Capítulo 44
iri contemplaba a Susebron con afecto mientras él se zampaba su tercer postre.
La cena estaba esparcida por la mesa y el suelo, algunos platos devorados del todo, otros apenas probados.
Aquella primera noche en que Susebron pidió comida había iniciado una tradición.
Ahora pedían comida cada noche, aunque solo después de que Siri hiciera su numerito para los sacerdotes que escuchaban.
Susebron afirmaba encontrarlo muy divertido, aunque ella advertía la curiosidad en sus ojos mientras la miraba.
El rey-dios había demostrado ser una persona bastante golosa, en ausencia de los sacerdotes censores y su sentido de la etiqueta.
—Deberías andar con cuidado —advirtió ella mientras él se terminaba otro pastel—. Si comes demasiados, engordarás.
Él echó mano de la pizarra. No, no engordaré.
—Sí que lo harás —contestó ella, sonriendo—. Funciona así.
No para los dioses. Me lo explicó mi madre. Algunos hombres se vuelven fornidos si hacen mucho ejercicio y otros engordan si comen mucho. Eso no nos ocurre a los retornados. Siempre estamos igual.
Siri no podía discutirlo. ¿Qué sabía de los retornados?
¿Es así la comida en Idris? , escribió Susebron.
Ella sonrió. Él siempre mostraba mucha curiosidad por su patria. Siri intuía un ansia en él, un deseo de ser libre de su propio palacio y ver el exterior. Sin embargo, no quería ser desobediente, aunque las reglas fueran duras.
—Voy a tener que seguir corrompiéndote un poco más —comentó.
Él vaciló. ¿Qué tiene eso que ver con la comida?
—Nada. Pero es verdad de todas formas. Eres demasiado buena persona, Susebron.
¿Sarcasmo? Espero que lo sea.
—Solo a medias —dijo ella, tendiéndose bocabajo y observándolo al otro lado de su merienda campestre improvisada.
¿Semisarcasmo? , escribió Susebron. ¿Eso es nuevo?
—No —suspiró ella—. A veces hay verdad incluso en el sarcasmo. En realidad no quiero corromperte, pero sí creo que eres demasiado obediente. Tienes que ser un poco más intrépido. Impulsivo e independiente.
Es difícil ser impulsivo cuando estás encerrado en un palacio rodeado de cientos de sirvientes.
—Buen argumento.
Sin embargo, he estado pensando en las cosas que dijiste. Por favor, no te enfades conmigo.
Siri irguió la cabeza y advirtió el rubor en su expresión.
—Muy bien. ¿Qué has hecho?
Hablar con mis sacerdotes , dijo él. Usando la escritura de los artesanos.
Ella sintió un momento de pánico.
—¿Les has dicho lo nuestro?
No, no , escribió él rápidamente. Pero sí que me preocupaba tener un hijo. Les he preguntado por qué murió mi padre justo después de tenerme.
Siri frunció el ceño. Una parte de ella deseaba que él le hubiera dejado manejar esas negociaciones. Sin embargo, no dijo nada. No quería tenerlo tan presionado como hacían sus sacerdotes. Era su vida la que estaba amenazada, así que merecía la oportunidad de trabajar también en el problema.
—Bien —dijo.
¿No estás enfadada?
Ella se encogió de hombros.
—¡Acabo de animarte a que seas más impulsivo! Ahora no puedo quejarme. ¿Qué te han dicho?
Susebron borró antes de continuar. Que no me preocupe. Que todo saldría bien. Así que he vuelto a preguntarles y de nuevo me han dado una respuesta vaga.
Siri asintió despacio.
Me duele escribir esto, pero empiezo a pensar que tienes razón. He advertido que mis guardias y despertantes no se separan de mí últimamente. Incluso faltamos ayer a la Asamblea de la Corte.
—Eso es mala señal —convino Siri—. Yo no he tenido mucha suerte investigando qué va a pasar. He mandado llamar a otros tres cuentacuentos, pero ninguno tenía más información que la que me dio Hoid.
¿Sigues pensando que todo es por el aliento que tengo?
Ella asintió.
—¿Recuerdas lo que te dije de mi conversación con Treledees? Habló de ese aliento tuyo con mucha reverencia. Para él, es algo que debe pasar de generación en generación, como un tapiz familiar.
En una historia para niños de mi libro hay una espada mágica , escribió Susebron. Un chico la recibe de su abuelo, y resulta que la espada era una reliquia, el símbolo de la realeza del país .
—¿Qué quieres decir?
Que a lo mejor la monarquía de Hallandren no es más que una forma de guardar el aliento.
La única manera segura de transmitir el aliento entre individuos y generaciones es usar a la gente como anfitriones.
De modo que crearon una dinastía de reyes-dioses que pudieran conservar el tesoro y pasarlo de padres a hijos.
Ella asintió lentamente.
—Eso significaría que el rey-dios es más un receptáculo que yo. Una vaina para un arma mágica.
Exacto , respondió él. Tuvieron que elevar al trono a mi familia por la cantidad de aliento que había en ese tesoro. Y tenían que dárselo a un retornado, porque, de lo contrario , el rey y sus dioses podrían haber competido por el poder.
