Capítulo 57
ujeta por varios sinvidas, Siri no tuvo más remedio que dejarse conducir por Dedosazules a la tercera planta de la torre.
La última planta. Entraron en una sala lujosamente decorada con ricos colores, incluso para tratarse de Hallandren.
Los guardias sinvida que había allí los dejaron pasar, inclinando la cabeza ante Dedosazules.
«Todos los sinvidas de la ciudad están controlados por Dedosazules y sus escribas —pensó Siri—.
Pero, incluso antes de eso, los escribas tenían gran poder sobre la burocracia y el funcionamiento del reino.
¿No se dieron cuenta los hallandrenses de que se estaban condenando al relegar a la gente de Pahn Kahl a puestos tan inferiores y, sin embargo, tan importantes? ».
—Mi pueblo no caerá en esta trampa —dijo Siri mientras la empujaban hacia el frente de la habitación—. No lucharán contra Hallandren. Se retirarán por los pasos. Se refugiarán en los valles de las tierras altas o en alguno de los reinos exteriores.
En la habitación había un bloque negro de piedra en forma de altar. Siri frunció el ceño. Un grupo de sinvidas entró en la sala, llevando los cadáveres de varios sacerdotes. Vio el cuerpo de Treledees entre ellos.
«¿Qué significa esto?», pensó. Dedosazules se volvió hacia ella.
—Nos aseguraremos de que estén furiosos —dijo—. Confía en mí. Cuando esto acabe, princesa, Idris luchará hasta que Hallandren o ella misma quede destruida.
Arrojaron a alguien a la celda situada junto a la de Sondeluz. Con ojos cansados, indiferente, echó un vistazo. Otro retornado. ¿A cuál de los dioses habían hecho cautivo ahora?
«El rey-dios —pensó—. Interesante».
Bajó de nuevo la cabeza. ¿Qué importaba? Le había fallado a Tejesonrojos. Les había fallado a todos. Los ejércitos sinvida probablemente marchaban ya hacia Idris. Hallandren e Idris lucharían y los de Pahn Kahl tendrían su venganza. Había tardado trescientos años en producirse.
Vasher se levantó con dificultad. Empuñó con su mano débil la espada de duelos, mirando a Denth, todavía aturdido por haber usado a Sangre Nocturna.
El pasillo negro vacío había quedado abierto alrededor de ellos.
Vasher había destruido varias paredes. Era sorprendente que el techo no hubiera caído.
El suelo estaba cubierto de cadáveres, resultado de las luchas cuando los hombres de Denth habían tomado el palacio.
—Te daré una muerte dulce —dijo Denth, alzando su espada—. Solo dime la verdad. Nunca venciste a Arsteel en duelo, ¿verdad?
Vasher levantó también su espada. Los cortes, el dolor en el brazo, el agotamiento por llevar despierto tanto tiempo… todo le estaba pasando factura. La adrenalina solo podía llevarlo hasta un punto, y ni siquiera su cuerpo podía soportar tanto. No respondió.
—Como quieras —dijo Denth, y atacó.
Vasher retrocedió, obligado a defenderse. Denth siempre había sido mejor espadachín. Vasher era mejor investigando, pero ¿para qué le había servido? Para hacer unos descubrimientos que habían causado la Multiguerra, que habían creado un ejército de monstruos que había matado a miles.
Luchó. Luchó bien, lo sabía, considerando lo cansado que estaba. Pero sirvió de poco. Denth le atravesó el hombro izquierdo, su lugar favorito para la primera estocada. Permitía que su oponente siguiera luchando, herido, y le procuraba diversión.
—Nunca derrotaste a Arsteel —susurró.
—Vais a matarme en el altar —dijo Siri, en medio de aquella extraña sala, retenida por los sinvidas. A su alrededor, otros sinvidas colocaban cadáveres en el suelo. Sacerdotes—. No tiene sentido, Dedosazules. No sigues su religión. ¿Por qué haces esto?
El escriba estaba a un lado, empuñando un cuchillo. Ella vio la vergüenza en sus ojos.
—Dedosazules —dijo, obligando a su voz a permanecer serena, a su pelo a seguir negro—. Dedosazules, no tienes que hacer esto.
Él finalmente la miró.
—Después de lo que ya he hecho, ¿crees que una muerte más significa algo para mí?
—Después de todo lo que has hecho, ¿crees de verdad que una muerte más importará para tu causa?
Él miró el altar.
—Sí —respondió—. Sabes cómo murmuran los idrianos acerca de las cosas que suceden en la Corte de los Dioses.
Tu pueblo odia y recela de los sacerdotes de Hallandren, hablan de asesinatos cometidos en oscuros altares de los palacios.
Bien, vamos a dejar que un grupo de esos mercenarios idrianos vea esto, cuando hayas muerto.
Les mostraremos que llegamos demasiado tarde para salvarte, que los retorcidos sacerdotes ya te habían matado en uno de sus profanos altares.
Les enseñaremos a los sacerdotes que hemos matado intentando salvarte.
»Los idrianos de la ciudad se rebelarán.
Están a punto de hacerlo de todas formas.
Tenemos que darle las gracias a tu hermana por eso.
La ciudad se hundirá en el caos, y habrá una carnicería como no se ha visto desde la Multiguerra cuando los hallandrenses maten a los campesinos idrianos para mantener el orden.
