El aliento de los dioses Capítulo 52 #2
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Capítulo 52 #2

«Vaya, creo que nunca antes lo había escuchado maldecir», pensó Sondeluz, divertido.

No miró atrás, solo siguió corriendo hacia una ventana abierta.

Como en la mayoría de los palacios de los retornados, las puertas y ventanas estaban siempre abiertas.

El clima tropical propiciaba dejarlas así.

Sondeluz llegó al edificio, jubiloso. Se coló por la ventana y luego extendió una mano para ayudar a Llarimar cuando llegó.

El grueso sacerdote resoplaba y sudaba, pero Sondeluz consiguió auparlo para que entrara en la habitación.

Descansaron unos instantes, Llarimar con la cabeza apoyada en la pared, jadeando en busca de aire.

—Tienes que hacer ejercicio de manera más regular, Veloz —dijo Sondeluz, arrastrándose hacia la puerta para asomarse al pasillo del otro lado.

Llarimar no respondió. Tan solo se quedó allí sentado, resoplando y sacudiendo la cabeza como si no pudiera creer lo que estaba pasando.

—Me pregunto por qué aquel intruso no entró por la ventana —comentó Sondeluz.

Entonces advirtió que los guardias del pasillo interior veían fácilmente esa habitación concreta.

«Ah —pensó—. Muy bien. Pues nada, pongamos en marcha el plan de reserva».

Se levantó y se dirigió al pasillo. Llarimar lo siguió, y entonces dio un respingo al ver a los guardias, que mostraban la misma expresión de sorpresa en sus rostros.

—Hola —saludó Sondeluz, y se apartó de ellos y siguió andando.

—¡Esperad! —dijo uno de los guardias—. ¡Alto!

Sondeluz se volvió hacia él, frunciendo el ceño.

—¿Te atreves a darle órdenes a un dios?

Los guardias se detuvieron y se miraron. Uno echó a correr en la dirección opuesta.

—¡Van a alertar a los demás! —dijo Llarimar, apresurándose a llegar junto a él—. Nos capturarán.

—Entonces debemos movernos con rapidez —contestó Sondeluz, echando a correr de nuevo.

Sonrió al oír a Llarimar refunfuñar y ponerse al trote tras él. Enseguida llegaron a la trampilla.

Sondeluz se arrodilló y palpó el suelo hasta encontrar el cierre oculto.

Abrió triunfal la trampilla y señaló abajo.

Llarimar negó resignado con la cabeza y luego bajó los peldaños hacia la oscuridad.

Sondeluz cogió una lámpara de la pared y lo siguió.

El guardia restante, incapaz de interferir con un dios, simplemente se quedó mirando con preocupación.

El fondo no estaba muy abajo. Sondeluz encontró a un cansado Llarimar sentado en una caja en una especie de pequeña bodega de almacenamiento.

—Enhorabuena, divina gracia —dijo Llarimar—. Hemos encontrado el escondite secreto de la harina.

Sondeluz bufó y empezó a recorrer la cámara, tanteando las paredes.

—Hay algo vivo —dijo, señalando una pared—. En esa dirección. Lo noto con mi sentido vital.

Llarimar alzó una ceja y se puso en pie. Retiraron unas cajas y descubrieron un pequeño túnel abierto en la pared. Sondeluz sonrió y se introdujo a cuatro patas, empujando la lámpara delante de él.

—No estoy seguro de caber —dijo Llarimar.

—Si yo quepo, tú cabes —respondió Sondeluz, su voz amortiguada por el estrecho espacio.

Oyó otro suspiro de Llarimar, seguido por un roce mientras el grueso sacerdote entraba en el agujero.

Poco después, Sondeluz llegó a la abertura de un túnel mucho mayor, iluminado por varias lámparas que colgaban de una pared.

Se levantó, sintiéndose satisfecho de sí mismo mientras Llarimar terminaba de pasar.

—Hala —dijo Sondeluz, tirando de una palanca y haciendo que una reja cayera sobre la abertura—. ¡Ahora les costará lo suyo seguirnos!

—Y a nosotros nos costará escapar.

—¿Escapar? —preguntó Sondeluz, alzando la lámpara para inspeccionar el túnel—. ¿Para qué querríamos hacer eso?

—Perdonadme, divina gracia —dijo Llarimar—. Pero me parece que os estáis divirtiendo demasiado con esta experiencia.

—Bueno, me llaman Sondeluz el Audaz. Me alegra estar haciendo honor a mi apodo al fin. Y ahora, calla. Puedo percibir vida cerca.

El túnel era obviamente artificial, y a Sondeluz le recordaba a la idea que tenía de un pozo minero.

