Capítulo 43
ivenna se despertó mareada, cansada, sedienta y famélica.
Pero viva.
Abrió los ojos con una extraña sensación. Comodidad. Estaba en una cama blanda y confortable. Se incorporó inmediatamente, y la cabeza le dio vueltas.
—Yo tendría cuidado —dijo una voz—. Tu cuerpo está débil.
Ella parpadeó con la vista nublada, intentando centrarse en una figura sentada ante una mesa a poca distancia, de espaldas. El hombre parecía estar comiendo.
Una espada negra en una vaina plateada descansaba en el suelo contra la mesa.
—Tú —susurró.
—Yo —dijo Vasher entre bocado y bocado.
Vivenna se miró. Ya no llevaba la camisola, sino un suave camisón de algodón. Y su cuerpo estaba limpio. Se llevó una mano al pelo, sintiendo que las marañas y pegotes habían desaparecido. Todavía era blanco.
Le resultó muy extraño estar limpia.
—¿Me has violado? —preguntó en voz baja.
Él bufó.
—Una mujer que ha pasado por la cama de Denth no es ninguna tentación para mí.
—Nunca me acosté con él —replicó ella, aunque no sabía por qué se molestaba en explicárselo a ese hombre.
Vasher se volvió, con el rostro enmarcado en aquella barba hirsuta y descuidada. Su ropa era bastante peor que la de ella. La miró a los ojos.
—Te tenía bien engañada, ¿eh?
Ella asintió.
—Serás idiota.
Vivenna asintió de nuevo. Vasher volvió a su comida.
—Pagué a la mujer que regenta este edificio para que te bañara, vistiera y que también cambiara la bacina. No te he tocado.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué… sucedió?
—¿Recuerdas la pelea en la calle?
—¿Con tu espada?
Él asintió.
—Vagamente. Me salvaste.
—Mantuve una herramienta fuera las manos de Denth —dijo él—. Es lo único que importa, en realidad.
—Gracias de todas formas.
Él guardó silencio unos instantes.
—No hay de qué —dijo por fin.
—¿Por qué me encuentro tan mal?…
—Tienes tramaria —dijo el hombre—. Es una enfermedad desconocida en las tierras altas. La propagan las picaduras de insectos. Debiste de contraerla unas semanas antes de que te encontrara. No se cura, si estás débil.
Ella se llevó una mano a la cabeza.
—Imagino que lo has pasado mal últimamente —dijo Vasher—. Con tanto mareo, demencia y hambre.
—Sí —dijo ella.
—Te está bien empleado.
Continuó comiendo. Ella no se movió durante un rato. La comida olía bien, pero al parecer la habían alimentado durante las fiebres, porque no estaba tan famélica como cabría esperar. Solo sentía un poco de apetito.
—Deberías dormir un poco más —dijo él.
—¿Qué vas a hacer conmigo?
Él no respondió.
—Los alientos biocromáticos que tenías, ¿se los diste a Denth?
Vivenna calló un momento, pensando.
—Sí.
Vasher la miró, alzando una ceja.
—No —admitió ella, apartando la mirada—. Los puse en el chal que llevaba.
Él se levantó y salió de la habitación. Vivenna pensó en huir. En cambio, se levantó de la cama y empezó a comerse la comida de Vasher, un pez entero frito. Ya no le importaba comer pescado.
Vasher regresó y se detuvo en la puerta al verla roer la espina del pescado. No la obligó a levantarse del asiento, sino que se sentó en la otra silla. Finalmente, le tendió el chal rojo, lavado y limpio.
—¿Es esto? —preguntó.
Ella se detuvo, masticando todavía un trozo de pescado.
Vasher colocó el chal en la mesa junto a ella.
—¿Me lo devuelves? —preguntó Vivenna.
Él se encogió de hombros.
—Si de verdad hay aliento almacenado dentro, no puedo recuperarlo. Solo tú puedes.
Ella lo recogió.
—No sé el Mandato.
Vasher alzó una ceja.
—¿Escapaste de mi cuerda sin despertarla?
Ella negó con la cabeza.
—Adiviné un Mandato para hacerlo.
—Tendría que haberte amordazado mejor. ¿Cómo que lo adivinaste?
—Era la primera vez que usaba el aliento.
—Ah, claro. Perteneces al linaje real.
—¿Qué quieres decir con eso?
Él negó con la cabeza y señaló el chal.
—Tu aliento al mío —dijo—. Ese es el Mandato que necesitas.
Ella puso la mano sobre el chal y pronunció las palabras. Al instante, todo cambió.
El mareo se esfumó. Vivenna pareció renacer al mundo.
Dio un respingo, temblando con el placer del aliento restaurado.
Era tan fuerte que hasta se cayó de la silla, estremeciéndose como si tuviera un ataque, por puro asombro.
