Capítulo 54 #2
Siri lo ignoró y miró al rey-dios.
—Tenías razón todo el tiempo —le dijo—. Deberíamos haber confiado en tus sacerdotes.
—¿Receptáculo? —preguntó Treledees, acercándose.
—No podemos ir por ahí —dijo Siri—. Dedosazules nos conducía a una trampa.
El sumo sacerdote abrió la boca para responder, pero ella lo miró severamente y volvió su pelo rojo, el color de la ira. Dedosazules la había traicionado. La única persona en la que creía poder confiar para ayudarlos.
—Iremos a las puertas delanteras, entonces —dijo Treledees, echando un vistazo a su variopinto grupo de sacerdotes y soldados heridos—. Y trataremos de abrirnos paso.
A Vivenna le resultó sencillo encontrar el sitio que había mencionado el mendigo.
El edificio, una vivienda en los suburbios, estaba rodeado de mirones, a pesar de la hora tan temprana.
La gente susurraba, hablando de espíritus y muerte y fantasmas del mar.
Vivenna se detuvo en el perímetro, tratando de ver qué atraía su atención.
Los muelles quedaban a su izquierda, donde el mar olía a salitre.
Los suburbios de los muelles, donde muchos estibadores bebían y vivían, eran una pequeña sección de edificios amontonados entre astilleros y almacenes.
¿Por qué habría ido Vasher allí? Planeaba visitar la Corte de los Dioses.
Por lo que decía la gente, habían asesinado a alguien en el edificio ante el cual se había formado la multitud, que susurraba sobre espectros y fantasmas de Kalad.
Vivenna sacudió la cabeza. Eso no era lo que estaba buscando. Tendría que…
¿Vivenna? La voz era débil, pero ella pudo oírla. Y reconocerla.
—¿Sangre Nocturna? —susurró.
Vivenna. Ven por mí.
Ella se estremeció. Quiso dar media vuelta y echar a correr, pues incluso pensar en la espada le resultaba nauseabundo. Pero, Vasher se había llevado a Sangre Nocturna. Resultaba que Vivenna sí que había llegado al lugar adecuado.
Los mirones hablaban de un asesinato. Sería Vasher la víctima?
Preocupada, Vivenna se abrió paso entre la gente, sin hacer caso a los gritos de que se quedara atrás. Subió la escalera, dejando atrás puerta tras puerta. Con las prisas, casi pasó por alto el humo negro que brotaba por debajo de una de ellas.
Se detuvo. Entonces, inspirando profundamente, la abrió y entró.
La habitación era un desastre, el suelo cubierto de basura, los muebles desvencijados y gastados. En el suelo yacían cuatro cadáveres. Sangre Nocturna estaba clavada en el pecho del cuarto, un viejo de rostro correoso que yacía de lado, con los ojos inertes muy abiertos.
¡Vivenna! , exclamó la espada con voz jubilosa. Me has encontrado. Qué emoción. He intentado que me lleven a la Corte de los Dioses, pero no salió bien. El viejo me ha desenvainado un poquito. Está bien, ¿no?
Ella cayó de rodillas, sintiéndose enferma.
¿ Vivenna? Lo he hecho bien, ¿no? VaraTreledees me arrojó al océano, pero conseguí salir. Estoy muy satisfecho. Deberías decirme que lo he hecho bien.
Ella no respondió.
Ah, y Vasher está herido, creo. Deberíamos ir a buscarlo.
Ella alzó la cabeza.
—¿Dónde? —preguntó, sin saber a ciencia cierta si la espada podría oírla siquiera.
En el palacio del rey-dios. Ha ido a rescatar a tu hermana. Creo que le gustas, aunque dice que no. Dice que eres un incordio.
Vivenna parpadeó.
—¿Siri? ¿Ibais en busca de Siri?
Sí, pero VaraTreledees nos lo ha impedido.
—¿Quién es ese? —preguntó Vivenna, frunciendo el ceño.
Tú lo llamas Denth. Es el hermano de Shashara. Me pregunto si ella está aquí también. No comprendo por qué me ha arrojado al agua. Creía que le caía bien.
—Vasher… —dijo ella, poniéndose en pie, sintiéndose mareada por la influencia de la espada.
