Capítulo 53
ivenna esperó a Vasher, pero él no regresó.
Caminaba de un lado a otro por la pequeña habitación del escondite, la quinta que habitaban ya. Nunca pasaban más de un día o dos en cada localización. Carente de adornos, solo tenía sus petates, el morral de Vasher y una solitaria vela oscilante.
Vasher la habría reñido por malgastar la vela. Para tratarse de un hombre que tenía en alientos la fortuna de un rey, era sorprendentemente ahorrativo.
Continuó paseándose, aunque sabía que debería irse a dormir. Vasher sabía cuidar de sí mismo. Parecía que la única en la ciudad que no era capaz de hacerlo era ella.
Sin embargo, él le había dicho que iba a hacer una misión de exploración rápida. Aunque era una persona solitaria, al parecer comprendía el deseo de Vivenna de participar en las cosas, así que normalmente le decía adónde iba y cuándo esperaba volver.
Nunca había esperado despierta a que Denth volviera de una misión nocturna, y llevaba trabajando con Vasher una fracción del tiempo que había pasado con los mercenarios. ¿Por qué se preocupaba tanto?
Aunque se había considerado amiga de Denth, en realidad nunca se había preocupado por él.
Era divertido y encantador, pero distante.
Vasher era… bueno, era quien era. No había engaño en él.
No llevaba ninguna falsa máscara. Solo había conocido a una persona así: su hermana, la que engendraría el hijo del rey-dios.
«¡Señor de los Colores! —pensó, caminando de un lado a otro—. ¿Cómo se han torcido tanto las cosas?».
Siri despertó sobresaltada. Se oían gritos fuera de su habitación.
Se levantó rápidamente, se acercó a la puerta e intentó escuchar colocando una oreja sobre su superficie.
Oyó sonidos de lucha. Si iba a huir, tal vez era el momento.
Movió el pomo, deseando que la puerta no estuviera cerrada con llave. No lo estaba.
Maldijo. Había escuchado una pelea antes, gritos y hombres muriendo. Y ahora otra vez. «¿Tal vez alguien está intentando rescatarme? —pensó esperanzada—. Pero ¿quién?».
La puerta se estremeció de pronto, y ella dio un salto atrás mientras se abría. Treledees, sumo sacerdote del rey-dios, apareció en el umbral.
—Rápido, niña —la llamó—. Tienes que venir conmigo.
Siri buscó desesperada un modo de huir. Se apartó del sacerdote, que maldijo en voz baja e indicó a un par de soldados de la guardia de la ciudad que entraran y la agarraran. Siri gritó pidiendo ayuda.
—¡Silencio, necia! —dijo Treledees—. Estamos intentando ayudarte.
Sus mentiras le sonaron huecas, y Siri se debatió mientras los soldados la sacaban de la habitación. Fuera, el suelo estaba cubierto de cadáveres, algunos con uniforme de guardia, otros con armadura indefinida y otros con la piel gris.
Oyó lucha al fondo del pasillo y gritó en esa dirección mientras los soldados se la llevaban a rastras.
Viejo Veterano, lo llamaban. Los que lo llamaban algo, claro.
Estaba sentado en su pequeña barca, cruzando despacio las oscuras aguas de la bahía. Pesca nocturna. Durante el día había que pagar una tarifa para pescar en aguas de T’Telir. Bueno, teóricamente, durante la noche se suponía que también había que hacerlo.
Pero lo que tenía la noche era que nadie podía verte. Viejo Veterano rio para sus adentros mientras soltaba su red por la borda. El agua emitía su característico sonido contra la quilla, plop, plop, plop. Oscuridad. Le gustaba la oscuridad. Plop, plop, plop.
De vez en cuando tenía trabajos mejores.
Recoger los cadáveres que le entregaba algún señor de los suburbios y lanzarlos al fondo de la bahía con un saco de rocas atado a los pies.
Probablemente había cientos de muertos allá abajo, mecidos por la corriente con los pies pegados al suelo.
Una fiesta de esqueletos bailando. Bailando, bailando, bailando.
Pero no había cadáveres esa noche. Una pena. Eso significaba peces. Peces gratis, pues no tenía que pagar tarifas. Y los peces gratis eran buenos peces.
No , le dijo una voz. Un poquito más a la derecha.
El mar le hablaba a veces. Lo instaba a ir a un lado u otro. Siguió alegremente la dirección indicada. Salía a navegar casi todas las noches. Las aguas lo conocían bien a esas alturas.
Bien. Suelta la red.
Así lo hizo. Esa zona de la bahía no era demasiado profunda.
Podía arrastrar la red tras la barca, tirando de los extremos con sus pesos, y capturar los peces pequeños que venían a alimentarse a los bajíos.
No eran los mejores peces, pero el cielo no aconsejaba alejarse demasiado de la costa. ¿Se avecinaba una tormenta?
La red tropezó con algo. Viejo Veterano gruñó, tirando de ella. A veces se enganchaba en los corales o los escombros. Era algo pesado. Muy pesado. Izó la red sobre la borda y abrió la pantalla de su lámpara, arriesgándose a producir un poco de luz.
Enmarañada en la red, en el fondo de la barca, había una espada. Plateada y de mango negro.
Plop, plop, plop.
Ah, muy bien , dijo la voz, que ya se oía mucho más clara. Odio el agua. Qué húmedo y pegajoso es todo ahí abajo.
