Capítulo 34 #2
Siri observó el debate durante largo rato. Se sentía un poco como había dicho Sondeluz. Al no tener voz en los asuntos de la corte, era frustrante prestar atención. Sin embargo, quería saber. Los argumentos de los sacerdotes eran, en cierto modo, su única conexión con el mundo exterior.
Lo que oía no la animaba. A medida que pasaba el tiempo, que el sol caía hacia el horizonte y que los criados encendían enormes antorchas por el pasillo, Siri se sentía cada vez más intimidada.
A su marido probablemente iban a asesinarlo o a convencerlo para que se suicidara el próximo año.
Su patria, a su vez, estaba a punto de ser invadida por el mismo reino que su marido gobernaba…
pero él no podía hacer nada para impedirlo porque no tenía modo de comunicarse.
Luego estaba el remordimiento que Siri sentía por estar disfrutando, nada menos, de todos los desafíos y problemas.
Allá en casa, había tenido que llevar la contraria y ser desobediente para encontrar algún tipo de emoción.
En Hallandren solo tenía que pararse a observar y las cosas empezaban a desplomarse unas contra otras y causar un gran alboroto.
Había demasiado alboroto en ese momento, pero eso no le impedía a Siri emocionarse por su papel en ello.
«Serás boba —se dijo—. ¿Todo lo que amas corre peligro y tú estás pensando en lo emocionante que es?».
Tenía que encontrar un modo de ayudar a Susebron.
Y con ello, tal vez pudiera librarlo del opresivo control de los sacerdotes.
Entonces él quizá podría hacer algo para ayudar a la patria de Siri.
Mientras seguía esa línea de razonamiento, casi pasó por alto un comentario que llegaba de abajo.
Lo hizo uno de los sacerdotes que más a favor de atacar se mostraba.
—¿No os habéis enterado de la agente idriana que está desatando el caos en la ciudad? —preguntó el sacerdote—. ¡Los idrianos se preparan para la guerra! ¡Saben que un conflicto es inevitable, y por eso han empezado a actuar contra nosotros!
Siri se animó. «¿Agentes idrianos en la ciudad?».
—Bah —replicó otro sacerdote—. Se dice que esa agente a la que te refieres es una princesa de la familia real. Está claro que es un cuento para la plebe. ¿Por qué iba a venir una princesa en secreto a T’Telir? Esos rumores son ridículos e infundados.
Siri hizo una mueca. Eso, al menos, era obviamente cierto.
Sus hermanas no eran de las que irían hasta allí a trabajar como «agentes idrianas».
Sonrió, imaginando a su tímida hermana monja, o incluso a Vivenna con sus vestidos remilgados y su pétrea actitud, viniendo a T’Telir en secreto.
A una parte de ella le costaba un poco creer que Vivenna de veras fuese a quien habían pretendido hacer esposa de Susebron.
¿La almidonada Vivenna? ¿Tener que tratar con aquella exótica corte y aquellos osados vestidos?
La estoica frialdad de Vivenna nunca habría conseguido sacar a Susebron de su máscara imperial.
Su obvio rechazo la habría apartado de dioses como Sondeluz.
Vivenna habría odiado llevar aquellos hermosos vestidos y nunca habría apreciado los colores y la diversidad de la ciudad.
Siri tal vez no fuera ideal para el puesto, pero estaba comprendiendo muy poco a poco que su hermana tampoco había sido una buena elección.
Un grupo de personas se acercaba por el pasillo. Siri permaneció donde estaba, demasiado absorta en sus pensamientos para prestar mucha atención.
—¿Están hablando de una pariente tuya? —preguntó una voz.
Siri se sobresaltó y dio media vuelta. Ante ella había una diosa de pelo oscuro que llevaba un suntuoso y revelador vestido en verde y plata. Como la mayoría de los dioses, les sacaba más de una cabeza a los meros mortales, y estaba mirando a Siri desde arriba con una ceja enarcada.
—¿Divina… gracia? —respondió Siri, confusa.
—Están hablando de la famosa princesa oculta —dijo la diosa, agitando una mano—. Si tiene de verdad los Mechones Reales, debe de ser pariente tuya.
Siri se volvió a mirar a los sacerdotes.
—Seguro que se equivocan. Yo soy la única princesa que hay aquí.
—Las historias sobre ella son bastante ubicuas.
Siri no dijo nada.
—Mi Sondeluz te ha tomado aprecio, princesa —añadió la diosa, cruzándose de brazos.
—Ha sido muy amable conmigo —contestó Siri con cuidado, tratando de presentar la imagen adecuada: la propia, pero menos amenazante, un poco más confusa—. ¿Puedo preguntaros qué diosa sois, divina gracia?
—Soy Tejesonrojos.
—Encantada de conoceros.
