El aliento de los dioses Capítulo 38
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Capítulo 38

a frente de Sondeluz estaba perlada de sudor mientras, sentado al borde de su cama, contemplaba el suelo por delante de él. Estaba resollando.

Llarimar miró a un escriba menor, que bajó la pluma. Los sirvientes se congregaban en el perímetro del dormitorio. A petición del propio Sondeluz, lo habían despertado inusitadamente pronto esa mañana.

—¿Divina gracia? —dijo Llarimar.

«No es nada —pensó Sondeluz—. Sueño con la guerra porque últimamente pienso bastante en ella. No porque sea una profecía. No porque yo sea un dios».

Qué real parecía. En el sueño Sondeluz era un hombre en el campo de batalla, desarmado. Los soldados morían a su alrededor. Un amigo tras otro. Los conocía a todos, cada uno de ellos íntimo.

«Una guerra contra Idris no sería así —pensó—. La librarían nuestros sinvidas».

Le dolía ser consciente de que sus amigos del sueño no vestían colores brillantes. No había mirado por los ojos de un soldado hallandrense, sino de un idriano. Quizá por eso había sido una masacre tan absoluta.

«Los idrianos son los que nos amenazan. Son los rebeldes que se descarriaron, los que establecieron un segundo trono dentro de las fronteras de Hallandren. Hay que reprimirlos. Se lo merecen».

—¿Qué habéis visto, divina gracia? —preguntó de nuevo Llarimar.

Sondeluz cerró los ojos. Había otras imágenes. Las recurrentes. La resplandeciente pantera roja. La tempestad. La cara de una mujer joven, absorbida por la oscuridad. Devorada viva.

—He visto a Tejesonrojos —dijo él, mencionando solo la última parte de sus sueños—. Con el rostro enrojecido y ruborizado. Te he visto a ti, y estabas durmiendo. Y he visto al rey-dios.

—¿Al rey-dios? —preguntó Llarimar en tono emocionado.

Sondeluz asintió.

—Estaba llorando.

El escriba anotó las imágenes. Llarimar, por una vez, no le instó a continuar. Sondeluz se levantó, expulsando las imágenes de su mente. Sin embargo, no pudo olvidar lo débil que notaba el cuerpo. Aquel era su día de festín, y tendría que tomar un aliento o moriría.

—Voy a necesitar unas urnas —dijo Sondeluz—. Dos docenas, una por cada dios, pintadas con sus colores.

Llarimar transmitió la orden sin preguntar por qué.

—También necesitaré piedrecitas —dijo Sondeluz mientras los criados lo vestían—. En cantidad.

Llarimar asintió. Una vez estuvo vestido, Sondeluz se dispuso a abandonar la habitación. De camino, una vez más, a alimentarse del alma de un niño.

Sondeluz arrojó una piedrecita al interior de una de las urnas que tenía delante. Hizo un leve tintineo.

—Enhorabuena, divina gracia —lo felicitó Llarimar, de pie junto a su asiento.

—No tiene mérito —dijo Sondeluz.

Lanzó otra piedrecita que se quedó corta, y entonces un criado corrió a recogerla del suelo para depositarla en el recipiente adecuado.

—Parece que soy un lanzador nato —comentó Sondeluz—. Acierto siempre.

Se sentía mucho mejor después de haber recibido un aliento nuevo.

—En efecto, divina gracia —dijo Llarimar—. Creo que su divina gracia la diosa Tejesonrojos se acerca.

—Bien —respondió Sondeluz, arrojando otra piedrecita. Esa vez alcanzó el objetivo. También era cierto que las urnas estaban a pocos palmos de su asiento—. Así podré alardear de mi habilidad lanzapiedrecitas.

Estaba sentado en el césped del patio, donde soplaba una fresca brisa, bajo su pabellón emplazado casi contra los portones de la corte. Tenía vistas a la muralla, la que le impedía contemplar la ciudad en sí. Con ese muro en medio, el paisaje era bastante deprimente.

«Ya que nos encierran aquí dentro —pensó—, al menos podrían tener la cortesía de proporcionarnos una vista decente».

—En nombre de los Tonos Iridiscentes, ¿se puede saber qué haces?

Sondeluz no necesitó mirar para saber que Tejesonrojos estaba de pie a su lado, con los brazos en jarras. Tiró otra piedrecita.

—¿Sabes? —dijo—. Siempre me ha parecido raro. Cuando juramos así, usamos los colores. ¿Por qué no recurrir a nuestros propios nombres? En teoría, somos dioses.

—A la mayoría de los dioses no les gusta que se use su nombre como juramento —respondió ella, sentándose a su lado.

—Entonces son demasiado pretenciosos para mi gusto —dijo Sondeluz, arrojando otra piedrecita.

Falló y un criado la depositó donde correspondía—.

A mí sí que me resultaría muy halagador que usaran mi nombre para jurar.

«¡Sondeluz el Audaz!». O bien: «¡Por Sondeluz el Audaz!

». A lo mejor es un poco trabalenguas. ¡Tal vez deberíamos dejarlo en «Sondeluz» a secas!

—Te juro que, a cada día que pasa, tú eres más raro.

—Lo cierto es que no —repuso él—. Y, en realidad, no has jurado en esa última frase. A no ser que estés sugiriendo que los pronombres personales sirvan para jurar. «¡Tú!». En cuyo caso, lo primero que me has dicho debería haber sido: «En nombre de tú, ¿se puede saber qué haces?».

Ella le gruñó entre dientes. Sondeluz la miró.

—Aún no me merezco que me sueltes eso. Apenas he empezado. Debes de estar molesta por alguna otra cosa.

