Capítulo 54
uft, ¿qué se dice en la calle? —preguntó Vivenna, acercándose a un mendigo.
El hombre bufó, extendiendo su taza hacia los pocos que pasaban tan temprano por su lado. Wuft siempre era uno de los primeros en llegar por las mañanas.
—¿Y a mí qué me importa? —respondió.
—Venga —dijo Vivenna—. Me echaste a patadas de este sitio en tres ocasiones distintas. Creo que me debes algo.
—No le debo nada a nadie —dijo él, mirando a los transeúntes con su único ojo. El otro era una cuenca vacía. No llevaba parche—. Sobre todo, no te debo nada a ti. Fuiste una farsante todo el tiempo. No eras una mendiga de verdad.
—Yo… no fui ninguna farsante, Wuft. Solo pensé que debería saber cómo es.
—¿Qué?
—Vivir entre vosotros. Pensaba que vuestra vida no podía ser fácil. Pero no podía saberlo, saberlo de verdad, hasta que lo probara por mí misma. Así que decidí vivir en la calle durante un tiempo.
—Menuda tontería.
—Te equivocas. Los tontos son esos que pasan de largo sin pensar siquiera cómo es vivir como vosotros. Tal vez si lo supieran os darían algo.
Se metió la mano en el bolsillo y sacó un brillante pañuelo. Lo metió en la taza.
—No tengo dinero, pero sé que puedes vender esto.
Él gruñó, mirándolo.
—¿Qué quieres saber de lo que se dice en la calle?
—Disturbios. Cosas extrañas o inusuales. Relacionadas tal vez con despertantes.
—Ve a los suburbios del Tercer Muelle —dijo Wuft—. Husmea en los edificios alrededor del embarcadero. Igual encuentras allí lo que estás buscando.
La luz se colaba por la ventana.
«¿Ya es de día?», pensó Vasher, cabizbajo, todavía colgando de las muñecas.
Sabía lo que cabía esperar de la tortura. No era nuevo en esos menesteres. Sabía cómo gritar, cómo dar al torturador lo que quería. Sabía cómo no gastar sus fuerzas resistiendo demasiado.
También sabía que probablemente nada de eso serviría. ¿Cómo estaría después de una semana de tortura? La sangre le corría por el pecho, manchando su calzón. Una docena de dolores menores le picoteaban la piel, cortes bañados en zumo de limón.
Denth estaba de espaldas a él, con los cuchillos ensangrentados en el suelo a su alrededor.
Vasher alzó la cabeza, forzando una sonrisa.
—No es tan divertido como esperabas, ¿verdad, Denth?
Denth no se volvió.
«Todavía hay un buen hombre en algún lugar de su interior —pensó Vasher—. Incluso después de todos estos años. Es solo que lo han apaleado. Desangrado. Ha sufrido tajos incluso peores que los míos».
—Torturarme no la traerá de vuelta —dijo Vasher.
Denth se volvió, la mirada sombría.
—No. No lo hará.
Agarró otro cuchillo.
Los sacerdotes empujaron a Siri por los pasadizos del palacio. A veces dejaban atrás cadáveres en los pasillos oscuros, y aún se oía lucha en más de un lugar.
«¿Qué está pasando?». Alguien atacaba el palacio. Pero ¿quién? Por un momento deseó que fuera su pueblo, los soldados de su padre, que venían a salvarla. Pero descartó esa idea en el acto. Quienes se enfrentaban a los sacerdotes utilizaban soldados sinvida. Eso descartaba a Idris.
Era alguien más. Una tercera fuerza. Y querían liberarla de la presa de los sacerdotes. Con suerte, sus llamadas de ayuda serían escuchadas. Treledees y sus hombres la guiaban rápidamente por el palacio, atravesando las salas interiores de colores en su prisa por llegar a algún sitio.
De pronto, las mangas blancas del vestido de Siri empezaron a desprender color. Alzó la cabeza esperanzada cuando entraron en la última sala. El rey-dios estaba allí, rodeado por un grupo de soldados y sacerdotes.
—¡Susebron! —exclamó ella, debatiéndose contra sus captores.
Él dio un paso hacia ella, pero un guardia lo sujetó por el brazo, haciéndolo retroceder. «Lo ha tocado —se asombró Siri—. Toda apariencia de respeto ha desaparecido. Ya no hace falta fingir».
El rey-dios se miró el brazo, frunciendo el ceño. Trató de zafarse, pero otro soldado avanzó para ayudar a sujetarlo. Susebron miró al segundo hombre, y luego a Siri, confundido.
—Yo tampoco lo entiendo —dijo ella.
Treledees entró en la sala.
—Benditos los Colores —dijo—. Habéis llegado. Rápido, tenemos que irnos. Este lugar no es seguro.
—Treledees —dijo Siri—, ¿qué está sucediendo?
Él la ignoró.
—Soy tu reina —insistió ella—. ¡Responde a mi pregunta!
Para su sorpresa, el sacerdote se detuvo. Se volvió con expresión de fastidio.
—Un grupo de sinvidas ha atacado el palacio, receptáculo. Están intentando llegar al rey-dios.
—Eso ya lo he deducido, sacerdote —restalló Siri—. ¿Quiénes son?
—No lo sabemos —contestó Treledees, volviéndose.
Al hacerlo, Siri escuchó un grito lejano. Lo siguió un estrépito de lucha. Treledees se giró en dirección al sonido.
—Tenemos que salir de aquí —le dijo Treledees a uno de los otros sacerdotes. Había tal vez una docena presentes, además de media docena de soldados—. El palacio tiene demasiadas puertas y pasadizos. Sería demasiado fácil rodearnos.
