El aliento de los dioses Capítulo 40
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Capítulo 40

iri disfrutaba de una comida en los jardines de la corte cuando Treledees la encontró. Ella le hizo caso omiso, ocupada en picar de los diversos platos que tenía delante.

El mar, había decidido, era bastante extraño.

¿Qué otra cosa podía decirse de un lugar que engendraba criaturas con tentáculos viscosos y cuerpos sin hueso, y a la vez también otras llenas de espinas?

Tomó un bocado de algo que los lugareños llamaban pepino, pero que en realidad no sabía a eso en absoluto.

Probó cada plato con los ojos cerrados, concentrada en el sabor. Algunos no eran tan malos como otros, pero ninguno le gustó demasiado. El marisco no la atraía.

«Tendría problemas para ser una verdadera hallandrense», pensó mientras bebía un sorbo de zumo de fruta.

Por suerte, el zumo sí que estaba delicioso. La variedad de sabores de las numerosas frutas de Hallandren era casi tan singular como la extrañeza de su vida marina.

Treledees carraspeó. El sumo sacerdote del rey-dios no era un hombre acostumbrado a esperar.

Siri asintió en dirección a sus sirvientes, indicándoles que prepararan otra serie de platos.

Susebron había estado enseñándole a comer de etiqueta, y Siri quería practicar.

Daba la casualidad de que la manera de comer que tenía el rey-dios, a bocados pequeños, sin terminarse nunca nada, era también un buen modo de probar nuevos platos.

Ella quería familiarizarse con Hallandren, sus costumbres, su gente, sus sabores.

Había obligado a sus sirvientes a hablarle más y planeaba reunirse con más dioses.

En la distancia, vio pasar a Sondeluz y le hizo un gesto de afectuoso saludo.

El dios parecía preocupado, cosa nada típica de él.

Le devolvió el saludo, pero no se acercó a ella.

«Lástima —pensó—. Habría tenido una buena excusa para hacer esperar aún más a Treledees».

El sumo sacerdote volvió a carraspear, esa vez con más exigencia. Finalmente, Siri se levantó, indicando a sus sirvientes que se quedaran atrás.

—¿Te importaría dar un breve paseo conmigo, excelencia? —propuso, animosa.

Pasó de largo ante él, moviéndose con languidez en su hermoso vestido violeta, con una finísima cola de seda que arrastraba por la hierba. Él se apresuró a alcanzarla.

—Tenemos que hablar de una cosa.

—Ya —dijo ella—. Lo había deducido por la cantidad de veces que me has mandado llamar hoy.

—Pero no has acudido —dijo él.

—Me parece que la consorte del rey-dios no debería tener por costumbre responder a las peticiones y acudir corriendo para atender a los demás cada vez que se le solicita.

Treledees frunció el ceño.

—Sin embargo —continuó ella—, por supuesto que hallaré tiempo que dedicarle al sumo sacerdote, si viene a hablar conmigo.

Él la miró, alto y erguido, ataviado con los colores del día del rey-dios, azul y cobre.

—No deberías enemistarte conmigo, alteza.

Siri sintió un fugaz arrebato de ansiedad, pero contuvo su pelo antes de que se volviera blanco.

—No me estoy enemistando con nadie. Solo establezco algunas reglas que deberían haber quedado claras desde el principio.

Treledees mostró un atisbo de sonrisa.

«¿Y esto? —pensó ella con sorpresa—. ¿Por qué esa reacción?».

Mientras caminaban, él se irguió.

—¿Ah, sí? —dijo, y su voz se volvió condescendiente—. Sabes muy poco de según qué asuntos, alteza.

«¡Maldición! —pensó Siri—. ¿Cómo se me ha ido de las manos tan rápido esta conversación?».

—Podría decirte lo mismo, excelencia.

El enorme templo negro que era el palacio se alzaba sobre ellos, bloques de puro ébano apilados como los juguetes de un niño gigantesco.

—¿Sí? —respondió él, mirándola—. Permíteme dudarlo.

Siri tuvo que contener otra punzada de ansiedad. Treledees volvió a sonreír.

«Un momento —pensó Siri—. Es como si me leyera las emociones. Como si pudiera ver…».

Su pelo no había cambiado de color, al menos no de forma discernible. Miró a Treledees, tratando de comprender qué iba mal. Advirtió algo interesante. Alrededor del sumo sacerdote, la hierba parecía un poquito más colorida.

«Aliento —pensó ella—. ¡Pues claro que lo tiene! Es uno de los hombres más poderosos del reino».

En teoría, la gente dotada de mucho aliento podía ver cambios diminutos en el color. ¿Podía Treledees estar interpretando su estado emocional a partir de reacciones tan leves en su cabello? ¿Por eso se había mostrado siempre tan despectivo? ¿Podía sentir su temor?

Siri apretó los dientes. En su juventud, se había saltado los ejercicios que hacía Vivenna para tener absoluto control sobre su pelo.

Siri era una persona muy expresiva, y la gente podía ver su alma tuviera como tuviera el pelo, así que había decidido que no tenía sentido aprender a manipular los Mechones Reales.

