El aliento de los dioses Capítulo 35
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Capítulo 35

ivenna despertó dolorida, cansada y aterrorizada. Trató de revolverse, pero estaba atada de pies y manos. Solo consiguió rodar hasta una posición aún más incómoda.

Se hallaba en una habitación oscura, amordazada, con la cara contra un astillado suelo de madera. Todavía llevaba puesto el vestido, uno de esos caros de los que tanto se quejaba Denth. Tenía las manos atadas a la espalda.

Había alguien en la habitación. Alguien con mucho aliento. Podía sentirlo incluso sin pretenderlo. Se retorció hasta quedar de espaldas, en una postura incómoda. Atisbó una silueta recortada contra el cielo estrellado, de pie en un balcón a muy poca distancia.

Era él.

Se volvió hacia ella, su cara sombría en aquella oscura habitación, y Vivenna empezó a rebullirse de pánico. ¿Qué se proponía hacerle ese hombre? Le vino a la mente un puñado de posibilidades horribles.

El hombre caminó hacia ella, golpeando fuerte con los pies en el suelo, haciendo temblar la madera. Se arrodilló, la cogió del pelo y le hizo alzar la cabeza.

—Aún no he decidido si matarte o no, princesa —dijo—. Yo en tu lugar evitaría hacer nada más que me moleste.

Su voz era grave, rasposa y tenía un acento que Vivenna no pudo ubicar. Se quedó inmóvil, temblando, con el pelo blanqueado. El hombre parecía estar estudiándola, el fulgor de las estrellas reflejado en sus ojos. La dejó caer de nuevo al suelo de madera.

Ella gimió contra la mordaza mientras él encendía una lámpara y cerraba las puertas del balcón. Se llevó la mano al cinto y sacó un gran cuchillo de caza. Vivenna sintió una punzada de temor, pero él se acercó y le cortó las ataduras de las manos.

Luego tiró el cuchillo a un lado y el arma dio un golpe seco al clavarse en la madera de la pared del fondo. El hombre cogió algo de encima de la cama. Su gran espada de empuñadura negra con la vaina plateada.

Vivenna retrocedió por el suelo y se tiró de la mordaza con las manos libres, pretendiendo gritar. Él la apuntó con la espada envainada, deteniéndola.

—Guardarás silencio —ordenó bruscamente.

Ella se acurrucó en el rincón. «¿Cómo me está sucediendo esto?

», pensó. ¿Por qué no había huido de vuelta a Idris hacía mucho tiempo?

Se había sentido profundamente inquieta cuando Denth mató a los rufianes del restaurante.

Entonces ya sabía que estaba tratando con personas y situaciones verdaderamente peligrosas.

Había sido una necia arrogante al pensar que podría hacer algo en aquella ciudad. Aquella ciudad monstruosa, abrumadora, terrible. Vivenna no era nada. Apenas una campesina venida de muy lejos. ¿Por qué había decidido implicarse en la política y los planes de aquella gente?

El hombre, Vasher, dio un paso al frente. Soltó el cierre de aquella espada tan negra y Vivenna sintió que la inundaba una extraña náusea. Un fino hilillo de humo negro empezó a brotar de la hoja.

Vasher se acercó, recortado a la luz de la lámpara, arrastrando por el suelo la punta envainada de la espada. Entonces dejó caer el arma ante Vivenna.

—Cógela —dijo.

Ella alzó la cabeza, un poco menos tensa, pero todavía acurrucada en el rincón. Notó lágrimas en sus mejillas.

—Coge la espada, princesa.

Ella no tenía ninguna formación con las armas, pero tal vez… Echó mano a la espada, pero sintió que la náusea se volvía mucho más fuerte. Gimió, con la mano crispándose mientras se dirigía a la extraña hoja negra.

Se retiró.

—¡Cógela! —gritó Vasher.

Ella obedeció con un grito ahogado de desesperación. Agarró el arma y sintió un terrible malestar que le subió por el brazo y llegó a su estómago. Sin darse cuenta, empezó a arrancarse la mordaza con dedos desesperados.

Hola , dijo una voz en su cabeza. ¿Te gustaría destruir algún mal hoy?

Vivenna soltó la horrible espada y cayó de rodillas para vomitar en el suelo.

No había mucho en su estómago, pero no pudo contenerlo.

Cuando terminó, se apartó a gatas y se acurrucó de nuevo contra la pared, con la boca goteando bilis, demasiado mareada para gritar pidiendo ayuda o incluso limpiarse la cara.

Lloraba de nuevo. Esa parecía la menor de sus humillaciones. Con ojos lacrimosos, vio que Vasher permanecía de pie callado. Entonces el hombre gruñó, quizá sorprendido, y recogió la espada. Echó el cierre de la vaina, enfundando el arma de nuevo, y luego arrojó una toalla sobre el vómito.

—Estamos en uno de los suburbios —dijo—. Puedes chillar si quieres, pero nadie le dará ninguna importancia. Excepto yo. Yo me enfadaré. —La miró—. Te lo advierto. No soy conocido por mi capacidad de controlar mi temperamento.

Vivenna se estremeció, todavía sintiendo leves retortijones de náusea. Aquel hombre tenía aún más aliento que ella. Sin embargo, cuando la secuestró, ella no había percibido a nadie en la habitación. ¿Cómo lo había escondido?

