El alma del emperador Día noventa y ocho #3
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Día noventa y ocho #3

Allí esperó. Los guardias no la perdieron de vista, con el ceño fruncido, pero mantuvieron sus posiciones al fondo del pasillo, tal como habían sido instruidos. La llamaron. Era difícil no moverse. Aquel sellador de sangre se acercaba cada vez más con sus horribles mascotas…

—¿Qué haces aquí? —dijo una voz.

Shai dio media vuelta y vio a Gaotona aparecer por el pasillo. Había sido el primero en acudir junto al emperador. Los demás buscarían a Shai, pero Gaotona quería asegurarse de que Ashravan estaba a salvo.

Shai se dirigió a él, ansiosa. «Probablemente esta es la peor idea que he tenido jamás para un plan de reserva», pensó.

—Ha funcionado —dijo en un susurro.

—¿Has probado el sello? —preguntó Gaotona, cogiéndola del brazo y mirando a los guardias. La apartó para que no pudieran oírlos—. De todas las cosas alocadas, dementes y estúpidas…

—Ha funcionado, Gaotona —insistió Shai.

—¿Por qué has ido a verlo? ¿Por qué no has huido mientras tenías la posibilidad?

—Tenía que saberlo. Era preciso.

Él la miró a los ojos. Veía a través de ellos, hasta el fondo de su alma, como hacía siempre. Noches, sí que habría sido un Falsificador magnífico.

—El sellador de sangre tiene tu rastro —la advirtió Gaotona—. Ha invocado a esas cosas para que te capturen.

—Lo sé.

Gaotona vaciló solo durante un instante y luego sacó una caja de madera de sus voluminosos bolsillos. El corazón de Shai dio un vuelco.

Se la ofreció, y ella la cogió con una mano, pero él no la soltó.

—Sabías que vendría aquí —dijo Gaotona—. Sabías que las tendría y que te las daría. Has jugado conmigo.

Shai guardó silencio.

—¿Cómo lo hiciste? —preguntó el anciano—.

Pensaba que te estaba vigilando con atención.

Estaba seguro de que no me habías manipulado.

Y sin embargo, he venido corriendo hasta aquí, casi seguro de que te encontraría.

Sabiendo que necesitarías esto. Seguía sin darme cuenta, hasta este mismo momento, de que probablemente lo tenías todo planeado.

—Te manipulé, Gaotona —reconoció ella—. Pero tuve que hacerlo de la manera más difícil posible.

—¿Cómo?

—Siendo auténtica —respondió ella.

—No se puede manipular a la gente siendo auténtico.

—¿No? —preguntó Shai—. ¿No es así como has forjado toda tu carrera? ¿Hablando con sinceridad, enseñando a la gente lo que debe esperar de ti y luego esperando que a cambio sean sinceros contigo?

—No es lo mismo.

—No. No lo es. Pero es lo mejor que pude conseguir. Todo lo que te he dicho es verdad, Gaotona. El lienzo destruido, los secretos sobre mi vida y mis deseos. He sido sincera. Era la única forma de ponerte de mi lado.

—No estoy de tu lado. —Gaotona hizo una pausa—. Pero tampoco quiero que te maten, muchacha. Y mucho menos que lo hagan esas cosas. Cógelas. ¡Días! Llévatelas y vete, antes de que cambie de opinión.

—Gracias —susurró ella, acercándose la caja al pecho. Buscó en el bolsillo de su falda y sacó un cuaderno grueso y pequeño—. Mantenlo a salvo. No se lo enseñes a nadie.

Él lo aceptó, vacilante.

—¿Qué es?

—La verdad —respondió ella. Se inclinó y lo besó en la mejilla—. Si escapo, cambiaré mi Marca de Esencia final. La que nunca pretendía utilizar… Añadiré a ella, y a mis recuerdos, un amable abuelo que me salvó la vida. Un hombre sabio y compasivo a quien respetaba mucho.

—Vete, niña idiota —dijo él. Tenía lágrimas en los ojos.

Si no hubiera estado al borde del pánico, se habría sentido orgullosa de su reacción. Y avergonzada de su propio orgullo. Así era Shai.

—Ashravan vive —dijo—. Cuando pienses en mí, recuerda eso. Ha funcionado. ¡Noches, ha funcionado!

Lo dejó y echó a correr por el pasillo.

Gaotona oyó marcharse a la muchacha, pero no se volvió para verla huir. Contemplaba la puerta de los aposentos del emperador. Dos guardias confusos y el paso a… ¿qué?

Al futuro del Imperio Rosa.

«Nos gobernará alguien que no está vivo de verdad —pensó Gaotona—. El fruto de nuestros hediondos esfuerzos».

Inspiró profundamente, pasó ante los guardias y abrió las puertas para entrar a contemplar la criatura que había traído al mundo.

«Solo… por favor, que no sea un monstruo».

Shai caminaba a grandes zancadas por los pasillos de palacio, sujetando la caja de sellos.

Se arrancó la blusa de botones, revelando una ajustada camisa de algodón negro, y se guardó la caja en el bolsillo.

Se dejó puesta la falda y las calzas debajo.

No era tan diferente de las ropas con las que había sido entrenada.

Los criados corrían a su alrededor. Sabían, solo por su actitud, que tenían que quitarse de en medio. De repente, Shai se sintió más segura de lo que se había sentido en años.

Había recuperado su alma. Toda.

