El aliento de los dioses Capítulo 32 #2
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Capítulo 32 #2

—Ya me parecía a mí. Además, ninguno de nosotros tiene voto en este tema. Así que pasemos el tiempo sabiamente. ¡Nunca se sabe cuándo nos quedaremos sin!

—¿Sin tiempo? —preguntó Siri—. ¡Pero si eres inmortal!

—Sin tiempo, no —dijo Sondeluz, alzando su plato—. Sin uvas. Odio escuchar historias sin uvas.

Ella puso los ojos en blanco, pero continuó comiendo rodajas de uva.

El narrador esperó paciente. Al mirarlo con más atención, Siri advirtió que no era tan viejo como parecía a primera vista.

La barba debía de ser propia de su oficio y, aunque no parecía falsa, sospechó que estaba teñida de blanco.

En realidad, era mucho más joven de lo que parecía.

Sin embargo, Siri dudaba mucho que Sondeluz se hubiera contentado con alguien que no fuera el mejor.

Se reclinó en su asiento, fijándose en que estaba creado para alguien de su tamaño.

«Debo tener cuidado con mis preguntas —pensó—.

No puedo preguntarle directamente por la muerte de los anteriores reyes-dioses; sería demasiado obvio».

—Maestro narrador —dijo—, ¿qué sabes de la historia de Hallandren?

—Mucho, mi reina —contestó él, inclinando la cabeza.

—Háblame de los días anteriores a la división entre Idris y Hallandren.

—Ah —dijo el hombre, metiendo la mano en un bolsillo.

Sacó un puñado de arena y empezó a frotarla entre los dedos, dejándola caer en un suave chorro al suelo, mientras algunos granos volaban al viento—.

Su majestad desea una de las historias profundas, de hace mucho.

¿Una historia de antes de que empezara el tiempo?

—Deseo conocer los orígenes de los reyes-dioses de Hallandren.

—Entonces comenzaremos en la lejana neblina —dijo el narrador.

Alzó la otra mano y dejó que una arena negra cayera para mezclarse con la que ya había soltado la primera mano. Mientras Siri miraba, la arena negra se volvió blanca, así que ladeó la cabeza, sonriendo por la exhibición.

—El primer rey-dios de Hallandren es antiguo —empezó Hoid—.

Antiguo, sí. Más viejo que reinos y ciudades, más viejo que monarcas y religiones.

No más viejo que las montañas, pues estas ya estaban aquí.

Como los nudillos de los gigantes dormidos de abajo, formaban este valle, donde las panteras y las flores tienen su hogar.

»Entonces lo llamábamos solo “el valle”, un lugar antes de que tuviera un nombre.

El pueblo de Chedesh aún dominaba el mundo.

Navegaban por el mar Interior, venidos del este, y fueron ellos quienes primero descubrieron esta extraña tierra.

Sus escritos son escasos, su imperio hace mucho que fue borrado por el polvo, pero queda el recuerdo.

¿Tal vez podáis imaginar su sorpresa al llegar aquí?

¿Un lugar con playas de fina y suave arena, con abundancia de frutos y extraños bosques?

Hoid metió de nuevo la mano en su túnica y sacó un puñado de otra cosa. Empezó a soltarlo ante él: pequeñas hojas verdes de las frondas de un helecho.

—Paraíso, lo llamaron —susurró Hoid—. Un paraíso oculto entre las montañas, una tierra con agradables lluvias que nunca eran frías, una tierra donde suculenta comida crecía de manera espontánea.

Arrojó al aire el puñado de hojas, y en el centro de ellas estalló una vaharada de polvo de colores, como un diminuto fuego artificial sin llama. Unos intensos rojos y azules se mezclaron en el aire, revoloteando alrededor del narrador.

—Una tierra de color. Gracias a las lágrimas de Edgli, las sorprendentes flores tan brillantes podían producir tintes que prendían en cualquier tejido.

Siri nunca había pensado en qué impresión se habría llevado de Hallandren la gente que cruzó el mar Interior.

Había oído historias de los buhoneros que pasaban por Idris y hablaban de lugares lejanos.

En otras tierras había praderas y estepas, montañas y desiertos, pero no junglas. Hallandren era única.

—El Primer Retornado nació durante esa época —dijo Hoid, lanzando al aire un puñado de purpurina plateada—.

A bordo de un barco que recorría la costa.

Ahora se encuentran retornados en todas las partes del mundo, pero el primero, el hombre a quien llamáis Vo pero al que nosotros nos referimos solo por su título, nació aquí, en las aguas de esta misma bahía.

Él declaró las Cinco Visiones. Murió una semana más tarde.

»Los hombres de su barco fundaron un reino en estas playas, entonces llamado Hanald. Antes de su llegada, todo lo que existía en estas junglas era el pueblo de Pahn Kahl, que era más un mero conjunto de aldeas pescadoras que un auténtico reino.

El brillo de plata se apagó y Hoid empezó a espolvorear tierra marrón con la otra mano mientras llevaba la primera a otro bolsillo.