Podía sentir la vida. Podía sentir a Vasher creando un campo de color a su alrededor, brillante y hermoso. Estaba viva de nuevo.
Se regodeó en ello durante un largo momento.
—Es impactante, cuando lo consigues por primera vez —dijo Vasher—. No suele ser tan fuerte si recuperas el aliento al cabo de solo una hora o así. Pero si pasan unas semanas, o incluso unos pocos días, es como tomarlo por primera vez.
Sonriendo, y sintiéndose de maravilla, Vivenna volvió a sentarse y se limpió el pescado de la cara.
—¡Ya no estoy enferma!
—Es normal —dijo él—. Tienes suficiente aliento para la tercera elevación como mínimo, si estoy interpretándolo bien. Nunca conocerás la enfermedad. Apenas envejecerás siquiera. Siempre y cuando consigas conservar el aliento, claro.
Ella lo miró, asustada.
—No —dijo él—. No voy a obligarte a dármelo. Aunque probablemente debería. Causas muchos más problemas de lo que vales, princesa.
Ella se volvió hacia la comida, sintiéndose más confiada.
Ahora parecía que las últimas semanas habían sido una pesadilla.
Una burbuja, irreal, desconectada de su vida.
¿De verdad había sido ella quien había estado mendigando por las calles?
¿Quien había dormido bajo la lluvia, vivido en el barro?
¿De verdad había considerado prostituirse?
Lo había hecho. No podía olvidarlo ahora solo porque volvía a tener aliento. Pero ¿convertirse en una apagada había influido en sus actos? ¿Había influido también la enfermedad? En todo caso, el factor principal había sido la mera desesperación.
—Muy bien —dijo él, poniéndose en pie y recogiendo la espada negra—. Hora de irse.
—¿Adónde? —preguntó ella, recelosa.
La última vez que había visto a ese hombre, la había atado y obligado a tocar aquella espada suya, para dejarla luego amordazada. Él ignoró la pregunta y arrojó unas prendas sobre la mesa.
—Ponte esto.
Ella le echó un vistazo: pantalones gruesos, una almilla que se metía en ellos, un chaleco para ponerse encima. Todo en diversos tonos de azul. La ropa interior era de un color menos vivo.
—Son prendas de hombre.
—Son prácticas —dijo Vasher, dirigiéndose hacia la puerta—. No voy a malgastar el dinero comprándote vestidos bonitos, princesa. Tendrás que acostumbrarte a llevar eso.
Ella abrió la boca, pero entonces la cerró, descartando la queja. Había pasado… no sabía cuánto tiempo deambulando con una camisola fina y casi transparente que solo la cubría hasta medio muslo. Cogió los pantalones y la camisa, agradecida.
—Por favor —dijo, volviéndose hacia él—. Muchas gracias por la ropa. Pero ¿puedo saber al menos qué pretendes hacer conmigo?
Vasher titubeó en la puerta.
—Hay un trabajo que quiero que hagas.
Ella se estremeció, pensando en los cuerpos que le había mostrado Denth, y en los hombres que Vasher había matado.
—¿Vas a matar de nuevo, verdad?
Él se volvió para mirarla, con el ceño fruncido.
—Denth pretende algo. Voy a impedírselo.
—Denth trabajaba para mí —dijo ella—. O al menos fingía hacerlo. Todo lo que hizo fue por orden mía. Me seguía la corriente para tenerme contenta.
Vasher soltó una risotada y Vivenna se ruborizó. Su cabello, reaccionando a su estado de ánimo por primera vez desde la conmoción de ver muerto a Parlin, se volvió rojo.
Qué surrealista era. ¿Dos semanas en la calle? Le parecía mucho más tiempo. Pero ahora, de repente, estaba aseada y alimentada y de algún modo volvía a ser ella misma. Una parte se debía al aliento. El bello y maravilloso aliento. No quería volver a separarse nunca más de él.
No, ni por asomo volvía a ser la misma de antes. ¿Quién era, pues? ¿Acaso importaba?
—Te ríes de mí —dijo, volviéndose hacia Vasher—. Pero lo hice lo mejor que pude. Quería ayudar a mi gente en la guerra que se avecina. Luchar contra Hallandren.
—Hallandren no es tu enemigo.
—Lo es —replicó ella con brusquedad—. Y planea atacar a mi pueblo.
—Los sacerdotes tienen buenos motivos para actuar como lo hacen.
Vivenna bufó.
—Denth decía que todo el mundo piensa que hace lo correcto.
—Denth es más listo de lo que le conviene. Jugó contigo, princesa.
—¿Qué quieres decir?
—¿Es que no te diste cuenta? —preguntó Vasher—.
¿Atacar las caravanas de suministros? ¿Agitar a los idrianos pobres para que se rebelen?
