Capítulo 37
ncluso a plena luz del día, en los suburbios podía parecer de noche.
Vivenna deambulaba sin rumbo, pisando sucia y colorida basura. Sabía que debía buscar un lugar donde ocultarse y quedarse allí. Pero ya no pensaba con mucha lucidez.
Parlin estaba muerto. Había sido su amigo desde la infancia. Vivenna lo había convencido para que la acompañara en lo que ahora parecía la más estúpida de las misiones. Su muerte era culpa de ella.
Denth y su equipo la habían traicionado.
No. Nunca habían trabajado para Vivenna.
Visto en retrospectiva, podía distinguir los signos.
La manera tan conveniente en que la habían encontrado en el restaurante.
Cómo la habían utilizado para llegar al aliento de Lemex.
Cómo la habían manipulado, permitiéndole creer que estaba al mando.
Se habían limitado a seguirle la corriente.
Vivenna había sido una prisionera y no se había dado ni cuenta.
La traición tenía un regusto mucho más amargo porque había llegado a confiar en ellos, incluso a considerarlos amigos.
Tendría que haber visto las señales de advertencia.
La jocosa crueldad de Tonk Fah. Las explicaciones de Denth sobre que los mercenarios no tenían lealtades.
Incluso le había señalado que Joyas estaba dispuesta a trabajar contra sus propios dioses.
Comparado con eso, ¿qué era traicionar a una amiga?
Se internó a trompicones en otro callejón más, apoyando la mano en un edificio de ladrillo. La suciedad y el hollín le mancharon los dedos. Su pelo estaba desteñido a un blanco puro. Todavía no se había recuperado.
El ataque en el suburbio había sido espantoso. Que la capturase Vasher, aterrador. Pero ver a Parlin atado a esa silla, con sangre saliéndole de la nariz, con las mejillas cortadas revelando el interior de la boca…
Eso nunca lo olvidaría. Algo en su interior parecía haberse roto. Su capacidad para que le importaran las cosas. Solo estaba… aturdida.
Llegó al final del callejón y alzó la embotada cabeza. Había una pared delante. Un callejón sin salida. Se dio la vuelta para desandar el camino.
—Tú —dijo una voz.
Vivenna se volvió, sorprendida por la velocidad de su propia reacción. Su mente permanecía conmocionada, pero una parte animal de ella estaba alerta. Capaz de defenderse por instinto.
Era un callejón como los que había recorrido todo el día. Se había mantenido en los suburbios, suponiendo que Denth esperaría que huyera a la ciudad en sí. Pero él conocía la ciudad mejor que ella. En su estado actual, quedarse en los suburbios abarrotados y silenciosos parecía mucho mejor idea.
Había un hombre sentado en unas pocas cajas apiladas, con las piernas oscilando a ambos lados. Era bajo, moreno y llevaba la típica ropa de los suburbios, una mezcla de atuendos en varias fases de desgaste.
—Estás revolucionando bastante el barrio —dijo.
Ella permaneció callada.
—Una mujer que vaga por los suburbios con un hermoso vestido extranjero que tiene una manga gris, de ojos oscuros, pelo blanco, andrajosa. Si la gente no estuviera tan paranoica por la redada del otro día, ya se habrían ocupado de ti hace horas.
Aquel hombre le sonaba de algo.
—Eres idriano —susurró Vivenna—. Estabas allí, entre el gentío, cuando visité a los señores de los suburbios.
Él se encogió de hombros.
—Eso significa que sabes quién soy —añadió ella.
—Yo no sé nada —dijo el hombre—. Y aún menos las cosas que podrían traerme problemas.
—Por favor, tienes que ayudarme.
Vivenna dio un paso adelante. El hombre saltó desde lo alto de las cajas, con un destellante cuchillo en la mano.
—¿Ayudarte? —replicó—. Vi la cara que ponías cuando viniste a la reunión. Nos desprecias. Igual que los hallandrenses.
Ella reculó.
—Te ha visto un montón de gente deambulando como un fantasma —prosiguió el hombre—. Pero nadie parece saber exactamente dónde encontrarte. En algunas partes te buscan bastante en serio.
«Denth —pensó ella—. Es un milagro que no me hayan capturado en todo este tiempo. Tengo que hacer algo. Dejar de vagar por ahí. Encontrar un sitio donde esconderme».
—Digo yo que alguien te encontrará tarde o temprano —añadió el hombre—. Así que voy a actuar yo primero.
—Por favor —susurró Vivenna.
El hombre alzó el cuchillo.
—No te entregaré. Te mereces eso al menos. Además, no quiero llamar la atención. Pero ese vestido… se venderá bien, incluso estropeado como está. Podría dar de comer a mi familia durante semanas con esa tela.
Ella vaciló.
—Si chillas, te rajo —dijo él en voz baja—. No es una amenaza. Es una inevitabilidad. El vestido, princesa. Te irá mejor sin él. Es lo que hace que todo el mundo se fije en ti.
Vivenna pensó en utilizar su aliento. Pero ¿y si no funcionaba?
No podía concentrarse, y tenía la sensación de que no conseguiría pronunciar bien los Mandatos.
