Capítulo 55
e lucha en las puertas de palacio, excelencia —dijo un soldado ensangrentado—. Los insurgentes combaten allí unos contra otros. Tal vez… tal vez podamos pasar.
Siri sintió una punzada de alivio. Por fin algo salía bien. Treledees se volvió hacia ella.
—Si podemos llegar a la ciudad, la gente apoyará a su rey-dios —dijo—. Deberíamos estar a salvo allí.
—¿De dónde han sacado tantos sinvidas? —preguntó Siri.
Treledees negó con la cabeza. Se habían detenido en una sala casi al frente del palacio, desesperados pero dubitativos. Atravesar las fuerzas de Pahn Kahl que habían tomado la Corte de los Dioses iba a resultar difícil.
Siri miró a Susebron. Sus sacerdotes lo trataban como a un niño.
Le ofrecían respeto, pero ni se les ocurría consultar su opinión.
Por su parte, él permanecía de pie, con la mano apoyada en el hombro de Siri.
Ella veía pensamientos e ideas detrás de sus ojos, pero no tenía nada con que escribir para comunicárselo.
—Receptáculo —dijo Treledees—. Tienes que saber una cosa.
Ella lo miró.
—Dudo en mencionar esto, ya que no eres sacerdote. Pero… si tú sobrevives y nosotros no…
—Habla —ordenó ella.
—No puedes engendrar un hijo del rey-dios. Como todos los retornados, es incapaz de tener hijos. Aún no hemos descubierto cómo consiguió el Primer Retornado tener un hijo hace tantísimos años. De hecho…
—Ni siquiera creéis que lo hiciera —repuso ella—. Creéis que el linaje real es una invención.
«Pues claro que los sacerdotes discuten que el linaje real venga del Primer Retornado —pensó—. No les interesa dar ninguna credibilidad al derecho de Idris sobre el trono».
Treledees se ruborizó.
—Lo que importa es lo que la gente cree. En todo caso, hum… tenemos un niño…
—Ya —repuso Siri—. Un niño retornado al que vais a convertir en el próximo rey-dios.
Él la miró, sorprendido.
—¿Lo sabes?
—Planeáis matarlo, ¿verdad? —susurró ella—. ¡Quitarle el aliento a Susebron y dejarlo para que muera!
—¡Colores, no! —exclamó Treledees mostrando un gesto de incredulidad—.
¿Cómo… cómo puedes pensar eso? ¡No, nunca haríamos una cosa así!
Receptáculo, el rey-dios solo tiene que entregar el tesoro de aliento que alberga, Invistiéndolo en el siguiente rey-dios, y luego puede vivir el resto de su vida, tanto como desee, en paz.
Cambiamos de rey-dios cada vez que retorna un niño.
Es nuestra señal de que el actual rey-dios ha cumplido con su deber, y debe permitírsele vivir el resto de su vida sin soportar sus terribles cargas.
Ella lo miró, escéptica.
—Eso es una tontería, Treledees. Si el rey-dios entrega su aliento, morirá.
—No. Hay un modo —insistió el sacerdote.
—Se supone que es imposible.
—En absoluto. Piénsalo. El rey-dios tiene dos fuentes de aliento.
Una es innata, su aliento divino, lo que lo convierte en retornado.
La otra es el aliento que se le entrega como el Tesoro de Dalapaz, cincuenta mil alientos.
Esos puede usarlos como haría cualquier despertante, siempre que tenga cuidado con los Mandatos que utiliza.
También podría sobrevivir fácilmente como retornado sin eso.
Cualquier dios podría hacer lo mismo, si obtuviese aliento más allá del aliento semanal que lo mantiene.
Los consumiría al ritmo de uno por semana, por supuesto, pero podría acumularlos y usar los adicionales entretanto.
—Pero les impedís saberlo —dijo Siri.
—No es que se lo impidamos —contestó el sacerdote, desviando la mirada—. No surge el tema. ¿Por qué deberían los retornados preocuparse por el despertar? Tienen todo lo que necesitan.
—Excepto conocimiento. Los mantenéis en la ignorancia. Me sorprende que no les hayáis cortado la lengua a todos para ocultar vuestros preciosos secretos.
Treledees le sostuvo la mirada mientras su expresión se endurecía.
—Sigues juzgándonos. Hacemos lo que hacemos porque es lo que tenemos que hacer, receptáculo.
El poder que él detenta con ese tesoro, cincuenta mil alientos, podría destruir reinos.
Es un arma demasiado grande. Se nos encargó como única misión divina mantenerlo a salvo y no permitir que se utilizara.
Si el ejército de Kalad regresa alguna vez de donde fue exiliado, nosotros…
Oyeron ruido en la habitación de al lado. Treledees se volvió, preocupado, y la presión de Susebron sobre el hombro de Siri aumentó.
La mirada de Siri se endureció también.
—Treledees, necesito saberlo. ¿Cómo? ¿Cómo puede Susebron entregar su aliento? ¡No puede pronunciar ningún Mandato!
—Eh…
Lo interrumpió un grupo de sinvidas que irrumpieron por la puerta a su izquierda. Treledees le gritó a Siri que huyera, pero otro grupo de criaturas llegó por la derecha. Siri maldijo, agarró a Susebron de la mano y tiró de él hacia otra puerta. La abrió.
Dedosazules estaba al otro lado. La miró a los ojos, con el rostro sombrío. Tenía un grupo de sinvidas a su espalda.
