El aliento de los dioses Capítulo 52
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Capítulo 52

os lujos rodeaban a Sondeluz, sentado en una sala de su palacio con una copa de vino en la mano. A pesar de la hora, los criados entraban y salían, formando pilas con muebles, cuadros, jarrones y pequeñas esculturas. Todo lo que pudiera trasladarse.

Las riquezas se amontonaban. Sondeluz se tumbó en su diván, sin hacer caso a los platos vacíos de comida y las copas rotas, que se negaba a dejar que retiraran sus criados.

Un par de sirvientes entraron, llevando un diván rojo y dorado.

Lo colocaron junto a la pared del fondo, cerca de una montaña de alfombras.

Sondeluz los vio dejarlo allí y apuró el resto del vino.

Dejó caer la copa vacía al suelo, junto a las demás, y extendió la mano para coger otra llena.

Un sirviente se la proporcionó, como siempre.

No estaba borracho. No podía emborracharse.

—¿No te parece a veces que está pasando algo? ¿Algo mucho más grande que tú? ¿Como un cuadro del que solo puedes ver una esquina, por mucho que fuerces la mirada?

—Todos los días, divina gracia —respondió Llarimar.

Estaba sentado en un taburete junto al diván. Como siempre, veía las cosas con calma, aunque Sondeluz notó su desaprobación cuando otros sirvientes apilaron varias figuras de mármol en el rincón.

—¿Cómo te las arreglas con eso? —preguntó.

—Tengo la fe, divina gracia, de que alguien comprenda el todo.

—Espero que no sea yo.

—Sois parte de ello. Pero es mucho mayor que vos.

Sondeluz frunció el ceño, viendo llegar a más criados. Pronto la habitación estaría tan llena de riquezas que sus sirvientes no podrían entrar ni salir.

—Es raro, ¿verdad? —dijo, señalando una pila de cuadros—. Puestos así, ninguno parece ya hermoso. Cuando los amontonas, solo parecen basura.

Llarimar alzó una ceja.

—El valor de las cosas está en cómo se las trata, divina gracia. Si veis estos artículos como basura, entonces lo son, sin importar lo que otro pague por ellos.

—Hay una enseñanza escondida entre esas palabras, ¿verdad?

Llarimar se encogió de hombros.

—Al fin y al cabo, soy sacerdote. Tenemos cierta tendencia a predicar.

Sondeluz bufó y luego hizo un gesto hacia los criados.

—Es suficiente —dijo—. Podéis marcharos.

Los sirvientes, resignados ya a ser despedidos, se fueron sin rechistar. Sondeluz y Llarimar no tardaron en quedarse a solas, rodeados de pilas y más pilas de riquezas, todas ellas sustraídas de otras partes del palacio y almacenadas en aquella habitación.

Llarimar contempló los montones.

—¿Qué sentido tiene todo esto, divina gracia?

—Esto es lo que significo para ellos —contestó Sondeluz, y bebió más vino—. La gente renuncia a sus riquezas por mí. Sacrifican el aliento de sus almas para mantenerme vivo. Sospecho que muchos incluso morirían por mí.

Llarimar asintió en silencio.

—Y todo lo que se espera que yo haga ahora es decidir su destino por ellos. ¿Vamos a la guerra o seguimos en paz? ¿Qué piensas tú?

—Podría argumentar a favor de ambos bandos, divina gracia.

Sería fácil sentarse aquí y condenar la guerra por mero principio.

La guerra es algo terrible, espantoso. Sin embargo, son pocos los grandes logros históricos que han sucedido sin el desgraciado acto de la acción militar.

Incluso la Multiguerra, que causó tanta destrucción, puede ser considerada la base del poderío del Hallandren moderno en la región del mar Interior.

Sondeluz asintió.

—Pero ¿atacar a nuestros hermanos? —continuó Llarimar—. A pesar de las provocaciones, no puedo dejar de pensar que invadirlos es demasiado extremo. ¿Cuánta muerte, cuánto sufrimiento estamos dispuestos a causar simplemente para demostrar que no nos dejaremos avasallar?

—¿Y qué decidirías tú?

—Afortunadamente, no tengo que hacerlo.

—¿Y si te vieras obligado? —preguntó Sondeluz.

Llarimar calló durante un momento. Entonces, con cuidado, se quitó la gran mitra de la cabeza, revelando su escaso pelo negro pegado al cráneo por el sudor. Dejó a un lado el tocado ceremonial.

—Os hablo como amigo, Sondeluz, no como vuestro sacerdote —dijo en voz baja—. El sacerdote no puede influir en su dios por miedo a perturbar el futuro.

Sondeluz asintió.

—Y como amigo —prosiguió Llarimar—, sinceramente tengo problemas para decidir qué haría. No debatí en el anfiteatro.

—Rara vez lo haces.

—Estoy preocupado —dijo Llarimar, secándose la frente con un pañuelo y sacudiendo la cabeza—.

Creo que no podemos ignorar la amenaza a nuestro reino.

La cuestión es que Idris es una facción rebelde dentro de nuestras fronteras.

Los hemos ignorado durante años, soportando su control casi tiránico de los pasos del norte.

—Entonces ¿estás a favor de atacar?

