Capítulo 34
a joven reina se marchó a toda prisa del pabellón y Sondeluz, viéndola, sintió una extraña sensación de culpa. «Qué impropio de mí», pensó, tomando un sorbo de vino. Después de las uvas, le supo un poco amargo.
Tal vez la amargura se debía a otra cosa. Le había hablado a Siri de la muerte del rey-dios con su habitual tono frívolo. En su opinión, a menudo era mejor que la gente oyera la verdad sin rodeos y, a ser posible, de forma divertida.
No esperaba esa reacción por parte de la reina. ¿Qué era el rey-dios para ella? La habían enviado a la ciudad para ser su esposa, probablemente en contra de su voluntad. Sin embargo, parecía apenada por la perspectiva de la muerte del soberano. La observó mientras huía, evaluándola.
Qué menuda y qué joven, toda vestida de dorado y azul. «¿Joven? —pensó Sondeluz—. Pero si lleva viva más tiempo que yo».
Él conservaba algunas cosas de su antigua vida, como su percepción de su propia edad.
No sentía que tuviera cinco años, sino que era mucho mayor.
Esa edad debería haberle enseñado a morderse la lengua cuando hablaba de convertir a mujeres jóvenes en viudas.
¿Era posible que la muchacha albergara sentimientos hacia el rey-dios?
Llevaba en la ciudad solo un par de meses y él sabía, por los rumores, cómo debía de ser su vida.
Obligada a cumplir sus deberes de esposa para un hombre con quien no podía hablar y a quien no podía conocer.
Un hombre que representaba todas las cosas que su cultura identificaba como profanas.
Lo único que Sondeluz podía suponer, por tanto, era que la reina estaba preocupada por lo que podría sucederle a ella si su marido se suicidaba.
Una preocupación legítima. La reina perdería la mayor parte de su estatus si perdía a su marido.
Sondeluz asintió para sí mismo y se volvió hacia los sacerdotes, que seguían discutiendo abajo. Habían acabado con el asunto de los residuos y el de las patrullas de guardia y pasado a otros temas.
—Debemos prepararnos para la guerra —decía uno de ellos—. Los acontecimientos recientes dejan claro que no podemos coexistir con los idrianos en la menor certeza de paz o seguridad. El conflicto se producirá, lo deseemos o no.
Sondeluz se quedó escuchando, tamborileando con un dedo el reposabrazos de su sillón.
«Durante cinco años he sido irrelevante —se dijo—. No tenía voto en ninguno de los consejos importantes de la corte, sino que me limitaba a conocer los códigos de una división de sinvidas. Me he labrado una reputación divina de ser inútil».
Abajo, el tono era aún más hostil que en las reuniones anteriores.
Eso no era lo que le preocupaba. El problema era el sacerdote que lideraba el movimiento a favor de la guerra.
Nanrovah, sumo sacerdote de Marcaquieta el Noble.
Normalmente, Sondeluz no se habría molestado en prestar atención.
Pero Nanrovah siempre había sido el más destacado en su oposición a la guerra.
¿Qué le había hecho cambiar de opinión?
Poco después, Tejesonrojos llegó al palco. A esas alturas Sondeluz ya había recuperado el gusto por el vino, y lo bebía pensativo. Abajo, las voces contra la guerra eran tímidas y esporádicas.
Tejesonrojos se sentó a su lado, con un susurro de ropa y una vaharada de perfume. Sondeluz no se volvió a mirarla.
—¿Cómo conseguiste a Nanrovah? —preguntó por fin.
—No fui yo —contestó Tejesonrojos—. No sé por qué ha cambiado de opinión. Ojalá no lo hubiera hecho tan rápido. Parece sospechoso y hace pensar a la gente que lo he manipulado yo. Pero, sea como sea, aceptaré el apoyo.
—¿Tanto deseas la guerra?
—Deseo que nuestro pueblo sea consciente de la amenaza —dijo Tejesonrojos—. ¿Crees que quiero que esto pase? ¿Que quiero enviar a nuestra gente a morir y matar?
Sondeluz la miró, evaluando su sinceridad. Tenía unos ojos hermosos. La gente rara vez se fijaba en eso, considerando el descaro con que mostraba el resto de sus atributos.
—No —respondió—. No creo que quieras una guerra.
Ella asintió bruscamente. Llevaba un vestido estilizado y corto, como siempre, pero particularmente revelador en un escote que apenas contenía sus comprimidos pechos, exigiendo atención. Sondeluz apartó la mirada.
—Hoy eres aburrido —dijo Tejesonrojos.
—Estoy distraído.
—Deberíamos estar contentos. Casi todos los sacerdotes han entrado en razón. Pronto habrá una llamada a las armas ante la Asamblea de los Dioses.
Sondeluz asintió. Esa asamblea, la principal de los dioses, se convocaba para deliberar solo en las situaciones más importantes.
En ese caso, todos tenían voto. Si se votaba a favor de la guerra, los dioses que detentaban Mandatos sinvida, dioses como Sondeluz, serían convocados para administrar y dirigir la batalla.
—¿Has cambiado los Mandatos de los diez mil de Hallaesperanzas? —preguntó Sondeluz.
Ella asintió.
—Ahora son míos, igual que los de Mercestrella.
