que os encontrarais otra vez y, fíjate, habéis acabado trabajando juntos. Eso quiere decir algo, Clara. Tiene que significar algo.

—¿Que el universo tiene un extraño sentido del humor?

Puso los ojos en blanco y masculló algo al escuchar mi comentario, aunque decidió no insistir. O, al menos, no demasiado.

—Haz lo que quieras, pero… algo me dice que esto no acaba aquí.

—No seas pesada.

—No lo soy. Es solo que así es como empiezan todas las historias de novela.

—Bueno, pero esto es la vida real, ¿sabes? —Me encogí de hombros—. Anda, cambiemos de tema antes de que pase por aquí algún alumno y se entere de todo. Sería el colmo, vaya.

—No, tranquila. Pero si esos no se enteran de nada. —Ana me agarró del brazo y tiró un poco de mí para seguir caminando—. Esta noche salimos entonces, ¿no? Ya les he dicho a los demás que por nosotras bien.

—Sí, claro. Me apetece cenar fuera y bailar un rato.

—Puedes llevarnos al bar donde conociste a Enrique. Uy, perdón, se me olvidaba que para ti es Quique.

—¡Ana!

La solté con brusquedad y me crucé de brazos, pero ella se echó a reír y me abrazó.

—Es broma, es broma. Ya veremos lo que hacemos.

Refunfuñé, pero al final me dejé abrazar e incluso me reí yo también. Al fin y al cabo, ¿qué era lo peor que podía pasar aquella noche?