No había imaginado una corte de dioses y gente con el poder del biocroma.

Sus tutores habían sido más inteligentes de lo que Siri quería reconocer.

Igual que lo eran los sacerdotes. Ahora que lo pensaba, era obvio que Treledees y los demás habrían estudiado el significado de todos los cambios de tono del pelo.

Tenía que recuperar el rumbo de la conversación.

—No olvides, Treledees, que eres tú quien ha venido a verme a mí. Es evidente que algo de poder sí tengo, si puedo obligar al sumo sacerdote a hacer lo que deseo.

Él la miró con frialdad. Concentrándose, ella mantuvo su cabello de un negro intenso. Negro, que denotaba confianza. Lo miró a los ojos y no dejó que el menor cambio de tono afectara a sus mechones.

Él apartó la mirada.

—He oído rumores preocupantes.

—¿Ah, sí?

—Sí. Parece que ya no estás cumpliendo tus obligaciones conyugales. ¿Estás embarazada?

—No. Tuve mi asunto femenino hace unos días. Puedes preguntárselo a mis criadas.

—Entonces ¿por qué has dejado de intentarlo?

—¿Qué pasa? —repuso ella en tono ligero—. ¿Están decepcionados tus espías por perderse el espectáculo nocturno?

Treledees se ruborizó un ápice. La miró, y ella de nuevo consiguió mantener el pelo perfectamente negro. Ni un leve atisbo de blanco o rojo. Él pareció más dubitativo.

—¡Cómo sois los idrianos! —espetó el sacerdote—. Vivís en vuestras altas montañas, sucios e incultos, pero seguís creyéndoos mejores que nosotros. No me… No nos juzgues. No sabes nada.

—Sé que has estado escuchando en los aposentos del rey-dios.

—No solo escuchando —repuso Treledees—. Las primeras noches había un espía dentro de la misma alcoba.

Siri no pudo disimular aquel sonrojo. Su cabello permaneció casi negro del todo, pero, si Treledees de veras tenía el suficiente biocroma para distinguir los cambios sutiles, habría visto un atisbo de rojo.

—Soy consciente del veneno que predican vuestros monjes —prosiguió Treledees, dándose la vuelta—.

El odio con que os adoctrinan. ¿De verdad crees que dejaríamos a una idriana presentarse ante el rey-dios sola, sin vigilancia?

Tuvimos que asegurarnos de que no pretendías matarlo. Todavía no estamos convencidos.

—Hablas con notable franqueza —dijo ella.

—Me limito a dejar claras algunas cosas que tendría que haber establecido desde el principio. —Se detuvieron a la sombra del enorme palacio—. Aquí no eres importante. Al menos, no en comparación con nuestro rey-dios. Él lo es todo, y tú no eres nada. Igual que el resto de nosotros.

«Si Susebron es tan importante —pensó Siri, mirando a los ojos de Treledees—, ¿por qué planeas matarlo?

». Le sostuvo la mirada al sacerdote. La mujer que Siri había sido unos meses antes habría agachado la cabeza.

Pero, cuando se sentía débil, recordaba a Susebron.

Treledees estaba orquestando el plan para someter, controlar y al final matar a su propio rey-dios.

Y ella quería saber por qué.

—He dejado de acostarme con el rey-dios a propósito —dijo, manteniendo el cabello oscuro con cierto esfuerzo—. Sabía que llamaría tu atención.

En realidad, solo había dejado de hacer sus numeritos cada noche.

La reacción de Treledees, por fortuna, demostraba que los sacerdotes se habían creído su actuación.

Bendijo su suerte por ello. Quizá aún no supieran que podía comunicarse con Susebron.

Tenía muchísimo cuidado de hablar en susurros cada noche, e incluso había empezado a comunicarse por escrito ella misma, para mantener la charada.

—Debes engendrar un heredero —dijo Treledees.

—¿O qué? ¿Por qué estás tan ansioso?

—No es de tu incumbencia —respondió él—. Baste decir que tengo obligaciones que escapan a tu comprensión. Soy súbdito de los dioses y cumplo su voluntad, no la tuya.

—Pues vas a tener que ceder en eso último si quieres tu heredero.

Era evidente que a Treledees no le gustaba el cariz que estaba tomando la conversación. Le miró el pelo. Y, de algún modo, ella consiguió que no mostrara ni una leve sombra de inseguridad. Treledees devolvió la mirada a sus ojos.

—No puedes matarme, Treledees —le recordó ella—. No si quieres un heredero real. No puedes amedrentarme ni obligarme. Solo el rey-dios podría hacer eso. Y los dos sabemos en qué condiciones está de hacerlo.

—No sé a qué te refieres.

—Venga ya, hombre. ¿De verdad esperabas que me acostara con él y no descubriera que no tiene lengua? ¿Que es prácticamente un niño? Dudo que pueda ni hacer sus necesidades sin ayuda de los criados.

Treledees se ruborizó de furia.

«Le importa de verdad —advirtió Siri, abstraída—. O, al menos, insultar a su rey-dios es insultarlo a él. Es más devoto de lo que suponía».