Sacó una de sus Marcas de Esencia mientras caminaba. La entintó con rápidas pinceladas y volvió a guardarse la caja en el bolsillo de la camisa. Se selló el bíceps derecho y lo aseguró, reescribiendo su historia, sus recuerdos, su experiencia vital.

Durante una fracción de un instante, recordó ambas historias. Recordó los dos años que había pasado encerrada, planeando, creando la Marca de Esencia. Recordó toda una vida como Falsificadora.

Y al mismo tiempo, recordó haber pasado los últimos quince años entre la tribu de los teullu. La habían adoptado y entrenado en las artes marciales.

Dos lugares a la vez, dos vidas al mismo tiempo.

Entonces la primera se desvaneció y Shai se convirtió en Shaizan, el nombre que le habían puesto los teullu. Su cuerpo se hizo más delgado, más duro. El cuerpo de una guerrera. Se quitó las gafas. Sus ojos se habían curado hacía mucho tiempo y ya no las necesitaba.

Acceder al entrenamiento de los teullu había sido difícil, porque a la tribu no le gustaban los forasteros. Casi habían acabado con ella en una docena de ocasiones distintas durante su año de formación. Pero había tenido éxito.

Perdió todo conocimiento de cómo crear sellos, todo sentido de inclinación hacia lo erudito.

Seguía siendo ella misma y recordaba su pasado inmediato: su captura, su reclusión forzada en aquella celda.

Era consciente, en términos lógicos, de lo que acababa de hacer con el sello en su brazo, y sabía que la vida que estaba recordando era falsa.

Pero no la sentía así. Mientras aquel sello le quemaba el brazo, se convirtió en la versión de sí misma que habría existido de haber sido adoptada por una severa cultura de guerreros y de haber vivido entre ellos durante más de una década.

Se quitó los zapatos. Su pelo se acortó; una cicatriz cruzaba su rostro desde la nariz hasta la mejilla derecha. Caminaba como una guerrera, vigilando todo a su paso.

Llegó a la zona de los criados de palacio justo ante los establos, dejando la Galería Imperial a la izquierda.

Una puerta se abrió delante de ella. Zu, alto y de labios gruesos, se abrió paso. Tenía un tajo en la frente —la sangre manaba a través de la venda que llevaba puesta— y tenía la ropa desgarrada por la caída.

Sus ojos destellaban ira. Hizo una mueca al verla.

—Estás perdida. El sellador de sangre nos ha traído directos hasta ti. Voy a disfrutar…

Se interrumpió cuando Shaizan, apenas un borrón, avanzó hacia él y golpeó su muñeca con el canto de la mano, fracturándosela y dejándolo sin fuerzas para sostener la espada entre los dedos.

Después alzó la mano y la descargó en su garganta con un golpe seco.

Entonces cerró el puño y lo estrelló directo contra su pecho. Seis costillas se rompieron.

Zu retrocedió tambaleándose, jadeando, con los ojos muy abiertos por la descomunal sorpresa. Su espada resonó al chocar contra el suelo. Shaizan pasó por encima de él, le arrebató el cuchillo del cinturón y lo alzó para cortar el cordón de su capa.

Zu se desplomó en el suelo, dejando la capa en los dedos de ella.

Shai podría haberle dicho algo. Shaizan no tenía paciencia para hacer comentarios sarcásticos ni burlas. Un guerrero seguía moviéndose, como un río. No interrumpió el paso mientras se envolvía en la capa y accedía al pasillo que estaba detrás de Zu.

El capitán boqueaba en busca de aire. Viviría, pero no volvería a empuñar una espada en muchos meses.

Movimiento al fondo del pasillo: criaturas de extremidades blancas, demasiado delgadas para estar vivas.

Shaizan se preparó adoptando una postura amplia, el cuerpo vuelto hacia un lado, de cara al pasillo, las rodillas algo flexionadas.

No importaba de cuántas monstruosidades dispusiera el sellador de sangre. No importaba si ella perdía o ganaba.

Importaba el desafío. Eso era todo.

Eran cinco, con apariencia de hombres armados con espadas.

Recorrieron el pasillo, los huesos resonando, los cráneos sin ojos mirándola inexpresivos salvo por aquellos dientes afilados, siempre sonrientes.

Algunas partes de los esqueletos estaban sustituidas por tallas de madera que soldaban huesos rotos en la batalla.

Cada criatura llevaba un brillante sello rojo en la frente: era necesaria la sangre para darles vida.

Ni siquiera Shaizan había combatido nunca antes con monstruos como aquellos.

Apuñalarlos sería inútil. Pero esos trozos que habían sido sustituidos, algunos, eran piezas de costillas o de otros huesos que los esqueletos no deberían necesitar para luchar.

Por tanto, si los huesos se rompían o se salían del sitio, ¿dejaría de funcionar la criatura?

Parecía su mejor opción. No se lo pensó más. Shaizan era puro instinto. Mientras los seres se aproximaban, hizo girar la capa de Zu y la arrojó por encima de la cabeza del primer esqueleto. El ser manoteó y golpeó la capa mientras ella se enfrentaba a la segunda criatura.

Shaizan repelió su ataque con la hoja de la daga de Zu, para luego acercarse tanto que pudo oler sus huesos y extender la mano justo por debajo de la caja torácica de aquella cosa.

Agarró la espina dorsal y tiró, soltando un puñado de vértebras.

La punta del esternón cortó el antebrazo de Shaizan.

Al parecer, todos los huesos de los esqueletos estaban afilados.