El aliento de los dioses Capítulo 42
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Capítulo 42

oy su divina gracia no está interesada en recibiros —dijo la sacerdotisa, manteniendo una postura reverente.

—Pues yo no estoy interesado en su desinterés —respondió Sondeluz—. Tal vez deberías preguntarle de nuevo, para asegurarnos.

La sacerdotisa bajó la cabeza.

—Mil perdones, divina gracia, pero ya le he preguntado catorce veces. La diosa Madretodos se está impacientando con vuestras peticiones y me ha ordenado que no las siga atendiendo.

—¿Les ha dado la misma orden a las otras sacerdotisas?

La mujer vaciló.

—Bueno, no, divina gracia.

—Perfecto —dijo Sondeluz—. Llama a una y envíala a ella a preguntarle a Madretodos si quiere recibirme.

La sacerdotisa dio un suspiro audible. Sondeluz lo consideró una especie de victoria. Los sacerdotes de Madretodos se contaban entre los más píos y humildes de la corte. Si podía irritarlos a ellos, podía irritar a cualquiera.

Esperó con los brazos en jarras mientras la sacerdotisa iba a cumplir su petición.

Madretodos podía darles órdenes e instrucciones, pero no podía hacer que desoyeran por completo a Sondeluz.

A fin de cuentas, también era un dios. Mientras no les pidiera algo que Madretodos hubiera prohibido explícitamente, tenían que obedecer.

Aunque molestara a su diosa.

—Estoy desarrollando una nueva habilidad —comentó Sondeluz—. ¡Irritación por delegación!

Llarimar suspiró.

—¿Y qué hay de ese discurso que le disteis a la diosa Tejesonrojos hace unos días, divina gracia? Parecía dar a entender que no ibais a molestar tanto a la gente.

—No dije nada de eso —respondió Sondeluz—. Solo dije que estaba empezando a identificar en mi interior un poco más de la persona que fui antes. Eso no significa que piense descartar todos los progresos que he hecho en los últimos años.

—Vuestro sentido de la autoconciencia es notable, divina gracia.

—¡Lo sé! Ahora calla. Ya vuelve la sacerdotisa.

En efecto, la mujer se acercó e hizo una reverencia en el césped ante Sondeluz.

—Mis disculpas, divina gracia. Nuestra diosa ha ordenado ahora que no se permita a ninguna sacerdotisa preguntarle si podéis entrar a verla.

—¿Les ha dicho que no podían pedirle que saliera ella aquí?

—Sí, divina gracia —respondió la mujer—. Y también cualquier otra manera de solicitarle que entre en las inmediaciones de vuestra divina gracia y de que se comunique con vos por carta. De hecho, tienen prohibido transmitirle cualquier tipo de mensaje vuestro.

—Hum —dijo él, dándose golpecitos con el dedo en la barbilla—. Está mejorando. Bueno, supongo que no hay nada que hacer.

La sacerdotisa se relajó visiblemente.

—Veloz, emplaza mi pabellón aquí, delante del palacio —ordenó Sondeluz—. Dormiré en él esta noche.

La sacerdotisa miró hacia arriba.

—¿Vais a hacer qué? —preguntó Llarimar.

Sondeluz se encogió de hombros.

—No me moveré de aquí hasta que me reciba.

Eso implica quedarme hasta que se digne a reconocer mi presencia.

¡Hace casi una semana que lo intento! Si quiere ser testaruda, le demostraré que yo puedo serlo igualmente.

—Miró a la sacerdotisa—. Tengo bastante práctica, ¿sabes?

Es por ser un bufón insufrible y todo eso.

Supongo que no te habrá prohibido que permitas la entrada de ardillas al edificio, ¿verdad?

—¿Ardillas, divina gracia? —preguntó la mujer.

—Excelente.

Sondeluz tomó asiento mientras sus sirvientes levantaban el pabellón. Sacó la ardilla sinvida de su caja y la alzó.