Por tanto, aquello no debía de ser un asunto de dinero. Siri no podía saberlo seguro, pero sospechaba que Treledees no era el tipo de hombre que vendía su religión. Fueran cuales fuesen los motivos de lo que sucedía en el palacio, probablemente tenía que ver con convicciones auténticas.

Revelar lo que sabía sobre Susebron había sido una apuesta.

Imaginaba que Treledees lo averiguaría de todas formas, y por eso había preferido mencionar que tomaba a Susebron por un necio con la mente de un niño.

Revelar un poco de información, pero también despistar con otra.

Si los sacerdotes pensaban que creía que Susebron era tonto, no sospecharían de una conspiración entre su marido y ella.

Siri no estaba segura de estar haciendo lo correcto. Pero tenía que aprender, o Susebron moriría. Y el único modo de aprender era arriesgarse. No tenía mucho, pero sí una cosa que los sacerdotes querían: su vientre.

Al parecer, podría utilizarlo como rehén de manera efectiva, pues Treledees contuvo su ira y mantuvo una semblanza de calma. Se dio la vuelta y contempló el palacio.

—¿Sabes mucho sobre la historia de este reino? Después de que se marchara tu familia, quiero decir.

Ella frunció el ceño, sorprendida por la pregunta. «Más de lo que probablemente crees», pensó.

—No mucho —dijo.

—Lord Dalapaz nos dejó con un desafío —afirmó Treledees—.

Nos dio el tesoro que ahora ostenta nuestro rey-dios, una riqueza en aliento biocromático única en la historia.

Más de cincuenta mil alientos. Nos dijo que los guardáramos a salvo.

—Se volvió de nuevo hacia ella—. Y nos advirtió que no los usáramos.

Siri tuvo un leve escalofrío.

—No espero que comprendas lo que hemos hecho —prosiguió el sacerdote—. Pero era necesario.

—¿Necesario mantener a un hombre en cautividad? —exclamó ella—. ¿Privarlo de la capacidad de hablar, convertir en niño para siempre a un hombre adulto? ¡Ni siquiera sabía lo que tenía que hacer con una mujer!

—Fue necesario —dijo Treledees, con la mandíbula firme—. Los idrianos ni siquiera intentáis comprender. He tenido tratos con tu padre durante años, y he encontrado en él ese mismo prejuicio ignorante.

«Está echándome el anzuelo», pensó Siri, y mantuvo sus emociones bajo control. Le costó más de lo que había esperado.

—Creer en Austre y no en vuestros dioses vivientes no es ignorancia —replicó—. Al fin y al cabo, sois vosotros los que abandonasteis nuestra fe y tomasteis un camino más fácil.

—Seguimos al dios que vino a protegernos cuando vuestro Austre, un ser invisible y desconocido, nos abandonó al destructor Kalad.

Dalapaz retornó a la vida con un propósito concreto: acabar con el conflicto entre los hombres, traer de nuevo la paz a Hallandren.

—La miró—. Su nombre es sagrado. Él es quien nos dio vida, receptáculo.

Y solo nos pidió una cosa: que cuidáramos de su poder.

Murió para dárnoslo, pero exigió que lo conserváramos por si tenía que retornar de nuevo y lo necesitaba.

No podíamos permitir que se empleara. No podíamos dejar que se profanara. Ni siquiera por nuestro rey-dios.

Guardó silencio.

«Entonces ¿cómo le extraéis ese tesoro para transmitirlo?», pensó ella, y estuvo tentada de preguntarlo. ¿Sería revelar demasiado?

Treledees continuó.

—Ahora veo por qué tu padre te envió a ti en lugar de a tu hermana. Deberíamos haber estudiado a todas las hijas, no solo a la primera. Eres mucho más capaz de lo que nos habían llevado a creer.

Aquella declaración la sorprendió, pero mantuvo el cabello bajo control. Treledees suspiró, apartando la mirada.

—¿Cuáles son tus exigencias? ¿Qué hace falta para que vuelvas a tus… deberes cada noche?

—Mis criadas. Quiero sustituir a mis principales sirvientes por mujeres de Pahn Kahl.

—¿Estás descontenta con tus criadas?

—No particularmente. Es solo que pienso que tengo más en común con las mujeres de Pahn Kahl. Ellas, como yo, viven exiliadas de su pueblo. Además, apruebo el color marrón que visten.

—Por supuesto —dijo Treledees, sin duda pensando que eran sus prejuicios idrianos los que motivaban aquella petición.

—Las chicas hallandrenses pueden continuar sirviendo en las funciones que hacían las mujeres de Pahn Kahl —añadió Siri—. No tienen que dejarme por completo; de hecho, sigo queriendo hablar con algunas de ellas. Sin embargo, las mujeres que estarán siempre conmigo serán de Pahn Kahl.

—Como ya te he dicho, así se hará —contestó Treledees—. ¿Volverás a tus obligaciones, pues?

—Por ahora —dijo Siri—. Con esto has ganado unas semanas más.