El aliento de los dioses Capítulo 36
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Capítulo 36

mposible, no te dejaré , escribió Susebron, sentado en el suelo junto a la cama, con la espalda apoyada en las almohadas. Te lo prometo.

—¿Cómo puedes estar seguro? —preguntó Siri desde la cama—. Tal vez cuando tengas un heredero te canses de la vida y entregues tu aliento.

Primero, sigo sin estar seguro de cómo tener un heredero. Tú te niegas a explicármelo y no respondes a mis preguntas.

—¡Me da vergüenza! —exclamó Siri, y, sintiendo que su corto cabello se volvía rojo, lo convirtió de nuevo en amarillo al instante.

Segundo , escribió él, no puedo entregar mi aliento, al menos si lo que tengo entendido sobre el biocroma es cierto. ¿Crees que me han mentido respecto a cómo funciona el aliento?

«Cada vez se expresa mejor por escrito —pensó Siri mientras lo veía borrar—. Es una lástima que haya pasado encerrado toda la vida».

—En realidad no sé gran cosa de eso —respondió—.

El biocroma no es precisamente una cosa en la que nos centremos mucho en Idris.

Sospecho que la mitad de lo que sé son rumores y exageraciones.

Por ejemplo, allá en Idris piensan que sacrificáis a la gente en altares aquí en la corte; lo he oído una docena de veces y a gente diferente.

Él vaciló antes de continuar escribiendo. De todas formas, discutimos sobre algo absurdo. No cambiaré. No voy a decidir suicidarme de pronto. No tienes que preocuparte.

Ella suspiró.

Siri , añadió él, he vivido cincuenta años sin información, sin conocimiento, sin poder comunicarme apenas. ¿De verdad crees que voy a matarme ahora? ¿Ahora, cuando he descubierto cómo escribir? ¿Cuando he descubierto a alguien con quien hablar? ¿Cuando te he descubierto a ti?

Ella sonrió.

—Muy bien. Te creo. Pero sigo pensando que tenemos que preocuparnos por tus sacerdotes.

Él calló y apartó la mirada.

«¿Por qué es tan condenadamente leal a ellos?», pensó Siri.

Al cabo de un tiempo, Susebron la miró de nuevo.

¿Puedes hacerte crecer el pelo?

Ella alzó una ceja.

—¿Y de qué color lo hago?

Rojo , escribió él.

—Cómo sois los hallandrenses con los colores brillantes —dijo ella, meneando la cabeza—. ¿Eres consciente de que mi pueblo considera el rojo el más chillón de todos los colores?

Él vaciló. Lo siento. No pretendía ofenderte. Es que… Se interrumpió cuando ella extendió una mano desde la cama y le tocó el brazo.

—No —dijo Siri—. Escucha, no estaba discutiendo. Solo estaba flirteando. Lo siento.

¿Flirteando? , escribió él. Mi libro de relatos no usa ese término.

—Lo sé. Ese libro está demasiado lleno de cuentos sobre niños devorados por árboles y tal.

Las historias son metáforas que pretenden enseñar…

—Sí, ya lo sé —dijo ella, interrumpiéndolo de nuevo.

¿Y qué es flirtear?

—Es… —«¡Colores! ¿Cómo me meto en estas situaciones?»—. Es cuando una chica finge que duda, o a veces hace el tonto, para que un hombre le preste más atención.

¿Cómo va a conseguir así que un hombre le preste atención?

—Bueno, viene a ser lo siguiente. —Siri lo miró, inclinándose un poco hacia delante—. ¿Quieres que haga crecer mi pelo?

Sí.

—¿De verdad quieres que lo haga?

Por supuesto.

—Muy bien, si insistes…

Siri echó la cabeza atrás y ordenó a su pelo hacerse de un profundo rojo cobrizo.

Cambió en pleno movimiento, avivándose al pasar del amarillo al rojo como tinta derramada en un charco de agua clara.

Entonces Siri lo hizo crecer. La capacidad era más instintiva que consciente, como flexionar un músculo.

En ese caso, era un músculo que había usado mucho últimamente, ya que acostumbraba a cortarse el pelo por las noches para no dedicar tiempo a peinárselo.

Incluso mientras el pelo pasaba ante su cara, siguió creciendo. Siri agitó la cabeza una última vez. La notó más pesada por el pelo, y el cuello cálido por los mechones que ya le caían por los hombros y espalda abajo, serpenteando en rizos sueltos.

Susebron la miró con los ojos muy abiertos. Ella intentó una mirada seductora. El resultado le pareció tan ridículo que acabó riendo sin pretenderlo. Dejó caer la espalda a la cama y el pelo recién crecido se expandió a su alrededor.

Susebron le dio un golpecito en la pierna. Ella lo miró y él se levantó para sentarse a un lado de la cama, de modo que Siri pudiera ver la pizarra mientras escribía.

Eres muy extraña.

Ella sonrió.

—Lo sé. No he nacido para ser una seductora. No puedo poner cara seria.

Seductora , escribió él. Conozco esa palabra. Se usa en una historia cuando la reina malvada intenta tentar al joven príncipe con algo, aunque no sé con qué.

Ella sonrió de nuevo.

Creo que la reina debía de estar planeando ofrecerle comida.

—Claro que sí —dijo Siri—. Buena interpretación, Seb. Has dado en el blanco.

Él vaciló.

No le estaba ofreciendo comida, ¿verdad?

Siri sonrió otra vez.

Él se ruborizó. Me siento como un idiota.

¡Hay tantas cosas que todo el mundo comprende intrínsecamente!

