El alma que hablar puede con los ojos… Capítulo 3
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Capítulo 3

M e encantaría poder decir que las cosas se tranquilizaron a partir de aquel momento.

Me encantaría poder contaros que Quique y yo no volvimos a cruzarnos, que mis primeros días en el nuevo centro fueron maravillosos y que lo que había pasado en el baño de aquel bar se convirtió en una anécdota sin más que contar a mis amigas.

Pero os estaría engañando.

El universo tiene formas muy curiosas de hacernos la puñeta a algunas personas y, por algún motivo que yo no llegaba a comprender, había decidido cebarse conmigo un poco más. Como si no tuviera suficiente con lo que había sucedido ya.

—Ana, ¿tú te enteraste de cómo se reservan los portátiles? —le pregunté a mi compañera, que estaba organizando su carpeta de tutoría.

—No muy bien —respondió ella—. Sé que hay un registro y que luego tienes que ir a la salita a recogerlos, pero no tengo ni idea de si hay que hablar con alguien, enviar un correo…

—Pues menudo lío…

—¿Los necesitas hoy? Si es solo el segundo día de clase.

—Sí, pero quiero que los de mi tutoría rellenen los formularios personales directamente de forma digital para poder organizarlos mejor. —Suspiré—. Creo que lo mejor será que vaya a preguntar a conserjería. Seguro que ellos me orientan mejor.

—Seguro que sí.

—Luego nos vemos y me cuentas qué tal con los grupos nuevos.

—Sí, tengo hueco a cuarta y podemos desayunar si quieres.

—Cuenta con ello.

Salí de la sala de profesores y me acerqué directamente a la garita en la que se encontraba Pepe, el conserje, un señor al borde de la jubilación que se pasaba el día haciéndonos bromas.

—¡Buenos días! —lo saludé—. Perdona que te moleste, Pepe, pero no sé muy bien cómo reservar los carritos de portátiles y los necesito ahora a primera hora.

—¿Tan pronto empezáis este año con los ordenadores? —El hombre rio, aunque se apresuró a sacar un registro y tenderme un bolígrafo—. Anda, apúntalo aquí y te doy la llave. Sabes dónde tienes que recogerlos, ¿no?

—La verdad es que no… O sea, estoy segura de que me lo han explicado, pero es que nos han contado tantas cosas estos días que la mitad se me han olvidado. Y con lo grande que es este instituto…

—Cómo tenéis la cabeza los jóvenes, ¿eh?

—Cada día más perdida —respondí yo a su broma, al tiempo que empezaba a rellenar el registro—. A tu edad no llego.

Él rio y negó con la cabeza mientras buscaba la llave de la salita.

—Anda, mira, no voy a tener que llevarte yo. Vas a tener un guía VIP.

—¿Por qué…? —Levanté la cabeza y la pregunta murió en mis labios antes de poder acabarla.

Porque Quique acababa de entrar al instituto y estaba a punto de pasar frente a la garita.

—¡Enrique, ven aquí! —lo llamó Pepe sin dudar ni un segundo, sin ser consciente de lo que estaba a punto de hacer.

Me había esforzado mucho todos aquellos días para cruzarme lo mínimo con el director del instituto (lo que no había sido precisamente fácil dadas las circunstancias), así que no quería echarlo todo por tierra por un carrito de ordenadores.

—Pero, hombre, Pepe, no lo molestes, que seguro que tiene muchas cosas que hacer…

—¡Anda! Cosas ni cosas. ¡Qué va a tener que hacer este a las ocho de la mañana! —Le hizo otro gesto y, por fin, Quique se dio cuenta de que lo estaba llamando—. Ven un momento que necesitan tu ayuda.

—Sí, claro, Pepe, di… —Abrió mucho los ojos al verme ahí parada y tuve la súbita revelación de que él también había estado evitándome.

—Mira, que me está diciendo Clara que no sabe dónde tiene que ir a coger los portátiles, así que acompáñala, hombre.

—Bueno, es que tengo una reunión con…

—Si será un minuto. Yo le doy conversación al que venga, no te preocupes.

—No hace falta, en serio —intervine yo—. Si me decís dónde…

—Que no, chiquilla, que no te preocupes, que Enrique te acompaña en un momentito.

Los dos nos miramos, acorralados por aquella situación de la que no sabíamos cómo salir sin parecer unos maleducados o, peor aún, sin que Pepe se diera cuenta de que pasaba algo entre nosotros.

—Sí, claro. No hay problema. Tengo un par de minutos.

—Muchas gracias, Enrique.

Cogí la llave y, tras despedirme del conserje, seguí al director por el pasillo. Anduvimos en silencio, el uno junto al otro, aunque mirando hacia direcciones opuestas, como si las paredes del centro fueran de repente lo más interesante del universo.