Vasher había caído ante Denth. Vivenna se estremeció, recordando la ira en la voz de Denth cuando hablaba de Vasher. Apretó los dientes, cogió una manta sucia del burdo lecho y envolvió con ella a Sangre Nocturna para no tener que tocarla.
Ah , dijo la espada. En realidad no hace falta. Ya he hecho que el viejo me limpie después de sacarme del agua.
Vivenna la ignoró y consiguió levantarla sintiendo solo una leve náusea. Entonces se marchó en dirección a la Corte de los Dioses.
Sondeluz estaba sentado, contemplando las piedras que tenía delante. Un hilillo de sangre de Tejesonrojos corría por una grieta en la roca.
—¿Divina gracia? —preguntó Llarimar en voz baja, apoyado en los barrotes entre las jaulas.
Sondeluz no respondió.
—Divina gracia, lo siento. No tendría que haberos gritado.
—¿De qué sirve la divinidad? —susurró Sondeluz.
Silencio. Las lámparas fluctuaban a cada lado de la pequeña cámara. Nadie se había llevado el cadáver de Tejesonrojos, aunque habían dejado a un par de sacerdotes y sinvidas para vigilar a Sondeluz. Todavía lo necesitaban, por si había mentido respecto a la frase de seguridad.
No lo había hecho.
—¿Qué? —preguntó Llarimar por fin.
—¿De qué sirve? No somos dioses. Los dioses no mueren así. Un cortecito de nada. Ni siquiera tan ancho como mi palma.
—Lo siento. Era una buena mujer, incluso entre los dioses.
—No era una diosa. Ninguno de nosotros lo somos. Esos sueños son mentiras, si me condujeron a esto. Siempre he sabido la verdad, pero nadie presta atención a lo que digo. ¿No deberían escuchar a quien adoran? ¿Sobre todo si les está diciendo que no lo adoren?
—Eh… —Llarimar no parecía encontrar palabras.
—Tendrían que haberlo visto —susurró Sondeluz—. ¡Tendrían que haber visto lo que soy de verdad! Un idiota. No un dios, sino un escriba. ¡Un pequeño escriba ridículo a quien se le permitió jugar a dios durante unos años! Un cobarde.
—No eres ningún cobarde.
—No he sido capaz de salvarla. No he podido hacer nada. Tan solo quedarme quieto y gritar. Tal vez si hubiera sido más valiente, me habría unido a ella y habría tomado el mando de los ejércitos. Pero vacilé. Y ahora está muerta.
Silencio.
—Eras escriba —dijo Llarimar en voz baja en medio del aire húmedo—. Y uno de los mejores hombres que he conocido. Eras mi hermano.
Sondeluz alzó la cabeza.
Llarimar miró entre los barrotes, contemplando una de las lámparas titilantes que colgaban del pelado muro de piedra.
—Yo era sacerdote, ya por aquel entonces. Trabajaba en el palacio de Vientosamables el Sincero. Vi como mentía para jugar a la política. Cuanto más permanecía en su palacio, más flaqueaba mi fe. —Guardó silencio un momento y luego alzó la cabeza.
»Y entonces falleciste. Moriste rescatando a mi hija.
Es la muchacha que ves en tus visiones, Sondeluz.
La descripción es perfecta. Era tu sobrina favorita.
Lo sería todavía, supongo, si no hubieras…
—Negó con la cabeza—. Cuando te encontramos muerto, perdí la esperanza.
Iba a dimitir de mi puesto. Me arrodillé ante tu cuerpo, llorando.
Y entonces, los Colores empezaron a brillar.
Levantaste la cabeza, tu cuerpo cambió, se hizo más grande, los músculos más fuertes…
»Lo supe en ese momento. Supe que, si un hombre como tú era elegido para retornar, un hombre que había muerto para salvar a otra persona, entonces los Tonos Iridiscentes eran verdaderos. Las visiones eran verdaderas. Y los dioses también. Me devolviste la fe, Stennimar. —Miró a Sondeluz a los ojos.
»Eres un dios. Para mí, al menos. No importa lo fácilmente que se te pueda matar, cuánto aliento tengas o cuál sea tu aspecto. Tiene que ver con lo que eres y lo que significas.