El alma del emperador Día noventa y ocho
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Día noventa y ocho

S HAI se arrodilló en el suelo entre un puñado de hojas desperdigadas, todas repletas de anotaciones apretadas o dibujos de sellos. A su espalda, la mañana abría los ojos y la luz del sol se filtraba por la vidriera, rociando la habitación de escarlata, azul y violeta.

Un único sello de alma, tallado en piedra pulida, descansaba boca abajo en una placa de metal que tenía delante.

La piedra de alma, como roca, no parecía distinta de la piedra pómez o cualquier otra de grano fino, pero con zonas de rojo entreveradas.

Como si la hubieran manchado con gotas de sangre.

Shai parpadeó, cansada. ¿De verdad iba a intentar escapar? Había disfrutado de… ¿cuánto? ¿Cuatro horas de sueño en total, en los últimos tres días?

Sin duda la huida podía esperar. Sin duda podía descansar, solo por ese día.

«Como descanse —pensó aturdida—, no despertaré».

Permaneció arrodillada. Ese sello parecía la cosa más hermosa que había visto en su vida.

Sus antepasados habían adorado las rocas que caían del cielo por la noche. Las almas de los dioses rotos, así llamaban a aquellos cascotes. Los maestros artesanos las tallaban para darles forma. En su momento, a Shai le había parecido una tontería. ¿Por qué adorar algo que uno mismo creaba?

Lo comprendió allí, arrodillada ante su obra maestra.

Se sentía como si lo hubiera vertido todo en ese sello.

Había sintetizado dos años de esfuerzo en tres meses, rematados con una noche de frenética y desesperada talla.

Durante esa noche, había hecho cambios en sus notas, en la misma alma.

Cambios drásticos. Seguía sin saber si los había provocado su última e impresionante visión del proyecto en conjunto o si esos cambios habían sido más bien ideas defectuosas nacidas de la fatiga y el delirio.

No lo sabría hasta que se empleara el sello.

—¿Está… está terminado? —preguntó un guardia.

Los dos hombres se habían situado en el otro extremo de la habitación, para sentarse junto a la chimenea y dejarle espacio en el suelo.

Ella tenía el vago recuerdo de haber apartado los muebles.

Se había pasado parte del tiempo retirando pilas de papeles de su lugar bajo la cama, y luego arrastrándose para alcanzar otros.

¿Estaba terminado?

Shai asintió.

—¿Qué es? —preguntó el guardia.

«Noches —pensó—. Pues claro. Ellos ni siquiera lo saben». Los guardias rasos abandonaban la estancia cada día durante sus conversaciones con Gaotona.

Los pobres arietes probablemente acabarían destinados a alguna avanzadilla remota del imperio para el resto de sus vidas, vigilando los pasos que conducían a la lejana península de Teoish o algún destino similar.

Los ocultarían discretamente bajo la alfombra para impedir que revelaran, aunque fuera por accidente, algo de lo que había sucedido allí.

—Preguntad a Gaotona, si queréis saberlo —respondió Shai en voz baja—. No se me permite decirlo.

Shai recogió el sello con gesto reverente y lo colocó junto con la placa dentro de una caja que había preparado.

El sello reposó en terciopelo negro; la placa, que tenía forma de medallón grande y fino, en una hendidura bajo la tapa.

Shai la cerró y luego sacó una segunda caja, algo más grande.

En su interior había cinco sellos, tallados y preparados para su inminente huida.

Si lo conseguía. Dos de ellos ya los había utilizado.

Si pudiera dormir unas pocas horas. Solo unas pocas…

«No. De todas formas, tampoco puedo usar la cama».

Sin embargo, acurrucarse sobre el suelo ya le parecía maravilloso.

La puerta empezó a abrirse. Shai sintió un súbito y sorprendente momento de pánico. ¿Era el sellador de sangre? ¡Creía que estaría en la cama, después de haberse embriagado a conciencia tras el escarmiento de los arietes!

Durante un instante sintió una extraña y culpable sensación de alivio.

Si el sellador de sangre había acudido, acabaría de un plumazo con sus posibilidades de escapar aquel día.

Podría dormir. ¿No le habían dado una paliza Hurli y Yil?

Shai estaba segura de haberlos interpretado correctamente, pero…

en su fatiga, advirtió que se había precipitado en sus conclusiones.

La puerta se abrió del todo y entró alguien, pero no era el sellador de sangre.

Era el capitán Zu.

—Fuera —espetó a los dos guardias.

Ellos se apresuraron a obedecer.

—De hecho —dijo Zu—, quedáis relevados para el resto del día. Yo vigilaré hasta el cambio de guardia.

Los dos hombres saludaron y se marcharon. Shai se sintió como un alce herido abandonado por la manada. La puerta se cerró y Zu se volvió hacia ella despacio, con actitud deliberada.

—El sello no está listo todavía —mintió Shai—. Así que puedes…

—No hace falta que esté listo —replicó Zu, dibujando una amplia sonrisa con sus gruesos labios—. Creo que te prometí algo hace tres meses, ladrona. Tenemos una deuda que saldar.

