El aliento de los dioses Epílogo
100%

Epílogo

l día siguiente, un ejército de mil soldados de piedra salió de la ciudad, corriendo tras los sinvidas que habían partido el día antes.

Desde fuera de la ciudad, Vivenna los veía marchar apoyada contra la muralla.

«¿Cuántas veces he estado bajo la mirada de esos D’Denir sin saber que estaban vivos, solo esperando que les dieran de nuevo un Mandato?

», pensó. Todo el mundo decía que Dalapaz había dejado las estatuas como regalo para el pueblo, un símbolo para recordarles que no libraran más guerras.

A ella siempre le había parecido extraño.

¿Un montón de estatuas de soldados como regalo para recordar que la guerra era terrible?

Y, sin embargo, eso eran. El regalo que había puesto fin a la Multiguerra.

Se volvió hacia Vasher. También él estaba apoyado en la muralla, con Sangre Nocturna en una mano. Su cuerpo había revertido a su forma mortal, con el pelo alborotado y todo.

—¿Qué fue lo primero que me enseñaste sobre el despertar? —preguntó ella.

—¿Que no sabemos mucho? ¿Que hay cientos, quizá miles de Mandatos que no hemos descubierto todavía?

—Exacto —dijo ella, volviéndose para contemplar cómo las estatuas despertadas se perdían en la distancia—. Creo que tenías razón.

—¿Crees?

Ella sonrió.

—¿Podrán de verdad detener al otro ejército?

—Probablemente —contestó él, encogiéndose de hombros—. Serán lo bastante rápidos para alcanzarlos. Los sinvidas de carne no pueden marchar tan velozmente como los que tienen pies de piedra. He visto a esos seres antes. Son difíciles de batir.

Ella asintió.

—Entonces mi pueblo estará a salvo.

—A menos que ese rey-dios decida usar las estatuas sinvidas para conquistarlos.

Ella bufó.

—¿No te ha dicho nadie que eres un cascarrabias, Vasher?

Por fin , terció Sangre Nocturna. ¡Alguien está de acuerdo conmigo!

Vasher sonrió.

—No soy ningún cascarrabias. Solo se me dan mal las palabras.

Ella sonrió.

—Bueno, pues esto se acabó —declaró él, recogiendo el morral—. Ya nos veremos.

Dicho lo cual, echó a andar hacia el camino que salía de la ciudad.

Vivenna le dio alcance y se situó a su par.

—¿Qué te propones? —preguntó Vasher.

—Acompañarte.

—Eres una princesa. Quédate con esa muchacha que gobierna Hallandren o vuelve a Idris y que te proclamen la heroína que los salvó. Así tendrás una vida feliz.

—No. No lo creo. Aunque mi padre me aceptara, dudo que pueda volver a llevar una vida feliz en un cómodo palacio o una ciudad tranquila.

—Pensarás diferente después de una temporada en los caminos. Es una vida difícil.

—Lo sé —dijo ella—. Pero… bueno, todo lo que he sido, todo lo que me educaron para ser, era una mentira envuelta en odio. No quiero volver a eso. No soy esa persona. No quiero serlo.

—¿Quién eres, pues?

—No lo sé —respondió ella, haciendo un gesto hacia el horizonte—. Pero creo que allí encontraré la respuesta.

Caminaron en silencio durante un rato.

—Tu familia se preocupará por ti —dijo Vasher.

—Lo superarán.

Él acabó por encogerse de hombros.

—Muy bien. En realidad no me importa.

Ella sonrió. «Es verdad. No quiero regresar», pensó. La princesa Vivenna estaba muerta. Había muerto en las calles de T’Telir. Vivenna la despertante no tenía ningún deseo de traerla de vuelta.

—A ver —dijo mientras se internaban en el camino que conducía a la selva—, no soy capaz de resolverlo. ¿Quién eres? ¿Kalad, el que inició la guerra, o Dalapaz, que la terminó?

Él no respondió de inmediato.

—Es extraño —dijo por fin— lo que la historia le hace a un hombre.

Supongo que la gente no pudo comprender por qué cambié de pronto.

Por qué dejé de luchar y por qué traje a los fantasmas para recuperar el control de mi propio reino.

Así que decidieron que debía ser dos personas.

Un hombre puede confundirse respecto a su identidad cuando suceden cosas así.

Ella asintió con un gruñido.

—Pero sigues siendo un retornado.

—Claro que lo soy.

—¿De dónde sacabas el aliento? ¿El aliento por semana que necesitas para sobrevivir?

—Los llevaba conmigo, además del que me convierte en retornado. En muchos aspectos, los retornados no son del todo lo que la gente cree. No tienen automáticamente cientos o miles de alientos.

—Pero…

—Pertenecen a la quinta elevación —dijo Vasher, interrumpiéndola—.

Pero no debido al número de alientos, sino a su calidad.

Los retornados tienen un único y poderoso aliento.

Un aliento que los lleva de golpe a la quinta elevación.

Podríamos decir que es un aliento divino.

Pero sus cuerpos se alimentan de aliento, como…

—La espada.

Vasher asintió.

—Sangre Nocturna solo lo necesita cuando está fuera de la vaina.

Los retornados se alimentan de aliento una vez por semana.

