Capítulo 33 #2
Ella sintió un escalofrío al recordar aquel momento de humanidad que había visto en la cara de Tarugo mientras la defendía. Si una monstruosidad de ultratumba podía ser un héroe, entonces una princesa devota podía blasfemar. ¿O era solo que seguía intentando justificar sus acciones?
—Habilidad —susurró—. ¿La conservan?
Denth asintió.
—Cierta semblanza, al menos. Teniendo en cuenta lo que pagamos por este de aquí, debió de ser un buen soldado. Y por eso vale el dinero, el tiempo y las molestias de repararlo, en vez de comprar un sinvida nuevo.
«Lo tratan como a un objeto», pensó Vivenna. Igual que debería hacer ella. Sin embargo, cada vez más, consideraba a Tarugo una persona. Le había salvado la vida. No Denth, ni Tonk Fah. Tarugo. Le parecía que deberían mostrar más respeto hacia él.
Joyas terminó con los músculos y cerró la piel cosiéndola con hilo grueso.
—Aunque más o menos sanará —dijo Denth—, es mejor usar algo fuerte en la reparación, para que la herida no vuelva a abrirse.
Vivenna asintió.
—Y el… jugo.
—Icoralcohol. Descubierto por los Cinco Sabios. Un material maravilloso. Mantiene muy bien a los sinvidas.
—¿Eso es lo que permitió que se desatara la Multiguerra? —susurró ella—. ¿Acertar con esa mezcla?
—En parte. Eso y el descubrimiento, de nuevo por uno de los Cinco Sabios, siempre se me olvida cuál, de algunos Mandatos nuevos. Si de verdad quieres ser despertante, princesa, eso es lo que tienes que aprender. Los Mandatos.
Ella asintió.
—Enséñame.
Cerca de ellos, Joyas sacó una bomba y conectó un tubito a una pequeña válvula que había en la base del cuello de Tarugo. Empezó a bombear icoralcohol, accionando el mecanismo muy despacio, probablemente para no reventar los vasos sanguíneos.
—Bueno, hay muchas clases de Mandatos —dijo Denth—.
Si quieres dar vida a una cuerda, como la que has intentado usar en el callejón, un buen Mandato es «sujeta cosas».
Dilo con voz clara, impulsando a tu aliento a actuar.
Si lo haces bien, la cuerda agarrará lo que tenga más cerca.
«Protégeme» es otro bueno, aunque puede interpretarse de formas bastante extrañas si no imaginas exactamente lo que quieres.
—¿Imaginar? —preguntó Vivenna.
—Sí. Tienes que formar el Mandato en tu cabeza, no solo pronunciarlo.
El aliento que das es parte de tu vida. Tu alma, diríais los idrianos.
Cuando despiertas algo, se convierte en parte de ti.
Si se te da bien y tienes práctica, las cosas que despiertas harán lo que esperas de ellas.
Forman parte de ti. Comprenden, igual que tus manos comprenden lo que quieres que hagan.
—Empezaré a practicar, entonces.
—Seguro que lo captas rápido —asintió él—. Eres una mujer lista, y tienes un montón de alientos.
—¿Eso influye en algo?
Denth asintió, con la expresión un poco distante, como distraído por sus propios pensamientos.
—Cuantos más alientos tengas al empezar, más fácil es aprender a despertar. Es como… no sé, como si el aliento fuera más parte de ti. O tú más parte de él.
Ella se reclinó, reflexionando sobre aquello.
—Gracias —dijo al cabo de un rato.
—¿Por qué? ¿Por explicarte el despertar? La mitad de los niños de la calle podrían haberte dicho estas cosas.
—No —respondió ella—. Aunque aprecio la instrucción, el agradecimiento es por otras cosas. Por no condenarme como hipócrita. Por estar dispuesto a cambiar de planes y correr riesgos. Por protegerme hoy.
—Que yo sepa, son todo cosas que un buen empleado debe hacer. Al menos si ese empleado es un mercenario.
Ella negó con la cabeza.
—Es más que eso. Eres un buen hombre, Denth.
Él la miró a los ojos y Vivenna distinguió algo en ellos. Una emoción que no supo describir. Una vez más, pensó en la máscara que llevaba Denth, en la personalidad del mercenario risueño y jovial. Esa personalidad parecía una mera fachada, al mirarlo a los ojos y ver muchísimo más.
—Un buen hombre —dijo Denth, volviéndose—. A veces desearía que eso aún fuera cierto, princesa. Hace muchos años que no soy un buen hombre.
Vivenna abrió la boca para responder, pero algo la hizo vacilar. Fuera, una sombra pasó ante la ventana. Tonk Fah entró un momento después. Denth se levantó sin mirarla.
—¿Y bien? —le preguntó a su compañero.
—Parece segura —respondió Tonk Fah, y miró a Tarugo—. ¿Cómo está el fiambre?
