El alma que hablar puede con los ojos… Capítulo 1
1%
El alma que hablar puede con los ojos…

El alma que hablar puede con los ojos…

Por Marian Arpa, S. F. Tale

© inepub.com

Capítulo 1

E staba nerviosa. Muy nerviosa. Sabía que no tenía motivos para estarlo: no era mi primer comienzo de curso y, además, aún faltaban quince días para que las aulas se llenaran de esos monstruitos llamados adolescentes a los que, en teoría, tenía que intentar enseñar Historia.

Pero sí que había una novedad respecto a los años anteriores y era que, por primera vez, me incorporaría al claustro el uno de septiembre como funcionaria de carrera.

Bueno, en realidad, funcionaria en prácticas.

Acababa de conseguir mi tan ansiada plaza, por lo que empezaba el «año de prácticas» en el que el inspector decidiría si tendría un puesto de por vida (el nuevo «tengo tierras» en esta economía tan precaria y cambiante) o si, por el contrario, todo mi esfuerzo no habría servido para nada.

Y había sido un esfuerzo enorme el que había tenido que hacer en los últimos años.

Así que no podía evitar sentir todo un torrente de emociones en el estómago e incluso naúseas mientras preparaba mi bolso para las clases.

—Esto es absurdo —mascullaba una y otra vez al tiempo que revisaba, por séptima vez, que efectivamente llevaba un bolígrafo azul y una goma que me servirían de poco al día siguiente—. No debería estar nerviosa. He hecho esto muchas veces ya. Sé cómo funciona el primer día de instituto, por Dios.

Pero, por mucho que lo repetía, no lograba calmarme.

Ni siquiera mandar mensajes a mis amigas o llamar a mi madre funcionaba.

Así que, al final, no me quedó más remedio que tomar una decisión drástica: dar por terminados los preparativos, ponerme guapa y salir a tomar algo.

Sí, yo sola, sin nadie que me acompañara (porque aún no conocía a nadie en aquella ciudad).

Al menos de esa forma me despejaría y me olvidaría por un rato de lo que me esperaba el día siguiente.

Lo que no me imaginaba era que acabaría en el baño de un bar en una actitud muy, digamos, cariñosa , con un tío al que acababa de conocer.

No sabía muy bien cómo había acabado en aquella situación.

Estaba en la barra tomando algo, se me había acercado aquel hombre tan mono con su barba perfectamente recortada y unos ojos verdes que quitaban el hipo, habíamos intercambiado poco más que nuestros nombres (que yo ni siquiera había entendido por culpa de todo el ruido que nos envolvía)…

y antes de darnos cuenta estábamos besándonos.

Podéis decir lo que queráis, pero era, sin duda, una buena forma de bajar mis elevadísimos niveles de cortisol en aquel momento.

Cerré los ojos y contuve un gemido al sentir sus labios en mi cuello.

No estaba nada mal para ser alguien a quien acababa de conocer, ni para estar apretujados en un minúsculo cubículo de dudosa higiene.

Él deslizó una mano por mi costado con lentitud, disfrutando del roce, y yo me mordí el labio.

Quise hacer algún comentario ingenioso, decirle, en tono jocoso, que cuidadito con esa mano, pero el alcohol y sus besos me habían nublado el ingenio y no era capaz de articular palabra.

No sé cuánto tiempo pasamos ahí encerrados. Supongo que mucho más del que debíamos puesto que unos golpes en la puerta acabaron por sacarnos de nuestra pequeña burbuja de felicidad.

—¡¡Salid de una vez!! ¡¡Hay gente que quiere usar el baño!!

Nos detuvimos de forma abrupta, intercambiamos una mirada… y nos echamos a reír como dos colegiales a los que acababan de pillar en mitad de una trastada.

—Creo que tenemos que salir —dijo él.

—Eso parece.

—¿Te gustaría seguir esto en mi casa?

Lo medité durante unos treinta segundos.

Lo estaba pasando de maravilla y parecía estar entendiéndome tan bien con aquel desconocido que una parte de mí se planteó seriamente aceptar aquella invitación, ir a su casa y terminar con lo que habíamos empezado.

Pero mi parte sensata sabía que no era buena idea irme con alguien a quien no conocía.

¿Y si en realidad era un psicópata? ¿Y si me asesinaba o algo así?

Ya me había arriesgado mucho yéndome con él al baño, no podía hacerlo aún más yendo hasta su casa.

Otras personas lo hacían, pero yo no era así.

No podía aceptar aquello.

—Lo siento, creo que lo mejor será dejarlo aquí —respondí, dedicándole una sonrisa de disculpa.

—¿Segura? Nos lo estábamos pasando muy bien…

Mentiría si no dijera que esas palabras y, sobre todo, el tono de voz tan sugerente con el que las pronunció, no me tentaron.

Durante unos segundos fantaseé con la posibilidad de irme con aquel desconocido, cuyo nombre ni siquiera había retenido en la memoria, para acabar lo que habíamos empezado.

Sentía hormigueo y fuego recorriendo mi cuerpo y quería calmarlos como fuera.

Mas mi sensatez volvió a hacer acto de presencia y pintarme de nuevo todos aquellos escenarios terribles.

Definitivamente no podía hacerlo.

—Segurísima. Lo siento.

—No tienes por qué sentirlo. Ha estado bien.

—Mucho. Ha sido breve… pero intenso.

Los dos compartimos una última carcajada antes de, por fin, salir de aquel cubículo para dejar que la larga cola que se había formado durante aquellos minutos pudiera entrar.

Nos separamos en la puerta del baño y yo, que había decidido que ya había hecho suficientes tonterías por un día (o casi por toda una vida), busqué la chaqueta que me había dejado en una silla y, por suerte, no había desaparecido entre el gentío, me la puse y salí para poder regresar a casa cuanto antes.

Lo mejor sería descansar para reponer energías.

Tenía que tener las pilas cargadas para todo lo que me esperaba al día siguiente.

Así que me marché de aquel local, me subí al primer taxi que conseguí parar y casi me olvidé de los besos que acababa de compartir con un extraño en el baño de un bar cualquiera sin imaginarme que aquel no era, ni mucho menos, el final de la historia, sino el comienzo de algo… movidito.