El aliento de los dioses Capítulo 49 #2
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Capítulo 49 #2

—Espera —dijo Vivenna—. ¿Qué ha sido eso? ¿Un Mandato?

—Demasiado complicado para ti —contestó él, arrodillándose para deshacer el dobladillo de los pantalones. Ella vio que también ahí había sobrantes de tela—. Convertíos en mis piernas y dadme fuerzas —Mandó.

Los flecos-piernas se cruzaron sobre sus pies, tensándose. Vivenna no discutió que los Mandatos fueran «demasiado complicados». Simplemente los memorizó.

Finalmente, Vasher se echó por encima su raída capa, rota en algunas partes.

—Protégeme —Mandó, y ella vio que gran parte de su aliento restante iba a la capa.

Se envolvió la cuerda a la cintura. Era fina, para tratarse de una cuerda, pero fuerte, y ella sabía que su propósito no era sujetarle los pantalones. Finalmente, recogió a Sangre Nocturna.

—¿Vienes?

—¿Adónde?

—Vamos a capturar a algunos de esos ladrones. A preguntarles qué quería Denth exactamente de ese carruaje.

Vivenna sintió una punzada de temor.

—¿Por qué me invitas? ¿No será más difícil para ti?

—Depende —contestó él—. Si nos metemos en una pelea y tú me entorpeces, entonces será más difícil. Si nos metemos en una pelea y la mitad de ellos te ataca a ti y no a mí, hará más fáciles las cosas.

—Suponiendo que no me defiendas.

—Es una suposición acertada —asintió él, mirándola a los ojos—. Si quieres venir, ven. Pero no esperes que te proteja. Y, hagas lo que hagas, no intentes seguirme por tu cuenta.

—No se me ocurriría nada por el estilo.

Vasher se encogió de hombros.

—Me ha parecido que debía hacerte la invitación. Aquí no eres ninguna prisionera, princesa. Puedes hacer lo que quieras. Pero no me estorbes, ¿entendido?

—Entiendo —dijo ella, sintiendo un escalofrío mientras tomaba la decisión—. Y voy a ir.

Él no intentó disuadirla. Simplemente señaló la espada.

—Llévala.

Ella asintió y se la sujetó al cinto.

—Desenváinala.

Ella obedeció, y él corrigió su forma de empuñarla.

—¿De qué servirá agarrarla bien? —preguntó ella—. Sigo sin saber cómo utilizarla.

—Mantén una pose amenazadora y puede que alguien que te ataque dude. Pueden vacilar un par de segundos en una pelea, y eso podría significar mucho.

Ella asintió nerviosa, y volvió a guardar la espada en su vaina. Cogió varios trozos de cuerda.

—Sujeta cuando te lance —le dijo a la más corta, y se la guardó en el bolsillo.

Vasher la miró.

—Mejor perder aliento a que te maten —dijo ella.

—Pocos despertantes estarían de acuerdo contigo —advirtió él—. Para la mayoría, la idea de perder aliento es más aterradora que la perspectiva de la muerte.

—Bueno, yo no soy como la mayoría de los despertantes. Una parte de mí sigue considerando blasfemo todo el proceso.

Él asintió.

—Pon el resto de tu aliento en otra parte —dijo, abriendo la puerta—. No podemos permitirnos llamar la atención.

Ella sonrió, hizo lo que le decía y puso su aliento en su camisa con un Mandato básico e inactivo. En realidad era lo mismo que pronunciar un Mandato a medias, o uno susurrado. Esos podían extraer el aliento, pero lo dejaban incapaz de actuar.

En cuanto colocó el aliento, regresó el aturdimiento. Todo parecía muerto a su alrededor.

—Vamos —dijo Vasher, saliendo a la oscuridad.

La noche en T’Telir era muy distinta de la noche en Idris.

Allí era posible ver tantas estrellas en el cielo que parecía que hubieran arrojado al aire un cubo de arena blanca.

En cambio, en la gran ciudad había farolas, tabernas, restaurantes y casas de entretenimiento.

El resultado era una ciudad llena de luces, un poco como si las estrellas hubieran bajado a inspeccionar la grandiosa T’Telir.

Sin embargo, a Vivenna le entristecía las pocas estrellas de verdad que veía en el cielo.

Nada de eso implicaba que los lugares adonde iban fueran brillantes en modo alguno.

Vasher la condujo a través de las calles y rápidamente se convirtió en poco más que una sombra acechante.

Dejaron atrás lugares con farolas y ventanas iluminadas, dirigiéndose a un suburbio desconocido.

Era uno de aquellos en los que ella había temido entrar, cuando malvivía en la calle.

La noche pareció hacerse aún más oscura cuando entraron y recorrieron uno de los serpenteantes y oscuros callejones que hacían las veces de calles en esos lugares.

Permanecieron en silencio. Vivenna sabía que no debía hablar para no llamar la atención.

Al cabo de un rato, Vasher se detuvo. Señaló un edificio: de una sola planta, techo plano, y ancho.

Se alzaba solo, en una depresión, con varias chabolas que cubrían el promontorio de detrás.

Vasher le indicó que esperara, y entonces introdujo el resto de su aliento en su cuerda y se arrastró hacia la loma.

