Capítulo 39
Vivenna le bastó una semana viviendo en la calle para alterar drásticamente su perspectiva sobre la vida.
Vendió su pelo al segundo día por una suma deprimente.
La comida que compró con ese dinero no le llenó el estómago, y luego no tuvo fuerzas para volver a hacer crecer sus mechones.
El pelo que le quedó ni siquiera tenía la dignidad de estar bien cortado: era todo trasquilones, y aún sería blanco, solo que estaba manchado y ennegrecido de suciedad y hollín.
Había pensado en vender su aliento, pero no sabía adónde ir ni cómo abordar el asunto. Además, tenía la poderosa sensación de que Denth tendría vigilados los sitios donde pudiera venderlo. Aparte de eso, no tenía ni idea de cómo recuperar los alientos de su chal, ahora que los había puesto en él.
No. Tenía que permanecer en secreto, invisible. No podía llamar la atención.
Estaba sentada en la acera, tendiendo la mano a los peatones, con la mirada gacha.
No recibió ninguna limosna. Ignoraba cómo lo hacían los otros mendigos, cuyas exiguas ganancias le parecían un tesoro asombroso.
Todos sabían muchas cosas que ella no: dónde sentarse, cómo suplicar.
Los transeúntes aprendían a evitar a los mendigos, incluso con los ojos.
Los mendigos de éxito, por tanto, eran aquellos que conseguían atraer la atención.
Vivenna no estaba nada convencida de querer hacerlo. Aunque la insistente hambre había acabado por empujarla a la ajetreada calle, temía que Denth o Vasher pudieran encontrarla.
Cuanta más hambre tenía, menos acuciantes encontraba sus demás preocupaciones. Comer era un problema de ahora mismo. Que Denth o Vasher quisieran acabar con su vida era un problema para después.
La riada de gente con sus vestidos de colores continuaba pasando. Vivenna los miraba sin fijarse en sus caras ni en sus cuerpos. Solo veía colores. Como una rueca, cada uno mostraba un tono diferente. «Denth no me encontrará aquí —pensó—. No verá a la princesa en la mendiga callejera».
El estómago le rugió. Vivenna estaba aprendiendo a no hacerle caso.
Igual que la gente no le hacía caso a ella.
No se consideraba una auténtica mendiga o una hija de la calle, ya que apenas llevaba una semana allí.
Pero sí estaba aprendiendo a imitarlas, y notaba la mente muy embotada de un tiempo a esa parte.
Desde que se había deshecho de su aliento.
Se arrebujó en el chal. Lo llevaba siempre consigo.
Apenas podía creer todavía lo que habían hecho Denth y los demás.
¡Con lo entrañables que eran los recuerdos de sus bromas!
Vivenna no podía conectar aquello con lo que había visto en el sótano.
De hecho, a veces se descubría levantándose para ir a buscarlos.
Seguro que esas cosas que había visto eran alucinaciones.
Seguro que no podían ser unas personas tan horribles.
«Eso es una tontería —pensó—. Tengo que concentrarme. ¿Por qué mi mente ya no funciona bien?».
¿Concentrarse en qué? No había mucho en lo que pensar.
No podía volver con Denth. Parlin estaba muerto.
Las autoridades de la ciudad no serían de ninguna ayuda, teniendo en cuenta que Vivenna ya había oído los rumores acerca de la princesa idriana que estaba causando tantos problemas.
La arrestarían sin vacilar. Si había más agentes de su padre en la ciudad, no tenía ni idea de cómo localizarlos sin exponerse a Denth.
Además, había muchas posibilidades de que Denth hubiera encontrado a esos agentes y los hubiera matado.
Había sido muy listo al mantenerla cautiva mientras iba eliminando con disimulo a quienes podrían haberla llevado a lugar seguro.
¿Qué estaría pensando su padre? Vivenna perdida, todos los hombres que enviaba a recuperarla desaparecidos misteriosamente, Hallandren cada vez más cerca de declarar la guerra.
Eran preocupaciones lejanas. Le rugía el estómago.
Había comedores de caridad en la ciudad, pero en el primero al que acudió había divisado a Tonk Fah apoyado en una puerta al otro lado de la calle.
Vivenna dio media vuelta y se escabulló, rogando que no la hubiera visto.
Por el mismo motivo, no se atrevía a abandonar la ciudad.
Seguro que Denth había apostado hombres en las salidas.
Además, ¿dónde podría ir? No tenía suministros para un viaje de regreso a Idris.
Tal vez podría marcharse si conseguía ahorrar el suficiente dinero. Era difícil, casi imposible. Cada vez que conseguía una moneda, se la gastaba en comida. No podía evitarlo. Nada más parecía importar.
Ya había perdido peso. Su estómago volvió a rugir.
Así que permaneció allí sentada, sudorosa y sucia a la escuálida sombra.
