Capítulo 49 #3
Vivenna inspiró profundamente y luego se encaminó hacia las sombras de la habitación, sintiéndose expuesta con el fuego a la espalda.
Vasher, sin embargo, no fue muy lejos antes de pararse.
Ella casi chocó con él. Se quedó allí plantado unos instantes.
Finalmente, Vasher le dio un golpecito en la espalda, intentando que se moviera a un lado para ver lo que veía él.
Vasher se apartó, permitiéndole distinguir lo que tenía delante.
Ese túnel terminaba bruscamente. No era un túnel, sino un hueco. Al fondo había una jaula, casi de un metro de altura. Dentro había una niña.
Vivenna se quedó boquiabierta, empujó a Vasher para abrirse paso y se arrodilló cerca de la jaula.
«Lo que había de valor en el carruaje —pensó, haciendo la conexión— no era el oro.
Era la hija del sacerdote. La perfecta moneda de cambio si quieres chantajear a alguien para que cambie de postura en la corte».
Mientras Vivenna se arrodillaba, la niña se encogió en la jaula, lloriqueando en voz baja, temblorosa.
La jaula apestaba a excrementos humanos y la niña estaba cubierta de mugre…
todo excepto sus mejillas, limpias por las lágrimas.
Vivenna miró a Vasher. Tenía los ojos en sombras, ya que estaba de espaldas al fuego, pero pudo ver que apretaba los dientes. Notó la tensión en sus músculos. Volvió la cabeza a un lado, medio iluminando su rostro al resplandor.
En ese único ojo iluminado, Vivenna vio furia.
—¡Eh! —exclamó uno de los ladrones.
—Saca a la niña —dijo Vasher en un ronco susurro.
—¿Cómo has entrado aquí? —chilló otro hombre.
Vasher la miró a los ojos y Vivenna se sintió encoger.
Asintió y Vasher se dio media vuelta, con una mano aferrando a Sangre Nocturna y la otra en un puño.
Avanzó despacio, cauteloso, mientras se aproximaba a los hombres, haciendo susurrar su capa.
Vivenna quería hacer lo que le había pedido, pero le resultaba difícil dejar de mirarlo.
Los hombres desenvainaron sus espadas. Vasher se movió de pronto.
Sangre Nocturna, todavía envainada, golpeó a un hombre en el pecho, y Vivenna oyó cómo le partía los huesos.
Otro hombre atacó, y Vasher giró extendiendo una mano.
Los flecos de su manga se movieron por su cuenta, envolviéndose en la espada del ladrón, capturándola.
El impulso de Vasher le arrancó el arma de las manos, y la arrojó a un lado después de que los flecos la liberaran.
La espada golpeó el suelo de tierra y la mano de Vasher salió disparada hacia arriba para agarrar la cara del ladrón.
Los flecos se enroscaron en la cabeza del hombre como tentáculos de un calamar.
Vasher lo empujó y lo hizo caer al suelo, inclinándose para aumentar su impulso, mientras golpeaba con la envainada Sangre Nocturna las piernas de otro hombre y lo derribaba.
Un tercero intentó descargar un mandoble por detrás, y Vivenna gritó.
La capa de Vasher, sin embargo, se agitó de pronto y agarró al sorprendido hombre por los brazos.
Vasher se volvió, el rostro enfurecido, y blandió a Sangre Nocturna hacia su atacante. Vivenna dio un respingo al oír los huesos rotos, y se alejó de la pelea mientras los gritos continuaban. Con dedos temblorosos, trató de abrir la jaula.
Estaba cerrada con llave, por supuesto. Extrajo algo de aliento de una cuerda y luego intentó despertar el candado, pero no sucedió nada.
«Metal —pensó—. Claro. No ha estado vivo, así que no puede ser despertado».
Soltó un hilo de su camisa, tratando de ignorar los alaridos de dolor que oía detrás. Vasher empezó a gritar mientras luchaba, perdiendo toda semejanza con un asesino frío y profesional. Era un hombre enfurecido.
Vivenna alzó el hilo.
—Abre cosas —Mandó.
El hilo se agitó un poco, pero cuando lo metió en el candado, no sucedió nada.
Vivenna retiró el aliento, inspiró dos o tres veces para calmarse y cerró los ojos.
«Tengo que decir bien la intención. Hay que entrar dentro, retorcer el seguro para soltarlo».
—Retuerce cosas—dijo, al tiempo que sentía cómo la dejaba el aliento.
Metió el hilo en el cerrojo, que giró con un chasquido. La puerta se abrió. Los sonidos de lucha cesaron, aunque los hombres continuaron gimiendo.
Vivenna recuperó su aliento y metió la mano en la jaula. La niña gimió, llorando y escondiendo la cara.
—Soy una amiga —la tranquilizó Vivenna—. He venido a ayudarte.
Pero la niña se sacudió y gritó cuando la tocó. Frustrada, Vivenna se volvió hacia Vasher.
Estaba junto al fuego, con la cabeza gacha, rodeado de cuerpos tendidos. Sostenía a Sangre Nocturna con la mano izquierda, la punta envainada apoyada contra el suelo sucio. Por algún motivo, parecía más grande que hacía unos momentos. Más alto, más ancho de hombros, más amenazador.
