Capítulo 35 #2
«¿Por qué no dejé que Denth me entrenara antes con el aliento?».
Su tozuda rectitud le parecía incluso más ridícula en esos momentos.
Pues claro que era mejor utilizar el aliento que dejarse matar, o algo peor, por Vasher.
Creyó comprender a Lemex y su deseo de reunir el suficiente biocroma para prolongar su vida.
Trató de pronunciar algunos Mandatos a través de la mordaza.
Fue inútil. Incluso ella sabía que los Mandatos tenían que pronunciarse con claridad.
Empezó a menear la barbilla, empujando la mordaza con la lengua.
No parecía tan tensa como las ataduras de las muñecas.
Además, estaba mojada por las lágrimas y la saliva.
Insistió, moviendo los labios y los dientes.
Se sorprendió cuando, finalmente, la hizo caer suelta bajo la barbilla.
Se lamió los labios, moviendo la dolorida mandíbula. «¿Y ahora qué?», pensó. Su aprensión aumentaba. Ahora sí que tenía que liberarse. Si Vasher regresaba y veía que había conseguido quitarse la mordaza, nunca le permitiría una oportunidad igual. Podía castigarla por desobedecerlo.
—Cuerda —dijo—. ¡Desátate!
No sucedió nada.
Apretó los dientes, tratando de recordar los Mandatos que le había enseñado Denth.
«Sujeta cosas» y «protégeme». Ninguno parecía demasiado útil en su situación.
Desde luego, no quería que la cuerda le sujetara las muñecas con más fuerza.
Pero Denth había dicho algo más. Algo sobre imaginar lo que querías.
Lo intentó, visualizando cómo se desataba la cuerda.
—Desátate —dijo con toda claridad.
Una vez más, no sucedió nada.
Vivenna echó atrás la cabeza, llena de frustración. El despertar parecía un arte impreciso, lo cual era extraño, considerando el número de reglas y restricciones que parecía tener. O tal vez solo le parecía impreciso a ella porque era muy complicado.
Cerró los ojos. «Tengo que conseguirlo —pensó—. Debo descubrir cómo funciona. Si no lo hago, me matarán».
Abrió los ojos y se concentró en sus ataduras. Las imaginó de nuevo desatándose, pero de algún modo lo encontró erróneo. Era como una niña sentada mirando una hoja, tratando de que se moviera solo a base de concentrarse en ella.
No era así como funcionaban sus sentidos recién hallados. Formaban parte de ella. Así que, en vez de concentrarse, Vivenna se relajó, dejando que su mente inconsciente hiciera el trabajo. Un poco como hacía cuando cambiaba el color de su cabello.
—Desátate —Mandó.
El aliento fluyó de ella. Fue como soplar burbujas bajo el agua, exhalar una parte de sí misma y sentir que fluía hacia otra cosa.
Esa otra cosa se convirtió en parte de ella, un miembro incorpóreo que solo podía controlar levemente.
Era más bien una sensación de la cuerda que una capacidad de moverla.
Mientras el aliento la abandonaba, sintió que el mundo se embotaba, que los colores se atenuaban un poco, que el viento se hacía más difícil de oír, la vida de la ciudad un poco más lejana.
La cuerda alrededor de sus manos se sacudió, provocándole un dolor atroz en las muñecas.
Entonces la cuerda se desmadejó y cayó al suelo. Sus brazos quedaron libres y Vivenna se quedó allí sentada, mirándose las muñecas, sorprendida.
«Austre, Señor de los Colores, lo he logrado», pensó. No sabía si sentirse impresionada o avergonzada.
En todo caso, sabía que tenía que huir. Se desató los tobillos y luego se puso en pie con torpeza, advirtiendo que una sección de la puerta de madera había perdido completamente el color en una zona circular alrededor de sus manos.
Vaciló solo un instante y luego cogió la cuerda y corrió escalera abajo.
Abrió el cerrojo y se asomó a la calle. Estaba oscuro y pudo ver poco.
Respirando hondo, salió rauda a la noche.
Caminó sin rumbo durante un rato, intentando distanciarse del cubil de Vasher.
Sabía que debería buscar un sitio donde esconderse, pero tenía miedo.
Llamaba la atención con su hermoso vestido y quien la viese la recordaría.
Su única esperanza era salir de los suburbios y llegar a la ciudad propiamente dicha, donde podría encontrar el modo de reunirse con Denth y los demás.
Llevaba la cuerda guardada en la faltriquera del vestido, oculta detrás de un pliegue de tela en el costado.
Se había acostumbrado tanto a tener una cierta cantidad de aliento que perder una fracción, aunque fuera tan pequeña como la que contenía la cuerda, le daba la sensación de estar mal.
Los despertantes podían recuperar el aliento que Investían en los objetos, según le habían enseñado.
Pero Vivenna no conocía los Mandatos para hacerlo.
Así que se llevó la cuerda, esperando que Denth pudiera ayudarla a recobrar su aliento.
Mantuvo el paso vivo, la cabeza gacha, tratando de buscar una capa o un pedazo de tela abandonada en la que envolverse para ocultar el vestido.
Por fortuna, parecía que era tarde, incluso para la mayoría de los rufianes.
