El aliento de los dioses Capítulo 41
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Capítulo 41

ivenna presentó su moneda.

—¿Un ardite? —preguntó Cads—. ¿Eso es todo? ¿Un solo ardite?

Era uno de los hombres más sucios que Vivenna había visto jamás, incluso en las calles. Pero le gustaba presumir de ropa. Era su estilo: ropa gastada y sucia a la última moda. Parecía pensar que era gracioso. Una burla a los nobles.

Cads sopesó la moneda en sus mugrientos dedos.

—Un ardite —repitió.

—Por favor —susurró Vivenna.

Estaban en la boca de un callejón que pasaba por detrás de dos restaurantes. Dentro del callejón, unos pilluelos callejeros rebuscaban en la basura. Basura fresca de no uno, sino dos restaurantes. Vivenna salivó.

—Me cuesta creer que esto sea todo lo que has conseguido hoy, señoritinga —dijo el hombre.

—Por favor, Cads —repitió ella—. Sabes… sabes que no mendigo bien.

Estaba empezando a llover. Otra vez.

—Deberías hacerlo mejor. Hasta los niños pueden traerme al menos dos.

Tras él, los afortunados que lo habían complacido continuaban con su festín. Olía a gloria. O tal vez era el aroma de los propios restaurantes.

—Hace días que no pruebo bocado —susurró ella, parpadeando bajo la lluvia.

—Pues hazlo mejor mañana —replicó él, ahuyentándola.

—Mi moneda…

Al instante, Cads llamó a sus matones con un gesto mientras ella hacía ademán de dar un paso. Por instinto, Vivenna retrocedió trastabillando.

—Mañana trae dos —dijo Cads, metiéndose en su callejón—. Tengo que pagar a los dueños de los restaurantes, ya sabes. No puedo dejarte comer gratis.

Vivenna se quedó mirándolo. No porque pensara que podría hacerlo cambiar de opinión, sino porque le costaba hacer que su mente lo asimilara.

Era su última oportunidad de conseguir comida ese día.

Con un ardite no pagaría más que un bocado en cualquier otra parte, pero allí, la última vez, había podido comer hasta saciarse.

Eso había sido una semana antes. ¿Cuánto tiempo llevaba ya en las calles? No lo recordaba. Se dio la vuelta, atontada, y se arrebujó en su chal. Anochecía. Debería ir a mendigar un poco más.

No podía. No después de perder ese ardite. Estaba conmocionada, como si le hubieran robado su posesión más valiosa.

No. No. Eso aún lo tenía. Apretó con fuerza el chal.

¿Por qué era importante? Le costaba recordarlo.

Se giró en dirección a las tierras altas.

Su hogar. Una parte de ella comprendía que no debería sentirse tan cambiada respecto a la persona que había sido.

Era una princesa, ¿no? Pero últimamente se sentía enferma, tan enferma que le parecía que ya no podía sentir ni hambre. Todo estaba mal. Muy pero que muy mal.

Se adentró en los suburbios y caminó arrastrando los pies, cuidando de mantener la cabeza gacha, la espalda encorvada, no fuese a ofender a alguien. Vaciló al pasar frente a una calle que se abría a su derecha. Era donde esperaban las rameras, protegidas de la llovizna por un alero.

Vivenna las miró, de pie con su ropa insinuante.

Era la segunda calle después de entrar en el suburbio, un lugar no demasiado amenazador para los de fuera.

Todo el mundo sabía que no había que robar a ningún hombre encaminado hacia las rameras.

A los señores de los suburbios no les gustaba que asustaran a sus clientes.

Malo para el negocio, como habría dicho Denth.

Vivenna se quedó allí un buen rato. Las rameras parecían bien alimentadas.

No estaban sucias. Varias reían. Podría unirse a ellas.

Un pilluelo se lo había dicho el otro día, comentando que ella todavía era joven.

Había querido llevarla a ver al señor del suburbio, esperando conseguir algo de dinero por reclutar a una chica dispuesta.

Qué tentador era. Comida. Calor. Una cama seca.

«Bendito Austre —pensó estremeciéndose—. ¿En qué estoy pensando? ¿Qué pasa con mi cabeza?». Le resultaba muy difícil centrarse, como si estuviera en trance todo el tiempo.

Se obligó a seguir andando, alejándose a trompicones de aquellas mujeres. No haría eso. Todavía no.

Todavía no.

«Oh, Señor de los Colores —pensó horrorizada—. Tengo que marcharme de esta ciudad. Prefiero morir de hambre en el camino de regreso a Idris, prefiero que me capture Denth y me torture, que acabar en un burdel».

Sin embargo, igual que la inmoralidad de robar, la inmoralidad de vender su cuerpo le parecía mucho más difusa, desde que el hambre era una necesidad tan constante.

Se dirigió al último callejón. La habían echado de los otros, pero este era bueno.

Estaba apartado, aunque a menudo lo ocupaban los rufianes más jóvenes.

Su compañía la hacía sentir mejor, aunque sabía que por la noche la registraban en busca de monedas.

«No puedo creer lo cansada que estoy», pensó, con la cabeza dándole vueltas y una mano apoyada contra la pared. Inspiró varias veces. Últimamente tenía mareos frecuentes.