La mano derecha de Vasher cubría el pomo de Sangre Nocturna. El cierre de la vaina estaba suelto, y de la hoja manaba humo negro, una parte hacia el suelo, otra flotando hacia el techo. Como si titubeara.
El brazo de Vasher temblaba.
Desenváiname… , parecía decir una voz dentro de la cabeza de Vivenna. Mátalos…
Algunos hombres se retorcían todavía en el suelo. Vasher empezó a extraer la hoja. Era completamente negra y parecía absorber la luz del fuego.
«Esto no es bueno», pensó Vivenna.
—¡Vasher! —gritó—. ¡Vasher, la niña no quiere venir conmigo!
Él se detuvo y la miró, con los ojos vidriosos.
—Los has derrotado, Vasher. No hace falta desenvainar la espada.
Sí… sí, hace falta…
Vasher parpadeó y por fin la vio. Volvió a envainar a Sangre Nocturna, meneó la cabeza a los lados y fue hacia Vivenna. Le dio una patada a un cuerpo al pasar, arrancando un gemido.
—Monstruos incoloros —susurró, asomándose a la jaula.
Ya no parecía más grande, y ella decidió que lo que había visto debía de haber sido una ilusión óptica.
Introdujo las manos en la jaula. Y, extrañamente, la niña acudió a él de inmediato, se agarró a su pecho y lloró.
Vivenna se quedó sorprendida. Vasher cogió a la niña en brazos, con lágrimas también él en los ojos.
—¿La conoces? —preguntó Vivenna.
Él negó con la cabeza.
—Conozco a Nanrovah, y sé que tenía hijos pequeños, pero nunca he visto a ninguno de ellos.
—Entonces ¿cómo? ¿Por qué acude a ti?
Él no respondió.
—Vamos —dijo—. He atacado a los que han bajado corriendo al escuchar los gritos. Pero pueden venir más hombres.
Parecía que casi deseaba que sucediera. Se volvió hacia el túnel de salida, y Vivenna lo siguió.
Se dirigieron de inmediato a uno de los barrios ricos de T’Telir. Vasher no habló mucho mientras caminaban, y la niña se mostró aún más silenciosa. A Vivenna le preocupaba el estado mental de la pequeña. Era evidente que había tenido un par de meses muy duros.
Pasaron de las chabolas a las casas de vecindad, y luego a casas decentes en calles adornadas con árboles y farolas encendidas. Cuando llegaron a las mansiones, Vasher se detuvo y soltó a la chiquilla.
—Niña —dijo—, voy a decirte unas palabras. Quiero que las repitas. Repítelas, y lo digo en serio.
La niña lo miró con expresión ausente y asintió levemente con un gesto de cabeza.
Vasher miró a Vivenna.
—Apártate.
Ella abrió la boca para objetar, pero se lo pensó mejor. Se retiró unos pasos hasta quedar fuera del alcance auditivo. Por fortuna, Vasher estaba junto a una farola encendida, y ella podía verlo bien. Le habló a la niña pequeña, y la pequeña le contestó.
Después de abrir la jaula, Vivenna había recuperado el aliento del hilo. No lo había almacenado en ninguna parte. Y, con la conciencia adicional que tenía, le pareció ver algo. El aura biocromática de la niña, la normal que tenía todo el mundo, fluctuó ligeramente.
Fue tenue. Sin embargo, gracias a la primera elevación, Vivenna habría jurado que lo veía.
«Pero Denth me dijo que era todo o nada —pensó—. Tienes que dar todo el aliento que contienes. Y desde luego no puedes dar parte de un aliento». Sin embargo, tal como había quedado demostrado, Denth era un mentiroso.
Vasher se levantó y volvió a coger a la niña en brazos. Vivenna se acercó y le sorprendió oírla hablar.
—¿Dónde está papi? —preguntó.
Vasher no respondió.
—Estoy sucia —añadió la niña, mirándose—. A mami no le gusta que esté sucia. Mi vestido también está sucio.
Vasher echó a andar. Vivenna lo alcanzó rápidamente.
—¿Vamos a casa? —preguntó la niña—. ¿Dónde hemos estado? Es tarde. No debería estar en la calle. ¿Quién es esa mujer?
«No recuerda —se dijo Vivenna—. No recuerda dónde ha estado… probablemente no recuerda nada de toda la experiencia».
Vivenna miró de nuevo a Vasher, que caminaba con su barba descuidada, los ojos al frente, cogiendo a la niña con una mano y a Sangre Nocturna en la otra. Se dirigió al portón de una mansión y lo abrió de una patada. Entró en el jardín y Vivenna lo siguió, nerviosa.
Dos perros guardianes empezaron a ladrar. Aullaron y gruñeron, acercándose. Vivenna dio un respingo. Sin embargo, en cuanto vieron a Vasher, se tranquilizaron y empezaron a seguirle felizmente, y uno de ellos trató de lamerle las manos.
«En nombre de los Colores, ¿qué está pasando aquí?».