Llarimar vaciló antes de negar con la cabeza.

—No. No creo que ni siquiera la rebelión de Idris pueda justificar la matanza que sería necesaria para recuperar esos pasos.

—Magnífico —dijo Sondeluz—. Así que crees que deberíamos ir a la guerra, pero no atacar.

—La verdad es que sí. Declaramos la guerra, hacemos una exhibición de fuerza y los asustamos para que comprendan lo precario de su situación.

Si luego mantenemos conversaciones de paz, seguro que podríamos lograr tratados más favorables para el uso de los pasos.

Ellos renuncian formalmente a su aspiración a nuestro trono, nosotros reconocemos su soberanía independiente. ¿No tendríamos ambos lo que queremos?

Sondeluz permaneció pensativo.

—No lo sé. Es una solución muy razonable, pero no creo que los que exigen la guerra la acepten. Me parece que se nos escapa algo, Veloz. ¿Por qué ahora? ¿Por qué las tensiones son tan fuertes después de la boda, que debería habernos unificado?

—No lo sé, divina gracia.

Sondeluz sonrió, levantándose.

—Muy bien —dijo mirando a su sumo sacerdote—. Vamos a averiguarlo, pues.

Siri se habría sentido molesta si no hubiera estado tan aterrorizada. Se encontraba sola en el dormitorio negro. Era raro estar allí sin Susebron a su lado.

Había esperado que tal vez le permitieran ir con ella cuando cayera la noche. Pero, por supuesto, no llegó. Fuera lo que fuese que planeaban los sacerdotes, no requería que estuviera embarazada de verdad. No desde que habían puesto las cartas encima de la mesa y la habían encerrado.

La puerta crujió y ella se incorporó en la cama, revivida la esperanza.

Pero era solo el guardia que volvía a comprobar su estado.

Era uno de los burdos soldados que la vigilaban desde hacía unas horas.

«¿Por qué han puesto a estos hombres? —se preguntó mientras el guardia cerraba la puerta—.

¿Qué les ha pasado a los sinvidas y los sacerdotes que me vigilaban antes? ».

Se tendió en la cama y se quedó mirando el dosel, todavía vestida con su hermoso atuendo.

Recordó la primera semana en palacio, cuando la habían mantenido encerrada durante la Celebración de la Boda.

Entonces ya había resultado bastante difícil, y sabía cuándo terminaría.

Ahora ni siquiera tenía la seguridad de sobrevivir a los siguientes días.

«No —pensó—. Me mantendrán viva el tiempo suficiente para que mi “bebé” nazca. Soy su seguro. Si algo sale mal, seguirán necesitándome como trofeo».

Eso resultaba un triste consuelo. La idea de pasar seis meses encerrada en el palacio, sin poder ver a nadie para que no se dieran cuenta de que no estaba embarazada, era tan aterradora que le entraban ganas de gritar.

Pero ¿qué podía hacer?

«Confiar en Susebron. Le enseñé a leer, y le di la determinación que necesitaba para librarse de sus sacerdotes. Eso tendrá que ser suficiente».

—Divina gracia —dijo Llarimar con voz dubitativa—, ¿estáis seguro de que queréis hacer esto?

Sondeluz se agazapó y escrutó entre los matorrales para observar el palacio de Mercestrella. La mayoría de las ventanas estaban oscuras. Eso era bueno. Sin embargo, aún había guardias patrullando el palacio. Mercestrella tenía miedo de que volviera a colarse alguien.

Y hacía bien.

En la distancia, vio la luna que empezaba a alzarse en el cielo nocturno. Su posición era casi igual a la que había visto en su sueño la noche anterior, el mismo sueño donde había visto los túneles. ¿De verdad eran símbolos? ¿Señales del futuro?

Seguía resistiéndose a esa idea. La verdad era que no quería creer que era un dios.

Eso implicaba demasiadas cosas. Pero no podía ignorar las imágenes, aunque fueran producto de su subconsciente.

Tenía que entrar en esos pasadizos bajo la Corte de los Dioses.

Tenía que ver, por fin, si había algo profético en lo que había visto.

Medir el momento parecía importante. La luna que salía… solo un grado más.

«Ahí», pensó mientras dejaba de mirar al cielo. Una patrulla de guardias se aproximaba.

—¿Divina gracia? —lo llamó Llarimar, cada vez más nervioso.

El grueso sumo sacerdote se arrodilló en la hierba junto a Sondeluz.

—Tendría que haber traído una espada —dijo Sondeluz pensativo.

—No sabéis usarlas, divina gracia.

—Eso no lo sabemos.

—Divina gracia, esto es una locura. Volvamos a vuestro palacio. Si tenemos que ver lo que hay en esos túneles, podemos contratar a alguien de la ciudad para que se cuele.

—Eso requeriría demasiado tiempo. —La patrulla pasó junto a los muros del palacio—. ¿Estás preparado? —preguntó mientras la patrulla se alejaba.

—No.

—Entonces espera aquí —dijo Sondeluz, y echó a correr hacia el palacio.

Un momento después se oyó un «¡Fantasmas de Kalad!» susurrado por Llarimar, acompañada del ruido de los arbustos cuando el sacerdote lo siguió.