Capítulo 46 #2
—Sujeta esa rama cuando te lo diga.
Una vez más, nada.
—Sujeta lo que yo diga.
Nada.
Llegó una voz desde atrás.
—Dile: «Sujeta cuando te lance».
Vivenna dio un respingo, girándose de golpe. Vasher estaba detrás de ella, empuñando a Sangre Nocturna ante sí, con la punta hacia abajo. Llevaba su morral colgado del hombro.
Vivenna, ruborizada, miró de nuevo la cuerda.
—Sujeta cuando te lance —Mandó, usando un pañuelo para extraerle el color.
Su aliento la abandonó, pero la cuerda continuó flácida. Así que la arrojó a una de las ramas que colgaban del árbol. La cuerda se retorció de inmediato, envolviendo las ramas y sujetándolas con fuerza.
—Qué útil —dijo Vivenna.
Vasher alzó una ceja.
—Tal vez. Pero peligroso.
—¿Por qué?
—Recupera la cuerda.
Vivenna vaciló, advirtiendo que la cuerda se había enroscado en unas ramas demasiado altas, fuera de su alcance. Saltó, intentando cogerla.
—Yo prefiero usar una cuerda más larga —dijo Vasher, alzando a Sangre Nocturna por la funda y usando la curva del gavilán para tirar de las ramas hacia abajo—.
Si te quedas siempre con un extremo agarrado, no tendrás que preocuparte de que te la quiten.
Además, puedes despertar cuando lo necesites, en vez de dejar un puñado de aliento encerrado en una cuerda que quizá necesites y quizá no.
Vivenna asintió, recuperando su aliento de la cuerda.
—Vamos —dijo él, y se encaminó hacia la habitación—. Ya has dado suficiente espectáculo por hoy.
Vivenna lo siguió, y por primera vez, advirtió que en la calle varias personas se habían parado a mirarla.
—¿Cómo se han dado cuenta? Tampoco he sido tan descarada con lo que estaba haciendo.
Vasher bufó.
—¿Y cuánta gente en T’Telir va por ahí con ropa gris?
Vivenna se ruborizó mientras lo seguía a la estrecha habitación.
Él soltó su morral y dejó a Sangre Nocturna apoyada en una pared.
Vivenna miró la espada. Todavía no estaba segura de qué pensar de ella.
Experimentaba una cierta náusea cada vez que la miraba, y el recuerdo de lo violentamente enferma que se sintió al tocarla seguía reciente.
Además, estaba aquella voz en su cabeza. ¿De verdad la había oído? Vasher, como de costumbre, había guardado su característico silencio cuando ella le preguntó al respecto, rechazando sus preguntas.
—¿No eres idriana? —preguntó Vasher, llamando su atención mientras se sentaba.
—Qué yo sepa, sí.
—Pareces extrañamente fascinada con el despertar para ser una seguidora de Austre —dijo él con los ojos cerrados mientras apoyaba la cabeza en la puerta.
—No soy muy buena idriana —repuso ella, sentándose—. Ya no. Ya puestos, mejor aprender a utilizar lo que tengo.
Vasher asintió.
—Muy bien. Nunca he comprendido por qué el austrismo dio de pronto la espalda al despertar.
—¿De pronto?
Él asintió, con los ojos todavía cerrados.
—No era así antes de la Multiguerra.
—¿De veras?
—Claro.
A menudo hablaba de esa forma, mencionando cosas que a ella le parecían inverosímiles, pero diciéndolas como si supiera exactamente de qué hablaba. Ninguna conjetura. Ninguna vacilación. Como si lo supiera todo. No era de extrañar que a veces a Vasher le costara congeniar con la gente.
—Muy bien —dijo él, abriendo los ojos—. ¿Te has comido todo el calamar?
Ella asintió.
—¿Eso es lo que era?
—Sí —contestó él, abriendo su morral y sacando otro trozo de carne seca. La alzó—. ¿Quieres más?
Ella se sintió asqueada.
—No, gracias.
Él se detuvo al ver la expresión de sus ojos.
—¿Qué pasa? ¿Te he dado un pedazo malo?
Ella negó con la cabeza.
—¿Qué, entonces?
—No es nada.
Él alzó una ceja.
—Te digo que no es nada. —Vivenna apartó la mirada—. Es que no me gusta mucho el pescado.
—¿Ah, no? Pues llevo dándote pescado cinco días seguidos.
Ella asintió en silencio.
—Te lo comes siempre.
—Dependo de tu comida —dijo ella—. No voy a quejarme de lo que me das.
Él frunció el ceño, dio un mordisco al calamar y empezó a masticar.
Aún vestía su ropa desgarrada, casi harapienta, pero Vivenna llevaba con él lo suficiente para saber que la mantenía limpia.
Obviamente tenía recursos para comprar ropa nueva, pero prefería aquellos viejos harapos raídos.
También llevaba la misma barba descuidada.
Nunca parecía crecerle, pero Vivenna tampoco lo había visto nunca recortarla o afeitarla.
¿Cómo conseguía mantenerla en la medida justa?
¿Era intencionado, o estaba imaginándose cosas que no eran?
—No eres lo que me esperaba —dijo él.
—Lo habría sido. Hace unas semanas.
—Lo dudo. —Vasher dio un bocado a su trozo de calamar—. Ese espíritu tenaz que tienes no viene de unas pocas semanas en las calles. Ni tampoco esas ganas de martirizarte.
