Capítulo 53 #2
Pero Hallandren le había demostrado repetidamente que no era perfecta ni por asomo. Y ahora que había fracasado tantas veces, le resultaba difícil actuar. Al decidir actuar, podía fracasar… y eso era tan aterrador que parecía preferible no hacer nada.
Aquello era la mayor arrogancia de toda su vida. Inclinó la cabeza. Una última gota de hipocresía para adornar su cabello real.
«¿Quieres ser competente? —se dijo—. ¿Quieres aprender a estar al mando de lo que te rodea, en vez de permitir que te empujen de un lado a otro? Entonces tendrás que aprender a tratar con el fracaso».
Era aterrador, pero sabía que era cierto. Se levantó y se acercó al morral de Vasher. Sacó una camisa arrugada y un par de calzas. Ambas tenían flecos colgando de las mangas.
Se las puso, junto con la capa de repuesto de Vasher. Olía como él y estaba cortada, como la otra, con la forma vaga de un hombre. Vivenna comprendía, al menos, uno de los motivos por los que su ropa parecía tan ajada.
Sacó un par de pañuelos de colores.
—Protégeme —le ordenó a la capa, imaginando que repelía a la gente que intentaba atacarla, mientras ponía una mano en la manga de la camisa.
—A mi llamada —Mandó—, convertíos en mis dedos y agarrad lo que deba.
Solo había oído a Vasher pronunciar el Mandato un par de veces, y todavía no estaba segura de cómo visualizar lo que quería que hiciera la camisa. Imaginó los flecos cerrándose en torno a sus manos, como los había visto hacer para Vasher.
Despertó las calzas, ordenándoles que reforzaran sus piernas. Los flecos de las perneras empezaron a retorcerse y Vivenna alzó los pies por turnos, dejando que los flecos los envolvieran del todo. Se sintió más firme, con las calzas tensas contra la piel.
Finalmente, se ató la espada que Vasher le había dado. Seguía sin saber cómo usarla, aunque podía empuñarla como era debido. Le pareció adecuado llevarla.
Se marchó.
Sondeluz rara vez había visto llorar a una diosa.
—No tenía que salir así —dijo Tejesonrojos, ajena a las lágrimas que le corrían por las mejillas—. Lo tenía todo bajo control.
El calabozo bajo el palacio del rey-dios era un cuarto estrecho. En ambas paredes había jaulas como las que se utilizaban para los animales. Eran lo bastante grandes para retener a un dios. Sondeluz no sabía si se trataba solo de una coincidencia.
Tejesonrojos se sorbió la nariz.
—Creí que tenía de mi parte a los sacerdotes del rey-dios. Estábamos trabajando juntos.
«Algo no encaja en todo esto», pensó Sondeluz, contemplando al grupo de sacerdotes que charlaban ansiosamente a un lado. Llarimar estaba dentro de su propia jaula, la que estaba situada junto a la de Sondeluz, con la cabeza gacha.
Sondeluz miró a Tejesonrojos.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó—. ¿Cuánto tiempo llevas compinchada con ellos?
—Desde el principio. Yo tenía que hacerme con los Mandatos sinvida. ¡Elaboramos juntos el plan!
—¿Por qué te han traicionado?
Ella sacudió la cabeza y bajó la mirada.
—Dicen que no cumplí con mi parte. Que les estaba ocultando cosas.
—¿Y es verdad?
Ella apartó la mirada, los ojos anegados en lágrimas. Se la veía muy rara dentro de aquella jaula. Una mujer hermosa de proporciones divinas, vestida con una delicada túnica de seda, sentada en el suelo y rodeada de barrotes. Llorando.
«Tenemos que salir de aquí», pensó Sondeluz. Se arrastró hasta los barrotes que separaban su jaula de la de Llarimar, ignorando el dolor de su muslo.
—¡Veloz! —susurró—. ¡Veloz!
Llarimar alzó la cabeza. Parecía demacrado.
—¿Qué se usa para abrir una cerradura?
Llarimar parpadeó.
—¿Qué?
—Para abrir una cerradura —repitió Sondeluz, señalando—. Tal vez descubra que sé cómo hacerlo, si coloco mis manos en la posición adecuada. Aún no he comprendido por qué mi habilidad con la espada es tan pobre. Pero, sin duda, podré hacer esto. Con que solo logre recordar qué se utiliza.
Llarimar se lo quedó mirando.
—Tal vez… —añadió Sondeluz.
—Pero ¿se puede saber qué te pasa? —susurró Llarimar.
Sondeluz calló.
—Que qué te pasa, digo —gritó Llarimar poniéndose en pie—. Eras un escriba, Sondeluz. Por los Colores, un maldito escriba. No soldado, ni detective, ni ladrón. ¡Eras el contable de un prestamista local!
«¿Qué?», pensó Sondeluz.
—¡Y entonces ya eras tan idiota como ahora!
—exclamó Llarimar—. ¡Nunca te da por pensar en lo que vas a hacer antes de decidirte a hacerlo!
¿Por qué no puedes pararte, de vez en cuando, y preguntarte si te comportas como un auténtico imbécil o no?
Te daré una pista: ¡la respuesta suele ser afirmativa!
Sondeluz se apartó de los barrotes, sorprendido. Llarimar. Llarimar estaba gritando.
