El alma del emperador Día noventa y ocho #2
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Día noventa y ocho #2

Si se marchaba sin más, nunca sabría si el sello funcionaba. Sería como construir una casa y luego no entrar nunca en ella. Como forjar una espada y no empuñarla. Como crear una obra maestra y luego guardarla bajo llave para que nunca pudiera contemplarse.

Shai observó el largo pasillo.

Cuando comprobó que no había nadie a la vista, se volvió hacia una de aquellas horribles urnas y rompió el sello de la parte inferior. La urna se transformó de nuevo en una simple versión de barro de sí misma.

Había tenido tiempo de sobra para averiguar con exactitud quién había creado esas urnas y dónde.

El cuarto de sus sellos preparados transformó la urna en una réplica de un ornamentado orinal dorado.

Shai recorrió el pasillo hasta los aposentos del emperador y saludó a los guardias, con el orinal bajo el brazo.

—No te reconozco —dijo un guardia.

Ella no lo reconoció tampoco, con aquella cara llena de cicatrices y la mirada recelosa. Como esperaba. A los guardias encargados de su vigilancia los habían separado de sus compañeros para que no pudieran hablar del servicio que tenían encomendado.

—Huy —dijo Shai, vacilando, en apariencia nerviosa—. Lo siento, oficial. Me han asignado la tarea esta misma mañana.

Se ruborizó y sacó de su bolsillo un grueso papel con el sello y la firma de Gaotona. Los había falsificado ambos a la antigua usanza. Le había venido muy bien que el anciano le permitiera indicarle cómo mejorar las medidas de seguridad para proteger los aposentos del emperador.

Siguió adelante sin más complicaciones. Las siguientes tres habitaciones de los enormes aposentos del emperador estaban vacías.

Tras ellas había una puerta cerrada con llave.

Tuvo que Falsificar la madera de esa puerta para convertirla en algo que hubiera sido dañado por la carcoma, usando el mismo sello que había empleado en su cama, para poder pasar.

No prendió durante mucho tiempo, pero fueron suficientes unos segundos para abrir la puerta de una patada.

Dentro encontró el dormitorio del emperador. Era el mismo lugar al que la habían llevado el primer día, cuando le ofrecieron esa oportunidad. Allí solo estaba él, tendido en aquella cama. Estaba despierto, pero miraba al techo sin verlo.

En la habitación reinaba el silencio. La tranquilidad. Olía a demasiado limpio. Demasiado blanca. Como un lienzo vacío.

Shai se acercó a la vera del lecho. Ashravan no la miró. Sus ojos no se movieron. Shai descansó los dedos sobre su hombro. Tenía un rostro hermoso, aunque era unos quince años mayor que ella. No demasiado para un grande: vivían más que la mayoría.

El suyo era un rostro fuerte, a pesar del largo tiempo postrado. Pelo dorado, mandíbula firme, nariz prominente. Tan distinto en sus rasgos del pueblo de Shai.

—Conozco tu alma —dijo ella en voz baja—. La conozco mejor de lo que tú la conociste nunca.

Aún no habían dado la alarma. Shai continuaba esperando a que ocurriera de un momento a otro, pero se arrodilló junto a la cama de todas formas.

—Ojalá pudiera conocerte. No a tu alma, sino a ti. He leído sobre ti y he visto en tu corazón. He reconstruido tu alma lo mejor que he podido. Pero no es lo mismo. No es conocer a alguien, ¿verdad? Simplemente es conocer cosas de alguien.

¿Eso que oía ahí fuera, desde una zona lejana del palacio, era un grito?

—No pido mucho de ti —siguió diciendo con el mismo tono de voz—. Solo que vivas. Solo que seas. He hecho lo que he podido. Ojalá sea suficiente.

Inspiró profundamente, abrió la caja y sacó su Marca de Esencia. La entintó, subió al emperador la manga de la camisa y descubrió su antebrazo.

Shai vaciló, pero terminó presionando el sello, que golpeó la carne y permaneció detenido un instante, como hacían siempre los sellos. La piel y el músculo no cedieron hasta un segundo más tarde, cuando el sello se hundió apenas unos milímetros.

Hizo girar el sello, asegurándolo, y lo retiró. La brillante marca roja resplandeció levemente.

Ashravan parpadeó.

Shai se levantó y retrocedió un paso mientras él se sentaba y miraba alrededor. Ella contó en silencio.

—Mis aposentos —dijo Ashravan—. ¿Qué ha sucedido? Hubo un ataque. Estaba… estaba herido. Oh, madre de las luces. Kurshina. Está muerta.

Su rostro se convirtió en una máscara de pena, pero se recuperó un segundo después. Era el emperador. Podía tener temperamento, pero mientras no estuviera furioso, se le daba bien disimular sus sentimientos. Se volvió hacia Shai, y sus ojos vivos, ojos que veían, se centraron en ella.

—¿Quién eres tú?

La pregunta la removió por dentro, a pesar de esperarla.

—Soy una especie de cirujana —explicó Shai—. Resultasteis malherido. Te he curado. Sin embargo, el remedio que he utilizado se considera despreciable en algunos sitios de vuestra cultura.

—Eres una reselladora —dijo él—. Una… ¿una Falsificadora?