Los idrianos supervivientes regresarán a su tierra para contar la historia.
Harán saber a todos que los hallandrenses solo querían a una princesa de sangre real para poder sacrificarla a su rey-dios.
Es exagerado y estúpido pensar que los hallandrenses harían realmente una cosa así, pero a veces las historias más descabelladas son las que más se creen, y los idrianos aceptarán esta. Sabes que lo harán.
Era verdad. Siri había oído historias similares desde la infancia. Hallandren era un sitio remoto para su pueblo: amenazante, extraño. Se debatió, aún más preocupada.
Dedosazules volvió a mirarla.
—Lo siento de verdad.
«No soy nada —pensó Sondeluz—. ¿Por qué no he podido salvarla? ¿Por qué no he podido protegerla?».
Lloraba de nuevo. Extrañamente, alguien más lo hacía. El hombre enjaulado cerca de él. El rey-dios. Susebron gemía de frustración, golpeando los barrotes de su jaula. Sin embargo, no hablaba ni insultaba a sus captores.
«¿Por qué será que no dice nada?», pensó Sondeluz. Unos hombres se aproximaron a la celda del rey-dios. Hombres de Pahn Kahl, armados. Sus expresiones eran sombrías.
Sondeluz encontraba difícil preocuparse.
«Eres un dios». Las palabras de Llarimar todavía lo desafiaban. El sumo sacerdote yacía en su propia jaula, a la izquierda de Sondeluz, con los ojos cerrados contra los terrores que los rodeaban.
«Eres un dios. Para mí, al menos».
Sondeluz sacudió la cabeza. «No. ¡No soy nada! No soy un dios. Ni siquiera soy un buen hombre».
«Eres… para mí…».
El agua salpicó contra él. Sondeluz sacudió la cabeza, aturdido. Sonaban truenos, lejanos. Nadie más pareció darse cuenta.
Oscurecía.
«¿Qué pasa?».
Estaba en un barco. Se agitaba y cabeceaba en un mar oscuro. Sondeluz iba en cubierta, tratando de mantener el equilibrio en las resbaladizas tablas. Una parte de él sabía que era solo una alucinación, que seguía en aquella jaula, pero todo parecía real. Muy real.
Las olas rugían, por delante los relámpagos desgarraban el cielo negro, y el movimiento del barco hizo que chocara de bruces contra el tabique del camarote del capitán.
La luz de una lámpara montada en una viga fluctuaba dubitativa.
Parecía débil comparada con los relámpagos, tan violentos y furiosos.
Sondeluz parpadeó. Su cara se apretujaba contra algo pintado en la madera. Una pantera roja, brillando a la luz de la lámpara bajo la lluvia.
«El nombre del barco —recordó—. La Pantera Roja ».
No era Sondeluz. O lo era, pero se trataba de una versión más pequeña y regordeta de sí mismo. Un hombre acostumbrado a ser escriba. A trabajar largas horas contando monedas. Comprobando libros de cuentas.
Buscar dinero perdido. Eso era lo que había hecho.
La gente lo contrataba para descubrir dónde los habían estafado o si un contrato no se había pagado correctamente.
Su trabajo era investigar en los libros, buscando quiebros aritméticos ocultos o confusos.
Un detective. Solo que no del tipo que había imaginado.
Las olas golpeaban el barco. Llarimar, unos años más joven, gritó pidiendo ayuda desde la proa. Los marineros corrieron en su auxilio. El barco no le pertenecía a Llarimar, ni siquiera a Sondeluz. Lo habían contratado para una sencilla excursión de placer. Navegar era una afición de Llarimar.
La tormenta había llegado de repente. Sondeluz se puso en pie de un salto y apenas consiguió mantener el equilibrio mientras avanzaba, agarrado a la amura.
Las olas azotaban la cubierta y los marineros luchaban para impedir que el barco naufragara.
Habían perdido las velas y solo quedaban jirones.
La madera crujía y se astillaba a su alrededor.
El agua negra y oscura se revolvía en el océano a su derecha.
Llarimar le gritó a Sondeluz que asegurara los barriles. Sondeluz asintió, agarró una cuerda y ató un extremo a un pescante. Una ola golpeó y lo hizo resbalar. Estuvo a punto de caer por la borda.
Se detuvo, agarrando la cuerda, mirando las aterradoras profundidades del enloquecido mar. Se soltó y ató la cuerda con un amplio nudo. Era algo natural para él. Llarimar lo había llevado a muchos viajes.
Llarimar volvió a pedir ayuda. Y, de repente, una joven salió del camarote y corrió por la cubierta. Llevaba unas cuerdas con las que pretendía asistirlos.
—¡Tatara! —llamó una mujer desde el camarote. Había terror en su voz.
Sondeluz alzó la cabeza. Reconoció a la muchacha. Extendió el brazo, con la cuerda envuelta en sus manos. Le gritó que volviera abajo, pero su voz se perdió entre los truenos.
Ella se volvió para mirarlo.
La siguiente ola la arrojó al océano.
Llarimar soltó un grito de desesperación. Sondeluz se quedó mirando, aturdido. La profunda negrura reclamaba a su sobrina. La envolvía. La engullía.