Capítulo 46
ivenna engulló su comida. La carne seca sabía mucho a pescado, pero ella había aprendido que respirando por la boca podía ignorar gran parte del sabor. Comió hasta el último bocado y luego se quitó el regusto con unos tragos de agua hervida tibia.
Estaba sola en la habitación. Era una estancia pequeña construida en un ala del edificio, cerca de los suburbios. Vasher había pagado unas monedas para disponer de ella durante el día, aunque no estaba allí en este momento. Había salido a ocuparse de algo.
Vivenna se reclinó y cerró los ojos. Había llegado al punto en que estaba tan agotada que le costaba dormir. El hecho de que la habitación fuera tan pequeña no ayudaba. Ni siquiera podía estirarse del todo.
Vasher no exageraba cuando dijo que el trabajo que tenían por delante iba a ser riguroso.
Parada tras parada, Vivenna había hablado con los idrianos, consolándolos, suplicándoles que no empujaran a Hallandren a la guerra.
No hubo restaurantes como los que había frecuentado con Denth.
Ninguna cena con hombres vestidos con ropa elegante y acompañados por guardias.
Solo un grupo tras otro de agotados hombres y mujeres de clase trabajadora.
Muchos no eran rebeldes, y la mayoría ni siquiera vivían en los suburbios.
Pero formaban parte de la comunidad idriana en T’Telir, y podían influir en el sentir de su familia y sus amistades.
A Vivenna le caían bien. Simpatizaba con ellos.
Se sentía mucho mejor acerca de su nuevo empeño que con la tarea que había hecho con Denth y, que ella supiera, Vasher estaba siéndole sincero.
Vivenna había decidido confiar en su instinto.
Esa era su decisión, y significaba ayudar a Vasher, por ahora.
Él no le había preguntado si quería continuar.
Se limitaba a guiarla de un sitio a otro, esperando que ella le siguiera el ritmo.
Y eso hacía Vivenna, reuniéndose con gente y suplicando su perdón, a pesar de lo agotador que era desde un punto de vista emocional.
Vivenna no estaba segura de poder reparar lo que había hecho, pero estaba dispuesta a intentarlo.
Esa determinación parecía haberle granjeado cierto respeto por parte de Vasher.
Un respeto concedido con mucha más reticencia que el respeto de Denth.
«Denth me engañó todo el tiempo». Todavía se le hacía muy cuesta arriba recordar ese hecho.
Una parte de ella no quería hacerlo. Se inclinó hacia delante, mirando la pared vacía de la estrecha habitación.
Se estremeció. Menos mal que se había esforzado tanto últimamente. Eso le impedía pensar en algunas cosas.
Cosas inquietantes.
¿Quién era ella? ¿Cómo se definía a sí misma, ahora que todo lo que había sido, y todo lo que había intentado, estaba desmoronado a su alrededor?
Ya no podía seguir siendo Vivenna, la princesa confiada.
Esa persona estaba muerta, dejada atrás en aquel sótano con el cadáver ensangrentado de Parlin.
Su confianza había nacido de la ingenuidad.
Ahora sabía cuán fácilmente la habían engañado. Sabía el coste de la ignorancia, y había atisbado las feas verdades de la auténtica pobreza.
Sin embargo, tampoco podía ser esa mujer, la mendiga de las calles, la ladrona, la miserable apaleada.
Esa no era ella. Sentía como si todas aquellas semanas hubieran sido un sueño provocado por la tensión del aislamiento y el trauma de la traición, impulsado por haberse convertido en una apagada y que la sofocara la enfermedad.
Fingir que esa era la auténtica Vivenna sería burlarse de quienes vivían de verdad en la calle.
La gente entre la que se había ocultado y a la que había tratado de imitar.
¿Dónde la dejaba eso? ¿Era la silenciosa princesa penitente que se arrodillaba con la cabeza gacha, suplicándoles a los campesinos? También aquello era en parte una actuación. De veras lo lamentaba. Sin embargo, estaba utilizando su orgullo herido como herramienta. Esa no era ella.
¿Quién era, pues?
Se levantó, sintiéndose agobiada en aquella diminuta habitación, y abrió la puerta.
El barrio no llegaba a ser un suburbio, pero tampoco era rico.
Era simplemente un lugar donde vivía gente normal.
Había suficientes colores en la calle para que resultara agradable, pero los edificios eran pequeños y albergaban a varias familias cada uno.
Deambuló por la calle, cuidando de no alejarse demasiado de la habitación que Vasher había alquilado. Caminó cerca de los árboles, admirando sus flores.
¿Quién era ella en realidad? ¿Qué quedaba, una vez retirados la princesa y el odio a Hallandren?
Era una persona decidida. Esa parte le gustaba.
Se había obligado a convertirse en la mujer que hacía falta para poder casarse con el rey-dios.
Había trabajado mucho, sacrificándose, para llegar a su objetivo.
También era una hipócrita. Ahora sabía lo que era ser verdaderamente humilde. Comparada con eso, su antigua vida parecía más arrogante y descarada que ninguna falda o camisa de colores.