—No, no lo estás. —La diosa se inclinó hacia delante, entornando los ojos—. No me gusta nada lo que estás haciendo.
—¿Perdón?
Tejesonrojos alzó un dedo.
—Es mejor hombre que ninguno de nosotros, princesa . No vayas a estropearlo y meterlo en tus maquinaciones.
—No sé a qué os referís.
—No me engañas con tu falsa ingenuidad —dijo Tejesonrojos—. Sondeluz es buena persona, de las últimas que quedan en esta corte. Si lo estropeas, te destruiré. ¿Entendido?
La reina asintió, desconcertada. Entonces Tejesonrojos giró sobre sus talones y se marchó, murmurando:
—Busca la cama de otro para meterte en ella, pequeña zorra.
Siri la vio marchar, aturdida. Cuando por fin recuperó la compostura, se ruborizó sin medida y huyó de allí.
Para cuando llegó de vuelta al palacio, Siri estaba más que dispuesta a tomar el baño.
Entró en la cámara y dejó que sus criadas la desnudaran.
Se retiraron con la ropa y salieron a preparar el vestido de esa noche.
Eso dejó a Siri en manos de un grupo de categoría inferior, cuyo trabajo era seguirla a la enorme bañera y lavarla.
Siri se relajó y se echó hacia atrás, dejando escapar un suspiro mientras las mujeres ponían manos a la obra. Algunas, de pie y vestidas en la profunda agua, le alisaron el pelo y luego cortaron la mayoría, cosa que Siri les había ordenado que hicieran todas las noches.
Durante unos momentos, Siri flotó y se permitió olvidar las amenazas a su pueblo y a su esposo. Incluso se permitió olvidar a Tejesonrojos y su brusco malentendido. Tan solo disfrutó del calor y los aromas del agua perfumada.
—¿Queríais hablar conmigo, mi reina? —preguntó una voz.
Siri se sobresaltó y salpicó al hundir el cuerpo bajo el agua.
—¡Dedosazules! —exclamó—. ¡Creía que habíamos dejado esto claro el primer día!
Él estaba de pie al borde de la bañera, con sus dedos azules, ansioso como siempre, y empezó a pasearse de un lado a otro.
—Va, por favor —dijo—. Tengo hijas que os duplican la edad. Me habéis hecho saber que queríais hablar conmigo. Pues aquí es donde estoy dispuesto a hablar. Lejos de oídos indiscretos.
Hizo una seña a varias sirvientes, que empezaron a chapotear un poco más y hablar en voz baja, creando así un leve ruido. Siri se ruborizó, con el pelo corto de un rojo intenso, aunque unos rizos cortados que flotaban en el agua continuaron siendo rubios.
—¿No habéis superado vuestra timidez todavía? —preguntó Dedosazules—. Lleváis meses en Hallandren.
Siri lo miró, pero no relajó su negativa a dejarse ver, aunque sí permitió que las criadas continuaran trabajando en su pelo y frotándole la espalda.
—¿No parecerá sospechoso que estas mujeres hagan tanto ruido? —preguntó.
Dedosazules agitó una mano.
—Ya están consideradas como sirvientes de segunda categoría por casi todos en palacio.
Ella comprendió lo que quería decir. Esas mujeres, al contrario de sus criadas habituales, vestían el marrón de Pahn Kahl.
—Me enviasteis un mensaje —dijo Dedosazules—. ¿A qué os referíais al afirmar que tenéis información relacionada con mis planes?
Siri se mordió el labio, revisando las docenas de ideas que había considerado, descartándolas todas. ¿Qué sabía? ¿Cómo podía hacer que Dedosazules estuviera dispuesto a negociar?
«Me dio pistas —pensó—. Intentó asustarme para que no me acostara con el rey. Pero no tenía ningún motivo para ayudarme. Apenas me conocía. Debe de tener otros motivos para no querer que nazca un heredero».
—¿Qué ocurre cuando un nuevo rey-dios ocupa el trono? —preguntó con cautela.
Él la miró.
—Conque lo habéis deducido, ¿eh?
«¿Deducir qué?».
—Por supuesto que sí —dijo Siri en voz alta.
Dedosazules retorció las manos, nervioso.
—Claro, claro. ¿Comprendéis entonces por qué estoy tan nervioso?
Nos costó mucho situarme donde estoy. No es nada fácil que un hombre de Pahn Kahl ascienda en la teocracia de Hallandren.
Cuando llegué al palacio, me deslomé para proporcionar trabajo a mi gente.
Las criadas que os lavan viven mucho mejor que la gente de Pahn Kahl que trabaja en los campos de tintes.
Todo eso se perderá. No creemos en sus dioses.
¿Por qué iban a tratarnos igual que a la gente de su propia fe?
—Sigo sin comprender por qué tiene que ser así —dijo Siri, cuidadosa.