Dudó, pero el cuchillo oscilante acabó de convencerla.
Así pues, mirando al frente y sintiéndose como si fuera otra persona, empezó a desabrocharse los botones.
—No lo sueltes al suelo —dijo el hombre—. Ya está bastante sucio.
Ella se lo quitó y tembló, vestida solo con las medias y la camisola. El hombre cogió el vestido y abrió la faltriquera. Frunció el ceño al arrojar a un lado la cuerda que había dentro.
—¿No hay dinero?
Ella negó con la cabeza, aturdida.
—Las medias. Son de seda, ¿no?
La camisola le llegaba a medio muslo. Se agachó, se quitó las medias y las entregó. El hombre las cogió y Vivenna vio un destello de avaricia, o quizá de otra cosa, en sus ojos.
—La camisola —dijo, meneando el cuchillo.
—No —respondió ella en voz baja.
Él dio un paso adelante.
Algo estalló en el interior de Vivenna.
—¡No! —gritó—. ¡No, no, NO! ¡Coge tu ciudad, tus colores y tu ropa y vete! ¡Déjame en paz! —Cayó de rodillas, llorando, y agarró puñados de basura y lodo con los que se ensució la ropa interior—. ¡Mira! —gritó—. ¿La quieres? ¡Pues quítamela! ¡Véndela así!
Incumpliendo su amenaza, el hombre vaciló. Miró alrededor y luego apretó el valioso vestido contra el pecho y se fue corriendo.
Vivenna se quedó allí arrodillada. ¿De dónde habían salido más lágrimas? Se acurrucó, sin que le importaran la basura y el barro, y sollozó.
Empezó a llover mientras Vivenna estaba encogida sobre el barro. Era una de las lloviznas suaves y perezosas de Hallandren. Las gotas besaron sus mejillas mientras unos delgados arroyuelos bajaban por las paredes del callejón.
Tenía hambre y estaba agotada. Pero con la lluvia vino un jirón de lucidez.
Más le valía moverse. El ladrón estaba en lo cierto y aquel vestido había sido una carga.
En camisola se sentía desnuda, sobre todo empapada como estaba, pero había visto a mujeres en los suburbios que apenas llevaban poco más.
Tenía que continuar moviéndose, convertirse en una mujer desamparada más en medio de la suciedad y la mugre.
Se arrastró hasta un montón de basura y atisbó un trozo de tela que asomaba. Sacó un chal manchado y apestoso. O tal vez hubiera sido una alfombra. En todo caso, se lo echó por los hombros y se lo apretó contra el pecho para darse cierto recato. Intentó volverse morena, pero su pelo se negó.
Vivenna se sentó, demasiado apática para sentirse frustrada. Se contentó con frotarse barro y suciedad en el pelo, cambiando el blanco claro por un marrón enfermizo.
«Está demasiado largo —pensó—. Tendré que hacer algo, porque así destaca. Ninguna mendiga llevaría el pelo tan largo; cuidarlo sería un engorro».
Empezó a salir del callejón, pero se detuvo. El chal se había vuelto más brillante, ahora que lo llevaba puesto. «El aliento. Seré visible inmediatamente a ojos de quien tenga la primera elevación. ¡No puedo esconderme en los suburbios!».
Seguía sintiendo la pérdida del aliento que había enviado a la cuerda y la cantidad que después había malgastado en la capa de Tonks. Pero aún le quedaba la mayor parte. Se acurrucó apoyada en la pared, casi perdiendo de nuevo el control mientras consideraba su situación.
Y entonces cayó en la cuenta de una cosa.
«Tonk Fah se me ha acercado a hurtadillas en ese sótano. No he podido sentir su aliento. Igual que no pude sentir el de Vasher cuando me atacó en mi habitación».
La respuesta era tan fácil que resultaba ridícula.
Vivenna no podía percibir el aliento en la cuerda que había despertado.
La recogió y se la ató al tobillo. Luego cogió el chal y lo sujetó ante ella.
Era una cosa lamentable, deshilachada por los bordes, su color rojo original apenas visible entre la mugre.
—Mi vida a la tuya —dijo, repitiendo las palabras que Denth había intentado obligarla a pronunciar—. Mi aliento es tuyo.
Eran las mismas palabras que Lemex había dicho cuando le dio su aliento.
Funcionaron también con el chal. Su aliento escapó de su cuerpo, todo sin excepción, e Invistió el chal.
No se trataba de ningún Mandato, por lo que el chal no podría hacer nada, pero, con un poco de suerte, su aliento estaría a salvo. Vivenna no desprendería un aura.
Ninguna en absoluto. Casi cayó al suelo por el impacto de haberlo perdido todo. Si antes había sido capaz de sentir la ciudad a su alrededor, todo se detuvo. Era como si la hubieran silenciado. Como si toda la ciudad pasara a estar muerta.
O tal vez era Vivenna quien había pasado a estar muerta. Apagada. Se levantó despacio, temblando bajo la lluvia, y se quitó el agua de los ojos. Entonces se arrebujó en el chal, que contenía sus alientos, y se marchó.