—Acabo de terminar —dijo Joyas.
Se agachó y le dijo algo al sinvida en voz muy baja. Tarugo empezó a moverse de nuevo, se incorporó y miró alrededor. Vivenna esperó mientras aquellos ojos pasaban por ella, pero no parecía haber ningún reconocimiento. Tarugo mostraba la misma expresión embotada.
«Claro —pensó Vivenna, poniéndose en pie—. Al fin y al cabo, es un sinvida». Joyas había dicho algo para hacer que empezara a funcionar de nuevo. Probablemente era lo mismo que lo había detenido antes. Aquella extraña frase…
«Aullido del sol». Vivenna tomó nota y luego siguió a los demás hacia fuera del edificio.
Poco después llegaron a casa. Parlin salió enseguida, casi gritándoles lo mucho que había temido por el bienestar de todos. Se acercó primero a Joyas, aunque esta no le hizo caso. Cuando Vivenna entró en el edificio, se dirigió a ella.
—Vivenna, ¿qué ha pasado?
Ella solo negó con la cabeza.
—Ha habido pelea —dijo él, siguiéndola escalera arriba—. Me he enterado.
—Han atacado el suburbio que visitábamos —respondió ella, cansada, mientras llegaba a lo alto de la escalera—. Un escuadrón de sinvidas. Se han puesto a matar gente.
—¡Señor de los Colores! —exclamó Parlin—. ¿Joyas está bien?
Vivenna se ruborizó, se volvió en el rellano y miró escalera abajo hacia él.
—¿Por qué preguntas por ella?
Parlin se encogió de hombros.
—Creo que es maja.
—¿Deberías estar diciendo cosas como esa? —replicó Vivenna, advirtiendo sin mucho interés que su pelo se volvía de nuevo rojo—. ¿No estás prometido a mí?
Él frunció el ceño.
—Tú estabas prometida al rey-dios, Vivenna.
—Pero sabes lo que querían nuestros padres —repuso ella, poniendo los brazos en jarras.
—Lo sé —dijo Parlin—. Pero… en fin, cuando salimos de Idris, supuse que iban a desheredarnos a ambos. En realidad, no hay ningún motivo para mantener la farsa.
«¿Farsa?».
—A ver, seamos sinceros, Vivenna —añadió él, sonriendo—.
Tú nunca has sido muy amable conmigo. Sé que crees que soy tonto, y a lo mejor hasta tienes razón.
Pero si yo te importara de verdad, creo que no harías que me sintiera tonto.
Joyas me gruñe, pero se ríe a veces de mis chistes. Tú nunca has hecho eso.
—Pero… —Vivenna descubrió que le fallaban las palabras—. Pero ¿por qué me seguiste hasta Hallandren?
Él parpadeó.
—Pues por Siri, claro. ¿No vinimos por eso? ¿Para rescatarla? —Le dedicó una sonrisa cariñosa y se encogió de hombros—. Buenas noches, Vivenna.
Bajó la escalera, llamando a Joyas para ver si estaba herida. Vivenna lo vio marchar.
«Es mucho mejor persona que yo —pensó avergonzada, volviéndose hacia su cuarto—. Pero ahora mismo me cuesta preocuparme». Se lo habían quitado todo. ¿Por qué no también a Parlin? Su odio por Hallandren se hizo un poco más firme mientras entraba en su habitación.
«Ahora necesito dormir —pensó—. Tal vez después de descansar pueda decidir qué Colores estoy haciendo en esta ciudad».
De una cosa sí estaba segura. Iba a aprender a despertar.
La Vivenna de antes, la que tenía derecho a ir con la cabeza alta y denunciar el aliento como algo impío, ya no tenía sitio en T’Telir.
La verdadera Vivenna no había ido a Hallandren para salvar a su hermana.
Había ido porque no soportaba ser alguien de escasa importancia.
Aprendería. Ese era su castigo.
Una vez en su cuarto, echó el cerrojo de la puerta. Luego se dispuso a cerrar las cortinas.
Había una figura en el balcón, apoyada tranquilamente contra la barandilla. Tenía barba de unos días y su ropa oscura estaba desgastada, casi hecha jirones. Portaba una espada negra.
Vivenna dio un respingo, con los ojos muy abiertos.
—Tú —dijo él con voz furiosa—. Estás causando muchos problemas.
Ella abrió la boca para gritar, pero las cortinas se abalanzaron sobre ella y le cubrieron el cuello y la boca. Apretaron con fuerza, ahogándola, y envolvieron todo su cuerpo, sujetándole los brazos a los costados.
«¡No! —pensó Vivenna—. ¿Sobrevivo al ataque y a los sinvidas y luego caigo en mi propia habitación?».
Se debatió, esperando que alguien la oyera y acudiera en su ayuda. Pero no lo hizo nadie. Al menos, no antes de que cayera inconsciente.