El alma que hablar puede con los ojos… Capítulo 2
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Capítulo 2

C uando el despertador sonó, apenas unas horas después de mi pequeña escapada nocturna, no pude evitar soltar un gruñido y esconder la cabeza debajo de la almohada.

¿De verdad tenía que levantarme tan pronto?

Pero si hacía apenas unos minutos que me había dormido…

Y, sin embargo, en cuanto recordé lo que me aguardaba, no dudé ni un segundo en salir de la cama y comenzar a prepararme.

No podía llegar tarde el primer día de curso.

Así que me puse la ropa que había elegido cuidadosamente la tarde anterior (en serio, casi había parecido que se me iba la vida en ello), me maquillé con cuidado para que nadie se diera cuenta de todas las capas de pintura que llevaba e incluso conseguí desayunar media tostada y dos tercios de mi taza de café descafeinado (lo cual consideré un auténtico logro teniendo en cuenta mi estado de nervios).

Me miré en el espejo una última vez antes de salir.

Se me veía nerviosa, casi como una primeriza que se enfrentaba de nuevo a su primer día de trabajo.

Intenté dibujar una sonrisa confiada, en un vano esfuerzo por disimular todo aquel miedo.

Aunque creo que no lo logré. Por desgracia para mí, nunca había sido una buena actriz.

Comprobé la hora en el móvil y suspiré. Eran casi las ocho y, según internet, tardaría casi veinte minutos en llegar al centro, por lo que, si no me daba prisa, acabaría por llegar tarde.

Aunque, en realidad el concepto de «tarde» era muy relativo en aquel caso.

Nadie me había hecho llegar el horario establecido para aquellos primeros días.

Normalmente, los equipos directivos y profesores empezaban a llegar alrededor de las nueve de la mañana, pero me preocupaba que en aquel instituto fuera diferente, todos estuvieran ya allí cuando yo apareciera y convertirme en la tardona oficial.

Aquella no era, desde luego, la imagen que quería dar ante algunas de las personas que decidirían si era apta para convertirme en funcionaria de carrera o si, por el contrario, todo mi esfuerzo y trabajo no habría servido para nada.

Sabía que era una profesora estupenda (o, al menos, bastante decente), por lo que no estaba dispuesta a tirarlo todo por tierra por unos minutos de tardanza.

Pero cuando llegué al instituto, tal y como había imaginado, aún no había nadie. Casi literalmente. Cuando entré al vestíbulo, solo estaba el ordenanza, que se presentó y me indicó dónde estaba la sala de profesores.

—Eres la primera en llegar este año. ¡Qué madrugadora! —bromeó mientras encendía las luces de aquella sala en la que tantas horas pasaría durante los siguientes meses—. No creo que el resto del claustro tarde mucho. Mientras tanto, siéntete como en casa.

—Muchas gracias.

Se fue, dejándome sola, y yo aproveché para curiosear la habitación. No era demasiado grande, pero tenía varias mesas de trabajo, casilleros e incluso unos sofás donde poder descansar y charlar con los compañeros.

Me senté en uno de estos y aproveché para mandarle un selfie a mi mejor amiga junto a un mensaje en el que le contaba lo que acababa de sucederme y le adelantaba lo que había pasado la noche anterior. Estaba segura de que se esperaría cualquier cosa menos aquello.

—¡Buenos días!

Levanté la vista del móvil al escuchar aquella voz y volví a dibujar una sonrisa al encontrarme a una chica de más o menos mi edad parada en la puerta de la sala de profesores. Por su expresión, parecía igual de nueva y perdida que yo, así que no dudé en levantarme y presentarme.

—¡Hola! Soy Clara, de Historia.

—¡Ay, yo también! —exclamó ella, feliz—. Ana. Es mi primer año en el centro.

—También el mío —le confesé—. Acabo de sacarme la plaza.

—¡Y yo!

Fue amistad a primera conversación. No tardamos en sentarnos juntas y empezar a contarnos nuestras vidas, expectativas, trayectorias…

hasta que la sala poco a poco empezó a llenarse de profesores, especialmente nuevos, aunque también algún veterano que había acudido a supervisar los exámenes de recuperación para el alumnado de primero de bachillerato.

La habitación que hasta hacía unos minutos había estado en completo silencio se había convertido en un torbellino de saludos, presentaciones y risas nerviosas y emocionadas por el comienzo del nuevo curso.

Todos parecían contentos de estar allí, lo que aflojó bastante mis nervios.

Si el ambiente se mantenía así durante el resto del año, estaba convencida de que disfrutaría mucho de aquella experiencia (sin olvidarnos del ámbito laboral, por supuesto, aunque de eso ya me preocuparía en un par de semanas cuando tuviera que enfrentarme a mis nuevos y desconocidos alumnos).

—El director ya está por aquí —nos anunció a eso de las nueve y media de la mañana Ramón, uno de los jefes de estudio adjuntos—. Le gustaría presentarse a los nuevos que habéis llegado de manera informal antes de la bienvenida oficial. Si queréis, os acompaño.