«Colores —pensó él—. Entre nosotros dos, ahora mismo tenemos el control de tres cuartas partes de los ejércitos del reino. En nombre de los Tonos Iridiscentes, ¿dónde me estoy metiendo?».
Tejesonrojos se acomodó en su sillón, mirando el asiento más pequeño que Siri había dejado vacante.
—No obstante, estoy molesta con Madretodos.
—¿Porque es más bonita que tú o porque es más lista?
Tejesonrojos no se dignó a dar una respuesta verbal, sino que solo le lanzó una mirada molesta.
—Solo intento ser menos aburrido, querida —dijo él.
—Madretodos controla al último grupo de sinvidas —señaló Tejesonrojos.
—Una elección extraña, ¿no te parece? Quiero decir, yo soy una elección lógica, suponiendo que no me conozcas, claro, pues supuestamente soy audaz.
Hallaesperanzas representa a la justicia, que combina bien con los soldados.
Incluso Mercestrella, que representa la benevolencia, tiene cierto sentido.
Pero ¿Madretodos? ¿Diosa de las matronas y las familias?
Darle diez mil sinvidas es suficiente para que incluso yo le dé credibilidad a mi teoría del mono borracho.
—¿El que decide los nombres y títulos de los retornados?
—Exacto —dijo Sondeluz—. He estado pensando en ampliar la teoría. Ahora propongo creer que Dios, o el universo, o el tiempo, o lo que quieras creer que controla todo esto, es en realidad solo un mono borracho.
Ella se inclinó hacia delante, apretando los brazos y amenazando seriamente con desbordar sus pechos por encima del escote.
—¿Y crees que mi título se eligió por casualidad? Diosa de la sinceridad y las relaciones personales. Parece encajar, ¿no crees?
Él vaciló. Luego sonrió.
—Querida mía, ¿acabas de intentar demostrar la existencia de Dios con tu escote?
Ella sonrió también.
—Te sorprendería lo que se puede conseguir con un buen vaivén del pecho.
—Hum. Nunca había pensado en el poder teológico de tus senos, querida. Si hubiera una iglesia devota a ellos, tal vez al final sí que me convertirías en creyente. De todas formas, ¿vas a decirme qué ha hecho concretamente Madretodos para molestarte?
—No quiere darme sus Mandatos sinvida.
—No me sorprende —respondió él—. Yo apenas confío en ti, y soy tu amigo.
—Necesitamos esas frases de seguridad, Sondeluz.
—¿Por qué? Tenemos tres de las cuatro. Ya dominamos los ejércitos.
—No podemos permitirnos luchas internas ni divisiones —repuso Tejesonrojos—. Si sus diez mil se volvieran contra nuestros treinta mil, ganaríamos, pero quedaríamos muy debilitados.
Él frunció el ceño.
—Creo que jamás lo haría.
—Yo creo que mejor asegurarnos.
Sondeluz suspiró.
—Muy bien, pues. Hablaré con ella.
—Puede que no sea buena idea.
Él alzó una ceja.
—No le caes muy bien.
—Sí, lo sé —dijo Sondeluz—. Tiene muy buen gusto. No como otra gente que conozco.
Ella lo miró.
—¿Tengo que volver a hacerte el vaivén de pecho?
—No, por favor. No sé si podría soportar el subsiguiente debate teológico.
—Muy bien, pues —dijo ella, sentándose de nuevo para observar a los sacerdotes, que seguían discutiendo.
«Sí que tardan en este debate», pensó él. Miró hacia el otro lado, donde Siri se había detenido a contemplar el anfiteatro con los brazos apoyados en el murete de piedra, demasiado alto para que lo hiciera de manera cómoda.
«Tal vez lo que la ha alterado no es pensar en la muerte de su marido —se dijo Sondeluz—. Tal vez es que la discusión ha derivado hacia la guerra».
Una guerra que el pueblo de la reina no podía ganar.
Ese era otro buen motivo por el que el conflicto se hacía inevitable.
Como había dado a entender Hoid, cuando un bando tenía una ventaja imbatible, el resultado era la guerra.
Hallandren llevaba siglos acumulando su ejército de sinvidas, y su tamaño estaba volviéndose sobrecogedor.
Cada vez tenía menos que perder con un ataque.
Sondeluz debería haberse dado cuenta antes, en vez de asumir que todo aquello se desintegraría con la llegada de la nueva reina.
Tejesonrojos dio un bufido a su lado, y Sondeluz se dio cuenta de que ella se había dado cuenta de cómo estudiaba a Siri. Miraba a la reina con claro desdén.
Sondeluz sacó un tema nuevo de inmediato.
—¿Sabes algo de un complejo de túneles bajo la Corte de los Dioses?
Tejesonrojos se volvió hacia él, encogiéndose de hombros.
—Claro. Algunos palacios tienen túneles debajo, sitios para almacenamiento y similares.
—¿Has estado en alguno de ellos?
—Venga, por favor. ¿Para qué iba a arrastrarme yo por un almacén subterráneo? Solo sé de ellos por mi suma sacerdotisa. Cuando se unió a mi servicio, me preguntó si quería que el mío conectara con el complejo principal de túneles. Le dije que no.
—¿Porque no quieres que nadie tenga acceso a tu palacio?
—No —respondió ella, volviéndose de nuevo hacia los sacerdotes de abajo—. Porque no quería soportar el barullo de tanto excavar. ¿Un poco más de vino, por favor?