El aliento de los dioses Capítulo 55 #2
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Capítulo 55 #2

«No puedo ir por ahí», pensó, mirando la entrada principal, pues no quería arriesgarse a abrirse paso entre hombres enzarzados en combate.

Así que corrió hacia un lado del enorme palacio.

Los niveles inferiores estaban hechos de bloques de piedra negra que daban al palacio su aspecto piramidal.

Encima de estos se alzaba una fortaleza más tradicional, con muros altos.

Había ventanas, pero casi inalcanzables.

Vivenna agitó los dedos, haciendo que los flecos de sus mangas se abrieran y se cerraran.

Entonces dio un salto, con sus calzas despertadas impulsándola unos metros de más.

Extendió los brazos e hizo que los flecos se agarraran al filo de uno de los grandes bloques negros.

Aguantaron a duras penas, asiendo la piedra con dedos de un palmo y medio de largo.

Con dificultad, Vivenna se aupó sobre el bloque.

Los hombres gritaban y gemían debajo, y ella les dirigió una mirada.

El guardia que había cogido a Sangre Nocturna luchaba contra los otros, envuelto en un pequeño reguero de humo negro que se arremolinaba a su alrededor.

Mientras Vivenna miraba, el hombre retrocedió hasta entrar en el palacio, seguido por los demás.

Cuánta maldad , dijo Sangre Nocturna, como una mujer que chasqueara la lengua mientras limpia las telarañas del techo.

Vivenna se dio media vuelta, sintiéndose levemente culpable por entregar la espada a aquellos hombres.

Saltó y se aupó al siguiente bloque, continuando su camino mientras llegaban los soldados que la habían visto desde las murallas.

Vestían los colores de la guardia de la ciudad y, aunque un par de ellos se enzarzaron en la lucha de Sangre Nocturna, la mayoría la ignoraron.

Vivenna continuó subiendo.

A la derecha , le indicó Sangre Nocturna desde lejos. Esa ventana de la segunda planta de la torre. Dos más allá. Él está dentro.

Mientras la voz se apagaba, Vivenna miró la ventana indicada.

Todavía le quedaban varios bloques por escalar, y luego debía llegar de algún modo a una ventana que estaba un piso por encima de una pared cortada a pico.

Había algunos elementos decorativos de mampostería que podrían servirle de asidero, pero la mareaba solo pensar en tener que escalarlos.

Una flecha rebotó en la piedra junto a ella, haciéndole dar un respingo. Abajo había varios guardias con arcos.

«¡Colores!», pensó, aupándose al siguiente bloque. Oyó silbar algo tras ella y se encogió, sintiéndose como si hubiera sido alcanzada, pero no sucedió nada. Se aupó sobre el bloque y se dio la vuelta.

Apenas pudo ver un extremo de su capa, que sostenía una flecha. Se sobresaltó, agradecida de haberla despertado. La capa soltó la flecha y volvió a la normalidad.

«Qué útil», pensó ella, escalando el último bloque.

Para cuando llegó a lo alto, tenía los brazos doloridos.

Por suerte, sus dedos despertados aún agarraban tan bien como siempre.

Inspiró profundamente y empezó a escalar la pared de la negra fortaleza, utilizando las tallas decorativas como asideros.

Y decidió, por su propia cordura, que sería mejor no mirar hacia abajo.

Sondeluz miraba al frente. Demasiada información. Demasiadas cosas sucediendo. El asesinato de Tejesonrojos, luego la revelación de Llarimar, la traición de los sacerdotes del rey-dios, todo en tan rápida sucesión.

Estaba sentado en su celda, abrazándose, con el rojo y el dorado de su túnica sucios por haberse arrastrado por el túnel. Le dolía el muslo por la herida de la espada, aunque no era grave y apenas sangraba ya. Hizo caso omiso al dolor. Era insignificante comparado con el que sentía en su interior.

Los sacerdotes hablaban en voz baja al otro lado de la sala.

Extrañamente, al mirarlos Sondeluz, algo le llamó la atención.

Dejó que su mente se entretuviera comprendiendo y por fin captó lo que no encajaba en ellos.