—Y contigo siempre acabo metido en problemas —añadió el sacerdote, volviéndose—. No ha cambiado nada. ¡Tú te conviertes en dios y aun así yo termino en prisión!
El grueso sacerdote se desmoronó, respirando entre jadeos, meneando la cabeza con frustración. Tejesonrojos los miraba. Y también los sacerdotes.
«Algo me resulta raro en ellos, pero ¿qué?», pensó Sondeluz, tratando de aclarar sus pensamientos y emociones mientras el grupo de sacerdotes se acercaba.
—Sondeluz —dijo uno de ellos, agachándose junto a su jaula—. Necesitamos tus frases de seguridad.
Él bufó.
—Lamento decirte que las he olvidado. Probablemente conoces mi reputación de ser tonto. Quiero decir, ¿qué clase de necio entraría aquí alegremente para dejarse capturar?
Les sonrió.
El sacerdote suspiró e hizo un gesto a los demás. Abrieron la jaula de Tejesonrojos y empezaron a sacarla a rastras. Ella gritó y se revolvió. Sondeluz sonrió al ver los problemas que les causaba. Sin embargo, eran seis sacerdotes y consiguieron sacarla.
Entonces uno desenfundó un cuchillo y le rajó la garganta.
La sorpresa golpeó a Sondeluz como un martillo. Se quedó quieto, con los ojos muy abiertos, viendo horrorizado cómo la sangre brotaba de la garganta de Tejesonrojos y manchaba su hermoso camisón. Más preocupante era la expresión de pánico en sus ojos. Aquellos ojos tan hermosos.
—¡No! —gritó Sondeluz, golpeando los barrotes y extendiendo inútilmente los brazos hacia ella.
Tensó sus músculos divinos, apretujándose contra el acero mientras su cuerpo empezaba a temblar.
Fue inútil. Ni siquiera un cuerpo perfecto podía abrirse paso a través del acero—.
¡Cabrones! —chilló—. ¡Hijos de puta malditos por los Colores!
Se debatió, golpeando los barrotes con una mano mientras los ojos de Tejesonrojos empezaban a apagarse.
Y entonces su biocroma se disipó. Como una hoguera ardiente reducida a una simple lucecita, se apagó.
—No… —gimió Sondeluz, resbalando hasta quedar arrodillado, aturdido.
El sacerdote lo miró.
—Así que te importaba de verdad. Lamento que hayamos tenido que hacer esto.
—Se inclinó, solemne—. Sin embargo, Sondeluz, hemos decidido que teníamos que matarla para que comprendas que vamos en serio.
Conozco tu reputación y sé que sueles tomarte las cosas a la ligera.
Es una buena cualidad en muchas situaciones, pero no en esta.
Ahora mismo, es momento de darse cuenta de lo peligrosas que están las cosas.
Te hemos demostrado que estamos dispuestos a matar.
Si no haces lo que te pedimos, otros morirán.
—Cabrón… —susurró Sondeluz.
—Necesito tus frases de seguridad —insistió el sacerdote—. Es importante. Más importante de lo que puedes comprender.
—Pues sácamelas a golpes —gruñó Sondeluz, sintiendo que la ira superaba poco a poco su sorpresa.
—No. —El sacerdote negó con la cabeza—. Somos nuevos en todo esto. No sabemos muy bien cómo torturar, y nos haría falta mucho tiempo para que hablaras. Los que sí están versados en torturas no son muy cooperadores ahora mismo. Nunca pagues a un mercenario hasta que el trabajo esté hecho.
El sacerdote hizo una seña y los otros dejaron el cadáver de Tejesonrojos en el suelo. Se acercaron a la jaula de Llarimar.
—¡No! —bramó Sondeluz.
—Hablamos en serio, Sondeluz —dijo el hombre—. Muy muy en serio. Sabemos cuánto aprecias a tu sumo sacerdote. Ahora sabes que lo mataremos si no nos das lo que pedimos.
—¿Por qué? ¿De qué va todo esto? ¡El rey-dios al que sirves podría ordenarnos que hiciéramos actuar a los ejércitos si lo quisiera! Le haríamos caso. ¿Por qué te interesan tanto esos Mandatos sinvida?
Los sacerdotes sacaron a Llarimar de su jaula y lo obligaron a ponerse de rodillas. Uno le colocó un cuchillo en la garganta.
—¡Pantera roja! —chilló Sondeluz, sollozando—. Esa es la frase de seguridad. Por favor, soltadlo.
El sacerdote asintió a los otros, que metieron de nuevo a Llarimar en su jaula. Dejaron en el suelo el cadáver de Tejesonrojos, bocabajo, sobre su sangre.
—Espero que no nos hayas mentido, Sondeluz —le advirtió el sacerdote principal—. No estamos jugando. Sería desafortunado que descubriéramos que tú sí. —Negó con la cabeza—. No somos crueles, pero trabajamos por algo muy importante. No nos pongas a prueba.
Y se marchó. Sondeluz apenas lo advirtió. Seguía mirando a Tejesonrojos, tratando de convencerse de que era una alucinación, o que ella estaba fingiendo, o que algo cambiaría para hacerle comprender que todo era una broma de mal gusto.
—Por favor —susurró—. Por favor, no…