Embelesado, Viejo Veterano alargó el brazo y agarró el arma. La sopesó.
Supongo que no querrás ir a destruir alguna maldad, ¿verdad? , dijo la voz. No sé muy bien lo que significa eso, si te soy sincero. Confiaré en lo que tú decidas.
Viejo Veterano sonrió.
Ah, muy bien , dijo la espada. Puedes admirarme un poco más, si quieres. Pero después tenemos que regresar a la orilla.
Vasher despertó aturdido.
Estaba atado por las muñecas a un gancho en el techo de una habitación de piedra. La cuerda que habían utilizado para atarlo era la misma que él había empleado para amarrar a la doncella. Había perdido completamente el color.
De hecho, todo a su alrededor era de un gris uniforme. Lo habían desnudado a excepción de sus calzones blancos. Gimió, sintiendo los brazos entumecidos por el ángulo extraño que suponía estar colgado de las muñecas.
No lo habían amordazado, pero no le quedaba aliento. Había usado el último que tenía en la pelea, para despertar la capa del soldado caído. Gimió.
Una lámpara ardía en el rincón. Había una figura de pie al lado.
—Y así regresamos ambos —dijo Denth en voz baja.
Vasher no respondió.
—Sigo debiéndote la muerte de Arsteel también —dijo Denth—. Quiero saber cómo lo mataste.
—En un duelo —respondió Vasher con un graznido.
—No lo derrotaste en un duelo —repuso Denth, dando un paso adelante—. Eso lo sé.
—Entonces tal vez lo sorprendí y lo apuñalé por la espalda. Es lo que se merecía.
Denth le dio un revés en toda la cara, haciendo que se balanceara en el gancho.
—¡Arsteel era un buen hombre!
—Una vez lo fue —dijo Vasher, saboreando la sangre—. Una vez, todos fuimos buenos, Denth. Una vez.
Denth permaneció inmóvil.
—¿Crees que tu pequeña incursión aquí arreglará lo que has hecho?
—Es mejor que convertirse en mercenario —replicó Vasher—. Trabajar para quien pague.
—Soy lo que tú hiciste de mí.
—Esa chica confiaba en ti. Vivenna.
Denth se volvió, con los ojos oscurecidos y la luz de la lámpara sin acabar de alcanzar su rostro.
—Tenía que hacerlo.
—Ella te apreciaba. Y tú mataste a su amigo.
—Las cosas se fueron un poco de las manos.
—Siempre ocurre, contigo —dijo Vasher.
Denth alzó una ceja, mientras una expresión divertida aparecía en su rostro bajo la tenue luz.
—¿Que se me van las cosas de las manos, Vasher? ¿A mí? ¿Cuándo fue la última vez que yo inicié una guerra? ¿Cuándo maté a decenas de miles? Tú eres quien traicionó a su mejor amigo y mató a la mujer que te amaba.
Vasher no respondió. ¿Qué podía decir? ¿Que Shashara tenía que morir?
Ya había sido bastante malo cuando ella reveló el Mandato para hacer sinvidas con un solo aliento.
¿Y si la forma de despertar acero, como Sangre Nocturna, hubiera formado parte de la Multiguerra?
¿Monstruos no muertos masacrando a gente con espadas despertadas sedientas de sangre?
Nada de eso le importaba a un hombre que había visto a su hermana asesinada por la mano de Vasher. Además, Vasher sabía que tenía poca credibilidad. Había creado sus propios monstruos para combatir en esa guerra. No acero despertado como Sangre Nocturna, pero bastante letal por derecho propio.
—Iba a dejarte en manos de Tonk Fah —dijo Denth, dándole la espalda nuevamente—.
Le gusta hacer daño. Es una debilidad que tiene.
Todos tenemos debilidades. Bajo mi dirección, ha podido limitarla a animales.
—Se volvió hacia él, empuñando un cuchillo—.
Siempre me he preguntado qué es lo que encuentra tan placentero en infligir dolor.
Amanecía. Vivenna apartó la manta, incapaz de dormir. Se vistió, frustrada sin saber muy bien por qué. Vasher probablemente estaría bien. Seguro que de juerga en alguna parte.
«Claro —pensó con ironía—, de juerga. Parece algo típico de él».
Nunca antes había estado fuera toda la noche.
Algo había salido mal. Mientras se ajustaba el cinturón, contempló el morral de Vasher y la muda de ropa que contenía.
«Todo lo que he hecho desde que salí de Idris ha fracasado miserablemente —pensó mientras seguía vistiéndose—.
He fracasado como revolucionaria, he fracasado como mendiga y también como hermana.
¿Qué se supone que debería hacer ahora? ¿Encontrar a Vasher? Ni siquiera sé por dónde empezar».
Apartó la mirada. Fracaso. No era algo a lo que estuviera acostumbrada allá en Idris. Todo lo que había hecho allí acabó bien.
«Tal vez de eso se trata —pensó, sentándose—.
Mi odio hacia Hallandren. Mi insistencia en salvar a Siri, en ocupar su puesto».
Cuando su padre había elegido a Siri en vez de a ella, fue la primera vez en su vida que sintió que no era lo bastante buena.
Por eso había venido a T’Telir, decidida a demostrar que el problema no lo tenía ella.
El problema lo tenía otra persona. Cualquiera. Con tal de que Vivenna fuese perfecta.