Tendría que haberse dado cuenta antes. Estaba relacionado con el color, no el color de su ropa, sino el de sus rostros.

No acababa de ser el adecuado. En un solo hombre, esa desviación habría sido fácil de pasar por alto. Pero en todos juntos marcaba una pauta.

Posiblemente nunca habría reparado en ello. Pero ahora que sabía lo que buscar, con su elevación resultaba obvio.

Esos hombres no eran de Hallandren.

«Cualquiera puede ponerse una túnica —comprendió—, pero eso no significa que sea sacerdote». De hecho, a juzgar por los rostros, esos hombres debían de ser de Pahn Kahl.

Y entonces todo tuvo un repentino sentido para él. Los habían engañado.

—Dedosazules —dijo Siri en tono imperioso—. Háblame. ¿Qué vais a hacer con nosotros?

El laberinto del palacio del rey-dios era complejo, y a veces le resultaba difícil incluso a ella orientarse, pese al tiempo que llevaba allí. Habían bajado por una escalera, pero estaban subiendo por otra distinta.

El escriba no respondió. Caminaba con su nerviosismo acostumbrado, retorciéndose las manos. El combate en los pasillos parecía haber amainado. De hecho, cuando dejaron la escalera, el nuevo pasillo parecía terriblemente silencioso.

Siri caminaba con el inquieto brazo de Susebron alrededor de su cintura.

No sabía qué estaba pensando él, no habían podido detenerse lo suficiente para que escribiera nada.

Le dirigió una sonrisa de ánimo, pero ella sabía que todo tenía que resultarle tan aterrador como a ella. Probablemente aún más.

—No puedes hacer esto, Dedosazules —dijo, dirigiéndose al hombrecillo calvo.

—Es el único modo de ser libres —replicó Dedosazules, sin volverse, pero dándole al fin una respuesta.

—¡Pero no podéis! ¡Los idrianos son inocentes!

Él sacudió la cabeza.

—¿A cuántos de mi pueblo sacrificarías si eso significara la libertad del tuyo?

—¡A ninguno! —exclamó ella.

—Me gustaría verte decir eso si nuestras posiciones estuvieran cambiadas —repuso él, aún sin mirarla a los ojos—.

Yo… lamento tu dolor. Pero tu pueblo no es inocente.

Sois igual que los hallandrenses. En la Multiguerra nos arrollasteis, nos convertisteis en vuestros obreros y esclavos.

Solo al final, cuando la familia real huyó, se separaron Idris y Hallandren.

—Por favor —rogó Siri.

De pronto, Susebron le dio un puñetazo a un sinvida.

El rey-dios rugió, debatiéndose mientras daba una patada a otro.

Había docenas de ellos. Susebron la miró, agitando una mano, indicándole que huyera.

Siri no pretendía dejarlo. En cambio, trató de agarrar a Dedosazules, pero un sinvida fue demasiado rápido.

La cogió del brazo y la retuvo con firmeza, sin importar lo mucho que ella lo golpeara.

Un par de hombres ataviados con la túnica del clero de Susebron salieron de una escalera ante ellos, portando lámparas.

Siri, al mirar con atención, reconoció que eran gente de Pahn Kahl.

Eran más bajos, y su complexión ligeramente distinta.

«He sido una idiota», se dijo.

Dedosazules había jugado muy bien sus cartas.

Había abierto una brecha entre los sacerdotes y ella desde el principio.

La mayoría de sus temores y preocupaciones se los había inculcado él, y luego habían quedado reforzados por la arrogancia de los sacerdotes.

Todo formaba parte del plan del escriba para usarla algún día para conseguir la libertad de su pueblo.

—Hemos terminado de darles a los sinvidas de Sondeluz la frase de seguridad nueva —le comunicó a Dedosazules uno de los recién llegados—. Todos los ejércitos son nuestros.

Siri miró a Susebron. Los sinvidas habían conseguido reducirlo. Él gritaba, aunque solo conseguía emitir gemidos. Ella se debatió, intentando zafarse del sinvida que la sujetaba y ayudarlo. Rompió a llorar.

A un lado, Dedosazules asintió a sus cómplices. Parecía fatigado.

