Capítulo 38 #2
—¡Sondeluz, tenemos problemas mucho mayores de los que preocuparnos!
—Tejesonrojos meneó la cabeza, llevándose la mano a la frente como si tuviese jaqueca—.
No me puedo creer que sigas enredado con esto.
¡Madre mía! ¿El reino está a punto de entrar en guerra, por primera vez tu posición en la asamblea es importante y tú vas y te preocupas por cómo entran los sacerdotes en la corte?
Sondeluz no respondió de inmediato.
—Mira —dijo por fin—, déjame demostrarte mi argumento.
Alargó la mano sobre el lado de su sillón y recogió una cajita del suelo. La alzó, mostrándosela a Tejesonrojos.
—Una caja —dijo ella sin entonación—. Caramba, menudo argumento más convincente.
Sondeluz abrió la caja y mostró en la mano una pequeña ardilla gris. Estaba perfectamente inmóvil, mirando al frente, con el pelaje agitado por la brisa.
—Un roedor sinvida —dijo Tejesonrojos—. Ah, sí, mucho mejor, desde luego. Ya me tienes casi convencida.
—Quien irrumpió en el palacio de Mercestrella usó esto como distracción. ¿Sabes algo acerca de descodificar sinvidas, querida?
Ella se encogió de hombros.
—Yo no sabía nada tampoco —dijo Sondeluz—.
Al menos, hasta que les ordené a mis sacerdotes que descodificaran este.
Al parecer, hacen falta semanas para tomar el control de un sinvida del que no conoces las frases de seguridad correctas.
No estoy seguro de cómo funciona el proceso; tiene algo que ver con el aliento y la tortura, al parecer.
—¿Tortura? —se sorprendió ella—. Los sinvidas no pueden sentir.
Le tocó a Sondeluz encogerse de hombros.
—En todo caso, mis sirvientes descodificaron este por encargo mío. Cuanto más fuerte y más habilidoso es el despertante que creó al sinvida, más difícil es descodificarlo.
—Por eso necesitamos conseguir los Mandatos de Madretodos —dijo Tejesonrojos—. Si le sucediera algo, sus diez mil sinvidas pasarían a sernos inútiles. ¡Harían falta años para descodificar a tantos!
—El rey-dios y algunas sacerdotisas de Madretodos tienen también los códigos.
—Ah, ¿y crees que él nos los dará sin más? ¿Suponiendo que se nos permita hablarle siquiera?
—Lo único que digo es que un solo asesinato no podría destruir todo nuestro ejército —repuso Sondeluz, alzando la ardilla—.
Ese no es el asunto. El asunto es que quienquiera que liberara esta ardilla tenía una buena cantidad de aliento y sabía lo que se hacía.
La sangre de la criatura está sustituida por icoralcohol.
Las suturas son perfectas. Los Mandatos que controlaban al roedor eran extremadamente fuertes.
Es una maravillosa pieza de arte biocromático.
—¿Y? —preguntó Tejesonrojos.
—Y la soltó en el palacio de Mercestrella —dijo Sondeluz—, creando una distracción para poder colarse en esos túneles.
Alguien más siguió al intruso, y esta segunda persona mató a un hombre para impedirle revelar lo que había visto.
Haya lo que haya en esos túneles, conduzcan a donde conduzcan, es lo bastante importante como para desperdiciar aliento en ello. Lo bastante importante como para matar.
Tejesonrojos sacudió la cabeza.
—Sigo sin poder creer que te preocupe todo esto.
—Dijiste que conocías la existencia de los túneles —dijo Sondeluz—. Envié a Llarimar a preguntar por ahí, y hay otros que también los conocen. Se usan para almacenar material bajo los palacios, según dicen. Distintos dioses los han construido en diversas épocas durante la historia de la corte.
»Pero —continuó, entusiasmado—, ¡también podrían ser el lugar perfecto para establecer una operación clandestina!
La corte está fuera de la jurisdicción de los guardias de la ciudad normales.
¡Cada palacio es como un pequeño país autónomo!
Si expandes unos cuantos sótanos para que sus túneles conecten unos con otros, si excavas más allá de la muralla para poder entrar y salir en secreto…
—Sondeluz —repuso ella—, si hubiera en marcha algo tan oculto, ¿por qué iban a usar los sacerdotes esos túneles para entrar en la corte? ¿No sería un poco sospechoso? Quiero decir, si tú te has dado cuenta, ¿cuán difícil puede ser de descubrir.
Sondeluz calló y se ruborizó un poco.
—Por supuesto —dijo—. ¡Estaba tan enfrascado en pretender ser útil que me he dejado llevar! Muchísimas gracias por recordarme que soy un idiota.
—Sondeluz, no pretendía…
—No, tranquila, está bien —respondió él, poniéndose en pie—. ¿Para qué molestarme? Debo recordar quién soy, Sondeluz, el dios que se detesta a sí mismo. La persona más inútil a quien jamás se concedió la inmortalidad. Pero respóndeme a una pregunta.
Tejesonrojos vaciló.
—¿Qué pregunta?
—¿Por qué? —Sondeluz clavó la mirada en ella—. ¿Por qué odio ser un dios? ¿Por qué me comporto de manera tan frívola? ¿Por qué socavo mi propia autoridad? ¿Por qué?
—Siempre he dado por hecho que te divertía el contraste.
—No —dijo él—. Tejesonrojos, fui así desde el primer día.
Cuando desperté, me negaba a creer que era un dios.
Me negué a aceptar mi lugar en este panteón y esta corte.
Y he actuado en consecuencia desde entonces.
Y, aunque esté feo que lo diga yo, he ido espabilando bastante al respecto con el paso de los años.
Pero eso ahora no importa. En lo que debo concentrarme, el punto crucial, es por qué.
—No lo sé —reconoció ella.
—Yo tampoco. Pero fuera quien fuera yo antes, ese hombre está intentando salir.
No para de susurrarme que indague en este misterio.
No para de advertirme que no soy ningún dios.
No para de animarme a tratar con todo esto de una manera frívola.
—Negó con la cabeza—. No sé quién fui, y nadie quiere decírmelo.
Pero estoy empezando a tener sospechas. Fui una persona que no podía quedarse quieta y dejar que algo sin explicación se escurriera en la bruma de la memoria.
Fui un hombre que odiaba los secretos. Y ahora apenas estoy empezando a darme cuenta de cuántos secretos hay en esta corte.
Tejesonrojos pareció sorprendida.
—En fin —dijo él, ya caminando hacia fuera del pabellón mientras sus sirvientes correteaban para no quedarse atrás—. Si me disculpas, tengo asuntos que atender.
—¿Qué asuntos? —preguntó Tejesonrojos, levantándose.
Él se volvió para mirarla.
—Ir a ver a Madretodos. Hay unos Mandatos sinvida por ahí de los que ocuparme.