—Hierba almendrada —dijo en voz baja, pronunciando la nueva frase de seguridad que había mandado imprimir en la criatura sinvida.

Entonces habló más fuerte, para que la sacerdotisa lo oyera—.

Ve al edificio, busca a la retornada que vive en él y corretea en círculos chillando lo más fuerte que puedas.

No dejes que nadie te capture. Ah, y estropea tantos muebles como te sea posible.

—Y en voz baja repitió—: Hierba almendrada.

La ardilla saltó de su mano y salió disparada hacia el palacio. La sacerdotisa giró la cabeza para seguirla, horrorizada. El animal empezó a chillar emitiendo un sonido increíblemente poco ardillano. Desapareció dentro del edificio, escurriéndose entre las piernas de un sorprendido guardia.

—Qué deliciosa tarde se avecina —dijo Sondeluz, cogiendo un puñado de uvas mientras la sacerdotisa echaba a correr tras la ardilla.

—No será capaz de cumplir todas esas órdenes, divina gracia —advirtió Llarimar—. Tiene la mente de una ardilla, a pesar del poder que el aliento le proporciona para obedecer Mandatos.

Sondeluz se encogió de hombros.

—Ya veremos.

Empezó a oír exclamaciones de enfado dentro del palacio. Sonrió.

Llevó más tiempo del que había esperado.

Madretodos era testaruda, como quedaba demostrado por la completa incapacidad de Tejesonrojos para manipularla.

Mientras él estaba allí sentado, escuchando con pereza a un grupo de músicos, salió de vez en cuando alguna sacerdotisa para ver si se había ido.

Pasaron varias horas. Sondeluz no comió ni bebió mucho, para no tener que ir al excusado.

Ordenó a sus músicos que tocaran más fuerte. Había escogido un grupo con mucha percusión.

Por fin, una sacerdotisa de aspecto exhausto salió del palacio.

—Su divina gracia os recibirá —anunció la mujer, haciendo una reverencia ante Sondeluz.

—¿Eh? —dijo Sondeluz—. Ah, eso. ¿Tiene que ser ahora? ¿No puedo acabar de escuchar esta canción?

La sacerdotisa miró hacia arriba.

—Eh…

—Bueno, qué le vamos a hacer —dijo él mientras se ponía en pie.

Madretodos seguía en su sala de audiencias. Sondeluz vaciló en la puerta, que, como las de todos los palacios, estaba diseñada a escala divina. Frunció el ceño.

La gente hacía cola y Madretodos estaba sentada en un trono, en la parte delantera de la sala. Era rellenita para tratarse de una diosa, y Sondeluz siempre había considerado su pelo blanco y su rostro arrugado una rareza dentro del panteón. En edad corporal, era la más vieja de los dioses.

Hacía tiempo que no la visitaba. De hecho, cayó en la cuenta de que… «La última vez que estuve aquí fue la noche antes de que Calmavidente entregara su aliento. Aquella noche, hace años, cuando compartimos la que sería su última cena».

Nunca había regresado. ¿Para qué? Solo se habían reunido a causa de Calmavidente. En la mayoría de esas ocasiones, Madretodos había sido muy clara al expresar lo que pensaba de Sondeluz. Al menos era sincera.

Eso era más de lo que podía decir de sí mismo.

Ella no lo saludó al verlo. Continuó sentada, un poco inclinada hacia delante, escuchando al hombre que en ese momento presentaba su petición. Era de mediana edad y se sostenía a duras penas, apoyado en un bastón.

—… y ahora mis hijos pasan hambre —estaba diciendo—. No puedo comprar comida. He pensado que, si tuviera bien la pierna, podría volver a trabajar en los muelles.

El hombre bajó la cabeza.

—Tu fe es encomiable —respondió Madretodos—. Dime, ¿cómo perdiste el uso de la pierna?