—Muy bien. Dad el Mandato. Que los sinvidas marchen sobre Idris.

—Así se hará —dijo el hombre, colocando una mano sobre el hombro del escriba.

Este asintió, con aspecto meditabundo, mientras los otros se marchaban.

—¿Por qué estás tan triste ahora? —espetó Siri.

Dedosazules se volvió hacia ella.

—Mis amigos son ahora los únicos que conocen las frases de seguridad del ejército de sinvidas de Hallandren. Cuando esos sinvidas marchen hacia Idris, con órdenes de destruir todo lo que encuentren, mis amigos se suicidarán con veneno. No habrá nadie que pueda detener a esas criaturas.

«Austre… —pensó Siri, aturdida—. Señor de los Colores…».

—Llevad al rey-dios abajo —ordenó Dedosazules, señalando a varios sinvidas—. Retenedlo hasta que sea la hora.

Mientras empujaban a Susebron hacia la escalera, un escriba de Pahn Kahl se unió a ellos, vestido con los hábitos falsos de sacerdote.

Siri intentó alcanzarlo. Susebron continuaba debatiéndose, intentando permanecer con ella, pero los sinvidas eran demasiado fuertes.

Siri oyó sus gritos inarticulados resonar por la escalera.

—¿Qué vais a hacer con él? —preguntó, con lágrimas resbalando por sus mejillas.

Dedosazules dirigió su mirada hacia ella, pero una vez más no quiso mirarla a los ojos.

—Habrá muchos en el gobierno de Hallandren que considerarán el ataque de los sinvidas un error político, y pueden intentar detener la guerra. A menos que Hallandren se comprometa de veras con esta lucha, nuestro sacrificio será inútil.

—No comprendo.

—Cogeremos los cuerpos de Sondeluz y Tejesonrojos, los dos dioses que tienen los Mandatos, y los dejaremos en los barracones de los sinvidas, rodeados de idrianos muertos que nos hemos llevado de la ciudad.

Entonces dejaremos el cadáver del rey-dios para que lo encuentren en las mazmorras del palacio.

Los que investiguen supondrán que unos asesinos idrianos lo mataron.

Hemos contratado a suficientes mercenarios en los suburbios idrianos para que no resulte difícil de creer.

Mis escribas que sobrevivan a esta noche confirmarán la historia.

Siri parpadeó para quitarse las lágrimas. «Todo el mundo creerá que Tejesonrojos y Sondeluz enviaron los ejércitos en venganza por la muerte del rey-dios. Y con el rey muerto, el pueblo montará en cólera».

—Ojalá no te hubieras implicado en todo esto —dijo Dedosazules, indicando a sus captores sinvida que se la llevaran—. Habría sido más fácil para mí si no te hubieras quedado embarazada.

—¡No lo estoy! —exclamó ella.

—La gente cree que lo estás —dijo Dedosazules con un suspiro mientras se dirigían a la escalera—.

Y eso es suficiente. Tenemos que derribar este gobierno e irritar lo suficiente a los idrianos para que quieran destruir a los hallandrenses.

Creo que tu pueblo saldrá mejor de esta guerra de lo que dice todo el mundo, sobre todo si los sinvidas marchan sin liderazgo.

Tu pueblo los emboscará, garantizando con ello que no sea una guerra fácil para ningún bando. —La miró.

»Pero para que esta guerra salga bien, los idrianos tienen que querer luchar. De lo contrario, huirán y desaparecerán en las montañas. Ambos bandos tienen que odiarse mutuamente, arrastrar a la batalla a tantos aliados como sea posible, para que todo el mundo esté demasiado distraído…

«¿Y qué mejor forma de lograr que Idris esté dispuesta a luchar que matarme?

—pensó Siri con creciente horror—. Ambos bandos verán la muerte de mi supuesto hijo como un acto de guerra.

Esto no será simplemente una lucha por el dominio.

Será una guerra de odio total. La lucha podría durar décadas…

Y nadie se dará cuenta de que nuestro verdadero enemigo, el que lo empezó todo, es la pacífica y tranquila provincia situada al sur de Hallandren».