El aliento de los dioses Capítulo 49
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Capítulo 49

asher la encontró practicando de nuevo.

Espiaba por la ventana, tras haber descendido del tejado con una cuerda despertada que lo sujetaba por la cintura.

En la habitación, Vivenna despertaba una y otra vez el mismo trozo de tela, sin reparar en la presencia de Vasher.

Mandó a la tela que serpenteara por la habitación, se enroscara en una copa y se la llevara a ella sin derramar su contenido.

«Qué rápido aprende», pensó Vasher. Dar los Mandatos era sencillo, pero proporcionar el impulso mental adecuado era difícil.

Era como aprender a controlar un segundo cuerpo.

Vivenna era rápida. Sí, poseía una gran cantidad de alientos.

Eso lo hacía más sencillo, pero el verdadero despertar instintivo, la capacidad de despertar objetos sin entrenamiento ni práctica, era un don que solo concedía la sexta elevación.

Era un paso más allá incluso respecto a los retornados con su único aliento divino.

Vivenna estaba lejos de ese nivel. Aprendía más rápido de lo normal, aunque se frustraba por lo a menudo que hacía mal las cosas.

Cometió un error mientras él la miraba. La tela serpenteó por la habitación, pero trepó por la copa en vez de enroscarse en ella.

Se estremeció, hizo caer la copa y finalmente regresó, dejando un rastro húmedo.

Vivenna maldijo y se acercó para volver a llenar la copa.

No reparó en Vasher. A él no le sorprendió, porque en esos momentos era un apagado, con todo su exceso de aliento almacenado en su camisa.

Ella sustituyó la copa y él se izó cuando regresaba.

El mecanismo de cómo se movía con las cuerdas era más complicado de lo que parecía.

Su Mandato incorporaba hacer que la cuerda respondiera a golpecitos con el dedo a lo largo de su superficie.

Despertar era distinto a crear un sinvida.

Estos tenían cerebro y podían interpretar Mandatos y peticiones.

La cuerda no tenía nada de eso; solo podía actuar siguiendo sus instrucciones originales.

Con unos golpecitos, volvió a bajar. Vivenna estaba de espaldas y cogió otro trapo de colores para usarlo como combustible cuando despertara su cuerda atrapacopas.

Me gusta , dijo Sangre Nocturna. Me alegro de que no la matáramos.

Vasher no respondió.

Es muy bonita, ¿no te parece? , preguntó la espada.

Tú no entiendes de eso , replicó Vasher.

Sí que entiendo. He decidido que puedo hacerlo.

Vasher negó con la cabeza. Bonita o no, la mujer no tendría que haber venido nunca a Hallandren.

Le había dado a Denth una herramienta perfecta.

«Pero claro —admitió con amargura—, Denth tal vez no necesitaba esa herramienta».

Hallandren e Idris estaban a punto de destruirse.

Vasher había permanecido lejos demasiado tiempo.

Lo sabía. También sabía que era imposible haber vuelto antes.

Dentro de la habitación, Vivenna consiguió que la cuerda le trajera la copa, y se la bebió con una expresión satisfecha que Vasher apenas pudo ver.

Hizo que la cuerda lo bajara al suelo. Le ordenó que se soltara de arriba y luego, cuando se enroscó en su brazo, recuperó su aliento y subió los escalones que conducían a la habitación.

Vivenna se dio la vuelta al oír entrar a Vasher.

Soltó la cuerda y guardó a toda prisa el trapo en su bolsillo.

«¿Qué importa que me vea practicando? —pensó, ruborizándose—.

No es que tenga nada que esconder». Pero practicar ante él resultaba embarazoso.

Era tan severo, tan inflexible con los defectos. No quería que la viera fracasar.

—¿Y bien? —preguntó ella.

Él negó con la cabeza.

—Tanto la casa que empleabais como el refugio de los suburbios están vacíos —contestó—. Denth es demasiado listo para dejarse pillar. Debió de suponer que revelarías su localización.

Vivenna apretó los dientes, frustrada, y se apoyó contra la pared. Como las otras habitaciones en que se habían alojado, aquella era sumamente simple. Sus únicas posesiones eran un par de petates y las mudas de ropa, que Vasher llevaba en su morral.

Denth vivía con mucho más lujo. Podía permitírselo, ahora que tenía todo el dinero de Lemex. «Fue listo —pensó ella—. Me dio el dinero y me hizo creer que estaba al mando. Supo todo el tiempo que el oro no dejaba de estar en sus manos, igual que yo».

—Esperaba que pudiéramos vigilarlo —dijo—. Tal vez adelantarnos a lo que esté planeando.

Vasher se encogió de hombros.

—No funcionó. No tiene sentido lamentarse por eso. Vamos. Creo que puedo lograr que nos reunamos con algunos labradores idrianos en uno de los huertos, si llegamos durante la pausa del almuerzo.

Vivenna frunció el ceño mientras él se volvía.

—Vasher, no podemos seguir haciendo esto.

—¿Esto?

—Cuando estaba con Denth, nos reuníamos con jefes del crimen y políticos. Tú y yo solo nos reunimos con labradores en esquinas y campos.

—¡Son buenas personas!

—Sé que lo son —dijo Vivenna rápidamente—. Pero ¿crees de verdad que sirve para algo? Comparado con lo que probablemente estará haciendo Denth, quiero decir.