—Puede. Parece demasiado conveniente que el rey-dios siempre engendre un hijo nacido muerto que luego retorna…
Dejó la frase inacabada. Susebron también se había dado cuenta.
A menos que el próximo rey-dios no sea realmente el hijo del actual , escribió, con la mano temblándole un poco.
—¡Austre! —exclamó Siri—. ¡Dios de los Colores!
Eso es. En algún lugar del reino, un bebé ha muerto y ha retornado.
¡Por eso es tan urgente que me quede embarazada!
Ya tienen al próximo rey-dios, así que solo necesitan mantener la farsa.
Me casan contigo, esperan un niño lo antes posible y luego cambian el bebé por el retornado.
Entonces me matan a mí y de algún modo me quitan el aliento , escribió Susebron. Y se lo dan a ese niño, para que pueda convertirse en el próximo rey-dios.
—Espera. ¿De veras retornan los niños?
Sí.
—Pero ¿cómo retorna un bebé de un modo que sea heroico, o virtuoso, o algo por el estilo?
Susebron vaciló, y ella notó que no tenía respuesta.
Niños pequeños retornados. El pueblo de Siri no creía que una persona fuera elegida para retornar porque ejemplificara alguna virtud.
Eso era una creencia hallandrense. A ella le parecía una laguna en su teología, pero no quiso insistirle más sobre el asunto a Susebron.
Ya lo tenía bastante preocupado porque Siri no creía en su divinidad.
Se reclinó.
—Eso da igual, en realidad. La verdadera pregunta es más importante. Si los reyes-dioses son solo receptáculos para contener aliento, ¿por qué se molestan en cambiarlos? ¿Por qué no dejan que un hombre tenga el aliento y ya está?
No lo sé , escribió Susebron. No parece tener sentido, ¿verdad? Tal vez les preocupa mantener tanto tiempo cautivo a un solo rey-dios. ¿O porque los niños son más fáciles de controlar, quizá?
—Si es el caso, les interesaría cambiarlo más a menudo. Algunos reyes-dioses duraron casi un siglo. Claro que también podría depender de lo rebelde que consideren que es su rey.
¡Yo hago todo lo que tengo que hacer! Acabas de quejarte de que soy demasiado obediente.
—Comparado conmigo, lo eres —respondió ella—.
Tal vez desde su punto de vista seas un salvaje.
A fin de cuentas, escondiste ese libro que te dio tu madre y luego has aprendido a escribir.
A lo mejor, te conocen lo bastante bien para darse cuenta de que no ibas a continuar siendo dócil.
Así que ahora que tienen una oportunidad para sustituirte, pretenden aprovecharla.
Tal vez , escribió él.
Siri revisó de nuevo las conclusiones a las que habían llegado.
Examinadas con ojo crítico, veía que no eran más que especulaciones.
Sin embargo, todo el mundo decía que los otros retornados no podían tener hijos, así que, ¿por qué iba a ser diferente el rey-dios?
Quizá fuese solo un modo de disimular el hecho de que traían a una nueva persona para ser rey-dios cuando la encontraban.
Pero eso seguía sin responder a la pregunta más importante: ¿qué iban a hacerle a Susebron para extraerle sus alientos?
Susebron se recostó para contemplar el oscuro techo. Siri lo miró, advirtiendo la expresión de tristeza en sus ojos.
—¿Qué pasa? —preguntó.
Él se limitó a negar con la cabeza.
—Por favor. ¿Qué pasa?
Susebron estuvo quieto un momento y luego agachó la cabeza y empezó a escribir.
Si lo que dices es verdad, la mujer que me crio no era mi madre.
Soy hijo de vete a saber quién, allá en el campo.
Los sacerdotes me trajeron cuando retorné y me criaron en palacio como el «hijo» del rey-dios que acababan de matar.
Verlo dolorido hizo que a Siri se le retorcieran las entrañas. Rodeó la manta del suelo, se sentó a su lado y lo abrazó y apoyó la cabeza en su brazo.
Ella es la única persona que me ha mostrado auténtica amabilidad en la vida , escribió Susebron. Los sacerdotes me reverencian y me cuidan, o al menos pensaba que lo hacían. En todo caso, nunca me han querido de verdad. Solo mi madre me quiso. Y ahora no estoy seguro ni de saber quién es.
—Si ella te crio, es tu madre —afirmó Siri—. No importa quién te diera a luz.
Él no respondió.
—Tal vez era tu verdadera madre. Si iban a traerte al palacio en secreto, ya puestos podrían haber traído a tu madre también. ¿Quién mejor para cuidarte?
Él asintió y entonces escribió en la pizarra con una mano, mientras rodeaba con la otra la cintura de Siri. Tal vez tengas razón. Aunque ahora me parece sospechoso que muriera como lo hizo. Era una de las pocas personas que podría haberme dicho la verdad.
Eso pareció entristecerlo aún más, y Siri lo atrajo hacia sí y le apoyó la cabeza en el pecho.
Por favor , escribió Susebron, háblame de tu familia.
