Capítulo 2 #2
Todo el mundo comenzó a marcharse del despacho y yo, a pesar de que seguía sintiendo la tentación de huir cuanto antes de allí, me quedé quieta, fingiendo buscar algo en mi bolso, mientras los demás salían.
Enrique, que parecía haber entendido mi jugada, le dijo a Ramón y a la otra profesora que debía quedarse en el despacho, revisando papeleo, y que los vería más tarde.
Así que esperamos unos instantes, como si aquello no fuera con nosotros, hasta que el despacho se quedó vacío. Él volvió a mirarme y yo suspiré y cerré el bolso antes de hacer lo propio con la puerta. No quería que nadie nos escuchara desde fuera y descubriera la verdad.
—Así que… ¿director? —le pregunté tontamente, sin saber muy bien qué más hacer o decir. ¿Cómo se abordaba una situación así? ¡Nunca antes me había liado con un desconocido y me lo había encontrado al día siguiente!
—Y tú profesora de… ¿Historia? —respondió él, también algo dubitativo.
—Historia, sí. —Carraspeé, incómoda—. Oye, Enrique…
—Quique —me corrigió él—. Anoche me presenté como Quique. Puede que por eso te hayas quedado un poco descolocada.
—Si fuera solo por eso… No esperaba volver a verte nunca más. Pensaba que serías solo una anécdota, un chico en un bar. Y, de repente, te encuentro nada más entrar a este despacho.
—Puedo decir lo mismo. Cuando nos despedimos anoche pensé que no volveríamos a cruzarnos jamás, que no sabría de nuevo de ti. Y entonces apareciste en el instituto.
—Con todos los sitios que hay en Andalucía…
—…tuvimos que coincidir en el mismo —terminó él por mí.
Se llevó las manos a los bolsillos, con un nerviosismo que no casaba demasiado con la imagen que un director debía transmitir el primer día.
Aunque supuse que, precisamente conmigo, no tenía que mostrar aquella coraza de profesionalidad—.
Sí, es, cuanto menos, curioso. Una especie de broma del destino.
—No podría haberlo dicho mejor. —Carraspeé algo incómoda, sin saber bien qué decir. Era la situación más incómoda en la que me había encontrado jamás—. Oye, Enrique o Quique o… no sé, ¿cómo prefieres que te llame?
—Como quieras.
—No, no. Aquí en el instituto eres el director, así que te llamaré como el resto de profesores. Además —suspiré—, lo de anoche nunca pasó, ¿vale? Fue solo una tontería, así que no deberíamos darle importancia.
—Sí, claro…
—Entiéndeme. No quiero ser la chica nueva que se lía con el director. No quiero empezar así el instituto.
—Yo tampoco quiero ser el director que va liándose con las profesoras nuevas, así que estoy de acuerdo. —Él asintió con seriedad—. Lo mejor será fingir que no nos conocemos de nada.
—Oh, ¿pero nos habíamos visto antes?
Él sonrió al escuchar esa broma tan mala y yo, por mucho que me fastidiara, no pude evitar pensar que era demasiado mono.
¿Cómo podía un director de instituto ser tan guapo?
Todos los que me había cruzado hasta aquel momento eran hombres de cincuenta años con cara de cansados y bastante mal humor.
¿Por qué Quique o Enrique o como tuviera que llamarle tenía que ser tan encantador?
No era justo.
No era nada justo.
—Creo que lo mejor será que me vaya con los demás —me obligué a decir a pesar de que, de repente, me habían entrado muchas ganas de quedarme en aquel despacho del que había deseado salir corriendo hacía apenas unos minutos—. No quiero que se hagan ideas equivocadas.
—Yo me reuniré más tarde con vosotros —respondió él—. Disfruta de la visita, Clara. El centro impresiona un poco al principio, pero te garantizo que es muy acogedor. Pronto te sentirás como en casa.
Permanecí allí unos segundos más, casi como si una parte de mí esperara que él me detuviera (o incluso que hiciera otras cosas que no se iban a repetir y que no pensaba admitir ni siquiera a mí misma).
Pero en seguida asumí que nada de eso pasaría, así que me giré y, sin más despedidas ni ceremonias, abandoné el despacho.
Por suerte, el grupo no había avanzado demasiado, así que no tardé en localizarlos y unirme de forma sigilosa, tratando de no destacar ni delatarme. No quería que se dieran cuenta de que no había estado allí con ellos desde el principio.
Pero, por mala suerte, una persona sí que se había percatado de mi prolongada ausencia.
—¿Estás bien? —me preguntó Ana, que había aparecido de la nada y me miraba con una ceja enarcada—. Has tardado en venir.
Durante unos instantes me planteé contarle la verdad.
No parecía una mala persona y me vendría genial desahogarme sobre lo que acababa de pasar.
¿Tan malo sería confesarle lo que había pasado?
No obstante, no tardé en descartarlo. Por muy maja que pareciera, no dejaba de ser una extraña a la que había conocido hacía literalmente unos pocos minutos.
Quizá algún día pudiera confiar en ella, pero ese momento aún no había llegado.
Así que me mordí la lengua, fingí una sonrisa y mentí como una auténtica bellaca
—Sí, es que me estaban llamando y me he quedado en el pasillo hablando. ¿Os han dicho algo más?
Ella negó con la cabeza, aunque me dedicó una mirada de sospecha, casi como si no se creyera lo que acababa de contarle. Y no me extrañaba demasiado porque nunca había sido una buena mentirosa.
Solo esperaba no cruzarme demasiado con Quique para que nadie se diera cuenta del grandísimo secreto que guardábamos. Temía no ser capaz de disimular y que mi cara nos delatara a ambos.
Por suerte, Ramón no tardó en continuar con la visita y sus explicaciones, por lo que Ana pareció olvidarse de mí y centró de nuevo su atención en él.
Suspiré sin poder evitarlo.
Demasiadas emociones intensas para un primer día de instituto.