Capítulo 57 #2
Un caos tan inmenso, tan horrible. El mar durante una tormenta nocturna.
Se sintió inútil, con el corazón aporreando mientras veía como la arremolinada corriente arrastraba a la joven.
Vio destellos de su pelo dorado en el agua.
Una débil salpicadura de color pasando ante el costado del barco.
Pronto desaparecería. Los hombres maldijeron.
Llarimar gritó. Una mujer lloraba. Sondeluz contempló las borboteantes profundidades, donde alternaban la espuma y la negrura. La terrible terrible negrura.
Todavía tenía la cuerda en la mano.
Sin pensarlo, saltó por la borda y se lanzó a la oscuridad. El agua helada lo recibió, pero él salió a flote, debatiéndose y pataleando en medio de la tempestad. Apenas sabía nadar. Algo pasó junto a él.
Lo agarró. El pie de la chica. Envolvió la cuerda en su tobillo y logró de algún modo tensar el nudo a pesar del agua enfurecida.
En cuanto lo hizo, la corriente lo arrastró.
Lo sumergió. Se volvió hacia arriba, hacia donde los relámpagos iluminaban la superficie. Esa luz se alejó mientras se hundía.
Hacia abajo. Hacia la negra oscuridad. Reclamado por el vacío.
Parpadeó, las olas y los truenos se alejaban. Estaba sentado en su jaula. El vacío lo había tomado, pero algo lo había devuelto. Había retornado.
Porque había visto guerra y destrucción.
El rey-dios chillaba de temor. Sondeluz vio cómo los falsos sacerdotes agarraban a Susebron, y entonces pudo ver la boca del rey-dios. «No tiene lengua —advirtió—. Claro, para impedirle que emplee su biocroma. Ahora lo entiendo».
Se volvió hacia un lado. El cuerpo de Tejesonrojos yacía ensangrentado.
Lo había visto en una visión. En las vagas sombras de la memoria matutina había creído que en realidad se ruborizaba, pero en ese momento lo recordó bien.
Miró hacia el otro lado. Llarimar, con los ojos cerrados como si durmiera: esa imagen también había aparecido en su sueño.
Sondeluz advirtió que el sacerdote los había cerrado mientras lloraba.
El rey-dios en prisión. Sondeluz también había visto eso.
Pero, por encima de todo, recordaba haber estado de pie al otro lado de una brillante y colorida ola de luz, contemplando el mundo desde el otro lado.
Y haber visto como todo lo que amaba se disolvía en la destrucción de la guerra.
Una guerra más grande que ninguna otra que el mundo hubiera visto, una guerra incluso más letal que la Multiguerra.
Recordó el otro lado. Y recordó una voz, tranquila y reconfortante, ofreciéndole una oportunidad.
Para retornar.
«Por los Colores… —pensó irguiéndose mientras los sacerdotes obligaban al rey-dios a arrodillarse—. Sí que soy un dios».
Sondeluz avanzó, acercándose a los barrotes de su jaula.
Vio dolor y lágrimas en el rostro del rey-dios, y de algún modo las comprendió.
Aquel hombre amaba a Siri. Sondeluz había visto lo mismo en los ojos de la reina.
De algún modo, ella había acabado queriendo al hombre que debería haberla oprimido.
—Eres mi rey —susurró—. Y señor de los dioses.
Los hombres de Pahn Kahl obligaron al rey-dios a tenderse bocabajo sobre las piedras. Uno de los sacerdotes alzó una espada. El rey-dios tendió una mano hacia Sondeluz.
«He visto el vacío —pensó él—. Y regresé».
Y entonces tendió su propia mano a través de los barrotes y agarró la del rey-dios. Un falso sacerdote alzó la cabeza, alarmado.
Sondeluz lo miró a los ojos, y entonces sonrió ampliamente y miró de nuevo al rey-dios.
—Mi vida a la tuya —dijo Sondeluz—. Mi aliento es tuyo.
Denth descargó un tajo e hirió a Vasher en la pierna. Vasher se tambaleó y cayó sobre una rodilla. Denth volvió a golpear, y Vasher apenas consiguió repelerlo.
Denth retrocedió, negando con la cabeza.
—Eres patético, Vasher. Ahí estás arrodillado, a punto de morir. Y todavía sigues pensando que eres mejor que el resto de nosotros. ¿Me juzgas por haberme convertido en mercenario? ¿Qué otra cosa iba a hacer? ¿Apoderarme de reinos? ¿Gobernarlos e iniciar guerras, como hiciste tú?
Vasher agachó la cabeza. Denth rugió y se abalanzó blandiendo la espada.
Vasher trató de defenderse, pero estaba demasiado débil.
Denth apartó a un lado el arma de Vasher y le dio una patada en el estómago que lo lanzó contra la pared.
Vasher se desplomó, la espada perdida. Echó mano al cuchillo que un soldado caído tenía en el cinturón, pero Denth fue más rápido y le pisó la mano.
—¿Crees que debería volver a ser como antes? —le espetó—. ¿El hombre feliz y amistoso al que todo el mundo quería?
—Eras una buena persona —susurró Vasher.
—Ese hombre vio e hizo cosas terribles. Lo he intentado, Vasher. He intentado dar marcha atrás. Pero la oscuridad… está dentro. No puedo escapar de ella. Mi risa tiene un filo. No puedo olvidar.
—Puedo conseguir que lo hagas. Conozco los Mandatos.
Denth se detuvo.
—Lo prometo. Te lo quitaré todo, si lo deseas.
Denth vaciló, con el pie sobre el brazo de Vasher, la espada baja. Entonces, finalmente, negó con la cabeza.