Igual que la imagen de sus sueños. Los túneles tenían varias ramificaciones, y la vida que sentía estaba justo delante.

Sondeluz no se dirigió hacia allí, sino que giró a la izquierda, hacia un túnel que descendía abruptamente.

Lo siguió durante unos minutos para juzgar su trayectoria probable.

—¿Has descubierto ya lo que es? —preguntó volviéndose hacia Llarimar, que había cogido una lámpara, ya que ese túnel estaba a oscuras.

—Los barracones de los sinvidas. Si este túnel sigue así, llevará directamente hasta ellos.

Sondeluz asintió.

—¿Qué necesidad hay de un túnel secreto hasta los barracones? Todos los dioses pueden ir donde quieran.

Llarimar negó con la cabeza, y continuaron avanzando por el túnel.

Poco después encontraron una trampilla en el techo que, al empujarla, dio paso a uno de los oscuros almacenes de sinvidas.

Sondeluz se estremeció al ver las interminables filas de piernas, apenas iluminadas por su lámpara.

Bajó la cabeza, cerró la trampilla y siguieron adelante.

—Traza un cuadrado —dijo en voz baja.

—Seguro que con puertas a cada uno de los barracones de sinvidas —contestó Llarimar. Extendió la mano, cogió un trozo de tierra de la pared y la aplastó entre sus dedos—. Este túnel es más reciente que el de arriba.

Sondeluz asintió.

—Tendríamos que seguir moviéndonos. Esos guardias del palacio de Mercestrella saben que estamos aquí abajo. No sé a quién se lo dirán, pero prefiero terminar de explorar antes de que nos capturen.

Llarimar se estremeció ante esas palabras. Subieron de vuelta por el empinado túnel hasta el principal, justo debajo del palacio. Sondeluz seguía percibiendo vida en un túnel lateral, pero decidió explorar la otra ramificación. Pronto quedó claro que se dividía y serpenteaba numerosas veces.

—Túneles a otros palacios —dedujo, golpeando una viga de madera del techo—. Antiguos, mucho más antiguos que los túneles a los barracones.

Llarimar asintió.

—Muy bien, pues —dijo Sondeluz—. Es hora de averiguar adónde lleva el túnel principal.

Se dirigió hacia ese túnel y Llarimar lo siguió.

Sondeluz cerró los ojos, tratando de determinar a qué distancia estaba la vida.

Era una sensación débil. Casi escapaba a su percepción.

Si todo lo demás en esa catacumba no fueran rocas y tierra, ni siquiera habría advertido la vida.

Hizo un gesto con la cabeza a Llarimar y continuaron recorriendo el túnel, lo más silenciosamente posible.

¿Era posible que supiera moverse con sorprendente sigilo?

¿Acaso tenía experiencias que no recordaba en asuntos de infiltración?

Desde luego, era mejor que Llarimar. Claro que, probablemente, un pedrusco arrastrado haría menos ruido que Llarimar, teniendo en cuenta su abultada ropa y sus sonoros resoplidos.

El túnel continuó recto durante un trecho, sin ramificaciones. Sondeluz alzó la mirada, tratando de calcular qué tenían encima. «¿El palacio del rey-dios?», aventuró. No podía estar seguro; era difícil juzgar la dirección y la distancia bajo tierra.

Se sentía entusiasmado. Jubiloso. Aquello era algo que ningún dios debería hacer.

Merodear de noche, recorrer túneles ocultos, buscar pistas y secretos.

«Qué raro —pensó—. Nos dan todo lo que creen que podemos querer, nos atiborran de sensaciones y experiencias.

Y, sin embargo, los sentimientos reales, miedo, ansiedad, emoción, nos son completamente ajenos».

Sonrió. En la distancia se oían voces. Apagó la lámpara y se arrastró con sigilo, indicando a Llarimar que se quedara atrás.

—Lo tengo arriba —decía una voz masculina—. Ha venido a por la hermana de la princesa, como dije que haría.

—Entonces tienes lo que querías —respondió otra voz—. Le prestas demasiada atención a ese tipo.

—No subestimes a Vasher —dijo la primera voz—. Ha conseguido más en su vida que un centenar de hombres, y ha hecho mucho más por el bien del pueblo de lo que jamás serás capaz de apreciar.

Silencio.

—¿No piensas matarlo? —preguntó la segunda voz.

—Sí.

Silencio.

—Qué raro eres, Denth. Pero nuestro objetivo está cumplido.

—Tu pueblo no tiene todavía la guerra.

—La tendremos.

Sondeluz se acurrucó junto a un montoncillo de escombros.

Veía luz delante, pero no distinguía gran cosa aparte de sombras en movimiento.

