El aliento de los dioses Capítulo 56 #2
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Capítulo 56 #2

La cuerda se retorció, envolviéndose en su pierna y su pie mientras brincaba. Vasher aterrizó en el siguiente bloque tres metros más abajo, con la cuerda enrollada, y sus extraños e inhumanos músculos soportaron el grueso del golpe.

Cuatro saltos y llegó al suelo. Un grupo de soldados deambulaba entre algunos cadáveres en la puerta principal, con aspecto confuso. Vasher corrió hacia ellos y una sangre seca y gris cayó de su piel cuando recuperó el aliento de la cuerda.

Recogió la espada de un soldado caído. Los hombres ante las puertas se dieron la vuelta y prepararon sus armas.

Vasher no tenía tiempo, ni paciencia, para andarse con remilgos.

Atacó y derribó a los hombres con rápida eficacia.

No era tan bueno como Denth, pero había practicado durante mucho mucho tiempo.

Por desgracia, había muchos hombres. Tal vez demasiados para pelear. Vasher maldijo, girando entre ellos, y abatió a otro. Se agachó, golpeó con la mano la cintura de un soldado caído, tocando la camisa y los pantalones, y enroscando el dedo en la camiseta interior de colores.

—Lucha por mí, como si fueras yo —Mandó, volviendo gris la camiseta del hombre.

Se volvió para bloquear un mandoble. Otro llegó por el lado, y otro más. No podía pararlos todos.

Una espada destelló en el aire, deteniendo un arma que habría alcanzado a Vasher.

La camisa y los pantalones del muerto, después de haberse soltado, empuñaban una hoja.

Golpearon, como controlados por una persona invisible dentro, bloqueando y atacando con habilidad.

Vasher se colocó espalda contra espalda con la creación despertada.

Cuando tuvo oportunidad, hizo otra, apurando su aliento restante.

Lucharon como trío, Vasher y sus dos grupos de prendas despertadas. Los guardias maldijeron, mucho más cautelosos que antes. Vasher los estudió, planeando un ataque. En ese momento, una tropa compuesta por unos cincuenta sinvidas apareció en la esquina y cargó directamente hacia él.

«¡Colores! —maldijo Vasher para sus adentros. Rugió de ira, golpeó y abatió a otro soldado—. ¡Colores, Colores, Colores!».

No deberías maldecir , le reprochó una voz en su cabeza. Shashara me dijo que estaba mal.

Vasher se volvió hacia la voz. Una fina línea de humo negro surgía por debajo de las puertas cerradas del palacio.

¿No vas a darme las gracias? , preguntó Sangre Nocturna. He venido a salvarte.

Uno de sus grupos de ropa cayó, la pernera cortada por el astuto golpe de un soldado.

Vasher echó la mano atrás y recuperó el aliento del segundo grupo de prendas, y luego pisó con el pie descalzo la ropa caída, recuperando el aliento de ella también.

Los soldados retrocedieron, precavidos, más que contentos de dejar que los sinvidas se encargaran de él.

Y en ese momento de tranquilidad, Vasher corrió hacia las puertas del palacio. Cargó con el hombro, las abrió de par en par y resbaló en la entrada.

Numerosos hombres yacían muertos en el suelo. Sangre Nocturna brotaba del pecho de uno de ellos, como de costumbre, con la empuñadura apuntando al cielo. Vasher vaciló un instante. Podía oír a los sinvidas corriendo tras él.

Avanzó y agarró la empuñadura de Sangre Nocturna. Liberó la espada, dejando la vaina clavada en el cuerpo.

La hoja chorreó líquido negro al blandirla. El líquido se disolvió en humo poco antes de tocar paredes o suelo, como agua en un horno. El humo se retorció, parte brotando de la hoja, parte cayendo al suelo, goteando como sangre negra.

¡Destruir! , resonó la voz de Sangre Nocturna en su cabeza. ¡El mal debe ser destruido!

El dolor recorrió el brazo de Vasher, quien sintió que le extraían su aliento, absorbido por la hoja, alimentando su hambre. Desenvainar el arma tenía un coste terrible. En ese momento, no le importó mucho. Se volvió hacia los sinvidas y, enfurecido, atacó.

Cada criatura a la que golpeaba con la hoja destellaba y se convertía en humo.

Un solo arañazo y los cuerpos se disolvían como papel consumido por un fuego invisible, dejando atrás solo una gran mancha oscura en el aire.

Vasher giraba entre ellos, golpeando con furia, matando un sinvida tras otro.

El humo negro se arremolinaba en torno a él, y el brazo se retorcía de dolor mientras unos zarcillos subían por la empuñadura y rodeaban su antebrazo, como negras arterias que se marcaran en su piel, alimentándose de su aliento.

En cuestión de segundos, el aliento que Vivenna le había dado quedó reducido a la mitad.

Sin embargo, en esos segundos, destruyó a los cincuenta sinvidas.

Los soldados de fuera titubearon conmocionados, observando la escena.

Vasher se irguió entre densos penachos de humo del color del ébano que se elevaban con languidez por los aires, todo cuanto quedaba de las cincuenta criaturas que acababa de aniquilar.

Los soldados huyeron.

Vasher gritó, cargando hacia un lado de la habitación.

Clavó a Sangre Nocturna en la pared. La piedra se disolvió tan fácilmente como la carne, evaporándose ante él.

Vasher atravesó el humo negro que se disipaba y entró en la siguiente habitación.

No se molestó en buscar una escalera. Saltó a una mesa y clavó la espada en el techo.

Un círculo de tres metros se esfumó. Un brumoso humo oscuro cayó a su alrededor como vetas de pintura.

Vasher despertó de nuevo su cuerda, la lanzó hacia arriba y la usó para auparse al siguiente piso.

Repitió la operación una y otra vez para subir a la segunda planta de la torre superior de la fortaleza.

Se dio media vuelta, atravesando paredes, gritando mientras corría al encuentro de Denth. El dolor en su brazo era agudísimo, y su aliento se consumía a un ritmo alarmante. Cuando se agotara, Sangre Nocturna lo mataría.

Todo se volvía borroso. Atravesó una última pared y encontró la sala donde lo habían torturado.

Estaba vacía.

Gritó, con el brazo temblando.

Destruir… el mal… , dijo Sangre Nocturna en su mente, toda alegría, toda familiaridad desaparecida de su tono. Resonaba como una orden. Una cosa horrible e inhumana. Cuanto más empuñaba Vasher la espada, más rápido apuraba su aliento.

Jadeando, arrojó la espada a un lado y cayó de rodillas. La espada se deslizó por el suelo, abriendo una brecha que se disolvió en humo, pero la empuñadura chocó contra una pared y se detuvo. De la hoja brotaba humo.

Vasher se arrodilló, con el brazo contrayéndose. Las venas negras de su piel se evaporaron poco a poco. Apenas le quedaba aliento para alcanzar la primera elevación. Unos segundos más y Sangre Nocturna habría absorbido el resto. Sacudió la cabeza, tratando de despejar su visión.

Algo cayó al suelo ante él. Una espada de duelos. Vasher alzó la cabeza.

—Levántate —dijo Denth, mirándolo con odio—. Vamos a terminar lo que empezamos.