—Madretodos —dijo ella.

—¿Sigue sin darte los Mandatos?

—Ahora incluso se niega a hablar conmigo.

Sondeluz coló una piedrecita en una urna.

—Ah, si Madretodos supiera la refrescante frustración que se pierde al rechazar todo contacto contigo…

—¡No soy tan frustrante! —exclamó Tejesonrojos—. De hecho, he sido bastante amable con ella.

—Entonces imagino que ese es el problema.

Somos dioses, querida, y nos cansamos rápido de nuestra inmortal existencia.

Buscamos estados extremos de emoción: buena o mala, no importa.

En cierto modo, es el valor absoluto de la emoción lo relevante, y no la naturaleza positiva o negativa de esa emoción.

Tejesonrojos guardó silencio. También lo hizo él.

—Sondeluz, querido —dijo ella por fin—. En nombre de tú, ¿se puede saber qué significa eso?

—No estoy muy seguro —contestó él—. Se me acaba de ocurrir. Pero visualizo lo que significa en mi cabeza, eso sí. Con números.

—¿Te encuentras bien? —preguntó ella, y sonó verdaderamente preocupada.

Unas imágenes de guerra destellaron en la mente de Sondeluz. Su mejor amigo, un hombre a quien no conocía, muriendo con una espada clavada en el pecho.

—No estoy seguro —dijo—. Las cosas han sido bastante raras para mí últimamente.

Tejesonrojos calló un momento.

—¿Quieres venir a mi palacio y retozar? A mí siempre me hace sentir mejor.

Él arrojó una piedra, sonriendo.

—Querida, eres incorregible.

—Soy la diosa de la lujuria, por el amor de tú —replicó ella—. Tengo que hacer mi papel.

—Que yo sepa, eras la diosa de la sinceridad.

—La sinceridad y las emociones sinceras, querido —repuso ella dulcemente—. Y permíteme informarte de que la lujuria es una de las emociones más sinceras de todas. Y ahora, dime de una vez, ¿qué estás haciendo con esas piedrecitas ridículas?

—Contar.

—¿Cuentas tus idioteces?

—Eso —dijo él, lanzando otra piedrecita—, y también el número de sacerdotes que entran por las puertas vistiendo los colores de cada dios o diosa.

Tejesonrojos frunció el ceño. Era mediodía y las puertas estaban bastante ajetreadas con las idas y venidas de sirvientes y faranduleros. Solo muy esporádicamente se veían sacerdotes o sacerdotisas, en cambio, ya que debían de haber llegado temprano para atender a sus deidades.

—Cada vez que entra un sacerdote de un dios concreto —dijo Sondeluz—, lanzo una piedrecita a la urna que representa a ese dios.

Tejesonrojos lo vio arrojar otra piedra y fallar. Cumpliendo órdenes de Sondeluz, un sirviente recogió la piedra y la metió en la urna adecuada. Violeta y plata. Avanzando desde la puerta, una sacerdotisa de Hallaesperanzas cruzó al trote el jardín en dirección al palacio de su dios.

—Estoy perpleja —dijo Tejesonrojos por fin.

—Es fácil. Si ves a alguien vestido de púrpura, tiras una piedrecita a la urna de ese color.

—Sí, querido. Pero ¿por qué?

—Para llevar el cómputo de cuántos sacerdotes de cada dios entran en la corte, por supuesto —respondió Sondeluz—. Se han reducido a apenas un goteo. Veloz, ¿te importa contar?

Llarimar hizo una reverencia y luego reunió a varios sirvientes y escribas, a los que ordenó vaciar las urnas y contar el contenido de cada una.

—Querido Sondeluz —dijo Tejesonrojos—, mis disculpas si te he hecho poco caso últimamente. Madretodos ha tenido la grosería de mostrarse indiferente a mis sugerencias. Si mi falta de atención ha causado que tu frágil mente se quebrante…

—Mi mente está de lo más inquebrantada, muchas gracias —respondió él, incorporándose para ver cómo contaban los criados.

—Entonces debes de estar muy aburrido. Tal vez se nos ocurra algo para entretenerte.

—Estoy bien entretenido.

Sondeluz sonrió incluso antes de que llegara el resultado del conteo. Mercestrella tenía una de las pilas más pequeñas.

—¿Sondeluz? —dijo Tejesonrojos, casi sin nada de su actitud juguetona.

—Ordené a mis sacerdotes que llegaran temprano hoy —dijo él, mirándola—. Y que se situaran aquí, delante de los portones, antes de que saliera el sol. Llevamos ya unas seis horas contando sacerdotes.

Llarimar se acercó y le tendió una lista de los dioses y el número de sacerdotes que habían entrado vistiendo sus colores. Sondeluz le echó un vistazo y asintió para sí mismo.

—Algunos dioses han recibido hoy a más de cien sacerdotes a su servicio, pero unos pocos apenas disponen de una docena. Mercestrella es de esos.

—¿Y qué? —preguntó Tejesonrojos.

—Pues que voy a enviar a mis sacerdotes a vigilar y contar al palacio de Mercestrella, para que estimen cuántos sacerdotes hay allí. Sospecho que ya sé el resultado. Mercestrella no tiene menos sacerdotes que el resto de nosotros. Es solo que entran en la corte por otro camino.

Tejesonrojos lo miró desconcertada, pero entonces ladeó la cabeza.

—¿Los túneles?

Sondeluz asintió.

Ella se echó hacia atrás, suspirando.

—Bueno, al menos no estás loco ni aburrido. Solo estás obsesionado.

—En esos túneles está pasando algo, Tejesonrojos. Y tiene que ver con el sirviente al que asesinaron.