Yo, en cambio, solo tengo las historias de un libro infantil para guiarme.

Las he leído tantas veces que es difícil separarme a mí mismo, y mi forma de verlas, del niño que era cuando me las leyeron por primera vez.

Empezó a borrar con brío. Siri se incorporó y le puso una mano en el brazo.

Sé que hay cosas que me pierdo , escribió él. Cosas que te avergüenzan, y tengo mis suposiciones. No soy tonto. Sin embargo, me siento frustrado. Con tus flirteos y tus sarcasmos, conductas ambas en las que aparentemente actúas de forma contraria a como quieres, temo que nunca te entenderé.

Miró disgustado su pizarra, con el paño para borrar en la mano izquierda y el carboncillo en la derecha. El fuego chisporroteaba en la chimenea, proyectando oleadas de un amarillo excesivamente brillante contra su rostro bien afeitado.

—Lo siento —dijo ella, acercándose.

Rodeó con los brazos el codo de Susebron y apoyó la cabeza en la parte superior del brazo.

Él no parecía tantísimo más corpulento que ella, ahora que estaba acostumbrada.

En Idris había hombres que medían hasta los dos metros, y Susebron era solo un poco más alto.

Además, como su cuerpo era tan perfectamente proporcionado, no parecía larguirucho ni antinatural. Era normal, solo que en más grande.

Él la miró mientras Siri reposaba la cabeza en su brazo y cerraba los ojos.

—Creo que lo estás haciendo mejor de lo que crees. La mayoría de la gente allá en mi país no me comprendía ni la mitad de bien que tú.

Él empezó a escribir, y Siri abrió los ojos.

Me cuesta trabajo creerlo.

—Es cierto —dijo ella—. No paraban de decirme que me convirtiera en otra persona.

¿Quién?

—Mi hermana —suspiró Siri—. La mujer con quien se suponía que ibas a casarte. Era todo lo que debe ser la hija de un rey. Controlada, de buenos modales, obediente, culta.

Parece aburrida , escribió él, sonriendo.

—Vivenna es una persona maravillosa. Siempre fue muy amable conmigo. Es solo que… bueno, creo que incluso ella pensaba que yo debería haber sido más reservada.

Eso no lo comprendo , escribió él. Eres fantástica.

Llena de vida y entusiasmo. Los sacerdotes y criados de este palacio visten de colores, pero no hay color dentro de ellos.

Tan solo cumplen con sus tareas, manteniendo los ojos bajos, solemnes.

Tú tienes color por dentro, tanto que estalla y colorea todo lo que tienes alrededor.

Ella sonrió.

—Haces que suene como el biocroma.

Tú eres más sincera que el biocroma. Mi aliento hace las cosas más brillantes, pero no es mío. Me lo dieron. El tuyo te pertenece.

Siri sintió que su pelo pasaba del rojo oscuro a un tono dorado, y dio un leve suspiro de satisfacción mientras se acercaba un poco más hacia él.

¿Cómo lo haces? , preguntó Susebron.

—¿Cómo hago qué?

Cambiar tu pelo.

—Esta vez ha sido inconsciente —dijo ella—. Se vuelve rubio si me siento feliz o satisfecha.

¿Eres feliz, entonces? ¿Conmigo?

—Pues claro.

Pero cuando hablas de las montañas, hay mucha nostalgia en tu voz.

—Las echo de menos —respondió Siri—. Pero si me marchara, te echaría de menos a ti. A veces no se puede tener todo lo que se quiere, cuando esas querencias se contradicen entre sí.

Permanecieron un rato en silencio y él apartó su pizarra, la rodeó vacilante con un brazo y se recostó contra la cabecera de la cama. Un tono de rubor asomó al pelo de Siri cuando se dio cuenta de que seguían sentados en el lecho y ella estaba acurrucándose junto a él vestida solo con su camisola.

«Pero en fin —pensó—, estamos casados, al fin y al cabo». Lo único que arruinó el momento fueron los ocasionales gruñidos de su estómago. Después de unos minutos, Susebron agarró la pizarra.

¿Tienes hambre? , escribió.

—No. Mi estómago es anarquista. Le gusta gruñir cuando está lleno.

Él vaciló. ¿Sarcasmo?

—Un pobre intento —dijo ella—. No pasa nada, sobreviviré.

¿No has cenado antes de venir a mis aposentos?

—Sí. Pero hacer crecer tanto pelo es agotador. Siempre me deja con hambre.

¿Te deja con hambre cada noche? , preguntó Susebron, escribiendo deprisa. ¿Y no dices nada?

Ella se encogió de hombros.

Te conseguiré comida.

—No, no podemos permitirnos que se sepa.

¿Que se sepa qué? , replicó él. Soy el rey-dios y como cuando se me antoja. No será la primera vez que pido comida por la noche. No resultará extraño. Se levantó y caminó hacia la puerta.

—¡Espera!

Él se volvió a mirarla.

—No puedes ir así a la puerta, Susebron —susurró Siri por si había alguien escuchando—. Estás completamente vestido.

Él se miró y frunció el ceño.

—Al menos revuélvete un poco la ropa —aconsejó ella, escondiendo la pizarra de Susebron a toda prisa.

Él se desabrochó los botones del cuello y se quitó el batín negro, revelando un camisón. Como todo lo blanco a su alrededor, desprendía un halo de los colores del arcoíris. Se alborotó el pelo oscuro y se volvió hacia ella con ojos interrogativos.

—Bastante bien —dijo Siri.

Se subió las sábanas hasta el cuello para cubrirse y observó cómo Susebron llamaba a la puerta con los nudillos.