—Un accidente de pesca, divina gracia. Bajé de las tierras altas hace unos años, cuando unas heladas otoñales se llevaron por delante mis cosechas.

Encontré trabajo en un tormentero, los barcos que salen durante las tempestades de primavera a pescar mientras otros siguen fondeados.

Un barril me aplastó la pierna. Ahora nadie me acepta en los barcos, por mi cojera.

Madretodos asintió.

—No habría acudido a vos —le aseguró el hombre—, pero con mi esposa enferma y mi hija llorando de hambre…

La diosa adelantó una mano para posarla en el hombro del peticionario.

—Comprendo tus dificultades, pero tus problemas no son tan graves como supones. Ve y habla con mi suma sacerdotisa. En los muelles hay un hombre que me debe vasallaje. Tienes dos buenas manos, así que te pondrán a coser redes.

El hombre alzó la cabeza, con los ojos brillantes de esperanza.

—Ahora te enviaremos a tu casa con suficiente comida para cuidar de tu familia hasta que aprendas el nuevo oficio —añadió Madretodos—. Ve con mi bendición.

El hombre se levantó, pero luego cayó de rodillas y rompió a llorar.

—Gracias —susurró—. Gracias.

Los sacerdotes se acercaron y se lo llevaron. La sala quedó en silencio, y Madretodos miró a Sondeluz a los ojos. Señaló a un lado con la cabeza, donde una sacerdotisa sostenía un pequeño bulto peludo atado con cordeles prietos.

—Me han dicho que eso es tuyo —dijo.

—Ah, sí —respondió Sondeluz, ruborizándose un poco—. Lo siento mucho. Es como que se me ha escapado.

—¿Con un Mandato accidental para buscarme? ¿Y luego correr en círculos chillando?

—¿De verdad ha funcionado? —se sorprendió Sondeluz—. Interesante. Mi sumo sacerdote no creía que el cerebro de la ardilla fuera capaz de seguir Mandatos tan complicados.

Madretodos le dirigió una mirada severa.

—Huy —añadió Sondeluz—. Quería decir: «Vaya, hombre, me ha entendido justo al revés. Estúpida ardilla». Mis más profundas disculpas, honorable hermana.

Ella suspiró y luego señaló una puerta en un lado de la sala.

Sondeluz fue hacia ahí y ella lo siguió, con varios sirvientes detrás.

Madretodos se movía con el envaramiento de la edad.

«¿Son imaginaciones mías o parece más vieja que antes?

». Eso, por supuesto, era imposible. Los retornados no envejecían.

Al menos, no los que habían alcanzado la madurez.

Una vez lejos de las miradas y los oídos de los peticionarios, Madretodos lo agarró por el brazo.

—En nombre de los Colores, ¿qué crees que estás haciendo? —le espetó.

Sondeluz se volvió hacia ella y enarcó una ceja.

—Bueno, no querías recibirme, así que…

—¿Pretendes destruir la poca autoridad que nos queda, idiota? La gente de la ciudad ya está comentando que los retornados nos debilitamos, que los mejores de nosotros murieron hace años.

—Tal vez tengan razón.

Ella torció el gesto.

—Si demasiada gente empieza a creer eso, perderemos nuestro acceso al aliento. ¿No se te había ocurrido? ¿No te has parado a pensar lo que podría costarnos a todos tu falta de decoro, tu ligereza?

—¿A eso venía todo el teatro que has montado? —preguntó él, mirando atrás por la puerta abierta.

—Antes, los retornados no solo oían las peticiones y decían sí o no. Se tomaban su tiempo para escuchar a cada persona que acudía a ellos, y luego los ayudaban lo mejor que podían.

—Parece un montón de trabajo.

—Somos sus dioses. ¿Debería importarnos una pequeña molestia? —Madretodos lo miró—. Ah, claro. No queremos que algo tan secundario como las penurias de nuestro pueblo interfieran con nuestro ocio. No sé para qué me molesto en explicarte nada.