—Puede que os preguntéis por qué nos remontamos tan atrás. ¿No debería hablaros de la Multiguerra, de la ruptura de los reinos, de los Cinco Sabios, de Kalad el Usurpador y su ejército fantasma, que algunos dicen que aún se oculta en estas junglas, esperando?

»Esos son los acontecimientos en los que siempre nos fijamos, los que la gente mejor conoce.

Sin embargo, hablar solo de ellos es ignorar la historia de los trescientos años que los preceden.

¿Habría estallado una Multiguerra sin el conocimiento de los retornados?

Fue un retornado, a fin de cuentas, quien predijo la guerra e instó a Amadisputas a atacar los reinos del otro lado de las montañas.

—¿Amadisputas? —interrumpió Siri.

—Sí, majestad —respondió Hoid, y pasó a echar un polvo negro—. Amadisputas. Otro nombre de Kalad el Usurpador.

—Parece el nombre de un retornado.

Hoid asintió.

—En efecto. Kalad era un retornado, igual que Dalapaz, el hombre que lo derrocó y fundó Hallandren.

No hemos llegado a esa parte todavía. Todavía estamos en Hanald, la avanzadilla comercial convertida en reino que fundaron los hombres de la tripulación del Primer Retornado.

Fueron ellos quienes eligieron a la esposa del Primer Retornado como reina, y luego usaron las lágrimas de Edgli para crear unos tintes fantásticos que se vendieron por incalculables riquezas a lo largo y ancho del mundo.

Este lugar pronto se convirtió en un bullicioso centro de comercio.

—Sacó un puñado de pétalos de flor y empezó a soltarlos ante él.

»Las lágrimas de Edgli. La fuente de la riqueza de Hallandren.

Tan pequeñas, tan fáciles de cultivar aquí.

Y, sin embargo, este es el único suelo donde crecen.

En otras partes del mundo, los tintes son muy difíciles de producir.

Caros. Algunos eruditos afirman que la Multiguerra se libró por estos pétalos, que los reinos de Kuth y Huth fueron destruidos por minúsculas gotitas de color.

Los pétalos cayeron al suelo.

—Pero ¿solo lo dicen algunos eruditos, maestro? —preguntó Sondeluz. Siri se volvió, pues casi había olvidado que estaba presente—. ¿Qué dice el resto? ¿Por qué se libró la Multiguerra en su opinión?

El narrador guardó silencio un momento. Y entonces sacó dos puñados y empezó a soltar polvo de media docena de colores.

—Aliento, divina gracia. La mayoría está de acuerdo en que la Multiguerra no fue solo para exprimir los pétalos, sino por una recompensa mucho mayor. Exprimir a personas.

»Quizá sepáis que la familia real se interesaba cada vez más por el proceso mediante el que podía utilizarse el aliento para insuflar vida a los objetos.

Despertar, lo llamaron entonces por primera vez.

Era un arte nuevo y poco comprendido. Lo sigue siendo, en muchos aspectos.

Los entresijos del alma de las personas, su poder para animar objetos ordinarios y dar vida a lo muerto, es algo que se descubrió hace apenas cuatro siglos.

Poco tiempo, para el cómputo de los dioses.

—No como las sesiones de la corte —murmuró Sondeluz, mirando a los sacerdotes que todavía hablaban de residuos—. Esas parecen durar una eternidad, según el cómputo de este dios.

El narrador no perdió el ritmo por la interrupción.

—Aliento —dijo—. Los años que condujeron a la Multiguerra fueron la época de los Cinco Sabios y el descubrimiento de nuevos Mandatos.

Para algunos fue una época de gran iluminación y aprendizaje.

Otros los consideran los días más tenebrosos de la humanidad, pues fue entonces cuando aprendimos mejor a explotarnos unos a otros.

Empezó a dejar caer dos puñados de polvo, uno amarillo brillante, el otro negro.

Siri observaba, divertida. Parecía que el narrador estaba sesgando sus palabras por Siri, procurando no herir sus sensibilidades idrianas.

¿Qué sabía ella en realidad del aliento?

Rara vez había visto a algún despertante en la corte.

Incluso cuando los había, no le importaba demasiado.

Los monjes predicaban contra esas cosas, y ella…

bueno, les había prestado más o menos la misma atención a ellos que a sus tutores.

—Uno de los Cinco Sabios hizo un descubrimiento —continuó Hoid, dejando caer un puñado de trocitos blancos, pedacitos de papel con algo escrito—. Mandatos. Métodos. Los medios por los que podía crearse un sinvida a partir de un solo aliento.

»Tal vez os parezca poca cosa. Pero debéis fijaros en el pasado de este reino y en su fundación.

Hallandren empezó con los sirvientes de un retornado y se desarrolló mediante un esfuerzo mercantil expansivo.

Controló una región lucrativa única que, gracias al descubrimiento y el mantenimiento de los pasos del norte, además de unas habilidades marítimas cada vez mayores, se convirtió en una joya codiciada por el resto del mundo.

Calló un momento y alzó una mano para dejar caer trocitos de metal, que se precipitaron al suelo de piedra con un sonido similar al de la lluvia.