Capítulo 58
a puerta del armario se abrió, dejando entrar la luz de una lámpara. Vivenna, atada y amordazada, vio la silueta de Vasher. Arrastraba tras él a Sangre Nocturna, como de costumbre en su vaina plateada.
Con aspecto exhausto, Vasher se arrodilló y le quitó la mordaza.
—Ya era hora —señaló ella.
Él sonrió débilmente.
—Ya no me queda aliento. Ha sido muy difícil localizarte.
—¿Dónde ha ido todo? —preguntó ella mientras Vasher le soltaba las ligaduras de las manos.
—Sangre Nocturna ha devorado la mayor parte.
Me extrañaría mucho , dijo Sangre Nocturna alegremente. Hum… En realidad no recuerdo lo que ha pasado. ¡Pero hemos destruido mucha maldad!
—¿La has desenvainado? —preguntó Vivenna mientras Vasher le desataba los pies.
Él asintió.
Ella se frotó las manos.
—¿Y Denth?
—Muerto. Ni rastro de Tonk Fah ni de la mujer, Joyas. Creo que han cogido su dinero y han huido.
—Entonces se acabó.
Vasher asintió, se sentó y apoyó la cabeza contra la pared.
—Y hemos perdido.
Ella frunció el ceño e hizo una mueca por el dolor que le provocaba su hombro herido.
—¿Qué quieres decir?
—Denth estaba a sueldo de algunos escribas de Pahn Kahl del palacio. Querían iniciar una guerra entre Idris y Hallandren para debilitar a ambos reinos y permitir que Pahn Kahl obtuviera su independencia.
—¿Y? Denth está muerto.
—Y también los escribas que tenían los Mandatos de los ejércitos sinvida —dijo Vasher—. Y ya han enviado a las tropas. Los sinvidas han salido de la ciudad hace más de una hora, en dirección a Idris.
Vivenna guardó silencio.
—Toda esta lucha, todo el asunto con Denth, era secundario —añadió Vasher, haciendo chocar su cabeza contra la pared—. Nos ha distraído. No he podido llegar a los sinvidas a tiempo. La guerra ha comenzado. No hay forma de detenerla.
Susebron condujo a Siri hasta las profundidades del palacio. Ella caminaba junto a él, envuelta en su abrazo, con un centenar de franjas de tela girando alrededor.
Incluso después de haber despertado tantas cosas, a Susebron le quedaba suficiente aliento para hacer que cada color ante el que pasaban brillara.
Por supuesto, no funcionaba con muchas de las piedras que encontraban.
Aunque grandes porciones del edificio seguían siendo negras, al menos la mitad se había vuelto blanco.
No solo del gris del despertar normal. Se habían vuelto de color blanco hueso.
Y, al ser blancos, reaccionaban a su increíble biocroma, dividiéndose otra vez en colores.
«Es como un círculo, de algún modo —pensó ella—.
Colorido, luego blanco, luego vuelta al color».
Susebron la llevó a una cámara concreta, y ella vio lo que él le había contado ya.
Escribas aplastados por las alfombras que había despertado, barrotes arrancados de sus molduras, paredes derribadas.
Una cinta salió disparada de Susebron y le dio la vuelta a un cadáver para que ella no tuviera que ver su herida.
Siri no prestaba mucha atención. En medio de los escombros había un par de cadáveres más.
Uno era Tejesonrojos, bocabajo, ensangrentada.
El otro era Sondeluz, su cuerpo vacío por completo de color. Como si fuera un sinvida.
Tenía los ojos cerrados y parecía dormir, como en paz. Había un hombre sentado junto a él, el sumo sacerdote de Sondeluz, sosteniendo su cabeza en el regazo. El sacerdote los miró. Sonrió, aunque ella vio lágrimas en sus ojos.
—No comprendo —dijo ella, mirando a Susebron.
—Sondeluz dio su vida para sanarme —respondió el rey-dios—. De algún modo, supo que me habían extirpado la lengua.
—Los retornados pueden curar a una sola persona —dijo el sacerdote, mirando a su dios—. Es su deber decidir a quién y cuándo. Hay quien dice que vuelven para eso. Para dar vida a una persona que la necesita.
—Nunca llegué a conocerlo —dijo Susebron.
—Era muy buena persona —respondió Siri.
—Me doy cuenta. Aunque nunca hablé con él, fue lo suficientemente noble para morir a fin de que yo pudiera vivir.
El sacerdote sonrió.