¿Y qué era aquella voz?

Parecían tonterías para distraerse, considerando su situación actual. Pero Vivenna se valió de ellas para evitar pensar en lo que podría hacerle aquel hombre. En lo que…

Él se acercó de nuevo y le quitó la mordaza con expresión sombría.

Ella chilló por fin, tratando de alejarse, y él maldijo, le puso un pie en la espalda y la apretujó contra el suelo.

Le ató de nuevo las manos antes de colocarle la mordaza.

Ella gritó con voz amortiguada mientras Vasher tiraba de ella hacia arriba.

El hombre se irguió, la cargó sobre su hombro y la sacó de la habitación.

—Condenados suburbios —murmuró—. Por los Colores, aquí todo el mundo es demasiado pobre para permitirse sótanos.

La sentó contra la puerta de una segunda habitación mucho más pequeña y le ató las manos al pomo. Se apartó y la miró de arriba abajo, claramente insatisfecho. Entonces se arrodilló a su lado, acercándole a Vivenna el rostro sin afeitar y un aliento apestoso.

—Tengo trabajo que hacer —dijo—. Trabajo que tú me has obligado a hacer. No escaparás. Si lo haces, te encontraré y te mataré. ¿Entendido?

Ella asintió débilmente.

Entrevió cómo el hombre recogía su espada de la otra habitación y luego bajaba rápidamente la escalera. Cerró de golpe la puerta de abajo y echó la llave, dejándola sola e indefensa.

Una hora más tarde, Vivenna ya no tenía fuerzas para llorar más. Estaba sentada, con las manos atadas por encima de la cabeza en posición incómoda. Una parte de ella aún conservaba la esperanza de que los demás la encontraran. Denth, Tonk Fah, Joyas. Eran expertos. Podrían salvarla.

No acudió ningún rescate. Adormilada, mareada y enferma como se sentía, comprendió una cosa. Aquel hombre, Vasher, era alguien a quien incluso Denth temía. Vasher había matado a uno de sus amigos unos meses antes. Era al menos tan hábil como ellos.

«¿Cómo han acabado todos aquí? —pensó, notando las muñecas despellejadas por el roce—. Parece una coincidencia muy improbable». Tal vez Vasher había seguido a Denth a la ciudad y actuaba por alguna especie de retorcida rivalidad maquinando contra ellos.

«Me encontrarán y me salvarán».

Pero sabía que no lo harían, no si Vasher era tan peligroso como decían. Ese hombre sabría cómo ocultarse de Denth. Si Vivenna iba a escapar, tendría que hacerlo por sí misma. La idea la aterrorizaba. Para su sorpresa, sin embargo, los recuerdos de sus enseñanzas regresaron a su mente.

«En caso de que te secuestren, no todo está perdido —la había instruido uno de sus tutores—.

Hay cosas que toda princesa debería saber».

Desde su llegara a T’Telir, Vivenna había empezado a pensar que aquellas lecciones eran inútiles.

Se sorprendió al estar recordando sesiones que se relacionaban directamente con su situación.

«Si una persona te secuestra —le habían enseñado—, el mejor momento para escapar será casi al principio, cuando todavía seas fuerte.

Te dejarán sin comer y te darán palizas, así que tardarás poco en estar demasiado débil para huir.

No esperes que te rescaten, aunque tus amigos, sin duda, intentarán ayudarte.

Nunca esperes que paguen un rescate por ti.

La mayoría de los secuestros terminan en muerte.

»Lo mejor que puedes hacer por tu país es tratar de escapar. Si no tienes éxito, entonces tal vez tu captor te mate. Eso es preferible a lo que quizá tengas que soportar como cautiva. Además, si mueres, los secuestradores ya no tendrán un rehén».

Era una lección dura y sin paños calientes, pero muchas de sus lecciones habían sido así.

Era mejor morir que dejarse mantener cautiva y utilizada contra Idris.

Fue durante esa misma sesión cuando le advirtieron que los hallandrenses podrían intentar utilizarla contra su país una vez estuviera allí como reina.

En ese caso, le habían dicho que su padre podría verse obligado a ordenar su asesinato.

Era un problema del que ya no tenía que preocuparse.

Sin embargo, el consejo referido al secuestro parecía útil.

La asustaba, la hacía querer esconderse en un rincón y limitarse a esperar, confiando en que Vasher encontrara un motivo para dejarla marchar.

Pero cuanto más lo pensaba, más sabía que tenía que ser fuerte.

Vasher había sido extremadamente duro con ella, exagerando incluso.

Quería asustarla para que no intentara escapar.

Había lamentado no tener un sótano, pues habría sido un buen lugar donde ocultarla.

Cuando regresara, probablemente la trasladaría a un lugar más seguro.

Sus tutores tenían razón. La única posibilidad que tendría de escapar era justo en esos momentos.

Tenía las manos bien atadas. Había intentado liberarlas varias veces ya.

Vasher sabía hacer nudos. Vivenna se revolvió, desgarrando aún más piel, y gimió de dolor.

La sangre empezó a correrle por las muñecas, pero ni siquiera esa lubricación bastó para liberarle las manos.

Empezó a llorar de nuevo, no de temor, sino de dolor y frustración.

No podía zafarse. Pero… ¿quizá podría hacer que la cuerda se desatara sola?