Creía en Austre, eso sí. Amaba las enseñanzas de las Cinco Visiones.
Humildad. Sacrificio. Atender los problemas ajenos antes que los propios.
Sin embargo, estaba empezando a pensar que, como muchos otros, había llevado su fe demasiado lejos, dejando que su deseo por parecer humilde se convirtiera en una forma de orgullo.
Ahora veía que cuando su fe había pasado a preocuparse por la ropa en vez de por la gente, había tomado un sesgo equivocado.
Quería aprender a despertar. ¿Por qué? ¿Qué decía eso de ella? ¿Que estaba dispuesta a aceptar una herramienta que su religión rechazaba, solo porque la hacía más poderosa?
No, no era eso. Al menos, esperaba que no lo fuera.
Al repasar su vida reciente, Vivenna se sentía frustrada por su frecuente impotencia.
Y eso sí parecía formar parte de la persona que era ella en realidad.
La mujer que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa con tal de no estar desvalida.
Por eso había estudiado tanto con sus tutores allá en Idris.
Por eso quería aprender a despertar. Quería tanta información como fuera posible, y estar preparada para los problemas que pudiera encontrar.
Quería ser una persona capaz. Tal vez pareciese arrogante, pero era la verdad. Quería aprender todo lo que pudiera para sobrevivir en el mundo. El aspecto más humillante de su estancia en T’Telir había sido su ignorancia. No cometería de nuevo ese error.
Asintió para sus adentros.
«Hora de practicar, pues», pensó, regresando a la habitación. Ya dentro, sacó un trozo de cuerda, la que Vasher había empleado para amarrarla, lo primero que había despertado. Ya había recuperado el aliento que contenía.
Volvió a salir, sujetando la cuerda entre los dedos, retorciéndola, pensando.
«Los Mandatos que Denth me enseñó eran frases simples.
Sujeta. Protégeme». Denth le había dado a entender que la intención era importante.
Cuando Vivenna despertó sus ataduras, las había hecho moverse como si fuesen parte de su cuerpo.
Era algo más que el mero Mandato. El Mandato otorgaba la vida, pero la intención, las instrucciones de su mente, otorgaban el foco y la acción.
Se detuvo junto a un gran árbol con finas ramas cargadas de flores que se curvaban hacia el suelo. Se colocó junto a una rama y tocó la corteza del tronco para usar su color. Acercó la cuerda a la rama.
—Sujeta cosas —Mandó, dejando escapar por reflejo parte de su aliento.
Sintió un instante de pánico cuando su percepción del mundo se oscureció.
La cuerda se retorció. Sin embargo, en vez de extraer color del árbol, el despertar arrancó el color de su almilla.
La prenda se volvió gris y la cuerda se movió, enroscándose como una serpiente alrededor de la rama.
La madera crujió cuando la cuerda apretó.
El otro extremo se retorció en una extraña pauta, rebulléndose.
Vivenna se quedó mirando con el ceño fruncido, hasta que comprendió lo que estaba pasando. La cuerda se enroscaba en su mano, tratando de sujetarla también.
—Alto —dijo.
No sucedió nada. La cuerda continuó apretando.
—Tu aliento al mío —Mandó.
La cuerda dejó de moverse y su aliento regresó. Vivenna se sacudió la cuerda de la mano. «Muy bien —pensó—. “Sujeta cosas” funciona, pero no es muy específico. Se enrosca alrededor de mis dedos además de alrededor de lo que quiero que ate. ¿Y si pruebo otra cosa?».
—Sujeta esa rama —Mandó.
De nuevo, el aliento la abandonó. Más cantidad esa vez. Sus pantalones se vaciaron de color y el extremo de la cuerda se retorció, envolviéndose en la rama. El resto permaneció inmóvil.
Vivenna sonrió con satisfacción. «Así que cuanto más complicado es el Mandato, más aliento requiere».
Recuperó su aliento. Se parecía un poco a dar un primer bocado a algo muy sabroso. Hacerlo no sacudía sus sentidos, pues era una mera vuelta a un estado normal para ella. Recordó lo que había explicado Vasher: que, si hubiera pasado varios días sin aliento, recuperar su poder la habría abrumado.
Se miró la ropa, ahora completamente gris.
Por curiosidad, trató de despertar de nuevo la cuerda.
No sucedió nada. Recogió un palo del suelo y entonces despertó la cuerda.
Esa vez funcionó y el palo perdió su color, aunque requirió muchísimo más aliento.
Tal vez era porque el palo no tenía mucho color.
Y el tronco del árbol no le había servido como fuente de color.
Al parecer, no se podía extraer el color de algo vivo.
Descartó la rama y cogió unos pañuelos de colores que Vasher tenía en la habitación. Regresó junto al árbol. «¿Y ahora, qué?», pensó. ¿Podría introducir el aliento en la cuerda ahora pero esperar a más tarde para Mandarle que sujetara algo? ¿Cómo formularía esa frase siquiera?
—Sujeta las cosas que te diga que sujetes —Mandó.
No pasó nada.