—Aquí es —me dijo él, señalando una puerta metálica—. Te echo una mano, a veces se atasca.

—Gracias.

Le pasé la llave y él, tras pelear un poco con la cerradura, logró abrirla.

Pasé al pequeño cuartito, en el que solo había un par de carritos de portátiles enchufados.

Me acerqué para poder coger uno, pero, al tirar del cable, me di cuenta de que el enchufe, después de tantos meses fijos, se había quedado pillado y no salía.

—Espera, te ayudo.

Quique entró y empezó también a tirar, consiguiendo poco a poco aflojarlo.

Y entonces pasó algo que ninguno de los dos se había visto venir.

La puerta, que habíamos dejado entreabierta sin darnos cuenta, se cerró de un portazo, como si una corriente la hubiera empujado.

Grité sin poder evitarlo y me puse completamente roja al darme cuenta de la imagen tan poco profesional que estaba dando en ese momento.

—Qué susto —murmuré—. No me lo esperaba, perdona.

—No, tranquila, yo también me he asustado.

—Voy a… —Me acerqué a la puerta para abrir y tuve que contener otro grito al darme cuenta de que, por mucho que tirara, no se abría—. ¡No puede ser! Creo que se ha atascado.

Quique y yo compartimos una mirada de pánico que pudimos entender a pesar de la oscuridad que nos envolvía (porque la única luz que había en aquel espacio que de repente parecía diminuto era la del interruptor de la regleta).

—No, espera, seguro que si tiramos un poco más fuerte…

Me hice a un lado para que él pudiera intentarlo, rogando porque aquello quedara solo en un susto y pudiéramos salir, pero tras unos instantes me di cuenta de que mis esperanzas eran en vano. Por mucho que él tiraba, tampoco conseguía desencajarla.

—Joder, no puede ser… Mira que dejé anotado antes de irnos de vacaciones que alguien tenía que arreglar esta puerta —mascullaba él, sin dejar de intentarlo—. No me lo puedo creer.

—¿Y ahora qué hacemos?

—Pues supongo que esperar. Seguro que no tardan en darse cuenta de que estamos aquí.

Fruncí el ceño al escuchar aquello. ¿Aquel era su fantástico plan?

¿Quedarnos ahí parados, en aquel espacio tan minúsculo, hasta que alguien se diera cuenta de nuestra ausencia y nos encontrara?

Me parecía la estrategia más absurda de la historia y no estaba, desde luego, dispuesta a quedarme de brazos cruzadas aguardando a que alguien me salvara.

Así que no lo dudé. Me acerqué a la puerta y empecé a golpearla con todas mis fuerzas al tiempo que gritaba.

—¡Socorro! ¡Nos hemos quedado encerrados! ¡Ayuda!

—Pero ¿qué haces? —me preguntó él como si acabara de volverme loca.

—¿Tú qué crees? Intentar que nos saquen. Ayúdame, vamos. Cuanto más ruido hagamos, más posibilidades tendremos de que nos escuchen.

Quique titubeó durante unos segundos, aunque al final decidió claudicar y unirse a mis golpes y gritos.

Pero el universo decidió conspirar de nuevo en nuestra contra porque, por algún motivo, parecía encantado con la situación.

Así que, mientras nosotros intentábamos hacernos oír, sucedió algo que convirtió todos nuestros esfuerzos en vanos. El timbre que marcaba el inicio de las clases sonó y el pasillo se llenó de adolescentes que gritaban y corrían como si no hubiera un mañana.

—Esto tiene que ser una broma —mascullé. Di un golpe más fuerte y, sin importarme lo que Quique pudiera pensar de mí, lancé un grito de pura frustración—. ¡No puede ser verdad!

—Ya es mala suerte…

Él suspiró con resignación y se apoyó contra el carrito de los ordenadores, con los brazos cruzados.

Y yo, que cada vez era más consciente de la escasa distancia que nos separaba y que notaba cada uno de los centímetros que nos alejaban, no pude evitar recordar la última vez que habíamos compartido un espacio tan pequeño.

Y volví a notar, sin querer, sus labios en mi cuello, sus dedos recorriendo mis costados y aventurándose hacia otros lugares, su risa mientras me besaba…

Cerré los ojos con todas mis fuerzas tratando de quitarme aquella sensación, de hacer desaparecer aquellos inoportunos recuerdos, pero, cuanto más lo intentaba, menos lo conseguía. Era como si aquellas imágenes se me hubieran quedado grabadas en el cerebro y no quisieran desaparecer.

—Clara.