Algunas personas empezaban a congregarse delante de la mansión, portando lámparas y tratando de ver cuál era la causa de los ladridos.
Uno vio a Vasher, les dijo algo a los demás y todos se marcharon.
Cuando Vivenna y Vasher llegaron al porche, un hombre había aparecido en la puerta.
Llevaba un camisón blanco y lo protegían un par de soldados.
Se adelantaron para bloquearle el paso a Vasher, pero el del camisón se coló entre ellos, exclamando emocionado.
Lloró al coger a la niña de manos de Vasher.
—Gracias —susurró—. Gracias.
Vivenna permaneció en silencio, en segundo plano. Los perros continuaron lamiendo las manos de Vasher, aunque claramente evitaban a Sangre Nocturna.
El hombre abrazó a la niña hasta que por fin la entregó a una mujer que acababa de salir: la madre de la pequeña, supuso Vivenna. La mujer soltó un grito de alegría y cogió a la niña.
—¿Por qué la has devuelto? —dijo el hombre, mirando a Vasher.
—Los que se la llevaron han sido castigados —respondió él con voz tranquila y ronca—. Es todo lo que debería importar ahora.
El hombre entornó los ojos.
—¿Te conozco, forastero?
—Nos hemos visto. Te pedí que argumentaras en contra de la guerra.
—¡Es verdad! No tenías que animarme. Pero cuando se llevaron a Misel… tuve que guardar silencio sobre lo sucedido, tuve que cambiar mis argumentos, o dijeron que la matarían.
Vasher se dio media vuelta y echó a andar por el sendero.
—Coge a tu hija y ponla a salvo —dijo, volviéndose—. Y asegúrate de que este reino no emplee a sus sinvidas para una matanza.
El hombre asintió, todavía sollozando.
—Sí, sí. Por supuesto. Gracias. Muchas gracias.
Vasher continuó andando. Vivenna corrió tras él, mirando a los perros.
—¿Cómo has conseguido que dejaran de ladrar?
Él no respondió.
Vivenna se volvió para contemplar la mansión.
—Te has redimido —dijo él en voz baja, al atravesar las oscuras puertas.
—¿Qué?
—Secuestrar a la niña es algo que Denth habría hecho aunque no hubieras venido a T’Telir.
Yo no la habría encontrado nunca. Denth trabaja con muchas bandas de ladrones, y me pareció que el robo tenía por único motivo interrumpir los suministros.
Como todos los demás, ignoré el carruaje.
—Se detuvo para mirar a Vivenna en la oscuridad—. Le has salvado la vida a la niña.
—Por casualidad —contestó ella. No podía verse el pelo en la oscuridad, pero notó que enrojecía.
—Da igual.
Vivenna sonrió, pues el cumplido, por algún motivo, la afectaba mucho más de lo que habría debido.
—Gracias.
—Lamento haber perdido la calma —dijo él—. Allá en el cubil. Se supone que un guerrero debe ser tranquilo. Cuando combates o libras un duelo, no puedes dejar que la ira te domine. Por eso nunca he sido un buen duelista.
—Has hecho el trabajo —respondió ella—, y Denth ha perdido otro peón. —Salieron a la calle—. Aunque ojalá no hubiera visto esta lujosa mansión. No mejora mi opinión sobre los sacerdotes de Hallandren.
Vasher negó con la cabeza.
—El padre de Nanrovah fue uno de los mercaderes más ricos de la ciudad. El hijo se dedicó a servir a los dioses por gratitud. No cobra por su servicio.
Vivenna hizo una pausa.
—Oh.
Vasher se encogió de hombros en la oscuridad.
—Siempre es fácil echarles la culpa a los sacerdotes. Son chivos expiatorios muy convenientes. Al fin y al cabo, cualquiera que tenga una creencia fuerte distinta a la de uno debe de ser o bien un loco fanático o bien un mentiroso manipulador.
Vivenna volvió a ruborizarse. Él se detuvo y se volvió hacia ella.
—Lo siento —dijo—. No pretendía decirlo de esa forma. —Renegó, se dio media vuelta y siguió caminando—. Ya te dije que no soy bueno en esto.
—No importa. Me estoy acostumbrando.
Él asintió en la oscuridad, como distraído.
«Es un buen hombre —pensó Vivenna—. O, al menos, un hombre que intenta ser bueno». Una parte de ella se sintió como una tonta por hacer un nuevo juicio de valor.
Pero sabía que no podía vivir ni interactuar con nadie sin hacer algunos juicios.
Así que juzgaba a Vasher. No como hubiera juzgado a Denth, que había dicho cosas divertidas y le había mostrado lo que ella esperaba ver.
Juzgaba a Vasher por lo que le veía hacer.
Llorar por una niña cautiva. Devolver esa niña a su padre, con la oportunidad para hacer un burdo gesto por la paz como única recompensa.
Vivir sin apenas dinero, empeñándose en impedir una guerra.
Era duro. Era despiadado. Tenía muy mal genio. Pero era un buen hombre. Y, caminando junto a él, ella se sintió a salvo por primera vez en semanas.