¿Recordarles a Vahr y sus promesas de libertad, tan recientes en su memoria?
¿Pasearte ante los jefes de matones, para hacerles creer que Idris intentaba socavar el gobierno de Hallandren?
Princesa, dices que todo el mundo piensa que está en el bando correcto, implicando que todo quien se opone a ti está engañándose a sí mismo.
—La miró a los ojos—. ¿No te paraste a pensar ni una vez que tal vez eras tú quien estaba en el bando equivocado?
Ella se quedó petrificada.
—Denth no trabajaba para ti —continuó Vasher—.
Ni siquiera fingía hacerlo. Alguien de esta ciudad lo contrató para provocar una guerra entre Idris y Hallandren, y él se ha pasado estos últimos meses utilizándote para que así sea.
Intento averiguar por qué. ¿Quién está detrás, y en qué le beneficiaría una guerra?
Vivenna se echó hacia atrás, con los ojos como platos. No podía ser. Vasher tenía que estar equivocado.
—Eras el peón perfecto —añadió él—. Le recordaste a la gente de los suburbios su verdadero acervo, dándole a Denth algo con lo que incitarlos.
La Corte de los Dioses está a punto de atacar tu patria.
No porque odien a los idrianos, sino porque consideran que los insurgentes de Idris están atacándolos ya a ellos. —Sacudió la cabeza.
»No podía creer que no te dieras cuenta de lo que estabas haciendo. Suponía que colaborabas con él a propósito para hacer estallar la guerra. —La miró—. Subestimé tu estupidez. Vístete. No sé si tenemos tiempo suficiente para deshacer lo que has hecho, pero pretendo intentarlo.
La ropa le sentaba rara. El pantalón le apretaba los muslos, haciéndola sentirse expuesta. Era raro no notar en los tobillos el vaivén de una falda.
Caminaba junto a Vasher en silencio, la cabeza gacha, el pelo demasiado corto para recogerlo en una trenza. No había intentado hacerlo crecer todavía. Eso extraería de su cuerpo una nutrición que le era necesaria.
Atravesaron el suburbio idriano y Vivenna tuvo que esforzarse por no sobresaltarse con cada ruido y mirar atrás para ver si alguien los seguía.
¿Era aquel un pilluelo que quería robarle el dinero que había mendigado?
¿Era aquello un grupo de matones que pretendía venderla a Denth?
¿Eran aquellas sombras unos sinvidas de ojos grises que venían a atacar y matar?
Pasaron ante una mendiga en la acera, una joven de edad indefinida con la cara sucia de hollín y ojos brillantes que los observaban.
Vivenna podía leer el hambre en esos ojos.
La muchacha estaba intentando decidir si trababa de robarles o no.
La espada que Vasher llevaba en la mano bastó a todas luces para disuadirla. Vivenna vio a la chica alejarse por una callejuela, sintiendo una extraña sensación de conexión.
«Colores —pensó—. ¿De verdad yo era así?».
No. Ella no había sido ni de lejos tan capaz como esa muchacha. Vivenna había sido tan ingenua que la habían secuestrado sin que lo supiera, y luego había trabajado para comenzar una guerra sin darse cuenta de lo que estaba haciendo.
«¿No te paraste a pensar ni una vez que tal vez eras tú quien estaba en el bando equivocado?».
Vivenna no sabía qué creer. Denth la había engañado tan fácilmente que era reacia a aceptar cualquier cosa que le dijera Vasher. Sin embargo, ella misma alcanzaba a ver señales de que al menos una parte de lo que le había dicho era cierto.
Denth siempre la había llevado a reunirse con los elementos de peor reputación de la ciudad.
No solo eran la gente a la que un mercenario como él conocería, sino también quienes con mayor probabilidad preferirían el caos de la guerra.
Atacar los suministros hallandrenses no solo haría más difícil administrar la guerra, sino también que los sacerdotes estuvieran más dispuestos a atacar mientras todavía eran fuertes.
Las pérdidas también servirían para hacerlos enfadar más.
Todo tenía un sentido escalofriante, un sentido que le resultaba difícil ignorar.
—Denth me hizo creer que la guerra era inevitable —susurró Vivenna mientras recorrían los suburbios—. Mi padre cree que es inevitable. Todo el mundo dice que va a suceder.
—Se equivocan —respondió Vasher—. La guerra entre Hallandren e Idris ha estado a punto de estallar durante décadas, pero nunca ha sido inevitable.
Lograr que este reino ataque requiere convencer a los retornados, y normalmente están demasiado centrados en sí mismos como para buscar algo tan perturbador como una guerra.
Solo un esfuerzo prolongado, consistente en convencer primero a los sacerdotes y hacerlos debatir hasta que los dioses los crean, tendría éxito.