Él frunció el ceño, pero en vez de discutir con ella, solo descargó un puñetazo contra la pared.

—Lo sé —admitió—. He intentado otras cosas, pero casi todo lo que hago parece ir un paso por detrás de Denth.

Puedo matar a sus bandas de ladrones, pero tiene más de las que puedo encontrar.

He intentado descubrir quién maquina a favor de la guerra, incluso he seguido pistas en la Corte de los Dioses, pero todo el mundo se muestra cada vez más reservado.

Dan por hecho que la guerra es inevitable, y no quieren que se les vea en la parte perdedora del debate.

—¿Y los sacerdotes? ¿No son los que llevan los temas ante los dioses? Si conseguimos más sacerdotes que argumenten en contra de la guerra, tal vez podamos detenerla.

—Los sacerdotes son volátiles —respondió Vasher, sacudiendo la cabeza—. La mayoría de los que argumentaron contra la guerra han cedido. Incluso Nanrovah ha cambiado de bando.

—¿Nanrovah?

—El sumo sacerdote de Marcaquieta —explicó Vasher—. Lo consideraba de convicciones firmes. Incluso se reunió conmigo varias veces para hablar de su oposición a la guerra. Ahora se niega a verme y ha cambiado de bando. Mentiroso incoloro.

Vivenna frunció el ceño. «Nanrovah…».

—Vasher —dijo—. Le hicimos algo.

—¿Qué dices?

—Denth y su equipo. Ayudamos a una banda de ladrones a robarle a un mercader de sal.

Usamos un par de distracciones para cubrir el robo.

Le prendimos fuego a un edificio cercano y volcamos un carruaje que pasaba por el jardín.

El carruaje pertenecía a un sumo sacerdote. Creo que se llamaba Nanrovah.

Vasher maldijo en voz baja.

—¿Crees que podría estar relacionado? —preguntó ella.

—Tal vez. ¿Sabes qué ladrones cometieron el robo?

Ella negó con la cabeza.

—Volveré —dijo él—. Espera aquí.

Eso hizo. Vivenna esperó durante horas. Trató de practicar el despertar, pero ya había pasado casi todo el día trabajando en eso.

Estaba agotada mentalmente y le resultaba difícil concentrarse.

Acabó asomada a la ventana, molesta. Denth siempre la había dejado acompañarlo cuando salía a buscar información.

«Eso fue solo porque quería mantenerme cerca», pensó. Ahora que lo recordaba, había un montón de cosas que Denth le había ocultado. Vasher no se molestaba en tranquilizarla.

Sin embargo, cuando ella le preguntaba, no era parco con la información. Sus respuestas eran a regañadientes, pero solía contestar. Ella seguía repasando aquella conversación sobre el despertar. No tanto por lo que había dicho él, sino por el modo en que lo había dicho.

Se había equivocado con Vasher. De eso estaba casi segura. Tenía que dejar de juzgar a la gente. Pero ¿era eso posible? ¿No se basaba la interacción, en parte, en los juicios? El trasfondo y las actitudes de una persona influían en cómo se le respondía.

La clave, entonces, radicaba en dejar de juzgar. Era pensar en esos juicios como algo mutable. Había considerado amigo a Denth, pero no tendría que haberlo ignorado cuando decía que los mercenarios no tenían amigos.

La puerta se abrió de golpe. Vivenna dio un respingo y se llevó la mano al pecho.

Vasher entró.

—Empieza por echar mano de esa espada cuando te sobresaltes —dijo—. No hay ningún motivo para que te agarres la camisa, a menos que pienses desgarrártela.

Vivenna se ruborizó, el pelo convertido en rojo. La espada que él le había dado yacía a un lado de la habitación. No habían tenido muchas oportunidades de practicar, y ella apenas sabía empuñarla.

—¿Qué ha pasado? —preguntó mientras él cerraba la puerta. Ya estaba oscuro fuera, y la ciudad empezaba a chispear de luces.

—El robo fue una tapadera. El verdadero golpe era el carruaje. Denth les prometió a los ladrones algo valioso si cometían un robo y provocaban un incendio, pero ambas cosas eran distracciones para atacar el carruaje.

—¿Para qué?

—No estoy seguro.

—¿Por dinero? Cuando Tarugo golpeó al caballo, un cofre cayó desde lo alto. Estaba lleno de oro.

—¿Qué pasó entonces? —preguntó Vasher.

—Yo me marché con los demás. Creí que el carro era una distracción y tenía que quitarme de en medio.

—¿Y Denth?

—No estaba allí, ahora que lo pienso. Los demás me dijeron que estaba reunido con otros ladrones.

Vasher asintió y se acercó a su morral. Apartó los petates y sacó varias prendas de vestir.

Se quitó la camisa, revelando un torso musculoso y bastante velludo.

Vivenna parpadeó sorprendida, y luego se ruborizó.

Probablemente tendría que haberse vuelto, pero la curiosidad era demasiado fuerte. ¿Qué estaba haciendo?

Él no se quitó los pantalones, menos mal, sino que solo se cambió de camisa. Las mangas de esta estaban cortadas en forma de lazos largos cerca de las muñecas.

—A mi llamada —dijo—, convertíos en mis dedos y agarrad lo que debo.

Los flecos de las mangas se agitaron.