Vivenna esperó, nerviosa, acuclillada junto a una chabola ruinosa que parecía construida con ladrillos viejos. «¿Por qué he venido? —pensó—. No me ha ordenado que lo hiciera: solo ha dicho que podía hacerlo. Bien podría haberme quedado en la habitación».

Pero estaba cansada de que le sucedieran cosas. Había sido ella quien señaló que tal vez había alguna conexión entre el sacerdote y el plan de Denth. Quería seguir la pista hasta el final. Hacer algo.

Fue fácil pensarlo en la habitación iluminada. No ayudaba a sus nervios que, acechando a la izquierda de la chabola, hubiera una estatua D’Denir. Había algunas de ellas en los suburbios de las tierras altas, aunque la mayoría estaban desfiguradas o rotas.

Sin su sentido vital, no notaba nada. Se sentía casi como si se hubiera quedado ciega.

La ausencia del aliento traía recuerdos de noches durmiendo en un frío callejón lodoso.

Tundas recibidas a manos de pilluelos callejeros que tenían la mitad de su tamaño y el doble de su habilidad.

Hambre. Terrible, omnipresente, deprimente y agotadora hambre.

Una pisada crujió y una sombra se cernió sobre ella. Vivenna casi dejó escapar un jadeo de temor, pero consiguió controlarse al reconocer a Sangre Nocturna entre las manos de la figura.

—Dos guardias —dijo Vasher—. Ambos silenciados.

—¿Valdrán para responder a nuestras preguntas?

En la oscuridad, Vasher negó con la cabeza.

—Son prácticamente chiquillos. Necesitamos a alguien más importante. Tendremos que entrar. Eso, o sentarnos a vigilar durante días para determinar quién está al mando, y luego cogerlo cuando esté solo.

—Eso nos llevaría demasiado tiempo.

—Estoy de acuerdo, pero no puedo usar la espada. Cuando Sangre Nocturna acaba con un grupo, nunca queda nadie para interrogar.

Vivenna se estremeció.

—Vamos —susurró él.

Lo siguió tan silenciosamente como pudo en dirección a la puerta principal.

Vasher la agarró por el brazo y negó con la cabeza.

Ella lo siguió hasta un lado, sin advertir apenas los dos cuerpos inconscientes arrojados a una zanja.

En la parte trasera del edificio, Vasher empezó a palpar el suelo.

Tras unos instantes sin éxito, maldijo en voz baja y se sacó algo del bolsillo. Un puñado de paja.

En pocos segundos, había construido tres hombrecillos con paja e hilo, y luego usó el aliento recuperado de su capa para animarlos. Le dio a cada uno el mismo Mandato.

—Encontrad túneles.

Vivenna observó, fascinada. «Eso es mucho más abstracto como Mandato de lo que me hizo pensar que era posible», pensó mientras los hombrecillos correteaban por el suelo.

Vasher continuó buscando también. «Al parecer la experiencia y la habilidad para usar imágenes mentales son los aspectos más importantes del despertar —pensó Vivenna—.

Vasher lleva haciendo esto mucho tiempo, y la forma en que hablaba antes, como un erudito, indica que ha estudiado el despertar muy en serio».

Uno de los hombrecillos de paja empezó a dar saltos arriba y abajo.

Los otros dos corrieron a su encuentro y empezaron a saltar también.

Vasher se acercó a ellos, igual que Vivenna, que observó cómo él descubría una trampilla oculta bajo una gruesa capa de tierra.

La alzó un poco y metió la mano debajo. Sacó varias campanitas, al parecer colocadas allí para que sonaran si la puerta se abría del todo.

—Ningún grupo como este tiene un escondite sin una salida secreta —dijo Vasher—. Normalmente un par de ellas. Siempre con trampa.

Vivenna vio cómo recuperaba el aliento de los hombrecillos de paja, dándoles las gracias a todos. Frunció el ceño al oír las curiosas palabras. Eran solo paja. ¿Por qué agradecérselo?

Vasher devolvió el aliento a su capa con un Mandato de protección, y luego atravesó la trampilla y empezó a descender por una escalera.

Vivenna lo siguió, pisando con cuidado, saltándose un escalón cuando Vasher se lo indicó.

Abajo había un túnel burdamente abierto, o esa sensación le produjo la oscura cámara de tierra.

Vasher avanzó, o eso daba a entender el silencioso roce de su ropa. Vivenna lo siguió y sintió curiosidad al ver luz delante. También oía voces. Hombres hablando, y riendo.

Pronto distinguió la silueta de Vasher; se acercó a él y ambos se asomaron a la salida del túnel, que daba a una habitación con el suelo de tierra.

Un fuego ardía en el centro, y el humo se retorcía y escapaba por un agujero en el techo.

La planta superior, el edificio en sí, era probablemente solo una fachada, pues la cámara allí abajo parecía muy habitable.

Había piezas de tela, petates, ollas y sartenes.

Todo tan sucio como los hombres que estaban reunidos alrededor del fuego, riendo.

Vasher le indicó que se apartara hacia la derecha.

Había otro túnel a pocos palmos de donde estaban.

El corazón de Vivenna dio un vuelco cuando Vasher entró a rastras en la habitación y se dirigió al segundo túnel.

Miró el fuego. Los hombres estaban muy concentrados en su bebida y los cegaba el resplandor. No parecieron reparar en Vasher.