La habitación estaba poco iluminada, pues la lámpara casi se había consumido y apenas rayaba el alba. Shai se apartó de él, repasando a toda prisa sus planes. Así no era como se suponía que tenía que ser. No podía luchar contra Zu.

No dejó de hablar, manteniéndolo distraído, pero también representando un papel que había diseñado para sí misma sobre la marcha.

—Cuando Frava averigüe que has venido aquí —dijo—, se pondrá furiosa.

Zu desenvainó su espada.

—¡Noches! —exclamó Shai, retrocediendo hasta la cama—. Zu, no tienes por qué hacer esto. No puedes hacer esto. ¡Tengo trabajo pendiente!

—Otro lo completará por ti —dijo Zu, sonriendo—. Frava tiene a otro Falsificador. Te crees muy lista. Seguro que tienes planeada una huida magnífica para mañana. Esta vez, nosotros golpearemos primero. No previste esto, ¿verdad, mentirosa? Voy a disfrutar matándote. Voy a disfrutarlo mucho.

Arremetió con la espada, cuya punta alcanzó la blusa de Shai y marcó una raya en su costado.

Ella se apartó de un salto y gritó pidiendo auxilio.

Seguía representando su papel, pero no hacía falta actuar.

Su corazón latió con fuerza y notó crecer el pánico mientras rodeaba la cama para interponerla entre Zu y ella.

Él sonrió de oreja a oreja y saltó sobre el lecho, dispuesto a atraparla.

La cama se derrumbó al instante. Durante la noche, mientras se arrastraba por debajo para coger sus notas, Shai había Falsificado la madera del armazón para que estuviera carcomida y fuera frágil. Además, había rajado el colchón por debajo en grandes cortes.

Zu apenas tuvo tiempo de gritar mientras la cama entera se partía y lo dejaba caer en el pozo que ella había abierto en el suelo.

El daño causado por el agua en la habitación, el olor a moho que Shai había percibido cuando entró por primera vez, había sido la clave.

Según los informes, las vigas de madera de arriba se habrían podrido y el techo habría cedido si no hubieran encontrado la fuga tan deprisa.

Una Falsificación sencilla, muy plausible, había hecho que el suelo hubiera terminado derrumbándose.

Zu se estrelló contra el suelo de la despensa vacía del piso de abajo.

Shai, jadeando, se acercó para asomarse al agujero.

El hombre yacía tendido entre los restos de la cama.

Algunos de ellos eran cojines y rellenos.

Probablemente viviría: la trampa de Shai estaba destinada a uno de los guardias habituales, a quienes tenía aprecio.

«No ha salido exactamente como lo había planeado, pero ha funcionado», pensó.

Corrió hacia la mesa y recogió sus cosas.

La caja de sellos, el alma del emperador, algo de piedra de alma que había sobrado y tinta.

Y los dos cuadernos que explicaban los sellos que había creado con tanta complejidad, el oficial y el verdadero.

Arrojó el oficial a las llamas al pasar junto a la chimenea. Luego se detuvo delante de la puerta, contando los latidos de su corazón.

Se sintió agonizar mientras observaba cómo palpitaba la marca del sellador de sangre. Finalmente, después de unos minutos angustiosos, el sello de la puerta destelló una última vez y se apagó. El sellador de sangre no había regresado a tiempo para renovarlo.

Libertad.

Shai salió corriendo al vestíbulo, abandonando su hogar de los tres últimos meses, una habitación que había dejado repujada de oro y plata.

Aun con lo cerca que había estado siempre el vestíbulo exterior, se le antojó otro país distinto del todo.

Presionó el tercer sello que había preparado contra su blusa abotonada, cambiándola para que fuera igual que la de los sirvientes de palacio, con insignias oficiales bordadas en el pecho izquierdo.

Tenía poco tiempo para hacer su siguiente movimiento. Pronto, o bien el sellador de sangre acudiría a su habitación, o bien Zu despertaría de su caída, o bien llegarían los guardias para el cambio de turno. Shai quería correr pasillo abajo y dirigirse derecha a los establos de palacio.

Pero no lo hizo. Correr implicaba una de dos: o culpa o una tarea importante. Las dos llamarían la atención. En cambio, mantuvo un paso ligero y adoptó la expresión de quien sabe lo que se hace, y por tanto no debe ser importunado.

Enseguida accedió a las zonas más concurridas del enorme palacio. Nadie la detuvo. En un cruce tapizado de alfombras, se detuvo.

A la derecha, al fondo de un largo pasillo, se encontraba la entrada a los aposentos del emperador.

El sello que Shai llevaba en la mano derecha, en la caja y acolchado, pareció saltar en sus dedos.

¿Por qué no lo había dejado en la habitación para que lo encontrara Gaotona?

Los árbitros la perseguirían con menos saña si tuvieran el sello.

Podía dejarlo allí mismo, en ese pasillo adornado con retratos de antiguos legisladores y repleto de urnas de remotas épocas Falsificadas.

No. Lo llevaba consigo por un motivo. Había preparado herramientas para acceder a los aposentos del emperador. En todo momento había sabido lo que iba a hacer.