—Lo sorprendente es que Sondeluz lo hizo dos veces.
«Me dijo que no podría depender de él al final —pensó Siri, sonriendo levemente, aunque apenada al mismo tiempo—. Supongo que mintió en eso. Muy propio de él».
—Vamos —dijo Susebron—. Tenemos que reunir al resto de mis sacerdotes. Hay que encontrar un modo de impedir que nuestros ejércitos destruyan a tu pueblo.
—Tiene que haber un modo, Vasher —dijo Vivenna, arrodillándose junto a él.
Él trató de dominar su furia, su ira consigo mismo. Había venido a la ciudad para impedir una guerra. Una vez más, llegaba demasiado tarde.
—Cuarenta mil sinvidas —dijo, dando un puñetazo contra el suelo—. No puedo detener a tantos. Ni siquiera con Sangre Nocturna y los alientos de todos los habitantes de la ciudad. Aunque pudiera seguir el ritmo de su avance, tarde o temprano uno de ellos me mataría con un golpe de suerte.
—Tiene que haber un modo —insistió Vivenna.
«Tiene que haber un modo».
—Yo pensaba lo mismo antes —dijo él, llevándose las manos a la cabeza—. Quise detenerla. Pero cuando me di cuenta de lo que pasaba, había llegado ya demasiado lejos. Había tomado viva propia.
—¿De qué estás hablando?
—La Multiguerra —susurró Vasher.
Silencio.
—¿Quién eres en realidad?
Él cerró los ojos.
Lo llamaban Talaxin , dijo Sangre Nocturna.
—Talaxin —dijo Vivenna—. ¿En honor a uno de los Cinco Sabios?…
No. Él fue uno de ellos , respondió Sangre Nocturna.
Vivenna dejó escapar una risa.
—Pero vivieron… —Se detuvo y frunció el ceño—. Vivieron hace trescientos años.
—El biocroma puede mantener viva a la gente mucho tiempo —suspiró Vasher, abriendo los ojos.
Ella no discutió.
También lo llamaban otras cosas , dijo la espada.
—Si de verdad eres uno de ellos, entonces sabrás cómo detener a los sinvidas.
—Claro —dijo Vasher amargamente—. Con otros sinvidas.
—¿Es la única forma?
—La más fácil. Aparte de eso, podemos perseguirlos y apresarlos uno a uno, para domarlos y sustituir sus frases de seguridad.
Pero, aunque tuvieras la octava elevación, que permite romper los Mandatos de manera instintiva, cambiar a tantos requeriría semanas.
—Negó con la cabeza—. También podríamos enfrentar un ejército a ellos, pero es que ellos son nuestro ejército.
Las fuerzas de Hallandren no son lo bastante grandes para combatir a los sinvidas solas, y no podrían llegar a Idris con la suficiente velocidad.
Los sinvidas lo harán con días de diferencia.
Los sinvidas no duermen, no comen, y pueden marchar sin cansarse.
—Se les acabará el icoralcohol —dijo Vivenna.
—No es como la comida, Vivenna. Es como la sangre. Necesitan un nuevo suministro si se cortan y lo pierden o si se corrompe. Unos pocos probablemente dejarán de funcionar sin mantenimiento, pero solo un número pequeño.
Ella guardó silencio.
—Bien, entonces despertemos a un ejército propio para que luche contra ellos —dijo por fin.
Él sonrió débilmente. Se sentía mareado. Se había vendado las heridas, las peores al menos, pero no podría luchar más de momento. Vivenna no ofrecía mucho mejor aspecto, con aquella mancha ensangrentada en el hombro.
—¿Despertar a un ejército propio? —dijo Vasher—. Primero, ¿de dónde sacaríamos el aliento? He usado todo el tuyo. Aunque encontráramos mi ropa, que aún tiene un poco, solo serán un par de cientos. Hace falta uno por sinvida. Nos superarían enormemente en número.
—El rey-dios —dijo ella.
—No puede usar su aliento. Le quitaron la lengua cuando era niño.
—¿Y no puedes sacárselo de ninguna forma?
Vasher se encogió de hombros.
—La décima elevación permite dar Mandatos mentales, sin hablar, pero hacen falta meses de entrenamiento para aprender a hacerlo…
aunque tengas a alguien que te enseñe. Sus sacerdotes deben de saber cómo, para poder transferir el tesoro de aliento de un rey a otro, pero dudo que lo hayan entrenado todavía.
Uno de sus deberes es impedir que use sus alientos.