Ella lo miró a los ojos.
—Quiero que me enseñes más sobre el despertar.
Él se encogió de hombros.
—¿Qué quieres saber?
—Ni siquiera sé cómo responder a eso —explicó Vivenna—. Denth me enseñó unos cuantos Mandatos, pero fue el mismo día que tú me apresaste.
Vasher asintió. Permanecieron en silencio unos minutos.
—¿Y bien? —preguntó ella por fin—. ¿Vas a decir algo?
—Estoy pensando.
Ella alzó una ceja.
Él hizo una mueca.
—El despertar es algo que llevo practicando desde hace muchos, muchísimos años. Siempre tengo problemas para explicarlo. No me metas prisa.
—Muy bien. Tómate tu tiempo.
Él la fulminó con la mirada.
—Tampoco seas condescendiente conmigo.
—No es eso. Estoy siendo educada.
—Bien, pues la próxima vez, sé educada con menos condescendencia en la voz.
«¿Condescendencia? —pensó ella—. ¡No estaba siendo condescendiente!
». Lo miró allí sentado, comiendo su calamar seco.
Cuanto más tiempo pasaba con él, menos miedo le daba, pero más la frustraba.
«Es un hombre peligroso —se recordó—. Ha dejado cadáveres por toda la ciudad, usando esa espada suya para hacer que la gente se mate entre sí».
Vivenna se había planteado huir de él en varias ocasiones, pero al final había decidido que sería una tontería hacerlo. No encontraba ningún defecto en sus esfuerzos por detener la guerra, y recordaba su solemne promesa en el sótano aquel primer día. Lo creía. A regañadientes.
Era solo que pretendía tener los ojos un poco más abiertos a partir de entonces.
—Muy bien —dijo Vasher—. Supongo que será para bien. Me estoy cansando de que vayas por ahí con esa aura brillante que ni siquiera sabes usar.
—Te escucho.
—Bueno, pues creo que deberíamos empezar con la teoría —dijo él—.
Hay cuatro clases de entes biocromáticos.
La primera y más espectacular son los retornados.
Los llaman dioses aquí en Hallandren, pero yo prefiero llamarlos manifestaciones biocromáticas espontáneas conscientes en un anfitrión difunto.
Lo que tienen de extraño es que son el único ente biocromático que se produce de modo natural, lo cual teóricamente explicaría por qué no pueden usar ni otorgar su Investidura biocromática.
Por supuesto, el hecho es que todo ser vivo nace con cierta Investidura biocromática.
Eso también podía explicar por qué los de clase uno conservan la conciencia de sí mismos.
Vivenna parpadeó. Aquello no era lo que había esperado.
—Tú estás más interesada en los entes de clase dos y clase tres —continuó Vasher—.
La clase dos son manifestaciones sin mente en un anfitrión difunto.
Son baratas de hacer, incluso con Mandatos torpes.
Esto se rige por la ley del paralelismo biocromático: cuanto más cerca esté un anfitrión de una forma viva, más fácil es despertar.
El biocroma es el poder de la vida, y por eso busca pautas de vida.
Eso, sin embargo, nos lleva a otra ley, la de la comparabilidad.
Afirma que la cantidad de aliento requerido para despertar algo no es necesariamente indicativa de su poder una vez despertado.
Un trozo de tela cuadrado y un trozo de tela en forma de persona necesitarán cantidades muy distintas de aliento para despertar, pero esencialmente serán lo mismo cuando hayan sido Investidos.
»La explicación es sencilla. Algunas personas piensan que despertar es como verter agua en una taza.
Viertes hasta que la taza está llena, y entonces el objeto cobra vida.
Es una analogía falsa. Deberías pensar en despertar como en llamar a una puerta.
Llamas y llamas, y algunas puertas son más fáciles de abrir que otras, pero una vez abiertas, todas hacen más o menos lo mismo. —La miró—. ¿Comprendido?
—Esto… —dijo ella. Se había pasado toda la juventud formándose con sus tutores, pero aquello iba más allá de sus métodos docentes—. Es un poco denso.
—Bueno, ¿quieres aprender o no?
«Me has preguntado si comprendía —pensó ella—. Y he respondido». Sin embargo, no expresó sus objeciones en voz alta. Era mejor que él siguiera hablando.
—Los entes biocromáticos de clase dos son lo que la gente de Hallandren llama sinvidas —dijo Vasher—.
Son diferentes de los entes de clase uno en varios aspectos.
Los sinvidas pueden crearse a voluntad y requieren solo de unos pocos alientos para despertar, según los Mandatos empleados.
Además, se alimentan de su propio color al Investirlos.
No presentan aura cuando son despertados, pero el aliento los sostiene, evitando que necesiten comer.
Pueden morir, y necesitan una solución especial de alcohol para seguir funcionando después de los primeros años.
Debido a su anfitrión orgánico, su aliento se aferra al cuerpo y no puede retirarse una vez Investido.
—Sé un poco de ellos —dijo Vivenna—. Denth y su equipo tienen un sinvida.
Vasher guardó silencio.
—Sí —contestó por fin—. Lo sé.
Vivenna frunció el ceño, advirtiendo una extraña expresión en sus ojos. Guardaron silencio durante unos breves instantes.
—Estabas hablando de los sinvidas y sus Mandatos —lo animó ella.
Vasher asintió.