—¿La salida trasera? —propuso el otro sacerdote.
—Si podemos llegar hasta allí. ¿Dónde está ese escuadrón de refuerzos que pedí?
—No vendrán, excelencia —dijo una nueva voz. Siri se volvió para ver a Dedosazules, con aspecto abatido, entrar por la puerta del fondo con un par de soldados heridos—. El enemigo ha tomado el ala este y se dirige hacia aquí.
Treledees masculló una maldición.
—¡Tenemos que llevar a su majestad a lugar seguro! —exclamó Dedosazules.
—Soy consciente de ello —replicó Treledees.
—Si el ala este ha caído —dijo el otro sacerdote—, no podremos salir por ahí.
Siri observaba, impotente, tratando de atraer la atención de Dedosazules. Él la miró a los ojos y luego le hizo un asentimiento disimulado, sonriendo.
—Excelencia, podemos escapar por los túneles —dijo.
Los ruidos de lucha se acercaban. A Siri le pareció que su sala estaba virtualmente rodeada por combates.
—Tal vez —dijo Treledees mientras uno de sus sacerdotes corría a asomarse a la puerta.
Los soldados que habían venido con Dedosazules descansaban junto a la pared, sangrando. Uno de ellos parecía haber dejado de respirar.
—Debemos irnos —apremió Dedosazules.
Treledees no respondió. Se acercó a uno de los soldados caídos y recogió su espada.
—Muy bien —dijo—. Grenden, coge la mitad de los soldados y ve con Dedosazules. Lleva a su majestad a lugar seguro. —Miró al viejo escriba—. Intenta llegar a los muelles.
—Sí, excelencia —dijo Dedosazules, con expresión de alivio.
Los sacerdotes liberaron al rey-dios, que corrió hacia Siri y la abrazó. Ella le devolvió el abrazo, tensa, tratando de controlar sus emociones.
Dedosazules. Ir con él tenía sentido: la expresión de sus ojos indicaba que tenía un plan para salvarla a ella y al rey-dios, para alejarlos de los sacerdotes. Sin embargo… le parecía que algo estaba mal.
Un sacerdote reunió a tres soldados y se dirigieron al otro lado de la sala. Llamaron con un gesto a Siri y al rey-dios. Los otros sacerdotes se unieron a Treledees tras coger armas de los guardias muertos, con la expresión sombría.
Dedosazules tiró del brazo de Siri.
—Ven, mi reina —susurró—. Te hice una promesa. Vamos a sacarte de este lío.
—¿Y los sacerdotes? —preguntó ella.
Treledees le lanzó una mirada.
—Niña necia. ¡Vete! Los atacantes se dirigen hacia aquí. Dejaremos que nos vean y luego los llevaremos en otra dirección. Darán por sentado que sabemos dónde está el rey-dios.
Los sacerdotes que lo acompañaban no parecían sentir muchas esperanzas. Si los capturaban, o, mejor dicho, cuando los capturasen, los masacrarían.
—¡Vamos! —susurró Dedosazules.
Susebron la miró, asustado. Ella dejó que el escriba los empujara a ambos a un lado, donde unos sirvientes vestidos de marrón se habían unido al solitario sacerdote y los tres soldados. Algo le susurró en la mente. Algo… que Sondeluz le había dicho.
«No hagas demasiado ruido hasta que estés lista para atacar. Súbita y sorprendente, así es como tienes que ser. No te interesa parecer demasiado indefensa, porque la gente siempre sospecha del inocente. El truco es quedarte en la media».
La media.
Era un buen consejo. Un consejo que probablemente otras personas conocían también. Y comprendían. Siri miró a Dedosazules, que caminaba junto a ella, instándola a continuar. Nervioso, como siempre.
«Varios grupos han estado combatiendo de aquí para allá por tomar el control de mi habitación —pensó—. Una fuerza pertenece a los sacerdotes. La segunda fuerza, la de los sinvidas, pertenece a alguien más. A ese misterioso tercer grupo».
Alguien en T’Telir había estado empujando el reino hacia la guerra. Pero ¿quién tendría algo que ganar de semejante desastre? ¿Hallandren, que invertiría enormes recursos para aplastar a los rebeldes, librando una batalla que ganarían, pero probablemente a un precio enorme? No tenía sentido.
¿Quién ganaría más si Hallandren e Idris iban a la guerra?
—¡Espera! —dijo Siri deteniéndose, sintiendo que las cosas encajaban de pronto.
—¿Receptáculo? —preguntó Dedosazules.
Susebron le puso una mano en el hombro, mirándola confundido. «¿Por qué iban a sacrificarse los sacerdotes si estuvieran planeando matar a Susebron? —pensó ella—. ¿Por qué nos dejarían marchar sin más, permitiéndonos huir, si la seguridad del rey-dios no fuera su principal preocupación?».
Miró a Dedosazules a los ojos y vio que se ponía más nervioso. Su rostro palideció, y ella lo supo.
—¿Qué tal sienta, Dedosazules? —preguntó Siri—. Eres de Pahn Kahl, pero todo el mundo da por hecho que tu gente es hallandrense. Los de Pahn Kahl estabais aquí primero, en esta tierra, pero os la arrebataron. Ahora sois solo otra provincia, parte del reino de vuestros conquistadores.
»Queréis ser libres, pero no tenéis ejército propio. Y aquí estáis. Incapaces de luchar. Incapaces de liberaros. Considerados de segunda clase. Sin embargo, si vuestros opresores fueran a la guerra, eso os daría una oportunidad. Una oportunidad para liberaros…
Él la miró a los ojos y echó a correr, huyendo de la sala.
—¡En nombre de todos los Colores! ¿Qué…? —exclamó Treledees.