—En cierto modo —respondió Shai. Él lo creería porque ese era su deseo—. Es un tipo difícil de resellado. Tendrán que sellarte cada día, y debes conservar contigo en todo momento esa placa de metal, la que tiene forma de disco que está en esa caja. Sin eso, morirás, Ashravan.

—Dámelo —dijo él, extendiendo la mano para que le entregara el sello.

Ella vaciló. No estaba segura de por qué.

—Dámelo —repitió él, esta vez con más énfasis.

—No cuentes a nadie lo que ha sucedido aquí —le advirtió ella—. Ni a los guardias ni a los sirvientes. Solo tus árbitros saben lo que he hecho.

Los gritos en el exterior sonaron más fuertes. Ashravan se volvió hacia el sonido.

—Si nadie debe saberlo —dijo—, entonces debes marcharte. Deja este lugar y no regreses. —Miró el sello—. Probablemente debería hacerte ejecutar por conocer mi secreto.

Ese era el egoísmo que había aprendido durante sus años en el palacio. Sí, ella lo había interpretado bien.

—Pero no lo harás —le dijo.

—No lo haré.

Y allí estaba la compasión, profundamente enterrada.

—Vete antes de que cambie de opinión —ordenó él.

Shai dio un paso hacia la puerta y comprobó su reloj de bolsillo: bastante más de un minuto. El sello había prendido, al menos a corto plazo. Se volvió para mirarlo.

—¿A qué estás esperando? —la apremió él.

—Solo quería dar un último vistazo —respondió Shai.

El emperador frunció el ceño.

Los gritos cada vez eran más intensos.

—Vete —dijo él—. Por favor.

Parecía saber a qué se debía aquel griterío, o al menos podía deducirlo.

—Hazlo mejor esta vez —dijo Shai—. Por favor.

Y dicho eso, huyó.

Shai había sentido la tentación, durante un tiempo, de escribir en él un deseo por protegerla.

Pero el emperador no habría tenido buenos motivos para ello, al menos a sus ojos, y podría haber socavado la Falsificación entera.

Aparte de eso, no creía que él pudiera salvarla.

Hasta que su período de luto terminara, no podría salir de sus aposentos ni hablar con nadie que no fueran sus árbitros.

Durante ese tiempo, ellos gobernarían el imperio.

A efectos prácticos, lo gobernaban ya, de todas formas.

No, una rápida revisión del alma de Ashravan para que la protegiera no habría servido de nada.

Cuando ya estaba a punto de salir por la última puerta, Shai recogió el falso orinal.

Lo alzó y luego atravesó las puertas. Ahogó un grito al oír los lejanos gritos.

—¿Todo esto es por mí? —exclamó—. ¡Noches! ¡Ha sido sin querer! ¡Ya sé que no debería haberlo visto! ¡Sé que está recluido, pero me he equivocado de puerta!

Los guardias se la quedaron mirando y uno de ellos se relajó.

—No es por ti. Vuelve a tu dormitorio y quédate allí.

Shai inclinó la cabeza y se marchó rápidamente. La mayoría de los guardias no la conocían, y por eso…

Sintió un repentino dolor en el costado. Jadeó. Era un dolor como el que sentía cada mañana, cuando el sellador de sangre marcaba la puerta.

Muy asustada, Shai se palpó el costado. ¡El corte de su blusa, donde Zu la había alcanzado con su espada, había atravesado la camisa oscura que llevaba debajo!

Cuando retiró los dedos, observó en ellos un par de gotas de sangre.

Solo un corte superficial, nada peligroso.

Con tanta agitación, ni siquiera se había dado cuenta.

Pero la punta de la espada de Zu estaba manchada con su sangre. Sangre fresca. El sellador de sangre la había encontrado y había dado inicio a la cacería. El dolor significaba que la estaba localizando, que estaba sintonizando sus mascotas con ella.

Shai arrojó a un lado el orinal y echó a correr.

Esconderse ya no era una opción. No llamar la atención carecía de sentido.

Si los esqueletos del sellador de sangre daban con ella, moriría.

Así de fácil. Tenía que encontrar un caballo pronto, y luego dar esquinazo a los esqueletos durante veinticuatro horas, hasta que su sangre se volviera rancia.

Corrió por los pasillos. Algunos criados la señalaron con el dedo, otros gritaron. Casi derribó a un embajador del sur vestido con la armadura roja de los sacerdotes.

Shai maldijo, esquivando al hombre. Las salidas del palacio estarían cerradas ya. Lo sabía. Había estudiado los protocolos de seguridad. Salir sería casi imposible.

«Ten siempre un plan de reserva», decía el tío Won.

Ella lo tenía siempre.

Se detuvo en el pasillo y decidió, como tendría que haber hecho antes, que correr hacia las salidas sería inútil. Se encontraba al borde del pánico, con el sellador de sangre siguiéndole la pista, pero tenía que pensar con claridad.

El plan de reserva. Era desesperado, pero no tenía nada más. Echó a correr de nuevo, giró en un recodo y volvió por donde acababa de venir.

«Noches, ojalá no haya errado al interpretarle —pensó—. Si en secreto resulta ser un maestro embaucador más hábil que yo, estoy perdida. Oh, Dios Desconocido, por favor. Esta vez, permite que no esté equivocada».

Con el corazón desbocado, olvidada la fatiga al instante, se detuvo en el pasillo que conducía a los aposentos del emperador.