—Mi padre a menudo se frustraba conmigo —respondió ella—. Pero me quería. Me quiere. Es solo que deseaba que hiciera lo que él consideraba adecuado. Y… en fin, cuanto más tiempo paso en Hallandren, más querría haberle hecho caso, al menos un poquito.
»Ridger es mi hermano mayor. Siempre lo metía en líos, pobre. Era el heredero y lo corrompí por completo, al menos hasta que fue lo bastante mayor para comprender sus deberes. Es un poco como tú. Muy cariñoso, siempre intentando hacer lo que está bien. Pero no comía tantos dulces.
Susebron sonrió y le apretó el hombro.
—Entre él y yo está Fafen. A ella en realidad no la conozco muy bien.
Ingresó en un monasterio cuando yo aún era bastante joven, y me alegré.
En Idris se considera un deber proporcionar al menos un hijo a los monasterios.
Ellos cultivan la comida para los necesitados y se ocupan de las cosas que hay que hacer por la ciudad.
Recortar setos, lavar, pintar. Todo lo que sea útil.
Él extendió la mano. Un poco como ser rey , escribió. Vivir para servir a los demás.
—Claro. Solo que no los encierran y pueden dejar de hacerlo, si quieren. De todos modos, me alegro de que fuera Fafen y no yo. Me habría vuelto loca con la vida monástica. Tienen que ser muy devotos a todas horas, y se supone que son los menos ostentosos de la ciudad.
No concuerda mucho con tu pelo.
—Está claro que no —dijo Siri.
Aunque últimamente ha dejado de cambiar de color tan a menudo , escribió él, frunciendo levemente el ceño.
—He tenido que aprender a controlarlo mejor —dijo Siri con una mueca—. Era demasiado fácil interpretar mis emociones gracias a él. Mira.
Lo cambió de negro a amarillo y él sonrió, pasando los dedos por sus largos mechones.
—Después de Fafen y Ridger —continuó Siri—, está la mayor, Vivenna. Es con quien se supone que tendrías que haberte casado. Se había pasado toda la vida preparándose para mudarse a Hallandren.
Debe de odiarme , respondió él. Crecer sabiendo que tendría que dejar su familia y vivir con un hombre al que no conocía.
—Qué va, qué va. Vivenna tenía muchas ganas. Y no creo que pueda sentir odio. Siempre era tranquila, meticulosa y perfecta.
Susebron frunció el ceño.
—Parezco amargada, ¿verdad? —suspiró Siri—.
No lo pretendía. Quiero de verdad a Vivenna.
Siempre estaba allí, cuidándome. Pero me parecía que se esforzaba demasiado en encubrirme.
Mi hermana mayor, sacándome de todos los líos, regañándome sin alterarse, y luego encargándose de que no me castigaran tanto como merecía.
—Vaciló—. Probablemente estarán todos en casa ahora mismo, muy preocupados por mí.
Pareces preocupada por ellos.
—Lo estoy. He estado escuchando a los sacerdotes discutir en la corte.
No tiene buena pinta, Seb. Hay un montón de idrianos en la ciudad y se están volviendo muy temerarios.
La guardia no tuvo más remedio que enviar tropas a un suburbio hace unas semanas.
Eso no ayuda a reducir las tensiones entre nuestros países.
Susebron no escribió ninguna respuesta, sino que la rodeó de nuevo con el brazo y la atrajo. Era agradable estar apretada contra él. Muy agradable.
Después de unos minutos, Susebron retiró el brazo y escribió de nuevo, tras borrar primero con torpeza.
Estaba equivocado, ¿sabes?
—¿Sobre qué?
Sobre una de las cosas que he dicho antes. Escribía que mi madre era la única persona que me ha mostrado jamás amor y amabilidad. Eso no es cierto. Hay otra.
Dejó de escribir y la miró. Luego devolvió los ojos a la pizarra. Tú no tenías por qué mostrarme amabilidad. Podías haberme odiado por apartarte de tu familia y tu patria. En cambio, me has enseñado a leer, te has hecho amiga mía. Me has querido.
La miró. Ella le devolvió la mirada. Entonces, vacilante, Susebron se inclinó y la besó.
«Ay, cielos», pensó Siri, mientras una docena de objeciones asomaban a su mente. Le resultó difícil moverse, resistirse, hacer nada.
Nada aparte de devolverle el beso.
Se sintió acalorada. Sabía que tenían que parar, no fuera a ser que los sacerdotes obtuvieran exactamente lo que estaban esperando. Comprendía todas esas cosas. Pero las objeciones empezaron a parecerle menos y menos importantes a medida que lo besaba y su respiración se iba acelerando.
Él paró, claramente dubitativo sobre qué hacer a continuación. Siri alzó la mirada hacia él, jadeando, y tiró otra vez de él hacia abajo para besarlo de nuevo mientras notaba que su pelo se volvía de un rojo ardiente, apasionado.
Llegada a ese punto, Siri dejó de preocuparse por nada más. Susebron no sabía qué hacer. Pero ella sí. «Voy demasiado deprisa —pensó mientras se quitaba la ropa interior—. Necesito mejorar en el control mis impulsos.
»Pero otra vez será».