Su suerte parecía haberlo acompañado para que pudiera oír esa conversación.

¿Era la prueba de que sus sueños eran, en efecto, premonitorios?

¿O se trataba solo de una coincidencia? Se había hecho muy tarde, y todos los que estuvieran despiertos probablemente se dedicaban a actividades clandestinas.

—Tengo un trabajo para ti —dijo la segunda voz—. Hay alguien a quien necesito que interrogues.

—Lástima —respondió la primera voz, alejándose—. Tengo un viejo amigo a quien torturar. Solo me he desviado para deshacerme de su monstruosidad de espada.

—¡Denth! ¡Vuelve aquí!

—No me has contratado tú, hombrecito —dijo la primera voz, cada vez más lejana—. Si quieres que haga algo, ve a buscar a tu jefe. Hasta entonces, ya sabes dónde encontrarme.

Silencio. Algo se movió detrás de Sondeluz. Se volvió y apenas pudo distinguir a Llarimar, que se acercaba a rastras. Sondeluz le indicó que retrocediera y luego se reunió con él.

—¿Qué ocurre? —susurró el sacerdote.

—Voces, ahí delante —respondió Sondeluz, también entre susurros en el túnel oscuro—. Hablando de la guerra.

—¿Quiénes eran?

—No lo sé. Pero voy a averiguarlo. Espera aquí mientras yo…

Lo interrumpió un fuerte grito. Sondeluz dio un respingo. El sonido procedía del mismo lugar donde había oído las voces, y parecía…

—¡Soltadme! —chilló Tejesonrojos—. ¿Qué creéis que estáis haciendo? ¡Soy una diosa!

Sondeluz se levantó bruscamente. Una voz respondió algo a Tejesonrojos, pero Sondeluz no discernió las palabras.

—¡Soltadme! —gritó nuevamente Tejesonrojos—. ¡Voy a…!

Se interrumpió bruscamente y dejó escapar un grito de dolor. El corazón de Sondeluz latía con fuerza. Avanzó un paso.

—¡Divina gracia! —exclamó Llarimar, poniéndose en pie—. ¡Deberíamos ir por ayuda!

—Nosotros somos la ayuda —respondió Sondeluz.

Inspiró profundamente y entonces, sorprendiéndose a sí mismo, echó a correr por el túnel.

Se acercó rápidamente a la luz, rodeó una esquina y llegó a una sección del túnel labrada en roca.

En cuestión de segundos, estuvo corriendo por un suelo liso de piedra e irrumpió en lo que parecía un calabozo.

Tejesonrojos estaba atada a una silla. Un grupo de hombres ataviados con la túnica de los sacerdotes del rey-dios la rodeaba junto con varios soldados uniformados.

El labio de Tejesonrojos sangraba, y ella lloraba a través de la mordaza que le sellaba la boca.

Llevaba puesto un hermoso camisón, pero estaba sucio y arrugado.

Los hombres alzaron sorprendidos la cabeza, extrañados al ver a alguien surgir detrás de ellos.

Sondeluz aprovechó el momento y embistió con el hombro al soldado que tenía más cerca.

El hombre salió despedido contra la pared, pues el tamaño y el peso de Sondeluz le ayudaron a derribarlo con facilidad.

Se agachó y desenvainó la espada del soldado caído.

—¡Ajá! —exclamó, apuntando a los hombres que tenía delante—. ¿Quién será el primero?

Los soldados lo miraron, aturdidos.

—¡Serás tú! —dijo Sondeluz, abalanzándose sobre el guardia más cercano.

Falló por casi diez centímetros, tropezó y perdió el equilibrio por el salto. El guardia por fin comprendió lo que ocurría y desenvainó su espada. Los sacerdotes se apretujaron contra la pared. Tejesonrojos, llorosa, parpadeó sorprendida.

El soldado más cercano atacó a Sondeluz, que alzó torpemente su espada, tratando de bloquear el golpe, sin éxito alguno. El guardia a sus pies se lanzó contra sus piernas y lo derribó al suelo. Entonces uno de los guardias que estaban de pie le clavó la espada en el muslo.

De la pierna manó sangre tan roja como la de cualquier mortal. De repente, Sondeluz conoció el dolor. Dolor más grande que ningún otro que hubiera conocido en su corta vida.

Gritó.

A través de las lágrimas, vio a Llarimar golpear heroicamente a un guardia por detrás, pero su intento fue casi tan torpe como el de Sondeluz. Los soldados se apartaron, varios de ellos para vigilar el túnel y uno apuntó con su espada ensangrentada a la garganta de Sondeluz.

«Qué curioso —pensó él, apretando los dientes para soportar el dolor—. No es así como imaginé que saldrían las cosas».