Seguía vistiendo solo su camisola y el chal, aunque todo estaba tan sucio que costaba distinguir dónde terminaba la ropa y empezaba la piel.
Su antigua y arrogante negativa a ponerse cualquier cosa que no fuesen vestidos elegantes le parecía ridícula ahora.
Sacudió la cabeza, tratando de despejarse.
Una semana en la calle parecía una eternidad y, sin embargo, Vivenna sabía que solo había empezado a experimentar la vida de los pobres.
¿Cómo sobrevivían, durmiendo en callejones, mojados por la lluvia cada día, alarmados ante cada sonido, tan famélicos que los tentaba la idea de recoger y comer la basura podrida que encontraban en los rincones?
Vivenna lo había intentado. Incluso había conseguido retener algo en el estómago.
Era lo único que había comido en dos días.
Alguien se detuvo a su lado. Ella alzó la cabeza, ansiosa, extendiendo más la mano, hasta que vio los colores que vestía el hombre.
Amarillo y azul. La guardia de la ciudad.
Agarró el chal y se lo ciñó más al cuerpo.
Sabía que era absurdo hacerlo, porque nadie estaba al tanto de los alientos que contenía.
Fue un movimiento reflejo. El chal era lo único que poseía y, por poca cosa que fuera, varios pilluelos callejeros jóvenes ya habían intentado robárselo mientras dormía.
El guardia no intentó coger el chal. Tan solo le dio a ella un golpecito con la porra.
—Anda —dijo—, muévete. No se puede mendigar en esta esquina.
No dio explicaciones. Nunca las daban. Al parecer había reglas sobre dónde podían sentarse los mendigos y dónde no, pero nadie se molestaba en explicárselas a ellos. Las leyes eran cosa de los señores y los dioses, no de la clase baja.
«Ya empiezo a pensar en los señores como si fueran de otra especie», se dijo.
Vivenna se puso en pie y sintió un momento de náusea y mareo. Se apoyó en la pared del edificio y el guardia volvió a darle un toque para que se moviera.
Ella agachó la cabeza y se internó entre la multitud, aunque la mayoría se apartaban.
Era irónico que le dejaran espacio ahora que no le importaba.
No quería pensar en cómo olía, aunque más que el olor, probablemente era el miedo a que les robaran lo que mantenía a los peatones a distancia.
No tendrían que haberse preocupado. Vivenna no tenía la habilidad suficiente para cortar bolsas o vaciar bolsillos, ni tampoco podía permitirse que la capturaran intentándolo.
Había dejado de preocuparse por la moralidad de robar hacía días. Incluso antes de cambiar los callejones de los suburbios por las calles, no había sido tan ingenua como para creer que no robaría si le faltaba la comida, aunque había supuesto que tardaría bastante más en llegar a ese estado.
No se dirigió hacia otra esquina, sino que se despegó de la multitud y regresó a los suburbios idrianos.
Allí la aceptaban aunque fuese un poco. Al menos la consideraban una de ellos.
Nadie sabía que era la princesa: después de aquel primer hombre, nadie la había reconocido.
Sin embargo, su acento le había ganado un sitio.
Empezó a buscar un lugar para pasar la noche.
Era uno de los motivos por los que había decidido no seguir mendigando ese día.
Era una hora productiva, cierto, pero estaba muy cansada.
Quería un buen sitio para dormir. Jamás habría pensado que el callejón elegido para acurrucarse supusiera tanta diferencia, pero unos eran más cálidos que otros y unos estaban más resguardados de la lluvia que otros.
Los había más seguros y menos. Vivenna estaba empezando a aprender esas cosas, además de a quién evitar enfadar.
En su caso, ese grupo abarcaba casi a todo el mundo, incluyendo a los pilluelos callejeros.
Todos estaban por encima de ella en el escalafón.
Lo había aprendido el segundo día, cuando probó a conseguir unas monedas a cambio de su pelo, con la intención de ahorrarlas para dejar la ciudad.
Vivenna no acababa de entender cómo habían descubierto los pilluelos que tenía dinero, pero recibió su primera paliza ese día.
Su callejón favorito estaba ocupado por un grupo de hombres de expresión turbia, haciendo algo obviamente ilegal. Vivenna se alejó a toda prisa en dirección a su segundo callejón favorito. Estaba ocupado por una banda de chavales, los que le habían dado la paliza. Se marchó a toda prisa también.
El tercer callejón estaba vacío. Se hallaba junto a un edificio con una panadería. Los hornos aún no estaban encendidos para cocer esa noche, pero le proporcionarían algo de calor a través de las paredes al amanecer.
Se tendió con la espalda apoyada contra los ladrillos y se arrebujó de nuevo en su chal. Pese a no tener almohada ni mantas, se quedó dormida en un instante.