Capítulo 50
sí cada uno tenemos veinte mil —dijo Tejesonrojos, caminando junto a Sondeluz por el sendero de piedra que rodeaba el anfiteatro.
—Sí —respondió él.
Sus sacerdotes, ayudantes y sirvientes los seguían como un santo rebaño, aunque los dioses habían rechazado palanquines o quitasoles. Caminaban solos, uno al lado del otro. Sondeluz de rojo y dorado. Tejesonrojos, por una vez, con una túnica que la cubría.
«Es sorprendente lo atractiva que está vestida así», pensó él. No estaba seguro de por qué no le gustaban sus atuendos provocadores. Tal vez había sido un puritano en su vida anterior.
O tal vez lo era ahora. Sonrió tristemente para sí. «¿Cómo puedo echarle la culpa a mi antiguo yo? Ese hombre está muerto. No fue él quien se implicó en la política del reino».
El anfiteatro se estaba llenando y, curiosamente, todos los dioses estaban presentes. Solo Amaclima llegaba tarde, pero solía ser un hombre impredecible.
«Se avecinan acontecimientos importantes —pensó Sondeluz—. Llevan años preparándose. ¿Por qué debería estar yo en el centro?».
Sus sueños de la noche anterior habían sido muy extraños. Finalmente, ninguna visión de guerra. Solo la luna. Y unos pasadizos raros y retorcidos. Como… túneles.
Muchos dioses asintieron respetuosos cuando pasó ante sus pabellones.
Aunque, cierto, unos cuantos torcieron el gesto y unos pocos le hicieron caso omiso.
«Qué extraño sistema de gobierno —pensó—.
Inmortales que solo duran una década o dos…
y que nunca han visto el mundo exterior.
Y, sin embargo, la gente confía en nosotros. La gente confía en nosotros».
—Creo que deberíamos compartir los Mandatos sinvida entre nosotros, Sondeluz —dijo Tejesonrojos—. Para que cada uno tenga los cuatro, por si acaso.
Él no respondió.
Ella se apartó y miró a la gente con sus coloridos ropajes, sentados en los bancos y asientos.
—Vaya, vaya, cuánto público —dijo—. Y tan pocos me prestan atención. Bastante grosero por su parte, ¿no te parece?
Sondeluz se encogió de hombros.
—Ah, no pasa nada. Tal vez están solo… ¿cómo era? ¿Aturdidos, deslumbrados y atontados?
Él sonrió débilmente, recordando su conversación de unos meses antes. El día en que todo empezó. Tejesonrojos lo miró, con anhelo en los ojos.
—Ciertamente —dijo Sondeluz—. O tal vez solo te ignoran. Para hacerte un cumplido.
Ella sonrió.
—¿Y cómo, exactamente, ignorarme me hace un cumplido?
—Consigue que te indignes. Y todos sabemos que es así cuando estás en mejor forma.
—¿Te gusta mi forma, entonces?
—Tiene sus usos. Lamentablemente, no puedo hacerte un cumplido ignorándote como hacen los otros. Verás, solo ignorándote verdadera y sinceramente tendrías el cumplido pretendido. Y yo soy incapaz por completo de ignorarte. Pido disculpas.
—Ya veo. Me siento halagada. Creo. Pareces muy bueno ignorando algunas cosas. Tu propia divinidad. Los buenos modales en general. Mis argucias femeninas.
—No se puede decir que emplees argucias, querida —repuso él—.
Una persona que recurre a las argucias es la que lucha con una daga pequeña cuidadosamente escondida para situaciones de emergencia.
Tú eres más bien como quien aplasta a su oponente con un bloque de piedra.
De todas formas, tengo otro método de tratar contigo, un método que te resultará bastante halagador.
—No sé por qué, lo dudo.
—Deberías tener más fe en mí —dijo él con un elegante gesto con la mano—. Soy un dios, al fin y al cabo. En mi divina sabiduría, me he dado cuenta de que la única forma de hacerle justicia a alguien como tú, Tejesonrojos, es ser mucho más atractivo, inteligente e interesante que tú.
Ella bufó.
—Bien, pues entonces me siento insultada por tu presencia.
—Eso ha dolido —dijo Sondeluz.
—¿Vas a explicar por qué consideras que competir conmigo es la forma más sincera de halagarme?
—Pues claro que sí. Querida mía, ¿me has visto alguna vez hacer una declaración incendiaria y ridícula sin proporcionar una explicación igualmente ridícula que la sustente?
—Por supuesto que no —reconoció ella—. Eres exhaustivo en tu lógica inventada y autorreferencial.
—Soy bastante excepcional en ese aspecto.
—Indudablemente.
—Como decía —alzó un dedo—, al ser mucho más sorprendente que tú, incito a la gente a ignorarte a ti y a prestarme atención a mí.
Eso, a su vez, te incita a mostrar tu habitual personalidad encantadora, con tus pequeños berrinches y tu exacerbada sensualidad, para llamar la atención sobre ti misma.
Y, como explicaba, es entonces cuando resultas más majestuosa.
Por tanto, el único modo de asegurarnos de que recibas la atención que mereces es apartar de ti toda la atención.
Es bastante difícil. Espero que agradezcas todo el trabajo que hago para resultar tan encantador.