Se volvió para abandonar la sala.

—He venido a darte mis Mandatos sinvida —dijo Sondeluz.

Madretodos se detuvo de golpe.

—Tejesonrojos controla dos conjuntos de Mandatos —explicó Sondeluz—, lo cual le da el control de la mitad de nuestros ejércitos.

Eso me preocupa. Quiero decir, confío en ella tanto como en cualquier otro retornado.

Pero si estalla la guerra, entonces se convertirá casi al instante en la segunda persona más poderosa del reino. Solo el rey-dios tendría más autoridad.

Madretodos lo miró con expresión indescifrable.

—Pienso que la mejor manera de contrarrestarla es que otra persona tenga también dos conjuntos de Mandatos —prosiguió Sondeluz—. Tal vez así se lo piense un poco antes de actuar. Tal vez impida que se precipite.

El silencio inundó la sala.

—Calmavidente confiaba en ti —dijo Madretodos por fin.

—Su único defecto, debo proclamar —repuso Sondeluz—. Incluso las diosas los tienen, o eso parece. Siempre he pensado que un caballero no debe señalar esas cosas.

—Era la mejor de todos nosotros —dijo Madretodos, mirando hacia sus suplicantes—. Se reunía con la gente durante todo el día. La amaban.

—Conclusión azul —dijo Sondeluz—. Esa es mi frase de seguridad central. Por favor, acéptala. Le diré a Tejesonrojos que me obligaste a dártela. Se enfadará conmigo, naturalmente, pero no será la primera vez.

—No —replicó Madretodos al cabo de un momento—. No voy a permitir que te escabullas tan fácilmente de esta, Sondeluz.

—¿Cómo? —preguntó él, sorprendido.

—¿Es que no lo notas? En la ciudad está ocurriendo algo.

Ese jaleo con los idrianos y sus suburbios, las discusiones cada vez más encendidas entre nuestros sacerdotes.

—Negó con la cabeza—. No voy a permitir que te libres de hacer tu parte.

Te eligieron para el puesto que detentas.

Eres un dios, como el resto de nosotros, aunque te esfuerces tanto en fingir lo contrario.

—Ya tienes la frase de mi Mandato, Madretodos —dijo él, encogiéndose de hombros, y se dirigió hacia la puerta de salida—. Haz lo que quieras con ella.

—Campanas verdes —dijo ella—. Esa es la mía.

El dios se detuvo a mitad de zancada.

—Ahora los dos conocemos ambas —dijo Madretodos—. Si lo que has dicho es cierto, entonces es mejor que nuestros Mandatos estén distribuidos.

Él giró sobre los talones.

—¡Pero si estabas llamándome necio hace un momento! ¿Y ahora me confías el mando de tus soldados? He de preguntar, Madretodos, y por favor no me consideres descortés, pero en nombre de los Colores, ¿se puede saber qué pasa contigo?

—Soñé que vendrías —dijo ella, mirándolo a los ojos—. Lo vi en las pinturas hace una semana. Llevo desde entonces viendo pautas de círculos en los cuadros, todos rojos y dorados. Tus colores.

—Mera coincidencia.

Ella dio un leve bufido.

—Algún día tendrás que superar tu necio egoísmo, Sondeluz. Esto no nos atañe solo a nosotros. He decidido empezar a hacer mejor las cosas. Tal vez deberías reconsiderar lo que eres y tu comportamiento.

—Ah, mi querida Madretodos —dijo Sondeluz—. Verás, el problema en ese desafío es la suposición de que no he intentado nunca ser otra cosa que lo que soy. Cada vez que lo hago, el resultado es desastroso.

—Bien, ahora tienes mis Mandatos. Para bien o para mal. —La avejentada diosa dio media vuelta y anduvo hacia la sala de los suplicantes—. Yo, al menos, tengo curiosidad por ver cómo los manejas.