Abrí los ojos al escuchar mi nombre y pude ver, a pesar de la oscuridad, cómo me estaba mirando. Y supe que, a pesar de la frialdad que nos habíamos impuesto, él también estaba recordando lo mismo que yo.

Ninguno había logrado olvidar lo que había pasado en el baño de aquel bar por mucho que lo habíamos intentado.

—Dime.

Di un paso hacia él de forma casi inconsciente, tratando de reducir aun más el espacio, arrastrada por una especie de corriente que no sabía muy bien de dónde había surgido.

Él no respondió. Se incorporó y avanzó un par de pasos más con cierta cautela, midiendo si podía acercarse o si lo mejor sería seguir manteniendo la distancia entre ambos. Yo, guiada por un impulso nada sensato, me acerqué, dándole a entender que quería eso tanto como él.

Poco a poco seguimos avanzando, en silencio. No nos hacía falta decir nada para saber lo que ambos estábamos pensando, lo que anhelábamos y deseábamos con cada fibra de nuestro ser.

Habíamos tratado de alejarnos pero la realidad se había impuesto: se nos había quedado algo a medias. Y parecíamos más que dispuestos a retomarlo en aquella pequeña habitación, como si no estuviéramos en el instituto, rodeados de compañeros y alumnos.

Continuamos acercándonos, sintiendo aquella cuerda que parecía tirar cada vez más y más de nosotros. Hasta que, de repente y sin previo aviso, justo cuando parecíamos estar a punto de besarnos, la puerta se abrió y un fogonazo de luz hizo que nos separáramos.

—¡Aquí estáis! —exclamó Pepe.

Parpadeé un par de veces y no pude evitar sonrojarme al darme cuenta de que, en el umbral, estaban Pepe, un par de profesoras (cuyos nombres no recordaba), un alumno de mi tutoría y un hombre trajeado al que no había visto nunca.

—¿Estáis bien? —me preguntó una de mis compañeras.

—Sí, sí —me apresuré a responder, dando un paso hacia atrás y fingiendo que no había estado a punto de pasar nada entre nosotros—. Hemos venido a por los portátiles, la puerta se ha cerrado y nos hemos quedado atascados.

—¡Pues mira que se ha revisado! —protestó Pepe—. Pero es que estas puertas tan viejas…

—Sí, tenemos que solucionarlo —intervino Quique—. Menos mal que habéis aparecido. Llevamos un rato llamando, pero nadie parecía oírnos.

—Como no venías hemos ido a la sala de profesores a buscarte —explicó mi alumno—. Y las seños han ido a hablar con Pepe, por si él sabía algo, porque no estabas en el parte de guardia y habías fichado esta mañana.

—Claro, y yo ya estaba un poco mosca porque Enrique no llegaba para su reunión con este señor.

Fijé la mirada en él. Se le veía bastante serio y formal, como si se tratara de alguien importante. Me di cuenta de que realmente lo era cuando Quique se enderezó y recolocó bien la camisa.

—Siento haberle hecho esperar —le dijo con formalidad—. Como ve, se ha tratado de un contratiempo inevitable.

—No se preocupe. Aún tenemos tiempo.

—Clara, permíteme presentarte —dijo al percatarse de cómo paseaba la mirada entre ambos—. Este es Juan Manuel Montes, el inspector de la zona. Y, Juan Manuel, esta es Clara Fuentes, una de nuestras profesoras en prácticas. Estoy seguro de que tendrán tiempo de conocerse durante este curso.

Noté cómo palidecía al darme cuenta de que una de las personas que me había pillado en aquel momento tan comprometido y poco apropiado con el director del centro era ni más ni menos que el inspector que tendría que juzgar mi trabajo de ese curso para decidir si merecía convertirme en funcionaria de carrera.

No era, ni muchísimo menos, la forma en la que esperaba conocerlo por primera vez y solo esperaba que no se hubiera llevado una impresión negativa de mí. Aunque algo me decía que así era.

—Encantado de conocerla, Clara —me saludó, mirándome de arriba abajo pero tendiéndome la mano de forma amistosa.

—Igualmente —contesté, dándole un apretón que, pese a mis esfuerzos, fue torpe y nervioso.

Perfecto. Justo lo que quería que el inspector pensara de mí.

¿Podía pasarme algo más aquel día?

—Lo mejor será que me vaya a clase —dije—. Ya me han esperado bastante mis alumnos.

—No te olvides de los portátiles —contestó Quique porque a mí, efectivamente, se me había olvidado el motivo que nos había llevado hasta aquella situación tan incómoda.

—Sí, claro. Gracias, Enrique.

Le pedí a mi alumno que me echara una mano y, juntos, sacamos el carrito y nos alejamos de aquella salita, de Quique y de aquella absurda trampa que el universo había decidido tenderme.