Así que, si no les das uno, lo que hacen en esencia es comerse a sí mismos, devorando su único aliento.

Y eso los mata. Pero si les das aliento adicional, además del divino, se alimentarán de él cada semana.

—De modo que a los dioses de Hallandren los podrían alimentar con una reserva de alientos —dijo Vivenna—. Podrían hacer acopio para mantenerse con vida si no les pueden proporcionar otro.

Vasher asintió.

—Pero eso no los haría depender tanto de su religión para que los cuiden.

—Es una forma cínica de verlo.

Él se encogió de hombros.

—Así que vas a quemar un aliento a la semana —dijo ella—. ¿Reduciendo nuestra reserva?

Él asintió.

—Tenía miles de alientos. Los consumí todos.

—¿Miles? Pero te harían falta años y años para…

No terminó la frase. Vasher llevaba vivo más de trescientos años. Si absorbía cincuenta alientos al año, ahí estaban los millares.

—Eres un tipo caro de mantener —advirtió—. ¿Cómo logras no parecer un retornado? ¿Y por qué no mueres cuando entregas tus alientos?

—Esos son mis secretos —dijo él, sin mirarla—. Aunque ya deberías haber deducido que los retornados pueden cambiar de forma.

Ella alzó una ceja.

—Llevas sangre retornada —añadió Vasher—. El linaje real. ¿De dónde crees que viene ese don de cambiar el color de tu pelo?

—¿Significa eso que podría cambiar más que mi pelo?

—Tal vez. Lleva tiempo aprenderlo. Pero date alguna vez una vuelta por la Corte de los Dioses de Hallandren.

Descubrirás que los dioses parecen exactamente lo que creen que son.

Los viejos parecen viejos, los heroicos se vuelven fuertes, las que piensan que una diosa hermosa debe estar bien dotada se vuelven antinaturalmente voluptuosas.

Todo se basa en cómo se perciben a sí mismos.

«¿Y así es como tú te percibes, Vasher? —pensó ella, curiosa—. ¿Como un hombre tosco, duro y desaliñado?».

Pero se abstuvo de mencionarlo y se limitó a seguir caminando, percibiendo la selva a su alrededor con su sentido vital.

Habían recuperado la capa, la camisa y el pantalón de Vasher, el que Denth le había quitado.

En las prendas había suficiente aliento para compartirlo entre ambos y llegar cada uno a la segunda elevación.

No era tanto como a lo que ella estaba acostumbrada, pero sí mejor que nada.

—¿Adónde vamos, por cierto?

—¿Has oído hablar de Kuth y Huth?

—Claro —respondió ella—. Fueron tus principales rivales en la Multiguerra.

—Alguien está intentando restaurarlos. Una especie de tirano. Al parecer ha reclutado a un antiguo amigo mío.

—¿Otro?

Él se encogió de hombros.

—Éramos cinco. Denth, Shashara, Arsteel, Yesteel y yo. Parece que Yesteel ha vuelto a salir a la superficie.

—¿Es pariente de Arsteel? —dedujo Vivenna.

—Su hermano.

—Magnífico.

—Lo sé. Es quien descubrió cómo crear icoralcohol. He oído rumores de que ha desarrollado una nueva fórmula. Más potente.

—Todavía mejor.

Caminaron en silencio un rato más.

Me aburro , dijo Sangre Nocturna. Prestadme atención. ¿Por qué no me habla nadie?

—Porque molestas —replicó Vasher.

La espada dio un bufido.

—¿Cuál es tu verdadero nombre? —preguntó Vivenna por fin.

—¿Mi verdadero nombre?

—Sí. Te llaman de muchas formas. Dalapaz. Kalad. Vasher. Talaxin. ¿Ese es tu verdadero nombre, el del sabio?

Él negó con la cabeza.

—No.

—Bueno, pues entonces, ¿cuál es?

—No lo sé. No puedo recordar la época antes de retornar.

—Ah.

—Cuando regresé, sin embargo, me pusieron un nombre —dijo Vasher al cabo de un momento—. El Culto de los Retornados, los que fundaron los Tonos Iridiscentes de Hallandren, me encontraron y me mantuvieron vivo con alientos. Ellos me dieron un nombre. No me gustó mucho. No me parecía adecuado.

—¿Y bien? —preguntó ella—. ¿Qué nombre era?

—Rompeguerras el Pacífico —admitió él.

Vivenna alzó una ceja.

—Lo que no soy capaz de comprender —dijo Vasher— es si fue algo profético o si es solo que estoy intentando hacerle justicia.

—¿Importa?

Él continuó caminando en silencio durante un rato.

—No —dijo por fin—. No, supongo que no. Aunque me gustaría saber si hay algo de espiritual en los retornos o si todo esto no es más que una casualidad de proporciones cósmicas.

—Lo más probable es que no nos corresponda saberlo.

—Es probable —convino él.

Silencio.

—Tendrían que haberte llamado Amaverrugas el Feo —dijo ella.

—Muy maduro por tu parte. ¿De verdad crees que ese tipo de comentarios son adecuados para una princesa?

Ella sonrió de oreja a oreja.

—No me preocupa —dijo—. Ni tendrá que preocuparme nunca más.