De vez en cuando veía figuras sombrías en las aceras, y le costaba mantener la calma mientras pasaba junto a ellas.
«¡Si al menos fuera de día!», pensó. Las primeras luces del alba ya asomaban, pero seguía lo bastante oscuro como para que Vivenna no supiera del todo en qué dirección iba.
Los suburbios eran tan retorcidos que le parecía caminar en círculos.
Los edificios se alzaban a su alrededor, bloqueando el cielo.
Esa zona había sido antaño mucho más rica, y las fachadas tenían grabados desgastados y colores deslucidos.
En una plaza había una vieja estatua ecuestre rota, quizá parte de una fuente o…
Vivenna se detuvo. Una estatua rota de un jinete. ¿De qué le sonaba?
«Las señas de Denth —recordó—. Cuando le explicó a Parlin cómo llegar al escondrijo desde el restaurante». Vivenna tenía muy borroso aquel día, de unas semanas antes, pero se acordaba de la conversación. Había temido que Parlin se perdiera.
Por primera vez en horas, experimentó una leve esperanza.
Las señas habían sido sencillas. ¿Podría recordarlas?
Se puso en marcha, caminando vacilante, en parte solo por instinto.
Después de solo unos minutos, se dio cuenta de que la oscura calle en la que estaba parecía familiar.
No había farolas en los suburbios, pero la luz previa al amanecer era suficiente.
Se dio la vuelta y, en efecto, vio frente a ella el escondrijo, entre dos edificios más grandes. «¡Bendito Austre!», pensó con alivio. Cruzó rápidamente la calle y entró en el edificio. La habitación principal estaba vacía. Corrió a abrir la puerta del sótano, buscando un sitio para esconderse.
Fue palpando con los dedos y encontró una lámpara con yesca y pedernal junto a la escalera. Cerró la puerta, que resultó más recia de lo que había pensado. Eso la tranquilizó, aunque no podía cerrarla con pestillo desde ese lado. Se agachó para encender la lámpara.
Varios peldaños gastados y rotos descendían al sótano.
Vaciló, recordando que Denth la había advertido sobre los escalones.
Los bajó con cuidado, sintiéndolos crujir bajo su peso, y vio por qué el mercenario desconfiaba de ellos.
Aun así, consiguió llegar hasta el final.
Una vez abajo, arrugó la nariz por el olor a moho.
Los cuerpos de varias pequeñas piezas de caza colgaban de la pared.
Alguien había estado allí hacía poco, lo cual era buena señal.
Rodeó la escalera. La estancia principal del sótano estaba bajo la sala de estar del piso de arriba. Vivenna descansaría allí unas horas y, si Denth no llegaba, se aventuraría a salir. Entonces…
Se detuvo de pronto y la lámpara osciló en su mano. Su inestable luz brilló sobre una figura sentada ante ella, con la cabeza gacha y la cara en sombras. Tenía los brazos atados a la espalda y los tobillos amarrados a las patas de la silla.
—¿Parlin? —dijo Vivenna conmocionada, y corrió a su lado. Dejó la linterna en el suelo y se quedó muy quieta. Había sangre en el suelo—. ¡Parlin! —gritó más alto, alzándole la cabeza.
Los ojos del muchacho miraban hacia arriba, sin ver, y tenía la cara arañada y ensangrentada. El sentido vital de Vivenna no podía captarlo. Esos ojos estaban muertos.
La mano de Vivenna empezó a temblar. Retrocedió a trompicones, horrorizada.
—Oh, Colores —murmuró—. Colores, Colores, Colores…
Una mano cayó sobre su hombro. Ella gritó y se dio la vuelta. Una figura corpulenta se alzaba en la oscuridad, medio oculta bajo la escalera.
—Hola, princesa —dijo Tonk Fah, y sonrió.
Vivenna trastabilló hacia atrás y estuvo a punto de chocar con el cadáver de Parlin. Empezó a jadear, con una mano en el pecho. Solo entonces advirtió los cadáveres en las paredes.
No eran piezas de caza. Lo que había confundido con un faisán a la tenue luz de su lámpara se reflejaba ahora en verde. Un loro muerto. A su lado colgaba un mono, con el cuerpo abierto en canal. El cadáver más reciente era el de un gran lagarto. Todos habían sufrido torturas.
—Oh, Austre —susurró.
Tonk Fah dio un paso adelante, intentando agarrarla, y Vivenna por fin salió de su estupor y reaccionó. Esquivó a un lado, escapando de su alcance. Rodeó al hombretón y corrió hacia la escalera. No llegó muy lejos, porque chocó contra el pecho de alguien.
Alzó la cabeza, parpadeando.
—¿Sabes qué es lo que más odio de ser un mercenario, princesa? —preguntó Denth en voz baja, agarrándola por el brazo—. Cumplir los estereotipos. Todo el mundo da por sentado que no puede fiarse de ti. Y resulta que es verdad que no pueden.
—Hacemos lo que nos pagan por hacer —añadió Tonk Fah, colocándose tras ella.
—No es exactamente el trabajo más deseable —dijo Denth, sujetándola con fuerza—. Pero se cobra bien. Esperaba que no tuviéramos que hacer esto. ¡Con lo bien que iba todo! ¿Por qué huiste? ¿Qué te hizo sospechar?