Él agitó una mano con nerviosismo.
—Claro que no tiene que ser así, pero la tradición es la tradición.
Los hallandrenses son muy laxos en todo menos en la religión.
Cuando se elige un nuevo rey-dios, sus sirvientes se reemplazan.
No nos matarán para enviarnos a la otra vida con nuestro señor; esa horrible costumbre está en desuso desde los días anteriores a la Multiguerra.
Pero sí que nos despedirán. Un nuevo rey-dios representa un nuevo comienzo.
Dejó de caminar y la miró. Ella estaba todavía en el agua, tapándose torpemente lo mejor que podía.
—Pero supongo —añadió Dedosazules— que la seguridad de mi trabajo es el menor de vuestros problemas.
Siri bufó.
—No me digas que te preocupa mi seguridad más que tu propio puesto en palacio.
—Claro que no —respondió él, arrodillándose junto a la bañera y hablando en voz baja—. Pero la vida del rey-dios… bueno, eso me inquieta.
—Veamos —dijo Siri—. No he podido decidirme todavía. ¿Renuncian los reyes-dioses a sus vidas voluntariamente cuando tienen un heredero o los obligan a hacerlo?
—No estoy seguro —admitió Dedosazules—. Mi gente cuenta historias sobre la muerte del último rey-dios.
Dicen que la plaga que curó… bueno, que ni siquiera estaba en la ciudad cuando tuvo lugar la sanación.
Mi sospecha es que de algún modo lo coaccionaron para que le entregara sus alientos a su hijo y eso lo mató.
«No lo sabe —pensó Siri—. No es consciente de que Susebron es mudo».
—¿Con qué intimidad has servido al rey-dios?
Él se encogió de hombros.
—Con la propia de cualquier sirviente considerado impío.
No se me permite tocarlo ni hablarle. Pero, princesa, le he servido durante toda la vida.
No es mi dios, pero es algo mucho mejor.
Creo que esos sacerdotes consideran a sus dioses como símbolos que ocupan un lugar.
No les importa quién ocupe el puesto. Yo he servido a su majestad toda la vida.
Me contrataron en palacio cuando era un muchacho y recuerdo la infancia de Susebron.
Limpiaba sus aposentos. No es mi dios, pero sí mi señor.
Y ahora esos sacerdotes planean matarlo.
—Volvió a pasearse, retorciendo las manos—. Pero no se puede hacer nada.
—Sí se puede —dijo ella.
Él meneó una mano.
—Os hice una advertencia y la ignorasteis. Sé que habéis estado cumpliendo con vuestros deberes de esposa. Tal vez podamos encontrar algún modo de asegurarnos de que ningún embarazo llegue a término.
Ella se ruborizó.
—¡Yo nunca haría una cosa así! Austre lo prohíbe.
—¿Incluso para salvar la vida del rey-dios? Pero… lo entiendo. ¿Qué es él para vos? Vuestro captor y carcelero. Sí, tal vez mis advertencias fueron inútiles.
—Sí me importa, Dedosazules. Y creo que podemos detener esto antes de que llegue al punto de preocuparnos por un heredero. He estado hablando con el rey-dios.
Dedosazules se detuvo y la miró a los ojos.
—¿Qué?
—He estado hablando con él —admitió Siri—. No es tan despiadado como cabría pensar. No creo que esto tenga que terminar con su muerte o con tu pueblo perdiendo su sitio en palacio.
Dedosazules la estudió, fijando la mirada en ella hasta que Siri volvió a ruborizarse y se sumergió más en el agua.
—Veo que habéis encontrado una posición de poder —dijo él.
«Al menos, una posición que lo parece», pensó ella con tristeza.
—Si las cosas salen como quiero —dijo—, me aseguraré del bienestar de tu pueblo.
—¿Y mi parte del trato? —preguntó Dedosazules.
—Si las cosas no salen como quiero —dijo ella, y respiró hondo, nerviosa—, quiero que nos saques a Susebron y a mí del palacio.
Silencio.
—Trato hecho —dijo él—. Pero asegurémonos de no llegar a eso. ¿Es consciente el rey-dios del peligro que suponen sus propios sacerdotes?
—Lo es —mintió Siri—. De hecho, lo sabía antes que yo. Es quien me dijo que tenía que contactar contigo.
—¿Ah, sí? —preguntó Dedosazules, frunciendo ligeramente el ceño.
—Sí —dijo Siri—. Mantendremos el contacto en lo referente a que esto salga bien para todos. Y, hasta entonces, agradecería que me dejaras continuar con mi baño.
Él asintió lentamente y se retiró de la cámara. A Siri, sin embargo, le costó mucho calmar los nervios. No estaba segura de haber manejado bien la situación. Pero sí que parecía haber obtenido algo. Solo le quedaba descubrir cómo utilizarlo.