Todos asentimos y Ana y yo, en primera fila, lo seguimos por los pasillos hasta el último despacho de aquella zona habilitada únicamente para el profesorado.

Tomé una bocanada de aire antes de poner un pie dentro…

y lo solté directamente al darme cuenta de que la persona que estaba dentro, charlando con otra profesora de forma amistosa, era ni más ni menos que el hombre con el que me había liado la noche anterior en el baño de aquel bar y cuyo nombre ni siquiera recordaba.

Durante unos segundos me planteé la posibilidad de salir corriendo, no incorporarme al centro y olvidarme de mi vocación de profesora.

Podría dedicarme a otra cosa. A cualquier otra.

La que fuera. Total, tampoco había estudiado tanto para lograr aquel puesto.

Solo habían sido cuatro años de carrera, dos de máster y otros cuatro de oposición mientras trabajaba. Nada del otro mundo, vaya.

Pero no pude poner en marcha mi fantástico plan de huida porque, mientras trataba de decidir cuál sería la mejor manera de escapar de allí sin llamar demasiado la atención, él se giró hacia nosotros.

Y sus ojos se posaron directamente en mí.

Contuve la respiración, casi rezando para que no me reconociera.

Estaba oscuro, habíamos bebido e iba muy maquillada, así que quizá no se daba cuenta de quién era.

Quizá solo pensaba que tenía una de esas caras que resultan familiares, que me parecía a alguien que conocía.

Mas no tardé en darme cuenta, por la chispa que vi en sus ojos, que mis esperanzas habían quedado en nada.

Sabía quién era.

Se acordaba perfectamente de mí.

Y yo ya no tenía escapatoria.

Con todos los hombres que había en el mundo, ¿por qué había tenido que liarme justamente con el director del instituto?

—Buenos días, Enrique —le saludó Ramón, ajeno a todo lo que estábamos viviendo en ese momento—. Estos son algunos de nuestros nuevos compañeros para este curso.

Él no contestó. Continuaba mirándome fijamente, como si no hubiera nadie más en aquel despacho, como si por un momento hubiéramos regresado al diminuto baño del que nos habían echado la noche anterior.

Y yo tampoco conseguía apartar la mirada de él. Por mucho que quisiera disimular para que el resto de compañeros no se diera cuenta, no podía dejar de recordar los besos y pequeñas caricias que habíamos compartido la noche anterior.

—Enrique, ¿te encuentras bien?

La pregunta del jefe de estudios pareció sacarlo por fin de sus pensamientos. Enrique sonrió de forma profesional y empezó a estrecharnos la mano uno a uno.

—Disculpad, estaba repasando unos asuntos y me he distraído —se excusó a pesar de que ambos sabíamos que aquello no era verdad—. Encantado de daros la bienvenida. Soy Enrique, el director.

Todos se fueron presentando, diciendo sus nombres (que yo no tardaría en olvidar y mezclar; no entendía cómo se me podía dar tan mal eso de unir nombres y caras) hasta que llegó mi turno.

Enrique me tendió la mano y yo se la estreché, intentando disimular el pequeño temblor que me había invadido al volver a tenerlo tan cerca.

—Clara —me presenté, como si no lo hubiera hecho ya la noche anterior. Aunque era posible que, al igual que yo, él también hubiera olvidado mi nombre—. De Historia. Estoy de prácticas.

—Ah, sí, sois cinco en total —respondió él, aún sin soltarme—. Enhorabuena por la plaza.

—Muchas gracias.

Tras unos segundos que se sintieron como una eternidad, Enrique me soltó la mano, dejándome una extraña sensación de desasosiego, y siguió la ronda de saludos.

Suspiré de forma casi inaudible, procurando no llamar aun más la atención de los demás.

Solo esperaba que no se hubieran percatado de lo largo que había sido nuestro saludo.

Cuando el director terminó por fin de hablar con todos los presentes, Ramón nos dijo que, como tenía algo de tiempo, nos haría una pequeña visita por el instituto para que pudiéramos familiarizarnos con él.

—Es bastante grande, así que los primeros días estaréis muy perdidos, pero os prometo que en octubre ya encontraréis todas vuestras clases sin problema.

—¿Octubre? —me preguntó en voz baja Ana—. Será una broma, ¿no? No puedo dejar que los alumnos se den cuenta de que estoy aún más perdida que ellos.

Me encogí de hombros porque, siendo sincera, no tenía ni idea.

Aquel instituto era bastante grande, por lo que era muy posible que hubiera corredores y corredores llenos de aulas.

Aunque, con un poco de suerte, no tendríamos que atravesar patios para llegar a nuestras clases.

Todavía tenía pesadillas con los días de lluvia en el primer centro en el que trabajé.

Ni uno solo había logrado llegar seca a mi destino.