Echó a andar de nuevo. El callejón estaba vacío; todo el mundo seguía fuera en busca de unas monedas más.

Cogió el mejor sitio, un montículo de tierra donde crecía un puñadito de hierba.

Ni siquiera había muchos bultos en la tierra, aunque estaría mojada y llena de barro por la llovizna. No le importó.

Unas sombras oscurecieron el callejón tras ella.

Su reacción fue inmediata. Echó a correr.

Vivir en la calle enseñaba lecciones rápidas.

Incluso débil como estaba, su pánico le permitió un estallido de agilidad.

Entonces otra sombra se cruzó en el otro extremo del callejón, ante ella.

Vivenna se detuvo y se volvió para ver que un grupo de matones se le acercaba por detrás.

En su retaguardia estaba el hombre que la había atracado semanas antes, el que le había quitado el vestido. Parecía disgustado.

—Lo siento, princesa —dijo—. La recompensa ya es demasiado alta. He tardado lo mío en encontrarte. Lo has hecho de maravilla escondiéndote.

Vivenna parpadeó. Y entonces, simplemente, se dejó resbalar hasta el suelo.

«No lo soporto más», pensó, abrazándose a sí misma.

Estaba exhausta. Exhausta del todo. Física, mental y emocionalmente.

En cierto modo, se alegraba de que todo hubiera terminado.

No sabía qué le iban a hacer aquellos hombres, pero estaba segura de que ya no tendría más oportunidades.

La persona a quien la vendiesen no sería tan descuidada como para dejarla escapar de nuevo.

Los matones la rodearon. Uno mencionó que iban a entregarla a Denth. Unas manos ásperas la agarraron del brazo y la pusieron en pie. Vivenna los siguió con la cabeza gacha. La llevaron a la calle principal. Oscurecía, pero no se veía a ningún pillo callejero ni mendigo acercándose al callejón.

«Tendría que haberme dado cuenta —pensó—. Estaba demasiado vacío».

Y al fin, todo la abrumó. Ya no le quedaban fuerzas para intentar escapar, no de nuevo. Una recóndita parte de ella se dio cuenta de que sus tutores habían estado en lo cierto. Cuando estabas débil y hambrienta, era difícil reunir energías para que te preocupara nada, incluso escapar.

Le costaba recordar a aquellos tutores. Le costaba recordar cómo era no tener hambre.

Los matones se detuvieron. Vivenna alzó la cabeza, parpadeando para quitarse el aturdimiento. Había algo frente a ellos, en la calle mojada y oscura. Una espada de puño negro. El arma, con la vaina plateada y todo, estaba clavada en la tierra.

Se hizo el silencio en la calle. Un matón se adelantó y arrancó la espada del suelo. Soltó el cierre de la vaina. Vivenna sintió una súbita náusea, más un recuerdo que una sensación real. Retrocedió tambaleándose, horrorizada.

Los otros matones, embelesados, se congregaron en torno a su compañero. Uno intentó coger la empuñadura del arma.

El que la sostenía atacó. Dio un tajo con el arma, aún sin desenvainar, a la cara de su compinche. Un humo negro empezó a brotar de la espada, alzándose desde la fina rendija de hoja negra que era visible.

Los hombres gritaron, todos tratando de hacerse con la espada.

El que la empuñaba continuó blandiéndola, y el arma impactó con mucha más fuerza y haciendo más daño del que habría debido.

Los huesos se partieron y la sangre empezó a manar sobre el empedrado.

El hombre prosiguió en su ataque, moviéndose con sorprendente velocidad.

Vivenna, todavía retrocediendo con torpeza, pudo verle sus ojos.

Estaban aterrorizados.

Acabó con la vida de su último amigo, el hombre que le había robado el vestido aquel día que tan lejano le parecía ya a Vivenna.

Lo hizo atestándole un golpetazo en la espalda con el arma envainada, que le partió varios huesos.

A esas alturas, la tela de la manga del espadachín se había desintegrado, y una negrura que recordaba a una enredadera trepando por una pared había ascendido retorciéndose hasta su hombro.

Venas negras y palpitantes que abultaban en la piel.

El hombre lanzó un agudo grito de desesperación.

Entonces dio la vuelta a la espada y se la clavó, con vaina y todo, en el pecho.

Atravesó piel, carne y hueso, aunque la vaina no parecía afilada.

El hombre cayó de rodillas y luego se desplomó hacia atrás, presa de espasmos, mirando la nada mientras las negras venas de su brazo empezaban a evaporarse.

Murió así, arrodillado, sostenido por la vaina que le asomaba por la espalda y lo apuntalaba desde atrás.

Vivenna se encontró sola en una calle repleta de cadáveres.

Una figura descendió desde un tejado, sujeta por dos serpenteantes cuerdas animadas.

Se posó con suavidad en el suelo y las cuerdas quedaron inertes.

Pasó ante Vivenna, sin hacerle caso, y agarró la espada.

Se detuvo un instante, echó el cierre de la espada y por fin arrancó el arma, con vaina y todo, del cadáver.

El muerto se derrumbó finalmente al suelo.

Vivenna miraba al frente casi sin ver. Luego, embotada, se sentó en la calle. Ni siquiera parpadeó cuando Vasher la recogió y se la cargó al hombro.