El aliento de los dioses Capítulo 36 #2
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Capítulo 36 #2

Se abrió de inmediato. «Es demasiado importante para abrir su propia puerta», pensó ella.

El rey-dios pidió comida llevándose una mano al estómago y luego señalando. Los sirvientes, apenas visibles para Siri en el umbral, se marcharon a toda prisa para obedecerle. Susebron se volvió mientras la puerta se cerraba y fue a sentarse de nuevo junto a ella en la cama.

Unos minutos después, llegaron criados con una mesa y una silla. Prepararon la mesa con grandes cantidades de comida. Había de todo, desde pescado asado a verduras salteadas y marisco cocido.

Ella se quedó mirando asombrada. «Es imposible que hayan preparado eso tan rápido. Seguro que lo tenían esperando en la cocina, por si a su dios de pronto le entraba hambre».

Era un desperdicio que rayaba en lo extravagante, pero también era maravilloso.

Indicaba un estilo de vida que su pueblo allá en Idris no podía imaginar siquiera, símbolo de un incómodo desequilibrio en el mundo.

Algunas personas morían de hambre mientras otras eran tan ricas que ni siquiera llegaban a ver la mayoría de las comidas que les preparaban.

Los criados colocaron la única silla junto a la mesa. Siri observó mientras seguían trayendo platos. No podían saber lo que quería el rey-dios, así que al parecer le presentaban un poco de todo. Llenaron la mesa y se retiraron cuando Susebron así se lo indicó.

Los aromas casi subyugaron a Siri, con lo famélica que estaba.

Esperó tensa hasta que se cerró la puerta.

Entonces se quitó de encima las sábanas y se abalanzó hacia la mesa.

Había pensado que las comidas que le preparaban a ella eran desmesuradas, pero no eran nada comparadas con aquel festín. Susebron le señaló la silla.

—¿Tú no vas a comer? —preguntó Siri.

Él se encogió de hombros.

Siri se acercó hasta la cama y se hizo con una sábana, que extendió en el suelo de piedra.

—¿Qué te parece a ti que tiene buena pinta? —preguntó, acercándose a la mesa.

Él señaló un plato de humeantes mejillones y varios panes. Ella lo cogió todo, además de un plato que no parecía tener pescado, un cuenco de frutas exóticas servidas en una especie de salsa cremosa, y lo llevó a la sábana. Entonces se sentó y empezó a comer.

Susebron descendió también con cuidado al suelo. Lograba parecer digno incluso en camisón. Siri estiró el brazo y le tendió su pizarra.

Esto es muy extraño , escribió Susebron.

—¿El qué, comer en el suelo?

Él asintió. Cenar siempre es todo un acontecimiento para mí. Pico algo de lo que hay en el plato, los criados lo retiran, me limpian la cara y me traen otro. Nunca termino un plato entero, aunque me guste.

Siri bufó.

—Me sorprende que no te sujeten la cuchara.

Lo hacían cuando era pequeño , escribió Susebron, ruborizándose. Al final conseguí que me dejaran comer solo. Es difícil, cuando no puedes hablar con nadie.

—Ya me imagino —dijo Siri entre bocado y bocado.

Miró a Susebron, que comía a discretos mordisquitos. Sintió un poco de vergüenza por lo rápido que estaba comiendo ella, pero entonces decidió que le daba igual. Apartó el plato de fruta y cogió varios dulces de la mesa.

Susebron la miró mientras ella empezaba a darse un atracón. Eso son tinkfanes de Pahn Kahl , escribió. Se co men a bocaditos pequeños, asegurándote de alternarlos con un poco de pan para despejar el sabor. Son una exquisi tez y…

Se interrumpió cuando ella cogió una pasta entera y se la embutió en la boca. Siri le sonrió y continuó masticando.

Después de un momento de asombro, él volvió a escribir. Sabrás que, en los cuentos, los niños glotones casi siempre acaban arrojados a un precipicio.

Siri se metió otra pasta en la boca junto con la primera, manchándose los dedos y la cara con azúcar en polvo mientras se le abultaban las mejillas.

Susebron la miró un momento y luego extendió la mano y cogió un pastel también. Lo examinó y luego se lo metió entero en la boca.

Siri se echó a reír, casi escupiendo trozos de dulce en la sábana.

—Y así continúa mi corrupción del rey-dios —dijo cuando pudo hablar.

Él sonrió. Esto es muy curioso , escribió.

Se comió otro dulce. Y luego otro. Y otro. Siri lo observó, alzando una ceja.

