Capítulo 35 #3
La empujó hacia delante con cuidado, sujetándola del brazo, mientras Joyas y Tarugo bajaban la escalera. Los peldaños crujieron bajo su peso.
—Me habéis mentido todo el tiempo —susurró Vivenna, casi ajena a las lágrimas de sus mejillas, con el corazón palpitando mientras trataba de encontrarle sentido al mundo—. ¿Por qué?
—El secuestro es un trabajo duro —dijo él.
—Muy mal negocio —añadió Tonk Fah.
—Es mejor si la víctima ni siquiera sabe que está secuestrada.
«Nunca me quitaban el ojo de encima —recordó ella—. Siempre cerca».
—Lemex…
—No hizo lo que necesitábamos que hiciera —dijo Denth—. El veneno fue una muerte demasiado buena para ese tipo. Tendrías que haberte dado cuenta, princesa. Con tanto aliento como tenía…
«No pudo morir de ninguna enfermedad —comprendió ella—. ¡Austre! —Tenía la mente embotada. Miró a Parlin—. Está muerto. Parlin está muerto. Lo han matado».
—No lo mires —dijo Denth, volviendo su cabeza delicadamente para que no viera el cadáver—.
Eso fue un accidente. Escúchame, princesa.
No te pasará nada. No te haremos daño. Solo dime por qué escapaste.
Parlin nos aseguró que no tenía ni idea de dónde habías ido, pero sabíamos que habló contigo en la escalera justo antes de que desaparecieras.
¿De verdad te fuiste sin decírselo? ¿Por qué?
¿Qué te hizo sospechar de nosotros? ¿Contactó contigo algún agente de tu padre?
Creí que los habíamos encontrado a todos cuando llegaron a la ciudad.
Ella negó con la cabeza, aturdida.
—Esto es importante, princesa —dijo Denth con calma—. Necesito saberlo. ¿Con quién contactaste? ¿Qué les has dicho de mí a los señores de los suburbios?
Empezó a apretarle el brazo con más fuerza.
—No querríamos tener que romper nada —dijo Tonk Fah—. Los idrianos aguantáis demasiado poco sin partiros.
Lo que antes le habían parecido bromas jocosas le resultó ahora terrible y cruel.
Tonk Fah se cernía sobre ella bajo la sombría luz de la linterna a su derecha.
Denth era una figura más esbelta frente a ella.
Vivenna recordó su velocidad, la manera en que Denth había matado a aquellos dos guardaespaldas del restaurante.
Recordó cómo habían destruido la casa de Lemex.
Recordó su frivolidad hacia la muerte. Lo habían ocultado todo bajo un velo de humor.
Ahora que Denth había traído otra lámpara, Vivenna distinguió un par de grandes sacos bajo la escalera.
Un pie asomaba de uno de ellos. La bota llevaba el blasón del ejército idriano en un lado.
Su padre había enviado soldados a rescatarla.
Solo que Denth los había encontrado antes que la encontraran a ella.
¿A cuántos había matado? Los cadáveres no se conservarían mucho tiempo en ese sótano.
Esos dos cuerpos debían de ser relativamente nuevos, esperando a que los hicieran desaparecer en algún otro lugar.
—¿Por qué? —volvió a preguntar, casi demasiado atónita como para hablar—. Parecíais mis amigos.
—Lo somos —dijo Denth—. Te tengo aprecio, princesa.
—Sonrió, y fue una sonrisa auténtica, no una mueca burlona y peligrosa como la de Tonk Fah—.
Si te sirve de algo, lo siento de veras.
Parlin no tenía que haber muerto. Eso ha sido un accidente.
Pero bueno, un trabajo es un trabajo. Hacemos lo que nos pagan por hacer.
Te he explicado todo esto varias veces, seguro que lo recuerdas.
—Nunca creí de veras… —susurró ella.
—Nunca lo hacen —dijo Tonk Fah.
Vivenna parpadeó. «Huye deprisa. Mientras aún tengas fuerzas».
Había escapado una vez. ¿No era suficiente? ¿No se merecía algo de paz?
«¡Rápido!».
Retorció el brazo y lo golpeó contra la capa de Tonk Fah.
—Agarra…
Pero Denth era demasiado rápido. Tiró de ella, le tapó la boca y luego le sujetó la otra mano con fuerza.
Tonk Fah se quedó boquiabierto mientras la manga del vestido de Vivenna perdía el color, volviéndose gris, y parte de su aliento pasaba por los dedos de Denth hasta la capa de Tonk Fah.
Pero sin un Mandato, ese aliento no podía hacer nada.
Vivenna lo había desperdiciado, y sintió que todo a su alrededor se volvía un poco más gris.
Denth le soltó la boca y dio una palmada a Tonk Fah en la parte de atrás de la cabeza.
—¡Oye! —exclamó el grandullón, frotándose la nuca.
—Presta atención —ordenó Denth, y miró a Vivenna, todavía agarrándole el brazo con fuerza.
Un hilo de sangre se escurría entre sus dedos, salida de la muñeca herida de Vivenna. Denth se quedó muy quieto, sin duda viéndole por primera vez las muñecas ensangrentadas. La oscuridad del sótano se las había ocultado. Alzó la cabeza y la miró a los ojos.
—Oh, demonios —maldijo—. No huiste de nosotros, ¿verdad?
—¿Eh? —preguntó Tonk Fah.
Vivenna estaba aturdida.
—¿Qué sucedió? —preguntó Denth—. ¿Fue él?
Ella no respondió.
Denth hizo una mueca y le retorció el brazo, haciéndola gritar.
—Muy bien. Parece que me obligan a actuar. Ocupémonos primero de ese aliento tuyo y luego ya podremos tener una agradable charla amistosa sobre lo que te ha pasado.
Tarugo se situó junto a Denth, los ojos grises mirando al frente, vacíos como siempre. Solo que… ¿podía Vivenna ver algo en ellos? ¿Se lo estaba imaginando? Sus emociones estaban tan al límite últimamente que no podía confiar del todo en lo que percibía. Tarugo pareció mirarla a los ojos.
—Ahora —dijo Denth con el rostro más endurecido—, repite conmigo. Mi vida a la tuya. Mi aliento es tuyo.
Vivenna le sostuvo la mirada.
—Aullido del sol —susurró.
Denth frunció el ceño.
—¿Qué?
—Ataca a Denth. Aullido del sol.
—Pero… —empezó Denth.
En ese momento, el puño de Tarugo se le estrelló en la cara.
El puñetazo lo lanzó a un lado, contra Tonk Fah, quien maldijo y tropezó. Vivenna se zafó, esquivó a Tarugo, casi tropezando con su vestido, y embistió con el hombro contra la sorprendida Joyas.
La mujer cayó. Vivenna subió corriendo la escalera.
—¿Dejaste que oyera la frase de seguridad? —gritó Denth entre el ruido de sus forcejeos con Tarugo.
Joyas logró ponerse en pie y siguió a Vivenna. Pero el pie de la mujer partió un escalón. Vivenna llegó arriba y cerró la puerta. Alzó la mano y echó el cerrojo.
«No aguantará mucho —pensó, sintiéndose desvalida—. Vendrán a por mí. No pararán de perseguirme. Igual que Vasher. Dios de los Colores, ¿qué voy a hacer?».
Salió a la calle, iluminada ya por el alba que se extendía por toda la ciudad, y se internó en un callejón. Luego se limitó a seguir corriendo, en esa ocasión tratando de escoger las callejas más pequeñas, sucias y oscuras.