Siri sintió una punzada de terror y retrocedió. Los sonidos de lucha llegaban de detrás, pero estaba demasiado concentrada en los sinvidas que rodeaban ya a Dedosazules para avanzar hacia ellos. El rey-dios dejó escapar un aullido de ira, sin lengua y sin palabras.
Y entonces los sacerdotes aparecieron. Se arrojaron contra los sinvidas, tratando de repelerlos, intentando desesperadamente proteger a su rey-dios.
Siri se agarró a su marido en la habitación rojiza, viendo cómo los sacerdotes eran masacrados por aquellos guerreros de cara gris carentes de emociones.
Un sacerdote tras otro se interpuso en su camino, algunos con armas, otros simplemente agitando los brazos en un intento de ataque sin esperanza.
Vio a Treledees apretar los dientes, el terror en sus ojos mientras echaba a correr, intentando derribar a un sinvida. Murió como los otros. Sus secretos murieron con él.
Los sinvidas pasaron por encima de los cadáveres. Susebron empujó a Siri tras él, con los brazos temblando mientras retrocedían contra una pared, enfrentados a los sangrientos monstruos. Los sinvidas por fin se detuvieron y Dedosazules se abrió paso hasta ella.
—Y ahora, receptáculo, creo que íbamos a alguna parte.
—Lo siento, señorita —dijo el guardia mientras alzaba una mano—. El acceso a la Corte de los Dioses está prohibido.
Vivenna apretó los dientes.
—Esto es inaceptable —replicó—. ¡Tengo que presentarme ante la diosa Madretodos de inmediato! ¿Es que no ves cuántos alientos tengo? ¡No soy alguien a quien puedas rechazar sin más!
Los guardias permanecieron firmes. Había dos docenas en las puertas, deteniendo a todo aquel que pretendiese entrar.
Vivenna dio media vuelta. Fuera lo que fuese que Vasher había hecho la noche anterior, al parecer había causado bastante revuelo.
La gente se apiñaba ante la entrada de la Corte, exigiendo respuestas, preguntando si algo iba mal.
Vivenna retrocedió abriéndose paso entre ellos, alejándose de las puertas.
Ve por el lado , dijo Sangre Nocturna. Vasher nunca pregunta si puede entrar. Entra y ya está .
Vivenna miró hacia el lado de la llanura. Había un angosto saliente rocoso que rodeaba la muralla externa de la Corte de los Dioses. Con los guardias tan distraídos con la gente que quería entrar…
Se zafó hacia la derecha. Todavía era temprano y el sol aún no se había alzado hacia el este por encima del mar Interior.
Había guardias arriba en la muralla, podía notarlos con su sentido vital, pero ella estaba por debajo de su ángulo de visión, ya que miraban a lo lejos. Tal vez podría burlarlos.
Esperó a que pasara una patrulla y luego despertó uno de los tapices.
—Levántame —dijo, dejando caer un pañuelo sin color.
El tapiz se retorció en el aire, envolviéndose a su alrededor, con la parte superior sujeta todavía a la muralla. Como un musculoso brazo, la elevó, se retorció y la depositó en lo alto. Vivenna miró alrededor, recuperando su aliento. A un lado, a cierta distancia, varios soldados la señalaban.
No eres mejor que Vasher en esto , le recriminó Sangre Nocturna. ¡Se os da fatal el sigilo! Yesteel estaría muy decepcionado con vosotros.
Vivenna maldijo, despertó de nuevo el tapiz e hizo que la bajara al patio. Recuperó su aliento y luego echó a correr en dirección a los jardines. Había poca gente, pero eso solo la hacía destacar aún más.
El palacio , dijo Sangre Nocturna. Ve allí.
Allí era adonde se dirigía. Sin embargo, cuanto más tiempo empuñaba la espada, más comprendía que decía cualquier cosa que se le ocurriera a su mente de acero, fueran o no relevantes sus comentarios. Era como un niño, hablando o haciendo preguntas sin inhibición.
La fachada del palacio estaba bien protegida por un grupo de hombres sin uniformar.
Él está ahí dentro , dijo Sangre Nocturna. Puedo sentirlo. Segunda planta. Donde estábamos antes.
Vivenna vio en su mente una imagen de la sala. Frunció el ceño. Muy útil , pensó , para ser un arma maligna de destrucción.
Yo no soy maligno , respondió Sangre Nocturna, no con tono defensivo, sino simplemente informativo. Como recordándole algo que ella hubiera olvidado. Destruyo el mal. Creo que tal vez deberíamos destruir a esos hombres de ahí delante. Parecen malvados. Deberías desenvainarme.
Por algún motivo, ella dudó que eso fuera una buena idea.
Vamos , la instó la espada.
Los soldados la señalaban. Vivenna miró atrás y vio a más soldados cruzando el césped a la carrera. «Austre, perdóname», pensó. Entonces, apretando los dientes, lanzó a Sangre Nocturna, con manta y todo, hacia los guardias de delante del edificio.
Ellos se detuvieron. Como un solo hombre, miraron la espada que salía de la manta, la vaina plateada brillando sobre la hierba.
Bueno, supongo que esto también sirve , comentó Sangre Nocturna, la voz ahora lejana.
Uno de los soldados la recogió. Vivenna pasó corriendo de largo, ignorada por los soldados, que ya empezaban a pelearse.