—Cualquiera diría que, puesto que eres rey-dios, al menos podrías comer dulces siempre que quisieras.

Hay muchas reglas que yo cumplo y los demás no tienen obligación de seguir , escribió él mientras masticaba. Está explicado en el libro. Se requiere mucho de un príncipe o un rey. Habría preferido nacer campesino.

Siri alzó una ceja. Tuvo la impresión de que él se sorprendería si tuviera que experimentar cosas como el hambre, la pobreza o incluso la incomodidad. Pero lo dejó con sus ilusiones. ¿Quién era ella para reprocharle nada?

Tú eres quien tenía hambre , escribió él. ¡Pero soy yo quien se lo está comiendo todo!

—Está claro que no te alimentan lo suficiente —dijo Siri, y probó una rebanada de pan.

Él se encogió de hombros y continuó comiendo.

Siri lo miró, preguntándose si comer era diferente para él, sin lengua.

¿Le afectaba a la capacidad de saborear?

Desde luego, parecía que le gustaban los dulces.

Pensar en su lengua hizo que su mente pasara a temas más sombríos.

«No podemos continuar así —pensó—. Haciendo el tonto por las noches, fingiendo que el mundo no sigue adelante sin nosotros. Van a aplastarnos».

—Susebron —dijo—, creo que tenemos que encontrar un modo de sacar a la luz lo que te han estado haciendo tus sacerdotes.

Él alzó la cabeza y luego escribió: ¿A qué te refieres?

—Me refiero a que deberíamos intentar que hables con la gente corriente. O tal vez con alguno de los otros dioses. Los sacerdotes obtienen todo su poder por asociación contigo. Si eliges comunicarte a través de otra persona, eso los derrocaría.

¿Y es necesario hacerlo?

—Supongamos por un momento que sí —propuso ella.

Muy bien. Pero ¿cómo podría comunicarme con alguien más? No es que pueda levantarme y ponerme a dar voces.

—No lo sé. ¿Notas, tal vez?

Él sonrió. Hay una historia sobre eso en mi libro. Una princesa atrapada en una torre que arroja notas a las aguas del océano. El rey de los peces las encuentra.

—Dudo que al rey de los peces le preocupe nuestra situación —repuso Siri, inexpresiva.

Tal criatura solo es ligeramente menos fantástica que la posibilidad de que mis notas se hallen y se interpreten como es debido. Si las tiro por la ventana, nadie creería que las ha escrito el rey-dios.

—¿Y si se las pasaras a los sirvientes?

Él frunció el ceño. Suponiendo que tengas razón y mis sacerdotes estén actuando en mi contra, ¿no sería imprudente confiar en el servicio contratado por ellos?

—Tal vez. Podríamos probar con un criado de Pahn Kahl.

Ninguno de ellos me asiste, pues soy el rey-dios , escribió él. Además, ¿qué conseguimos con un sirviente o dos de nuestra parte? ¿Cómo desenmascararía eso a los sacerdotes? Nadie creería a un criado de Pahn Kahl que contradijese al clero.

Ella negó con la cabeza.

—Igual podrías probar a montar una escena, escapar o causar una distracción.

Cuando salgo de palacio, me asiste a todas horas una tropa de cientos de personas. Despertantes, soldados, guardias, sacerdotes y guerreros sinvida. ¿De verdad crees que podría montar algún tipo de escena sin que se me llevaran a toda prisa antes de poder comunicarme con alguien?

—No —reconoció Siri—. ¡Pero tenemos que hacer algo! Tiene que haber una salida.

No veo ninguna. Tenemos que trabajar con los sacerdotes, no contra ellos. Quizá sepan algo más sobre por qué mueren los reyes-dioses. Podrían contárnoslo. Hablaré con ellos usando la escritura de los artesanos.

—No. Todavía no. Déjame pensar primero.

Muy bien , escribió él, y probó otro dulce.

—Susebron —dijo Siri al cabo de poco—, ¿valorarías la posibilidad de escapar conmigo? ¿Volver a Idris?

Él frunció el ceño. Tal vez , escribió por fin. Parece una medida extrema.

—¿Y si pudiera demostrar que los sacerdotes intentan matarte? ¿Y si encontrara una ruta de huida, alguien que nos sacara de palacio y de la ciudad?

La idea obviamente inquietaba a Susebron. Si es el único modo , escribió, entonces iré contigo. Pero no creo que la situación sea tan desesperada.

—Espero que tengas razón —dijo ella.

«Pero si no la tienes —pensó—, nos vamos de aquí. Correremos el riesgo con mi familia, haya guerra o no».