—No. No me lo merezco. Ninguno de nosotros se lo merece. Adiós, Vasher.
Levantó la espada para golpear. Y Vasher alzó el brazo y le tocó la pierna.
—Mi vida a la tuya. Mi aliento es tuyo.
Denth se detuvo y se tambaleó. Cincuenta alientos huyeron del pecho de Vasher e irrumpieron en el cuerpo de Denth. No eran bienvenidos, pero no pudo rechazarlos. Cincuenta alientos. No muchos.
Pero suficientes. Suficientes para hacer que se estremeciera de placer. Suficientes para hacerle perder el control solo por un segundo y caer de rodillas. Y, en ese segundo, Vasher se levantó, liberando la daga del cadáver que tenía al lado, y segó con ella la garganta de Denth.
El mercenario cayó hacia atrás, los ojos muy abiertos, el cuello sangrando. Se estremeció entre el placer de ganar nuevos alientos incluso mientras la vida lo abandonaba.
—Nadie se lo espera nunca —susurró Vasher dando un paso al frente—. El aliento vale una fortuna. Introducirlo en alguien y luego matarlo es perder más riquezas de las que la mayoría de los hombres conocerán jamás. Nunca se lo esperan.
Denth se estremeció mientras el líquido escarlata se escapaba despacio. Su pelo de pronto se volvió negro, luego rubio, luego de un rojo furioso.
Por último, se volvió blanco de terror y permaneció así. Dejó de moverse, la vida se le escapaba, los alientos nuevos y viejos desvaneciéndose.
—Querías saber cómo maté a Arsteel —dijo Vasher, y escupió sangre a un lado—. Bueno, ahora ya lo sabes.
Dedosazules cogió un cuchillo.
—Lo menos que puedo hacer —dijo— es matarte yo mismo, en vez de que lo hagan los sinvidas. Prometo que seré muy rápido. Luego haremos que parezca un ritual pagano, y te ahorraremos la necesidad de morir de forma dolorosa.
Se volvió hacia los sinvidas que la retenían.
—Atadla al altar.
Siri se debatió contra las criaturas que la sujetaban, pero fue inútil. Eran enormemente fuertes y ella tenía las manos atadas.
—¡Dedosazules! —exclamó mirándolo a los ojos—. No moriré atada a una piedra como una doncella indefensa de los cuentos. Si me quieres muerta, ten la decencia de dejarme morir de pie.
Dedosazules vaciló. La autoridad de aquella voz pareció hacerle sentirse avergonzado. Alzó una mano, deteniendo a los sinvidas que la arrastraban al altar.
—Muy bien —dijo—. Sujetadla con fuerza.
—¿Te das cuenta de la maravillosa oportunidad que desperdicias al matarme? —preguntó ella mientras él se aproximaba—. La esposa del rey-dios sería una rehén excelente. Eres tonto si me matas, y…
Él la ignoró esa vez. Empuñó el cuchillo y lo colocó contra su pecho, buscando el lugar donde clavarlo. Siri empezó a sentirse entumecida. Iba a morir. Iba a morir de verdad.
Y la guerra estallaría.
—Por favor —susurró.
Dedosazules la miró, vaciló, luego apretó los dientes y echó atrás la daga.
El edificio empezó a temblar.
Dedosazules miró alarmado a un lado, hacia varios de sus escribas. Ellos sacudieron la cabeza, confundidos.
—¿Un terremoto? —preguntó uno de ellos.
El suelo empezó a volverse blanco. El color se movió como una ola de luz al cruzar la tierra cuando el sol se eleva sobre las montañas.
Las paredes, el techo, el suelo… todo el negro de la piedra se desvaneció.
Los sacerdotes se apartaron, asustados, y uno de ellos saltó a una alfombra para no tocar las extrañas piedras blancas.
Dedosazules miró a Siri, confuso. El suelo continuó temblando, pero él alzó la daga de todas formas, sujetándola con aquellos dedos que siempre estaban manchados de tinta. Y, para su sorpresa, Siri vio que el blanco de sus ojos se combaba y liberaba un arco iris de colores.
Toda la sala estalló en color, las piedras blancas vibraron y se quebraron, como luz proyectada a través de un prisma.
La puerta explotó. Una masa retorcida de telas de colores irrumpió por el umbral, como los incontables tentáculos de un leviatán marino enfurecido.
Giraban y se enroscaban, y Siri reconoció tapices, alfombras y sedas de los adornos del palacio.
Las telas despertadas apartaron a los sinvidas, se enroscaron alrededor de ellos, los lanzaron al aire. Los sacerdotes gritaron al verse atrapados y una larga y fina tela violeta chasqueó y se enrolló en torno al brazo de Dedosazules.
Todo onduló, restallando, y Siri pudo ver por fin a una figura que caminaba en el centro. Un hombre de proporciones épicas. Negros los cabellos, pálido el rostro, joven en apariencia pero de gran edad. Dedosazules pugnó por clavar su cuchillo en el pecho de Siri, pero el rey-dios alzó una mano.
—¡Detente ahora mismo! —exclamó Susebron con voz clara.
Dedosazules se quedó muy quieto, mirando asombrado al rey-dios. La daga resbaló de sus dedos y una alfombra despertada se retorció a su alrededor, apartándolo de Siri.
Ella se quedó allí de pie, anonadada, mientras las telas de Susebron lo elevaban y lo acercaban a ella, y un par de pequeños pañuelos de seda se estiraron, envolviéndose en las cuerdas que sujetaban sus manos, y las soltaron con facilidad.
Liberada, ella se agarró a él y dejó que la cogiera en sus brazos, llorando.